La palabra afrodisíaco viene de Afrodita, y eso ya dice bastante: estamos ante una categoría cultural, no botánica. No hay ninguna planta con efecto afrodisíaco demostrado, y en la Unión Europea no existe ninguna declaración de propiedades saludables autorizada en ese sentido, porque ninguna ha superado la evaluación que exige el Reglamento (CE) 1924/2006. Cualquier producto que lo prometa está vendiendo, no informando.
Dicho eso, la lista de plantas a las que se ha atribuido esa fama es larguísima, tiene siglos y es un tema interesante de verdad. Lo que sigue es su historia: qué plantas entraron en la lista, por qué motivos entraron (que casi nunca tuvieron que ver con su química), por qué esa fama no se sostiene, y cuáles de las que todavía circulan por ahí son peligrosas de verdad.
De dónde salió la lista: la doctrina de las signaturas
La idea más productiva y más equivocada de la historia de las plantas medicinales fue que el aspecto de una planta revela su uso. Bajo esa lógica, todo lo que recordara a los órganos sexuales o a la fertilidad acababa en la lista de afrodisíacos.
El caso más claro está en el propio nombre de una familia entera: orchis es testículo en griego, y las orquídeas se llaman así por la forma de los dos tubérculos subterráneos de las especies europeas. Dioscórides ya recogía el uso de los llamados satirios, orquídeas terrestres del Mediterráneo, con ese fin. La mandrágora entró en la lista por su raíz gruesa y bifurcada, que con imaginación parece un cuerpo humano. El ginseng, en China, se llama literalmente raíz de hombre por lo mismo. Y de ahí para abajo: espárrago, zanahoria y buena parte de las hortalizas alargadas.
Ninguno de esos razonamientos tiene nada que ver con lo que la planta contiene. Es una regla de semejanza, y funcionó como generador de listas durante más de mil quinientos años.
El segundo motivo: la rareza y el precio
Repasa la lista clásica de afrodisíacos y verás un patrón: azafrán, canela, cardamomo, clavo, vainilla, nuez moscada, cacao. Es, casi exactamente, la lista de especias caras del comercio de larga distancia. Lo mismo con la trufa en Europa.
El cacao es el ejemplo documentado. En la corte mexica era una bebida de élite, ligada al ritual y al poder, y con esa aureola llegó a Europa en el siglo XVI, donde la fama de estimulante del deseo se mantuvo durante siglos y sigue viva en cada bombón de San Valentín. La explicación no está en la teobromina, está en que era caro, exótico y se tomaba en contextos de celebración.
Lo escaso se vuelve valioso, lo valioso se reserva para las ocasiones importantes, y las ocasiones importantes incluyen el cortejo. La fama afrodisíaca es un subproducto de la economía, no de la farmacología.
El tercer motivo, y el más sólido: el perfume
Aquí sí hay algo real, aunque no sea lo que promete la etiqueta. Los olores se procesan en el cerebro muy cerca de las áreas de la memoria y la emoción, y un aroma asociado a una situación agradable la evoca con una fuerza que ningún otro sentido tiene. De ahí que las flores muy perfumadas ocupen el centro de esta historia.
El jazmín (Jasminum) es el caso emblemático: perfume nocturno, intenso y dulce, presente en los patios andaluces y en la perfumería de lujo desde siempre. La rosa le sigue, con su carga simbólica añadida. El nardo, el azahar, el ylang-ylang y la madera de sándalo completan el repertorio.
La rosa roja: el símbolo occidental del deseo desde el siglo XIX, sin ningún efecto que lo respalde.
Que un olor te guste, te relaje o te traiga un recuerdo es un hecho. Que eso sea un efecto farmacológico sobre la libido es otra cosa, y esa segunda no está demostrada. En el sitio tienes la ficha del jazmín como planta de jardín, que es lo que de verdad puedes hacer con él.
