Antes que el folclore, la leyenda y el capítulo de historia de la medicina, va el aviso: la mandrágora (Mandragora autumnalis) es una planta muy tóxica en todas sus partes, y las intoxicaciones humanas por confundirla con verduras silvestres están documentadas en España y en el resto de la cuenca mediterránea. No se come, no se prueba, no se prepara. Este artículo cuenta qué es, por qué se confunde y por qué ha fascinado durante veinte siglos, y no cómo utilizarla.
El aviso, con nombre y apellidos
La mandrágora pertenece a las solanáceas, la misma familia del beleño, la belladona y el estramonio, y comparte con ellas la química que las hace peligrosas: alcaloides tropánicos, principalmente atropina, escopolamina e hiosciamina. Están en la raíz, en las hojas y en el fruto, en cantidades que varían con la época del año, la edad de la planta y el individuo concreto, lo que hace imposible cualquier estimación casera de riesgo.
Estos compuestos bloquean los receptores muscarínicos de la acetilcolina y producen lo que en urgencias se llama síndrome anticolinérgico: pupilas muy dilatadas y visión borrosa, boca y piel secas, enrojecimiento facial, taquicardia, retención de orina, subida de temperatura, agitación, alucinaciones y desorientación. En los casos graves hay delirio, convulsiones y depresión del nivel de consciencia. Los síntomas suelen aparecer en las primeras horas tras la ingestión y pueden prolongarse un día o más, porque la escopolamina y la atropina enlentecen el vaciado gástrico y retrasan su propia absorción.
Si hay sospecha de ingestión, la actuación es sencilla: 112, o el Instituto Nacional de Toxicología, 91 562 04 20, que atiende las veinticuatro horas. Conviene llevar al hospital un resto de la planta o una foto, porque la identificación cambia el manejo. No se provoca el vómito por cuenta propia.
La confusión que provoca los accidentes
Los casos que llegan a los hospitales españoles no son experimentos voluntarios: salen de una recolección de verdura silvestre en la que se ha metido la roseta equivocada en el manojo. Las dos confusiones clásicas son con la borraja (Borago officinalis), muy recolectada en el valle del Ebro, Navarra y Aragón, y con las hojas de remolacha o acelga silvestre (Beta vulgaris), habituales en la cocina de campo del sur y del levante. Se han descrito brotes familiares en los que varias personas de la misma mesa acaban en urgencias tras una comida.
La confusión tiene lógica: en otoño e invierno, la mandrágora forma una roseta de hojas grandes, verdes y algo abullonadas pegada al suelo, exactamente el aspecto de una mata joven de borraja o de remolacha. Hay diferencias que ayudan a separarlas en el campo:
- El tacto. La borraja está cubierta de pelos rígidos y punzantes que pinchan al cogerla; la hoja de mandrágora es lampiña o con pelo muy fino, y no raspa.
- El olor. Las hojas de mandrágora estrujadas desprenden un olor desagradable, entre fétido y a chinche, muy distinto del olor fresco y ligeramente a pepino de la borraja.
- El porte. La mandrágora no levanta tallo: las hojas nacen directamente de la corona de la raíz y se extienden en círculo casi tumbadas, con el margen ondulado. La remolacha silvestre alza pecíolos, a menudo con tonos rojizos en nervios y bases.
- La flor. Si hay flor, no hay duda posible: la mandrágora florece en pleno invierno y lo hace desde el centro de la roseta, a ras de tierra.
La regla sensata para cualquier recolección silvestre sigue siendo la misma: si una sola mata del manojo genera dudas, se descarta el manojo entero.
Cómo es la planta de verdad
Quitada la mitología, la mandrágora es una herbácea perenne de ciclo invernal, bien adaptada al clima mediterráneo: aprovecha las lluvias de otoño y el frío suave para crecer y florecer, fructifica en primavera y desaparece bajo tierra durante el verano seco, cuando solo queda la raíz viva.
Esa raíz es carnosa, gruesa y napiforme, con frecuencia bifurcada o dividida en varios brazos, y puede alcanzar medio metro o más en ejemplares viejos. De ahí sale la roseta: hojas de 15 a 45 centímetros, ovadas o lanceoladas, de verde oscuro, rugosas y con el borde ondulado, dispuestas en círculo sobre el suelo. Las flores aparecen entre octubre y marzo según la zona, solitarias, con corola acampanada de cinco lóbulos y color que va del violeta al azulado o casi blanco; se abren en el centro de la roseta, sobre pedúnculos cortos.
El fruto es una baya globosa de color amarillo intenso al madurar, de dos a cuatro centímetros, con un aroma dulzón muy penetrante que se nota a distancia. Ese parecido con una manzanita pequeña y su olor explican buena parte de su presencia en textos antiguos, y también el riesgo con niños: es la parte de la planta que más invita a cogerla.
