Existe una forma de multiplicar crasas y cactus que no pasa por la cuchilla: la que ejecuta la propia planta y que solo hay que recoger a tiempo. Bulbilos en el escapo floral, rosetas colgando de un estolón, plantulillas ya enraizadas en el borde de una hoja, tallos que echan raíz donde tocan el suelo. Y en el extremo opuesto, la semilla, que tampoco requiere cortar nada y que es la única vía que produce individuos distintos de sus padres.

El catálogo de métodos con corte —esqueje de tallo, esqueje de hoja, división de mata— está desarrollado en la guía general de multiplicación. Este artículo se ocupa de lo demás.

Estolones y rosetas hijas

Los Sempervivum son el caso escolar: cada roseta emite tallos finos que terminan en una roseta menor, y esa roseta echa raíces en cuanto encuentra sustrato. Como la planta madre muere después de florecer, esas hijas son la continuidad de la mata, y una plantación que nunca se aclara termina con huecos donde antes hubo un cojín cerrado.

La recogida es trivial: se espera a que la roseta hija tenga la mitad del tamaño de la madre, se corta el estolón y se planta. Si ya tiene raíces —lo normal— no necesita cicatrizado ninguno y admite un riego ligero a los dos o tres días.

Funcionan igual los estolones de Jovibarba, los rizomas superficiales de Sansevieria y las rosetas basales de muchas Haworthia. En todos ellos, marzo y abril son el mejor momento en la Península: temperatura suficiente para arrancar y toda la temporada por delante.

Bulbilos: lo que deja un agave al morir

Un Agave florece una sola vez, levanta un escapo que puede superar los cinco metros y muere después. Antes de morir, muchas especies producen en las ramas de esa inflorescencia decenas o centenares de bulbilos: plantitas completas, con hojas y esbozo de raíz, que se desprenden solas y caen al suelo.

Recogerlos es la forma más productiva de multiplicar el género. Se retiran cuando tienen tres o cuatro centímetros y las raicillas ya asoman, se dejan un par de días al aire para que la zona de desprendimiento seque y se plantan en sustrato mineral, apenas sujetos. Enraízan en tres o cuatro semanas de verano.

Furcraea hace lo mismo y con más generosidad todavía. Y conviene tener presente que el agave gigante que ha empezado a levantar el escapo no se está recuperando: está terminando su ciclo, y lo único aprovechable serán los bulbilos y los hijuelos de la base.

Plantulillas en el borde de la hoja

Los antiguos Bryophyllum, hoy incluidos en Kalanchoe, resuelven la propagación sin intervención humana alguna. Kalanchoe daigremontiana y Kalanchoe delagoensis forman en las escotaduras del margen foliar hileras de plantitas con raíces ya desarrolladas, que caen al menor roce y arraigan donde aterrizan, incluida la maceta del vecino.

Multiplicarlas consiste en recoger las plantitas caídas y colocarlas sobre sustrato seco; no hay más técnica que esa. El problema es el contrario: contenerlas. Kalanchoe daigremontiana está considerada planta invasora en Canarias y se comporta de forma agresiva en el litoral mediterráneo, de modo que no debe salir de la maceta ni acabar en un contenedor de restos vegetales que termine en compostaje abierto. Los restos se secan por completo antes de desecharlos.

Un aviso de seguridad que corresponde dar pronto: el género contiene bufadienólidos, compuestos cardiotóxicos, y ha causado intoxicaciones en ganado y en animales de compañía que roen las hojas. No es una planta para tener al alcance de un perro o un gato con costumbre de mordisquear, ni para el huerto donde pasten animales.

Tallos que arraigan donde tocan

Muchas crasas rastreras emiten raíces adventicias en cada nudo que queda en contacto con el sustrato: Sedum de porte bajo, Delosperma, Aptenia, Senecio colgantes, Portulacaria. Multiplicarlas es un acodo espontáneo: se sujeta un tramo de tallo contra la superficie con una piedra o una horquilla, se espera tres o cuatro semanas y se separa cuando ya ha anclado, con raíces propias funcionando desde el primer día.

Las palas de Opuntia hacen lo mismo por desprendimiento: se articulan, caen y enraízan sin ayuda. Esa autonomía explica su éxito como planta invasora, y por eso la cautela aquí es legal además de jardinera. Varias especies del género figuran en el catálogo español de especies exóticas invasoras, con Opuntia dillenii, Opuntia stricta y Opuntia maxima entre las más señaladas, y su multiplicación y plantación están prohibidas. Antes de propagar una chumbera de origen desconocido hay que identificarla.

