Echeveria es el género de suculentas que ha llenado los alféizares y las terrazas de media España. Son las rosetas simétricas de hoja carnosa, a veces cubiertas de una capa cerosa azulada, a veces aterciopeladas, que se tiñen de rosa, rojo o cobre cuando les da bastante sol. Pertenece a la familia Crassulaceae y reúne alrededor de 150 especies, casi todas mexicanas.
Se cultivan con facilidad, pero fallan siempre por lo mismo: poca luz y demasiada agua. Una Echeveria bien llevada mantiene la roseta compacta, con las hojas apretadas y el color intenso. Una mal llevada se estira, pierde el color, separa las hojas y termina pudriéndose por el cuello en el primer invierno húmedo.
De dónde vienen y por qué se llaman así
El género se distribuye por el continente americano, desde Texas hasta Argentina, con su gran centro de diversidad en las montañas de México, en bosques templados y en laderas rocosas por encima de los 1.000 metros. Ese detalle explica bastante: no son plantas de desierto tórrido, sino de altitud, con noches frescas, luz muy intensa y lluvias estacionales.
El nombre lo puso Augustin Pyramus de Candolle en honor de Atanasio Echeverría y Godoy, el ilustrador botánico mexicano que trabajó en la Real Expedición Botánica a Nueva España a finales del siglo XVIII junto a Martín de Sessé y José Mariano Mociño. Sus láminas están entre las mejores del periodo, y el género lleva su apellido por eso.
Cómo son
Son plantas perennes que forman rosetas de hojas anchas y carnosas, dispuestas en espiral. Algunas especies no tienen tallo visible y quedan pegadas al suelo, otras van alargando un tallo con los años y pierden las hojas inferiores, adoptando un porte de palmerita en miniatura, como Echeveria pulvinata o los ejemplares viejos de Echeveria elegans.
La superficie de la hoja marca el manejo. Hay tres tipos básicos: hojas glabras y brillantes; hojas cubiertas de pruina, esa capa cerosa blanquecina que actúa como protector solar de la planta; y hojas pubescentes, cubiertas de pelillos cortos, como en Echeveria setosa. La pruina no se recupera si se toca: cada huella digital sobre una hoja de Echeveria lilacina o Echeveria laui se queda ahí hasta que la hoja muere. Por eso estas plantas se agarran por la maceta, no por las hojas, y no se mojan por encima.
Las flores salen en escapos laterales, arqueados, que nacen de la axila de una hoja y no del centro de la roseta. Son campanuladas, colgantes, en tonos naranja, rojo, coral o amarillo, y duran semanas. Al florecer la planta no muere, a diferencia de lo que ocurre con las Sempervivum o los Agave.
Especies y cruces habituales en España
En vivero se encuentran sobre todo unas cuantas. Echeveria elegans, de roseta blanco azulada, es la más rústica y la que mejor aguanta en jardín al aire libre en el litoral mediterráneo. Echeveria agavoides tiene hojas triangulares y duras, con la punta afilada y roja, y parece un agave en miniatura. Echeveria runyonii 'Topsy Turvy' lleva las hojas curvadas hacia fuera. Echeveria pulvinata es pubescente y arbustiva. Echeveria setosa forma rosetas casi esféricas cubiertas de pelos blancos.
Buena parte de lo que se vende no son especies puras sino híbridos, y muchos ni siquiera son Echeveria del todo. El género cruza con facilidad con sus parientes de la familia, y de ahí salen los géneros híbridos: × Graptoveria (con Graptopetalum), × Pachyveria (con Pachyphytum) y × Sedeveria (con Sedum). En la práctica se cultivan igual, así que la etiqueta importa poco para el riego y mucho para saber si el color que promete la foto es real.
Luz: el factor que decide todo
Una Echeveria necesita mucha más luz de la que la mayoría de la gente le da. En interior, sólo funcionan las ventanas orientadas al sur o al oeste, con la planta pegada al cristal. A un metro de la ventana ya se estira. Los síntomas de falta de luz son inconfundibles: el tallo se alarga, las hojas se separan y se orientan hacia arriba en lugar de abrirse, el color pastel se vuelve verde plano y la roseta pierde la simetría. Eso no se corrige, la parte estirada se queda así para siempre, y lo único que se puede hacer es decapitar la roseta y volver a enraizarla.
