La familia Cactaceae reúne a todas las plantas que llamamos cactus, alrededor de dos mil especies, y es exclusivamente americana con una única excepción natural: Rhipsalis baccifera, que también aparece en África tropical, Madagascar y Sri Lanka. Todo lo demás que se llame cactus y crezca de forma silvestre fuera de América llegó allí de la mano del ser humano.
Conviene despejar la confusión más habitual de entrada: todos los cactus son suculentos, pero no todas las suculentas son cactus. Y lo que separa a un cactus de una euforbia africana espinosa o de un agave no son las espinas, que también tienen otras familias, sino una estructura concreta: la areola.
La areola: el rasgo que define a la familia
Una areola es una yema axilar modificada, un cojincillo de aspecto afieltrado del que brotan las espinas, los pelos, los gloquidios, las ramas nuevas y las flores. Ninguna otra familia de plantas la tiene. Si ves espinas que nacen directamente del tallo, sin ese cojín, no estás ante un cactus.
Es un rasgo útil en la tienda. Las Euphorbia suculentas se venden a menudo mezcladas con cactus y se parecen mucho, pero sus espinas salen de la costilla sin areola y su savia es un látex blanco irritante que los cactus no tienen. La diferencia importa: el látex de las euforbias es peligroso en contacto con los ojos.
Las espinas son hojas modificadas. Cumplen varias funciones a la vez: defensa frente a herbívoros, sombreado del tallo, condensación de rocío y, en algunas especies con espinas plumosas y blancas, aislamiento térmico. Los gloquidios, típicos de las chumberas, son espinas diminutas, barbadas y muy fáciles de desprender; son mucho más molestos que las grandes, porque se clavan a cientos y no se ven.
Cómo funciona un cactus: el metabolismo CAM
Casi todos los cactus usan el metabolismo ácido de las crasuláceas (CAM). En vez de abrir los estomas de día, como la mayoría de las plantas, los abren de noche, cuando el aire está fresco y húmedo, y almacenan el dióxido de carbono en forma de ácido málico. Al día siguiente, con los estomas cerrados y sin perder vapor de agua, liberan ese carbono para hacer la fotosíntesis.
El ahorro de agua es enorme, y tiene una consecuencia práctica que se nota: los cactus crecen despacio. También explica por qué el tallo suele estar acostillado o tuberculado; esa geometría permite hincharse y deshincharse según el agua disponible sin que la epidermis se rompa, como un acordeón.
Las subfamilias
- Pereskioideae: las más ancestrales, arbustos o arbolillos con hojas completamente formadas y persistentes, además de espinas. Parecen cualquier cosa menos un cactus.
- Leuenbergerioideae: separada de la anterior en revisiones recientes, con aspecto similar pero sin estomas en el tallo.
- Maihuenioideae: dos especies patagónicas de porte cespitoso, con hojitas cilíndricas persistentes y metabolismo C3, no CAM.
- Opuntioideae: chumberas y cilindropuntias. Tallos muy segmentados en palas o artejos, gloquidios siempre presentes y hojas efímeras en los brotes nuevos.
- Cactoideae: la subfamilia mayor y más diversa, desde globosos de tres centímetros hasta columnares de quince metros. Sin hojas de ningún tipo. Aquí están Mammillaria, Echinopsis, Ferocactus, Astrophytum, Gymnocalycium, Rebutia, Schlumbergera y la mayoría de lo que se vende.
CITES: toda la familia está regulada
Este es el dato que casi nadie conoce al comprar un cactus: toda la familia Cactaceae está incluida en el Apéndice II de CITES, y varias especies y géneros especialmente amenazados están en el Apéndice I, con restricciones mucho mayores. Hay excepciones para determinadas plantas cultivadas artificialmente y para algunos productos, pero el criterio general es ese.
La razón es sólida. El expolio de cactus para coleccionistas ha llevado a la extinción local de poblaciones enteras en México y en los Andes. Varias especies solo se conocen de una ladera concreta, y basta que alguien la vacíe una vez.