Astrophytum asterias híbrido en flor

Conseguir semilla propia

La siembra es lenta y es la única vía que genera variabilidad, la que permite obtener híbridos y la que da acceso legal y responsable a especies protegidas. Pero antes de sembrar hay que tener semilla, y ahí aparece un obstáculo que sorprende: la mayor parte de las cactáceas son autoincompatibles.

Autoincompatible significa que el polen de una flor no fecunda a esa misma planta ni a ninguna otra que sea su clon. Un Gymnocalycium solitario en la ventana puede florecer diez años seguidos sin producir un solo fruto. Hacen falta dos ejemplares de la misma especie procedentes de semillas distintas, floreciendo a la vez.

La polinización manual se hace con un pincel fino de pelo suave o con un palillo con un poco de algodón. La flor se abre por la mañana y el estigma es receptivo mientras sus lóbulos están separados y ligeramente húmedos; el polen se recoge de las anteras de una planta y se deposita sobre el estigma de la otra, y después a la inversa. La operación se repite al día siguiente si la flor sigue abierta, porque las flores de Echinopsis o Selenicereus duran una noche y las de Mammillaria, dos o tres días. Conviene anotar en una etiqueta qué se ha cruzado con qué: en dos meses no se recuerda.

Unas pocas especies son autofértiles y producen fruto sin ayuda: varias Frailea y Rebutia, que además se autopolinizan con la flor cerrada. Son buen material para empezar.

Recoger y guardar

Los frutos de cactácea son de dos tipos. Los carnosos —Mammillaria, Gymnocalycium, Echinopsis— se recogen cuando cambian de color y ceden a la presión; la pulpa se deshace en un vaso de agua, la semilla viable se va al fondo y los restos flotan. Después se extiende sobre papel absorbente y se seca a la sombra dos o tres días, nunca al sol ni con calor.

Los frutos secos —Astrophytum, Ariocarpus— se abren solos por la base o por una sutura y hay que vigilarlos, porque en un día se vacían y la semilla se pierde en el sustrato. Una bolsita de gasa atada sobre el fruto que empieza a secar resuelve el problema.

La conservación es sencilla: sobre limpio, seco, en frasco cerrado, en la parte baja del frigorífico entre 5 y 8 °C. Con esas condiciones, la mayoría de las cactáceas mantienen buena germinación dos o tres años, aunque la facultad germinativa cae con el tiempo y hay géneros que germinan mucho mejor recién recolectados. Las suculentas de otras familias varían: la semilla de Lithops aguanta bien varios años, mientras que la de muchas crasas de hoja pierde viabilidad en una temporada.

Una nota práctica sobre movimiento de semilla: todas las cactáceas están en los apéndices CITES, y aunque la semilla de la mayoría de las especies queda exenta de esa protección, hay excepciones expresas —Ariocarpus y Lophophora williamsii entre ellas— que no lo están. Comprar a proveedores que documenten el origen evita problemas y desincentiva la recolección en hábitat, que es la causa principal de que varios géneros estén amenazados.

Los tiempos, sin adornos

Un bulbilo de agave da una planta reconocible en un año. Una roseta de Sempervivum, en una temporada. Una plantita de Kalanchoe, en meses.

La semilla juega en otra escala. Un Echinopsis o un Gymnocalycium sembrados en abril tienen tamaño de garbanzo al año siguiente y florecen a los tres o cuatro años. Un Astrophytum asterias necesita tres o cuatro años para parecer una planta de vivero. Un Ariocarpus, diez o más. Esa aritmética es la que explica que exista el injerto sobre patrón vigoroso, que comprime los primeros años, y también la que aconseja sembrar cada temporada en lugar de esperar a tener sitio: la siembra que no se hace este año son cuatro años perdidos.

En resumen

Sin cortar nada se multiplica mucho: rosetas de estolón en Sempervivum y Haworthia, bulbilos en el escapo de agaves y Furcraea, plantulillas vivíparas en los Kalanchoe del antiguo grupo Bryophyllum —con la cautela de que son invasoras y cardiotóxicas— y tallos rastreros que arraigan solos donde tocan el suelo. La semilla propia exige un paso más: dos ejemplares no clonados de la misma especie, polinización manual por la mañana con pincel, recogida del fruto antes de que se vacíe y conservación en frío y seco. Es lenta y es la única que aporta plantas genéticamente nuevas, además de la manera legal y sensata de acceder a las especies protegidas.


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