Las palas planas que cubren los ribazos del sur peninsular no son hojas. Son tallos: cladodios aplanados que hacen la fotosíntesis, almacenan agua y, llegado el caso, se desprenden y enraízan solos. Esa arquitectura define al género Opuntia, unas 150 especies americanas de la subfamilia Opuntioideae que han colonizado medio mundo desde que los barcos las trajeron a Europa tras 1492.

Conviene deshacer de entrada un malentendido muy repetido: la chumbera no es una planta mediterránea. Es mexicana. Lleva cinco siglos entre nosotros y forma parte del paisaje de Almería, Murcia, Alicante o Canarias, pero eso la convierte en naturalizada, no en autóctona. La diferencia no es una pedantería: explica por qué varias especies del género figuran hoy en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y por qué su plantación está limitada en determinadas zonas.

Ejemplar adulto de Opuntia ficus-indica con sus palas o cladodios

Cómo está hecha una opuntia

Entender la morfología ahorra la mitad de los errores de cultivo. El cuerpo de la planta es una sucesión de cladodios (las palas o pencas) articulados unos sobre otros. Cada uno lleva areolas repartidas en espiral, y de cada areola pueden salir tres cosas: espinas largas, flores y —esto es lo importante— gloquidios.

Los gloquidios son cerdas diminutas, de uno o dos milímetros, con microganchos en la punta. Se desprenden al mínimo roce, se clavan por cientos y no se ven. Son mucho más molestos que las espinas grandes, precisamente porque las espinas se esquivan y ellos no. Una Opuntia microdasys, que carece de espinas y por eso se vende como cactus «inofensivo» para niños, es de las peores del género en este aspecto.

Si te los clavas, olvida las pinzas: no se ven ni se agarran. Funciona mejor aplicar cera depilatoria fría o cinta adhesiva ancha sobre la zona, dejar que fragüe y tirar de golpe en el sentido contrario al que entraron. Y por descontado, guantes de cuero y no de tela al manipularlas: los gloquidios atraviesan el algodón.

Un detalle que sorprende a mucha gente: las opuntias sí tienen hojas verdaderas. Son cilíndricas, de pocos milímetros, y aparecen sobre los cladodios jóvenes en primavera. Duran unas semanas y caen. Verlas es la señal de que la planta está en pleno crecimiento activo.

Especies que merece la pena conocer

Opuntia ficus-indica. La chumbera de toda la vida, la del higo chumbo. Arborescente, llega a 4-5 m con tronco leñoso en ejemplares viejos. Palas grandes, de hasta 40 cm, gris-verdosas y con espinas escasas o ausentes en los clones cultivados (los silvestres sí pinchan). Florece de mayo a junio en amarillo y madura los frutos entre agosto y octubre. Es la más resistente al frío del grupo de las «grandes»: aguanta puntas de -6 o -7 ºC si el suelo está seco, aunque las heladas prolongadas le producen manchas acuosas que luego se pudren.

Opuntia microdasys. El llamado cactus conejo o alas de ángel. Mexicana, arbustiva y de porte bajo, no suele pasar de 60 cm. Palas pequeñas, ovaladas, aterciopeladas, con areolas de gloquidios amarillos, blancos o rojizos según la variedad. Es la más frecuente en maceta y también la más friolera: por debajo de 5 ºC empieza a sufrir y a 0 ºC se pierde. En la Península hay que meterla dentro o cultivarla en invernadero frío salvo en el litoral más cálido.

Opuntia littoralis. Originaria de la costa de California y Baja California. Porte bajo y extendido, hasta 1-1,5 m, con palas azuladas y espinas amarillentas bien visibles. Al proceder de un clima de veranos secos e inviernos suaves y lluviosos, encaja muy bien en el litoral mediterráneo español. La variedad vaseyi tiene flores amarillo-anaranjadas que viran a tonos salmón al marchitarse.

Opuntia monacantha. Sudamericana (Brasil, Uruguay, Argentina). Se reconoce por sus palas alargadas, finas y de un verde brillante poco habitual en el género, y por llevar típicamente una sola espina larga por areola, de ahí el nombre. Existe una forma variegada, Opuntia monacantha «Variegata», con jaspeados blancos y rosados, muy vendida como planta de colección; crece más despacio y necesita algo más de protección solar en verano, porque los sectores sin clorofila se queman.

Opuntia ovata. Especie andina de pequeño tamaño, de las regiones altas de Argentina y Bolivia. Forma matas bajas de cladodios ovalados y cortos, más gruesos que los de sus parientes, con espinas blanquecinas. Su interés está en la rusticidad al frío: al venir de altitud, tolera inviernos bastante más duros que la chumbera común siempre que el sustrato esté seco.

