Dentro de una vermicompostera en marcha conviven bastantes más especies que la que se compró. Junto a las lombrices hay gusanos blancos diminutos, motas que saltan, ácaros, larvas y una masa microbiana que es, en realidad, la que hace la mayor parte del trabajo. Saber quién es cada uno convierte esa caja en un instrumento de lectura: la comunidad que se instala dentro informa de las condiciones mejor que cualquier medidor.

Cómo montar el sistema, con qué alimentarlo, qué dejar fuera y cómo recoger el producto está explicado en la guía de vermicompostaje doméstico. Esto va de la biología: qué es exactamente una lombriz de compost y con quién comparte el cajón.

Vermicompostadores domésticos de bandejas

La lombriz por dentro

Eisenia fetida y su pariente Eisenia andrei no tienen mandíbulas ni dientes. Ingieren el material y lo trituran en una molleja muscular que necesita partículas minerales duras para funcionar, igual que el buche de un ave. Ese es el motivo real de añadir un puñado de tierra, arena fina o cáscara de huevo molida a la cama: no es un aporte de calcio, es el abrasivo con el que la lombriz muele lo que come.

Más adelante en el tubo digestivo están las glándulas calcíferas, que segregan carbonato cálcico al intestino. Cumplen una función de regulación interna del pH y del dióxido de carbono, y de paso explican por qué las deyecciones salen con un pH próximo a la neutralidad aunque hayan entrado restos ácidos.

El detalle que más cambia la forma de entender el proceso es este: la lombriz apenas digiere celulosa. Lo que asimila son sobre todo los microorganismos que ya han colonizado el residuo. De ahí que el material recién echado no le interese hasta pasados unos días, cuando bacterias y hongos lo han empezado a poblar, y de ahí también que el producto final tenga esa carga microbiana característica: al pasar por el intestino, el material sale inoculado con una comunidad distinta de la que entró.

Dos condiciones más, que suelen tomarse por comodidad y son supervivencia. Respira a través de la piel, que debe mantenerse permanentemente cubierta por una película de humedad y en contacto con oxígeno disuelto; una cama encharcada y sin aire la asfixia, no la ahoga por el agua en sí. Y carece de ojos, pero tiene células fotorreceptoras repartidas por la epidermis, lo que la hace huir de la luz de forma inmediata y hace posible el método de recogida por capas.

El ciclo vital y cómo crece la población

Son hermafroditas, pero no se autofecundan: dos ejemplares se aparean e intercambian esperma. La madurez sexual se reconoce a simple vista por el clitelo, ese abultamiento liso y más claro situado hacia el tercio anterior del cuerpo, y se alcanza en torno a las cuatro a ocho semanas en condiciones favorables.

De cada apareamiento salen capullos: cápsulas ambarinas o amarillentas del tamaño de una cabeza de cerilla, que se oscurecen a medida que maduran. Cada uno contiene habitualmente entre uno y cinco embriones y eclosiona en unas tres semanas a 25 °C, bastante más despacio si hace frío. Las crías salen pálidas, casi transparentes, con un vaso sanguíneo dorsal visible como una línea roja fina, y en pocas semanas adquieren el color y el tamaño adultos.

Con alimento y espacio suficientes la población se duplica cada dos o tres meses, y después se autolimita por densidad: dejan de reproducirse cuando el hacinamiento aprieta. La longevidad ronda entre uno y cuatro años.

De aquí sale el mejor indicador de salud de un sistema, mucho más fiable que el olor: si al remover la capa superior aparecen capullos y ejemplares juveniles, todo va bien. Un cajón sin capullos, aunque las lombrices adultas parezcan activas, está en condiciones que no invitan a reproducirse. Cuando abundan, se puede retirar la mitad del contenido con su fauna y arrancar un segundo cajón sin comprar nada.

No todas las lombrices de compost son iguales

En el comercio circulan varias especies epigeas y conviene distinguirlas.

Eisenia fetida presenta anillos alternos de tono más oscuro y más claro, un aspecto atigrado que le da su nombre común en inglés. Eisenia andrei es de un rojo uniforme sin bandas. Se venden mezcladas, se comportan igual y no hay motivo para preocuparse por cuál toque.

Dendrobaena veneta —también citada como Eisenia hortensis— es notablemente más gruesa y larga, tolera mejor el frío, se reproduce más despacio y procesa menos residuo por unidad de peso. Se comercializa sobre todo como cebo de pesca y funciona en vermicompostaje, aunque con menos rendimiento.

Perionyx excavatus es tropical, muy rápida y muy dada a escaparse en cuanto cambia la presión atmosférica o la humedad. En el clima peninsular no aguanta el invierno a la intemperie.

