El fruto de un geranio es una ballesta de cinco brazos que se arma sola al secarse y se dispara sin que nadie la toque. Ese mecanismo, y no la flor, es la mejor manera de reconocer el género en el campo, y explica por qué en cualquier rincón húmedo y sombrío de España aparecen geranios que nadie ha plantado. Porque el género Geranium no es una rareza de catálogo: es flora ibérica corriente, con unas cuarenta especies presentes en la península y en Baleares.

Que la planta del balcón sea un Pelargonium y no un Geranium, y qué especies de jardín merece la pena plantar, está resuelto en qué es un geranio vivaz de verdad. Aquí interesa el género en libertad: cómo funciona, cómo se identifica y qué hay de él en el monte español.

Cómo dispara el fruto

La flor deja tras de sí un fruto alargado y puntiagudo que a los botánicos les recordó el pico de una grulla. Ese fruto es un esquizocarpo formado por cinco mericarpos, cada uno con una semilla en su base, adosados a una columna central prolongada en un pico o rostro. De cada mericarpo sale hacia arriba una arista fina que va pegada a esa columna.

Mientras el fruto madura, las capas de tejido de la arista se deshidratan a distinta velocidad. La capa interna se contrae más que la externa y genera una tensión creciente, exactamente igual que un arco tensado. Cuando la unión inferior cede, la arista se despega de golpe de abajo arriba, se curva hacia atrás y proyecta la semilla a varios metros. El movimiento dura milisegundos y no requiere viento, animal ni agua: toda la energía procede de la pérdida de agua.

Dentro de la familia hay dos soluciones distintas a partir del mismo diseño. En la mayoría de los Geranium la semilla sale despedida y el mericarpo vacío queda colgando del fruto; en algunas especies el mericarpo se lanza entero con la semilla dentro. Y en Erodium, el alfilerillo de las cunetas, la arista se comporta de otra manera: acompaña al mericarpo hasta el suelo y allí se enrolla y se desenrolla en espiral según cambia la humedad ambiental, de modo que va enroscando la semilla en la tierra como un tornillo. Ese movimiento higroscópico continúa funcionando en un mericarpo seco recogido hace meses: basta humedecerlo para verlo girar.

Reconocer un Geranium en la mano

Cinco pétalos iguales dispuestos en rueda, cinco sépalos, diez estambres todos fértiles y un ovario que se prolonga en el pico característico. La hoja es palmada, con lóbulos que salen de un mismo punto, y con frecuencia va acompañada de estípulas en la base del pecíolo. Con eso queda descartado cualquier otro grupo de la flora española.

Para llegar a la especie, los caracteres que de verdad separan son cuatro, y ninguno es el color:

El ápice del pétalo. Entero y redondeado, o escotado en dos lóbulos. Es lo primero que se mira.

La relación entre pétalo y sépalo. Pétalos que apenas sobresalen del cáliz, o que lo doblan en longitud.

El indumento. Presencia o ausencia de pelos glandulares —los que terminan en una gotita y se pegan al tacto— en pedicelos y sépalos.

La superficie del mericarpo y de la semilla. Lisa, arrugada transversalmente o con retículo. Se ve con lupa de mano y resuelve buena parte de las dudas entre especies anuales próximas.

Los que salen solos en cualquier jardín

Geranium robertianum, la hierba de San Roberto. Anual o bienal, de tallos rojizos y quebradizos, hoja muy dividida en cinco segmentos y flores rosas de pétalos enteros. Desprende un olor peculiar y penetrante al estrujarla. Vive en sombra fresca, en muros, taludes y bordes de bosque de casi toda la península. Tiene una larga tradición en la medicina popular europea, pero conviene separar tradición de evidencia: no existen ensayos clínicos que respalden esos usos, no se conocen bien sus posibles interacciones y cualquier cuestión de salud corresponde al médico o al farmacéutico, no a una planta recogida en un talud.

Geranium purpureum se le parece mucho y se distingue por un detalle diminuto y fiable: sus anteras son amarillas, mientras que en G. robertianum son anaranjadas o purpúreas. Es más frecuente en el sur y en ambientes secos.

Geranium molle, común en céspedes, márgenes y suelos removidos de toda España. Hoja redondeada y suavemente peluda, flores pequeñas de color rosa violáceo con los pétalos escotados y mericarpos con arrugas transversales muy marcadas y sin pelos.

Geranium rotundifolium, parecido al anterior pero con los pétalos enteros y los mericarpos lisos y pelosos. Sale en cunetas, alcorques y bases de muro.

Geranium dissectum, de hoja profundamente dividida en segmentos estrechos y flores pequeñas de un púrpura intenso, con abundantes pelos glandulares. Frecuente en cultivos y barbechos.