Opuntia tomentosa. Mexicana y claramente arbórea: puede superar los 5 m con un tronco cilíndrico bien formado. Sus cladodios son aterciopelados al tacto, con una pubescencia fina que le da el nombre, y las flores son anaranjadas en lugar de amarillas. Necesita espacio y clima suave; no es planta para maceta más allá de la juventud.

Cultivo en el jardín

Las opuntias piden sol directo todo el día y drenaje. Ese es el resumen. A media sombra crecen, pero se ahílan, producen palas delgadas y pálidas y dejan de florecer.

El suelo importa menos por su riqueza que por su porosidad. Toleran terrenos pobres, pedregosos, calizos y con pH básico, que es exactamente lo que abunda en el levante y el sur. Lo que no perdonan es el agua encharcada alrededor del cuello. En terrenos arcillosos, la solución práctica es plantar sobre un caballón o montículo de 30-40 cm mezclado con gravilla y arena de río gruesa, nunca arena de playa ni de miga.

La plantación se hace en primavera, de abril a mayo, o a comienzos del otoño en el sur, para que enraíce antes del frío. Una vez establecida, una opuntia adulta en Andalucía, Murcia o Extremadura vive sin riego alguno. En los dos primeros veranos conviene un riego copioso al mes para asentar el sistema radicular; después, nada.

Sobre el frío, la clave no es la temperatura mínima aislada sino la humedad del suelo. Los tejidos suculentos congelados y empapados revientan; secos, resisten varios grados más. Una chumbera en suelo seco puede pasar un -6 ºC nocturno sin daño y morir con -2 ºC después de una semana de lluvias.

Grupo de opuntias plantadas en un jardín de clima seco

Cultivo en maceta

En maceta cambian dos cosas: el volumen de raíz es limitado y el sustrato se seca desde arriba pero permanece húmedo abajo. Ambas cosas se corrigen con la mezcla y con el recipiente.

Usa un sustrato con al menos un 50-60 % de material mineral. Una fórmula que funciona bien: una parte de sustrato específico de cactus, una parte de puzolana o picón de grano 3-6 mm y una parte de arena silícea gruesa. La maceta de barro sin esmaltar es preferible al plástico, porque evapora por las paredes y acorta el periodo en que el cepellón está mojado. Ancha antes que profunda: las raíces de las opuntias son superficiales y extendidas.

Riego: de abril a septiembre, empapando hasta que salga agua por el drenaje y esperando después a que el sustrato se seque por completo, lo que en pleno verano puede ser cada 10-15 días y en primavera cada tres semanas. De noviembre a febrero, ninguno. El riego escaso y frecuente —un chorrito cada semana— es el peor de los sistemas: mantiene húmeda la capa superficial, no llega a la raíz profunda y favorece las podredumbres del cuello.

Abonado: un fertilizante de cactáceas bajo en nitrógeno y alto en potasio, a la mitad de la dosis del envase, una vez al mes de abril a agosto. El exceso de nitrógeno produce crecimiento blando y acuoso, palas que se doblan por su peso y mucha mayor sensibilidad a las cochinillas.

Trasplante cada dos o tres años, a comienzos de primavera, y con la planta seca. Para manejarla sin clavarte nada, una tira de periódico doblada varias veces a modo de asa alrededor de la penca funciona mejor que cualquier guante. Tras trasplantar, no riegues en 7-10 días: las raicillas rotas son una puerta de entrada para las bacterias.

Plagas y enfermedades

La plaga que ha cambiado el paisaje del sur de España es la cochinilla del carmín, Dactylopius opuntiae. Se detectó en la Península a finales de la primera década de los 2000 y desde mediados de la década siguiente ha arrasado chumberales enteros en Andalucía, Murcia, la Comunidad Valenciana y las islas. Se reconoce sin dificultad: masas algodonosas blancas sobre las palas que, al aplastarlas, sueltan un tinte rojo intenso. Una planta muy infestada se desecha, amarillea y muere en una o dos temporadas.

Hay que distinguirla de Dactylopius coccus, la especie que se cultivó durante siglos en Lanzarote y Gran Canaria para obtener el colorante carmín. Aquella se criaba controlada sobre chumberas plantadas al efecto; la actual es otra especie, mucho más agresiva y sin utilidad tintórea comparable.

Contra ella, en ejemplares de jardín, lo que da resultado es la combinación de medios físicos y jabón: retirar y destruir —nunca tirar al monte ni al contenedor de restos vegetales— las palas más afectadas, lavar el resto a presión moderada y tratar cada 10-14 días con jabón potásico al 2 % mezclado con aceite de parafina, insistiendo en la cara inferior de las palas y en las axilas entre cladodios, que es donde se refugian. El tratamiento debe repetirse: una sola aplicación no sirve porque el estado protegido por la cera no se moja bien. En cultivos comerciales se trabaja además con enemigos naturales y con hongos entomopatógenos como Beauveria bassiana.