Y la que no sirve: Lumbricus terrestris, la lombriz grande del jardín, es anécica y necesita excavar galerías verticales profundas. Encerrada en un cajón no sobrevive.

Los demás habitantes

Enquitreidos. Gusanos blancos, finos como un hilo, de cinco a veinte milímetros, que se retuercen deprisa. Se confunden constantemente con crías de lombriz, pero estas son rosadas y translúcidas y llevan la línea roja del vaso dorsal, que los enquitreidos no tienen. Son inofensivos y descomponen materia orgánica, aunque una proliferación notable señala un medio ácido y demasiado húmedo, a menudo por exceso de restos feculentos.

Colémbolos. Motas blancas o grisáceas de uno o dos milímetros que saltan al descubrirlas. Fragmentan materia y forman parte normal de cualquier sistema sano. No hay nada que hacer con ellos.

Ácaros. Hay muchas especies y la mayoría son detritívoras y neutras. Una explosión de ácaros blancos brillantes indica exceso de humedad y de alimento ácido o azucarado; se corrige aireando y añadiendo material seco. Algunos, del género Histiostoma, se adhieren al cuerpo de las lombrices en condiciones muy húmedas.

Cochinillas y milpiés. Porcellio y Armadillidium aparecen en cajones exteriores. Trituran material vegetal duro y ayudan más de lo que estorban.

Dípteros. La mosca del vinagre, del género Drosophila, es pequeña, de ojos rojos y vuelo lento. Las fóridas, del género Megaselia, son más oscuras y corren por la superficie en zigzag antes que volar. Ambas llegan con la fruta. Distinta es la mosca soldado negra, Hermetia illucens, cuyas larvas son grandes, aplanadas, de color pardo y muy voraces: no dañan a las lombrices, pero compiten por el alimento y generan calor. Aparece en cajones al aire libre durante el verano en el sur y el litoral mediterráneo.

Micelio blanco. Los filamentos algodonosos que cubren un trozo de pan o una rodaja de fruta son hongos descomponedores haciendo su trabajo. No son un problema.

Hormigas. Su presencia indica que la cama ha perdido humedad en algún punto, porque no se instalan en material saturado.

Un depredador que conviene conocer

Merece una mención aparte Obama nungara, una planaria terrestre de origen sudamericano establecida ya en amplias zonas del norte y del noroeste peninsular y en expansión hacia el interior. Es un gusano plano, aterciopelado, de color pardo oliváceo con una línea más clara, que se desliza dejando rastro de mucus y que depreda lombrices de tierra. Se dispersa sobre todo con el sustrato de las plantas de vivero y con el traslado de tierra.

En una vermicompostera doméstica es rara, pero si aparece un animal plano de ese aspecto conviene no devolverlo al jardín ni compartir el contenido del cajón con nadie. En el norte de la Península existe además Arthurdendyus triangulatus, otra planaria depredadora de lombrices, de origen neozelandés. Ambas se consideran especies invasoras con impacto sobre la fauna del suelo.

Leer la caja por su fauna

Puesto todo junto, la comunidad funciona como un panel de indicadores.

Capullos y juveniles abundantes señalan condiciones óptimas. Colémbolos y algún ácaro, funcionamiento normal. Enquitreidos y ácaros en cantidad, exceso de humedad y acidez. Larvas de mosca soldado, sobrealimentación y calor. Hormigas, zonas resecas. Y ausencia de todo salvo las lombrices adultas, en un cajón que además huele mal, indica que el medio se ha vuelto inhóspito para el conjunto del sistema, no solo para ellas.

Corregir suele ser cuestión de dos variables: la humedad y la proporción de material seco y carbonado que acompaña a cada aporte de cocina. Casi todo lo demás se reajusta solo.

En resumen

La lombriz del vermicompostaje muele con una molleja que necesita partículas minerales, regula el pH con sus glándulas calcíferas y se alimenta principalmente de los microorganismos que colonizan el residuo, no del residuo en sí; respira por la piel y huye de la luz. Madura en cuatro a ocho semanas, se distingue por el clitelo y deja capullos ambarinos de los que salen entre uno y cinco ejemplares, de modo que ver capullos y crías pálidas con la línea roja dorsal es la mejor señal de que el sistema funciona. Con ella conviven enquitreidos, colémbolos, ácaros, cochinillas, moscas del vinagre y a veces mosca soldado negra, y cada grupo informa de una condición concreta del medio. La única presencia que exige atención es la de las planarias depredadoras Obama nungara y Arthurdendyus triangulatus, que se dispersan con el sustrato de vivero y comen lombrices.


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