Vive en suelos profundos y algo nitrificados, en bordes de caminos, linderos de olivar, barbechos y pastizales frecuentados por ganado, desde el nivel del mar hasta cerca de los mil metros. En España se encuentra sobre todo en el cuadrante sur y el litoral mediterráneo, además de Baleares, siempre de forma local y en poblaciones pequeñas.
La raíz que gritaba
La forma bifurcada de la raíz, que con poca imaginación recuerda a un cuerpo con piernas, es el origen de toda su literatura. Desde la Antigüedad se le atribuyó carácter humano, y con él una defensa: se contaba que al arrancarla lanzaba un grito capaz de matar o enloquecer a quien lo oyera. De ahí el protocolo que repiten los herbarios medievales, con el recolector tapándose los oídos y un perro atado a la planta para que fuera el animal quien tirara y quien pagara el precio.
Alrededor de esa idea creció un comercio. Las mandrágoras talladas se vendían caras como amuletos de fortuna y fertilidad, y buena parte de las que circulaban por las ferias europeas eran en realidad raíces de Bryonia dioica u otras especies, recortadas y enterradas de nuevo para que cicatrizaran con forma humana. La planta aparece también en el Génesis y en el Cantar de los Cantares, siempre ligada al deseo y a la descendencia, y llega hasta la literatura moderna con el mismo papel de objeto peligroso y codiciado.
Anestesia antes de la anestesia
La parte históricamente sólida es otra. Dioscórides, en el siglo I, y después Plinio y los médicos árabes y medievales describieron el uso de preparados de mandrágora para dormir al paciente antes de una operación o una cauterización. La célebre spongia somnifera medieval, una esponja empapada en una mezcla en la que entraban mandrágora, beleño y opio, se aplicaba a la nariz del enfermo con esa intención. Fue de lo poco que la medicina antigua tuvo frente al dolor quirúrgico hasta la llegada del éter en el siglo XIX.
Eso es historia, no una recomendación. Aquellos preparados eran incontrolables: el margen entre sedar y matar dependía de la raíz concreta, de la estación y de la suerte, y las fuentes antiguas recogen tantas muertes como éxitos. La farmacología moderna sí utiliza atropina y escopolamina, pero como principios activos purificados, dosificados al microgramo y administrados por personal sanitario; no tienen nada que ver con la planta. Cualquier interés en estos compuestos pasa por el médico o el farmacéutico, y nunca por el campo.
Una planta cada vez más escasa
La mandrágora nunca fue abundante, y su fama la ha perjudicado. La recolección de raíces con fines esotéricos o de coleccionismo mata al individuo entero, porque la parte que se busca es justamente el órgano perenne que le permite rebrotar cada otoño. A eso se suman la pérdida de linderos y barbechos por la intensificación agrícola y los tratamientos herbicidas en bordes de camino, que barren poblaciones enteras.
Varias comunidades autónomas la incluyen en sus catálogos de flora protegida o de recolección regulada, de modo que arrancarla puede ser además una infracción administrativa. Antes de tocar nada conviene consultar la normativa autonómica correspondiente.
Qué hacer si te la encuentras
Poco y sencillo. No arrancarla: la raíz no vuelve a brotar y la población local pierde un ejemplar que ha tardado años en formarse. No consumirla ni experimentar con ella en ninguna forma. Fotografiarla, anotar el sitio y, si interesa, comunicar la cita a la administración ambiental o a un proyecto de ciencia ciudadana, que es como se documenta dónde sigue habiendo poblaciones.
Si hay niños o perros cerca, merece la pena señalar los frutos amarillos y explicar que no se tocan. Y si alguien recolecta verdura silvestre en la zona, avisarle de que ahí hay mandrágora: ese aviso vale más que cualquier tratado sobre el grito de la raíz.
En resumen
Mandragora autumnalis es una solanácea mediterránea muy tóxica por sus alcaloides tropánicos, causante de intoxicaciones graves cuando su roseta invernal se confunde con borraja o con hojas de remolacha. Se reconoce por sus hojas lampiñas de borde ondulado, sin tallo, su olor desagradable al estrujarlas, su flor violácea de pleno invierno y su fruto amarillo aromático. Su raíz bifurcada alimentó el mito del grito y un comercio de falsificaciones, y sus preparados fueron uno de los pocos anestésicos quirúrgicos disponibles antes del siglo XIX, un capítulo de historia y no una práctica reproducible. Hoy es escasa y está en retroceso: lo que corresponde es dejarla en el sitio, no consumirla y, ante cualquier sospecha de ingestión, llamar al 112 o al Instituto Nacional de Toxicología, 91 562 04 20.