Las otras cochinillas —la algodonosa Planococcus citri y las de escudo— se tratan igual y son más fáciles de controlar. El depredador Cryptolaemus montrouzieri es muy eficaz en invernadero y en jardín cerrado.

La podredumbre basal es la otra causa habitual de muerte. Suele empezar como una mancha translúcida y blanda en la base, de olor desagradable, y avanza hacia arriba. Cuando se ve, ya no hay tratamiento útil: la única salida es cortar por encima de la zona afectada con cuchillo desinfectado, dejar cicatrizar el trozo sano y volver a enraizarlo. La causa casi siempre es exceso de agua en frío, o un cuello enterrado demasiado profundo.

También aparecen manchas necróticas negras y circulares en las palas por hongos foliares tras periodos de lluvia continuada, y daños de caracoles y babosas en las plantas jóvenes, que roen la epidermis y dejan cicatrices corchosas permanentes.

Multiplicación

Por esquejes de pala. Es el método razonable y funciona con una fiabilidad casi absoluta. Se corta un cladodio maduro, no el del extremo tierno, por la articulación, con un cuchillo limpio. Se deja secar en vertical, a la sombra y con buena ventilación, entre una y tres semanas según el grosor, hasta que el corte forme una costra seca y dura. Después se entierra solo un tercio de la pala, en posición vertical y en sustrato seco, y no se riega en dos o tres semanas. Enterrarlo más profundo o regar antes de que enraíce es la manera habitual de pudrir un esqueje. La mejor época es de abril a junio.

Un apunte de orientación: conviene marcar cuál era la cara que miraba al sol y mantenerla igual, porque la epidermis de la cara sombreada se quema si se le da la vuelta.

Por semillas. Tiene interés botánico, poco más. Las semillas van envueltas en un tegumento leñoso muy duro que retrasa e irregulariza la germinación: pueden brotar en tres semanas o en ocho meses. Se extraen del fruto maduro, se lavan bien de pulpa —los azúcares residuales enmohecen el semillero—, se secan y se siembran en primavera en superficie, apenas cubiertas con gravilla fina, a 20-25 ºC, con riego por capilaridad desde abajo y el tiesto tapado. Una escarificación suave con papel de lija mejora los porcentajes. A partir de ahí, paciencia: la primera pala tarda uno o dos años en aparecer.

Para qué sirven

El higo chumbo es el uso más conocido. Madura de finales de agosto a octubre y se recolecta con guantes y tenazas. El truco tradicional para pelarlo es hacerlo a primera hora de la mañana, cuando el rocío mantiene los gloquidios pegados, o dejar los frutos un rato en un cubo de agua y frotarlos con un cepillo antes de tocarlos. Después se cortan los dos extremos, se hace una incisión longitudinal en la piel y se abre. Es rico en azúcares y en betalaínas, y tiene semillas duras que no se mastican.

Los nopalitos, cladodios tiernos de menos de un palmo recogidos en primavera, se consumen como verdura en México y empiezan a verse en fruterías españolas. Se les retiran las areolas con un cuchillo, se cortan en tiras y se cuecen; sueltan un mucílago que se elimina cambiando el agua.

Más allá de la cocina, las opuntias se han usado como seto defensivo impenetrable, como forraje de emergencia para ganado en años secos —las palas, chamuscadas para eliminar espinas, aportan agua y energía—, para fijar taludes y frenar la erosión, y como planta hospedadora de la cochinilla del carmín en la industria del tinte, actividad que en Canarias mantiene todavía un valor patrimonial reconocible en el paisaje de Guatiza y Mala, en Lanzarote.

Un aviso final que se pasa por alto: precisamente por su facilidad para enraizar a partir de cualquier fragmento, nunca se deben abandonar restos de poda en el campo. Una pala tirada en una cuneta es una planta nueva dentro de un año. Los restos van a bolsa cerrada y al circuito de residuos.

En resumen

Las Opuntia se cultivan con muy poco: sol pleno, sustrato mineral que drene rápido, riegos copiosos y espaciados de abril a septiembre y sequía absoluta en invierno. Su punto débil no es el frío en sí, sino la combinación de frío y sustrato húmedo, que provoca podredumbres imposibles de revertir. En el sur y el levante peninsular, la vigilancia frente a la cochinilla del carmín es hoy la tarea más importante del cultivo, y se afronta con jabón potásico y aceite en tratamientos repetidos, retirando y destruyendo las palas perdidas. Multiplicarlas es trivial por esquejes de pala bien cicatrizados, y esa misma facilidad obliga a gestionar los restos con responsabilidad, porque varias especies del género están catalogadas como invasoras en España.


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