Un kilo de lombrices rojas procesa entre 250 y 350 gramos de restos de cocina al día en condiciones favorables. Esa cifra es la que decide si el vermicompostaje encaja o no en una casa concreta: equivale más o menos a lo que genera un hogar de dos o tres personas que cocina verdura a diario. Ni hace falta jardín, ni montón, ni volteos, ni los tres metros cúbicos que pide una compostera clásica para calentar. Cabe una caja de 60 por 40 centímetros en una terraza, un garaje o un cuarto trastero, y de ella sale humus de lombriz, uno de los mejores enmendantes que se pueden aplicar a un huerto o a una maceta.

Vermicompostador doméstico de bandejas apiladas

Por qué no es lo mismo que compostar

El compostaje convencional es un proceso térmico: los microorganismos degradan la materia orgánica y el montón se calienta hasta 55-65 °C, temperatura que higieniza y mata semillas de adventicias. Para llegar ahí hace falta masa, y una compostera pequeña casi nunca la alcanza; se queda en un proceso tibio y lento.

El vermicompostaje trabaja en frío. La lombriz ingiere el material parcialmente descompuesto y lo devuelve transformado por el paso por su tubo digestivo, donde la flora microbiana y las enzimas hacen el trabajo que en el montón hacen la temperatura y el tiempo. El resultado, las deyecciones o vermicasts, tiene una estructura granular estable, una carga microbiana muy alta y los nutrientes en formas más disponibles para la planta que el compost corriente. A cambio, el volumen producido es pequeño y el proceso no higieniza: lo que entre con semillas o con patógenos, sale igual.

Esa diferencia marca el uso. El humus de lombriz no se emplea como sustrato único ni a paladas, sino como enmienda concentrada: un 10-20 % del volumen en una mezcla de macetas, o un puñado generoso por planta en el hoyo de trasplante.

La lombriz correcta

La especie que se usa es Eisenia fetida, la lombriz roja californiana, a menudo mezclada en los lotes comerciales con su pariente Eisenia andrei, prácticamente indistinguible a simple vista. Son lombrices epigeas: viven en los primeros centímetros de materia orgánica en descomposición, no excavan galerías profundas y toleran densidades altísimas de población. Nada que ver con la lombriz de tierra grande y rosada del jardín, Lumbricus terrestris, que es anécica, necesita perforar un metro de suelo y muere en cuestión de días encerrada en un cajón. Recoger lombrices del huerto para llenar el vermicompostador termina siempre igual.

Un lote inicial razonable para un vermicompostador doméstico es de 500 g a 1 kg, unos 1.000 a 2.000 ejemplares. La población se autorregula según el alimento y el espacio disponibles, y en condiciones buenas se duplica cada dos o tres meses. Se compran en explotaciones lombricultoras y llegan por mensajería en un sustrato húmedo; conviene volcarlas enteras, con ese sustrato, porque viene cargado de la microbiota que necesitan.

Montar el vermicompostador

Los modelos comerciales son torres de bandejas perforadas apiladas sobre una base con grifo. Se empieza llenando la bandeja inferior; cuando está completa se coloca encima la siguiente con material fresco y las lombrices migran solas hacia arriba a través de las perforaciones, dejando abajo el humus casi libre de ejemplares. Es un sistema cómodo y limpio, y evita la parte más tediosa de separar lombrices a mano.

Un cajón hecho en casa funciona igual de bien si respeta cuatro cosas: oscuridad (las lombrices huyen de la luz), ventilación lateral y superior, drenaje en el fondo y una profundidad moderada, de 30 a 40 cm. Más hondo no aporta nada, porque el material se compacta abajo y se vuelve anaerobio.

Antes de meter las lombrices hay que preparar la cama: de 10 a 15 cm de material carbonado húmedo, como fibra de coco hidratada, cartón ondulado troceado, papel de periódico sin tintas de color o hojarasca semidescompuesta. Esa cama es su casa y su refugio, y la primera semana no se les da comida: se les deja aclimatarse.

Las condiciones que hay que mantener son concretas. Temperatura entre 15 y 25 °C para máxima actividad; por debajo de 10 °C prácticamente dejan de comer y por encima de 32-35 °C empiezan a morir. Humedad alta, del 70-80 %: el material debe estar como una esponja escurrida, y si al apretar un puñado gotea, sobra agua. pH cercano a la neutralidad, entre 6 y 7,5.

En clima peninsular esas cifras tienen una consecuencia clara: el verano mata más vermicompostadores que el invierno. Una caja al sol en una terraza de Sevilla, Zaragoza o Murcia en julio supera de largo los 35 °C interiores y no queda una lombriz viva. Sombra permanente todo el año, y en las zonas más calurosas mejor dentro de casa, en un garaje o en un lavadero. El frío es menos problema: en casi toda la península sobreviven al invierno a la intemperie si la masa es suficiente, solo que comen mucho menos y hay que reducir el aporte para que la comida no se acumule y fermente.

Qué darles de comer

Entra sin problema todo el residuo vegetal crudo de cocina: pieles y restos de fruta y verdura, posos de café con el filtro de papel, bolsitas de té e infusiones (retirando la grapa y las que llevan malla de plástico), cáscara de huevo machacada, restos de pan duro en poca cantidad, hojas verdes marchitas y flores cortadas.