La rosa y el lenguaje victoriano de las flores
La rosa roja como símbolo de la pasión no es un dato de la naturaleza, es una convención con fecha. El lenguaje de las flores se codificó en Europa en el siglo XIX, con diccionarios florales que asignaban un significado a cada especie y permitían mandar mensajes en un ramo, en una época en que decir las cosas en voz alta estaba mal visto. Esa convención se ha mantenido y hoy sostiene el mercado de la flor cortada en febrero.
Es historia cultural bien documentada, y se cuenta como tal. La flor no hace nada; el que hace algo es el código compartido entre quien la regala y quien la recibe.
Por qué la fama no se sostiene
Tres motivos, y el tercero es el bueno:
- No hay resultados. Cuando estas plantas se han puesto a prueba en condiciones controladas, no se separan del placebo. Y el placebo aquí pesa mucho, porque el deseo depende del contexto, de la expectativa y del estado de ánimo, que es justo lo que un ritual con velas, cena y copa modifica sin necesidad de planta.
- La confusión entre estimulante general y afrodisíaco. Varias plantas de la lista clásica tienen efectos reales pero genéricos: cafeína, vasodilatación leve, sedación. Sentirse despejado no es lo mismo que un efecto sobre la libido.
- La lista cambia con la moda. Y eso es la prueba. Si el efecto fuera químico, las plantas afrodisíacas serían las mismas en Roma, en el Renacimiento y hoy. No lo son: entran y salen según lo que sea caro, exótico o novedoso en cada siglo. Una propiedad farmacológica no depende de la moda.
Las peligrosas de verdad
Esta es la parte del artículo que sí importa, porque algunas de las plantas que circulan en las listas de afrodisíacos no son inocuas.
La yohimbe (Pausinystalia johimbe), un árbol de África occidental cuya corteza se vende en complementos por internet, tiene efectos cardiovasculares conocidos: subida de tensión, taquicardia, ansiedad. Varios países han restringido su venta, y es un producto especialmente mal asunto para cualquiera con problemas de corazón o de tensión, que además es el perfil que más lo busca.
La mandrágora (Mandragora autumnalis) y las daturas (Datura, y el árbol emparentado Brugmansia) son solanáceas con alcaloides tropánicos, atropina y escopolamina. Producen un cuadro anticolinérgico grave, con delirio, y el margen entre la dosis que hace algo y la que intoxica es estrechísimo y variable de una planta a otra. Son plantas de intoxicación, no de fiesta. Tienes las fichas de la mandrágora y de las daturas en el sitio, y en las dos el mensaje es el mismo.
Un apunte más: la famosa mosca española no es una planta, es un escarabajo, y lo que contiene es cantaridina, una sustancia vesicante que ha causado muertes. Aparece en las listas de afrodisíacos por pura inercia histórica.
Por eso este artículo no incluye ni una sola preparación, proporción ni forma de tomar nada. No es un olvido.
Lo que sí puedes hacer con estas plantas
Casi todas las de la lista son plantas de jardín, de patio o de maceta excelentes, y ahí sí cumplen. El jazmín y el azahar perfuman un patio entero en verano. La rosa es la reina del jardín español. El tomillo, la ajedrea y el romero son aromáticas mediterráneas de secano que aguantan el calor, atraen polinizadores y se usan en la cocina. El cardamomo es una especia de primera. El ginseng es una planta de sotobosque exigente y lenta.
Cultivarlas por lo que son, en vez de por lo que prometía el folleto, sale bastante mejor.
En resumen
No hay plantas afrodisíacas en el sentido farmacológico, y en la Unión Europea no hay ninguna declaración autorizada al respecto. Lo que hay es una lista histórica larga, construida con tres criterios que nada tienen que ver con la química: el parecido físico de la planta (la doctrina de las signaturas), su rareza y su precio, y la fuerza de su perfume. Que la lista cambie con las modas es la mejor prueba de que es una convención cultural.
Y hay un aviso que sí conviene retener: entre las plantas que circulan con esa etiqueta, la yohimbe tiene efectos cardiovasculares reales y la mandrágora y las daturas son tóxicas de las serias. La conclusión práctica es aburrida y verdadera: el jazmín para el patio, la rosa para el jardín, el tomillo para la cocina, y lo demás se habla con un médico.