Geranium lucidum, inconfundible: hoja redondeada, lustrosa, casi carnosa, que enrojece al sol, y flores rosa brillante. Crece en grietas de rocas y muros de piedra, sobre todo en la mitad norte.

Geranium columbinum, de pedicelos muy largos que separan la flor del follaje, en pastos secos y claros de matorral.

Ninguno de ellos es problemático. Son plantas anuales de raíz somera que se arrancan de un tirón, ocupan el suelo desnudo en primavera y desaparecen solas en verano, y aportan polen temprano a abejas pequeñas y sírfidos. En un jardín naturalista se pueden dejar donde no molesten.

Los vivaces del monte español

Los que interesan como planta perenne están en las montañas y en la mitad norte, y varios de ellos son los antepasados directos de las selecciones de jardín.

Geranium sanguineum crece en pastos pedregosos, quejigares y roquedos calizos de la mitad norte, con flores magenta grandes y hoja muy dividida. Es el más resistente a la sequía del grupo y el que mejor funciona al sur del Sistema Central.

Geranium pratense y Geranium sylvaticum son plantas de prados de siega y de hayedo aclarado del Pirineo y la cordillera Cantábrica, altas y de flor azul violácea, propias de suelos frescos y profundos.

Geranium nodosum habita el sotobosque húmedo del norte peninsular y es el que mejor tolera la sombra densa. Geranium phaeum, de flores granate oscuro, ocupa un nicho similar en zonas frescas.

Geranium cinereum y su pariente G. subcaulescens son plantas de gleras y pastos pedregosos de alta montaña pirenaica, de porte diminuto y flor grande en proporción.

El género tiene además endemismos ibéricos de área muy reducida, como Geranium dolomiticum, restringido a afloramientos dolomíticos del norte, y Geranium cazorlense, de las sierras de Cazorla y Segura. Ambos figuran en catálogos de protección y su recolección está prohibida. Merece la pena decirlo con claridad: las plantas de estos grupos se consiguen en viveros especializados y por intercambio de semilla, nunca arrancándolas del monte.

Geranium × cantabrigiense en flor

Recoger la semilla antes de que se dispare

El mecanismo del fruto tiene una consecuencia práctica incómoda: la semilla desaparece justo cuando está lista, y a menudo entre una visita al jardín y la siguiente. Quien quiera multiplicar una mata concreta tiene que adelantarse.

El momento. Cuando la columna central sigue verde pero los mericarpos de la base ya han virado a pardo. Un fruto todavía completamente verde da semilla inmadura que no germina.

El método. Una bolsa de papel o de tul atada sobre la inflorescencia recoge los disparos sin impedirlos. Con pocos frutos, basta cortar los tallos y meterlos en una bolsa de papel cerrada, en un sitio seco: en dos o tres días se oyen los mericarpos golpear contra el papel.

La siembra. La semilla fresca sembrada en otoño, al aire libre, germina bien en las especies de montaña, que necesitan pasar frío. La semilla guardada un año desarrolla una cubierta dura y conviene rayarla suavemente con papel de lija antes de sembrarla. Las anuales de jardín se resiembran solas y no requieren ninguna intervención.

La alternativa. Las selecciones de jardín son híbridos o clones y no reproducen fielmente por semilla; algunas, como las estériles de floración continua, no dan semilla en absoluto. Esas se multiplican dividiendo la mata en otoño o a finales de invierno.

En resumen

Geranium es flora ibérica común, con unas cuarenta especies en la península y Baleares, y se reconoce por la flor de simetría radial con cinco pétalos iguales y diez estambres fértiles y por su fruto en pico. Ese fruto funciona como una ballesta: la arista de cada uno de los cinco mericarpos acumula tensión al deshidratarse y se despega de golpe, lanzando la semilla varios metros; en Erodium, la arista acompaña a la semilla al suelo y la enrosca en la tierra con sus giros higroscópicos. Para llegar a la especie se miran el ápice del pétalo, la proporción entre pétalo y sépalo, los pelos glandulares y la superficie del mericarpo, nunca el color. Entre las espontáneas del jardín están G. robertianum —cuya fama medicinal es tradición y no evidencia— y su gemelo G. purpureum, de anteras amarillas, además de G. molle, G. rotundifolium, G. dissectum, G. lucidum y G. columbinum, todas anuales e inofensivas. Los vivaces del monte —G. sanguineum, G. pratense, G. sylvaticum, G. nodosum, G. cinereum— son el origen de las selecciones de jardín, y los endemismos como G. dolomiticum o G. cazorlense están protegidos y no se recolectan. Para tener semilla hay que embolsar el fruto antes de que se dispare.


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