Y esto es lo que más se olvida: junto con cada aporte húmedo hay que añadir material seco y carbonado. Cartón sin plastificar, hueveras, papel de cocina usado, servilletas de papel, cartón de rollos. El residuo de cocina es agua y nitrógeno casi puro; sin carbono la cama se apelmaza, se vuelve un puré anaerobio y aparecen los olores. Una proporción práctica es añadir un volumen de material seco parecido al de restos frescos.

Trocear acelera mucho el proceso, porque la lombriz no muerde: raspa superficie. Y cada aporte se entierra ligeramente bajo la cama o se cubre con cartón húmedo, gesto que resuelve de golpe el problema de las moscas de la fruta.

Qué dejar fuera

Carne, pescado, huesos, lácteos, embutidos y cualquier alimento graso o cocinado con aceite: se pudren en anaerobiosis, huelen mal y atraen roedores. Nada de comida salada ni con salsas, porque la sal deshidrata a la lombriz por contacto directo. Fuera también las heces de perro y gato, por riesgo sanitario, y las cenizas de chimenea, que suben el pH bruscamente.

Hay un grupo intermedio que conviene entender en vez de prohibir sin más. Los cítricos, la piña, la cebolla y el ajo no son veneno, pero en cantidad acidifican el medio y liberan compuestos que a las lombrices les resultan irritantes. En dosis pequeñas y bien repartidas se digieren sin drama; el problema es vaciar de golpe el bol de una tarde de exprimir naranjas. Igual ocurre con el pan y la pasta: fermentan rápido y calientan la masa si van en cantidad.

Descarta también los restos de plantas tratadas recientemente con fitosanitarios y el serrín de coníferas o de maderas tratadas. Y el papel térmico de los tickets de compra, que no es papel reciclable ni inerte.

Cuando algo va mal

Un vermicompostador sano huele a tierra de bosque. Si huele a podrido o a amoníaco, hay exceso de comida, exceso de humedad o falta de aire: deja de alimentar una o dos semanas, añade cartón seco y remueve suavemente la capa superior.

Si las lombrices trepan por las paredes o intentan escaparse, están diciendo que el medio no les gusta —demasiado ácido, demasiado húmedo, demasiado caliente o con comida en fermentación activa—. Los primeros días tras la instalación algo de movimiento es normal; pasada una semana, no.

Las moscas de la fruta (Drosophila) llegan con la propia fruta y proliferan si hay restos en superficie: enterrar los aportes y mantener una capa de cartón húmedo encima corta el ciclo. Las hormigas indican lo contrario, sequedad: hay que humedecer. Los ácaros blancos en cantidad señalan exceso de humedad y de material ácido.

Y una advertencia sobre el líquido del grifo. Lo que sale por ahí no es humus líquido ni «té de lombriz», sino lixiviado: agua de percolación que ha atravesado material en descomposición y que puede ser anaerobia y contener compuestos fitotóxicos. Se vende la idea de que es un fertilizante concentrado listo para usar, y aplicarlo puro sobre plantas jóvenes las quema. Si sale abundante y oscuro, además, es la señal de que el sistema está encharcado. Dilúyelo al menos 1:10 en agua, úsalo en el suelo y no sobre la hoja, y si huele mal, tíralo.

Recoger el humus

La primera cosecha llega entre los tres y los seis meses, según temperatura y ritmo de alimentación. El humus terminado es oscuro, granuloso, suelto y sin restos reconocibles de comida.

Con bandejas apiladas el trabajo lo hacen ellas: deja de alimentar la bandeja de abajo, sigue aportando en la de arriba y en dos o tres semanas casi toda la población habrá migrado. En un cajón único, el método más limpio es empujar todo el contenido a un lado, llenar el hueco con cama y comida nuevas y esperar un par de semanas a que se muden. También funciona volcar el material en un montón bajo luz directa: las lombrices bajan huyendo de la claridad y se va retirando humus por capas.

El humus recogido se guarda en un recipiente con algo de aireación y sin secarse del todo, porque su valor está en la vida microbiana que contiene; almacenado en una bolsa cerrada al sol pierde precisamente lo que lo hace bueno. Los capullos, unas cápsulas ambarinas del tamaño de una cabeza de alfiler, se pueden devolver al vermicompostador o dejarlos en el humus, donde eclosionarán en el bancal sin causar ningún problema.

En resumen

El vermicompostaje resuelve el reciclaje de la materia orgánica doméstica donde no hay sitio para una compostera: un cajón ventilado y oscuro, una cama de fibra de coco o cartón, medio kilo de Eisenia fetida y restos vegetales crudos enterrados bajo la superficie. Las claves son mantener 15-25 °C y sombra —el calor de un verano peninsular es la principal causa de fracaso—, humedad de esponja escurrida y suficiente material seco carbonado acompañando a cada aporte de cocina. Fuera carne, lácteos, grasas, sal y cítricos en cantidad. Y no confundas el lixiviado del grifo con abono líquido: dilúyelo mucho o descártalo. Lo que sí vale su peso en oro es el humus sólido, que no sustituye al sustrato pero mejora cualquier mezcla en cuanto entra a un 10-20 %.


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