Lo ideal es el exterior: balcón, terraza o alféizar. Pero el paso al exterior se hace por etapas. Una planta que sale de golpe del salón al sol de junio se quema en un día, con manchas secas irreversibles. Dos o tres semanas de sombra luminosa y luego sol de mañana bastan para aclimatarla. En el interior peninsular, con veranos de más de 40 grados, incluso una planta aclimatada agradece sombra en las horas centrales de julio y agosto, sobre todo las especies de hoja fina y las variegadas.
Sustrato y riego
El sustrato debe secar en pocos días. La mezcla habitual es sustrato para cactáceas o sustrato universal aligerado con material mineral (pómice, picón, arena de sílice gruesa, arlita fina) en proporción cercana al 50 por ciento. Cuanto más húmedo sea el clima y menos sol reciba la planta, más mineral hay que meter.
El riego correcto es abundante y espaciado: se empapa el cepellón, se deja escurrir y no se vuelve a tocar hasta que el sustrato está seco por completo. Nunca se deja agua en el plato. Y nunca se riega por encima de la roseta: el agua que queda entre las hojas apretadas, con sol después, provoca quemaduras y pudriciones en el centro.
En invierno se riega muy poco o nada. Este es el punto donde mueren la mayoría. Con temperaturas bajas la planta no consume agua, las raíces están inactivas y un sustrato húmedo durante semanas es una invitación a la podredumbre. Si las macetas están a la intemperie, hay que resguardarlas de la lluvia de invierno bajo un alero o un porche.
Frío, plagas y trasplante
Las Echeveria no toleran heladas fuertes. Algunas especies aguantan bajadas puntuales por debajo de cero si están completamente secas, pero la combinación de frío y humedad las revienta. En la costa mediterránea, en Canarias y en el valle del Guadalquivir viven fuera todo el año. En Madrid, Castilla y León, Aragón o Navarra hay que meterlas a un lugar luminoso, fresco y sin calefacción durante el invierno.
La plaga habitual es la cochinilla algodonosa, que se instala en las axilas de las hojas y en las raíces. Se detecta mirando la base de la roseta y revisando el cepellón al trasplantar. La prevención es tener aire circulando, no abonar en exceso y aislar las plantas nuevas unas semanas antes de juntarlas con el resto. Los pulgones aparecen sobre todo en el escapo floral.
El trasplante se hace en primavera, cada dos o tres años, a maceta poco más ancha que la roseta y no demasiado profunda. Después del trasplante conviene esperar unos días antes de regar, para que las raicillas rotas cicatricen.
Multiplicación
Es fácil y da resultados en semanas. Por hoja: se arranca una hoja sana de la parte baja de la roseta con un movimiento lateral limpio, dejando la base intacta, se deja secar unos días a la sombra y se apoya sobre sustrato apenas humedecido. Al cabo de dos o tres semanas emite raíces y una plantita diminuta, y la hoja madre se consume alimentándola.
Por hijuelo: muchas especies producen rosetas laterales que se separan con un poco de raíz y se plantan directamente. Por decapitación: si una planta se ha estirado, se corta la roseta con unos centímetros de tallo, se deja cicatrizar y se enraíza; el tocón que queda suele brotar por varios puntos y da rosetas nuevas. La primavera y el principio del otoño son las épocas buenas para cualquiera de los tres métodos.
En resumen
Echeveria es un género mexicano de rosetas suculentas, unas 150 especies más una cantidad enorme de híbridos y de cruces con otros géneros de las crasuláceas. Su cultivo se resume en luz muy abundante, sustrato mineral que seque rápido, riego generoso pero espaciado en la temporada de crecimiento y riego casi nulo en invierno, sin mojar nunca el centro de la roseta.
Son de las suculentas más agradecidas de multiplicar: una hoja, un hijuelo o una roseta decapitada bastan para tener planta nueva. El límite real en España es el frío húmedo del invierno en el interior peninsular, que obliga a cultivarlas en maceta para poder resguardarlas. En el litoral mediterráneo y en Canarias viven fuera sin problemas y ahí es donde alcanzan su mejor color.