Para el aficionado la traducción es directa: no se recolectan cactus ni semillas del medio natural, ni siquiera "solo uno". Se compran en vivero, a productores que propagan por semilla o esqueje, y en compras internacionales se exige la documentación CITES. Un ejemplar viejo, grande y con aspecto de haber vivido a la intemperie, ofrecido barato y sin papeles, es exactamente lo que no hay que comprar.
Cultivo: el riego de invierno es lo que los mata
Repetido hasta el cansancio y aun así el error número uno: los cactus no mueren de sed, mueren de podredumbre por regar en invierno con un sustrato que retiene agua. En noviembre, con doce grados y poca luz, la planta está parada. El agua que le das se queda en el cepellón, la raíz no la consume, y la podredumbre empieza por el cuello, donde no se ve hasta que la planta se cae de lado.
El calendario razonable en la Península es este: riego cada una o dos semanas de abril a septiembre, según maceta y calor; espaciado en marzo y octubre; y nada en absoluto de noviembre a febrero si la planta está en un lugar fresco. Los cactus de bosque (Schlumbergera, Rhipsalis, Epiphyllum) son la excepción y necesitan humedad más constante y sombra, porque en la naturaleza viven sobre ramas de árbol, no en el desierto.
El sustrato debe ser mayoritariamente mineral: pómice, picón, arena gruesa lavada o arlita machacada, con una fracción menor de materia orgánica. Los sustratos comerciales "para cactus" suelen ser demasiado turbosos; añadirles un tercio de árido los mejora bastante. Maceta con agujero, sin excepciones, y de barro si el ambiente es húmedo, porque transpira.
Para que florezcan hace falta algo que suele faltar en un piso: un invierno fresco y seco. Muchos géneros necesitan varias semanas por debajo de diez o doce grados, sin riego, para inducir la floración. Un cactus que pasa el invierno a veintidós grados junto a un radiador crece deforme y no florece nunca.
La luz, mucha, pero con aclimatación. Un cactus que ha pasado el invierno dentro se quema en una tarde de junio si lo sacas de golpe al sol pleno; la quemadura deja una cicatriz blanca permanente. Dos o tres semanas de transición a media sombra evitan el problema.
Las chumberas y su situación en España
Las opuntias son el grupo de cactus con más historia en España. La chumbera (Opuntia ficus-indica) llegó tras el descubrimiento de América y forma parte del paisaje agrario del sur y del Levante desde hace siglos. Otras especies del género, en cambio, se comportan de forma claramente invasora en el litoral mediterráneo y en las islas, y varias figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013), lo que prohíbe su comercio, plantación y suelta al medio. Antes de plantar cualquier opuntia en zona costera conviene comprobar de qué especie se trata.
Desde 2007 las chumberas españolas sufren además la cochinilla del carmín (Dactylopius opuntiae), una plaga que ha arrasado plantaciones y poblaciones asilvestradas enteras en Murcia, Alicante, Andalucía y Canarias. Se reconoce por las masas algodonosas blancas sobre las palas, que al aplastarse tiñen de rojo intenso. Su manejo es competencia de los servicios de sanidad vegetal autonómicos y en varias zonas hay declaraciones oficiales de lucha obligatoria; ante una detección, lo que procede es comunicarlo al servicio correspondiente, no improvisar tratamientos.
Alcaloides y especies controladas
Algunos cactus contienen alcaloides psicoactivos. El peyote (Lophophora williamsii) y varias especies columnares sudamericanas contienen mescalina, una sustancia fiscalizada, y su cultivo y tenencia están sujetos a la normativa sobre sustancias psicotrópicas. El peyote está además entre las especies con la máxima protección en CITES por sobrerrecolección. Es un dato de la familia, no una recomendación de nada.
En resumen
Los cactus son una familia americana definida por la areola, con metabolismo CAM que les permite fijar carbono de noche y perder muy poca agua. Esa adaptación explica su lentitud, su forma acostillada y, sobre todo, su intolerancia al agua fuera de temporada.
Si te quedas con dos ideas, que sean estas: sustrato mineral y sequía absoluta de noviembre a febrero, que es lo que separa un cactus vivo de uno podrido; y procedencia de vivero, porque toda la familia está en el Apéndice II de CITES y el expolio de poblaciones silvestres es un problema real, no una formalidad burocrática.