La flor de una trepadora ocupa tres o cuatro semanas del año. Las otras cuarenta y ocho, lo que hay arriba es hoja, fruto, corteza y esqueleto, y todo eso también tiene color: el escarlata de octubre de una parra virgen dura más que cualquier floración y se ve desde más lejos. Sobre esa paleta que no depende de los pétalos va este artículo, porque es la que sostiene el efecto durante la mayor parte del año.

El manejo del color floral en altura —el comportamiento de los tonos a contraluz, el escalonamiento de floraciones y el emparejamiento de especies por vigor— está tratado en el artículo sobre trepadoras y el color en lo alto.

Trepadoras cubriendo una estructura de jardín

De dónde sale el rojo de octubre

Conviene entender el mecanismo porque explica por qué la misma planta enciende en un sitio y no en otro. El amarillo y el naranja ya estaban en la hoja todo el verano: son carotenoides, tapados por la clorofila, y aparecen cuando esta se desmonta en otoño para recuperar el nitrógeno. El rojo y el púrpura son otra cosa. Las antocianinas se fabrican de nuevo en la propia hoja durante el otoño, a partir de los azúcares que quedan atrapados en ella cuando el peciolo empieza a formar la capa de abscisión.

Eso impone condiciones muy concretas. Hacen falta días soleados —el azúcar se produce con luz— y noches frescas, entre 2 y 8 °C, suficientes para frenar la exportación de esos azúcares por el floema pero sin helada, que corta el proceso en seco. Hace falta también que la planta no vaya sobrada de nitrógeno, porque una hoja muy nitrogenada se mantiene verde hasta que cae de golpe.

De ahí la regla geográfica: la misma Parthenocissus tricuspidata da un escarlata memorable en el interior peninsular, en la meseta norte, en el prepirineo o en zonas de montaña, y un otoño apagado y pardo en la costa mediterránea o en el litoral atlántico sur, donde las noches de octubre no bajan de los quince grados. Si vives en clima suave, el color de otoño no es un objetivo realista y conviene buscar el efecto en el fruto o en el follaje persistente.

Follaje de otoño: quién colorea y de qué color

Vitis coignetiae, la parra japonesa, es la más espectacular de todas. Hoja casi circular de veinticinco a treinta centímetros, que en octubre pasa por naranja, escarlata y granate a la vez, con las hojas de la misma guía en fases distintas. Muy vigorosa: pérgola grande o fachada entera, no un arco.

Parthenocissus tricuspidata, de hoja trilobada y brillante, da el rojo más limpio y uniforme, y como se sujeta con discos adhesivos cubre un paramento liso sin ninguna estructura. P. quinquefolia, de cinco foliolos y aspecto más suelto, tira a carmín y púrpura y suelta antes la hoja. P. henryana es la interesante para semisombra: hoja verde oscuro con los nervios marcados en plata y rosa, que en pleno sol pierde el dibujo, y otoño rojo intenso.

Vitis vinifera 'Purpurea' no espera al otoño: brota en gris verdoso, vira a púrpura vinoso en verano y termina en rojo oscuro, además de dar racimos pequeños. Es la mejor opción cuando se busca follaje de color durante toda la temporada y no un fogonazo de tres semanas.

En tonos amarillos, la glicinia (Wisteria sinensis) da un dorado limpio que sorprende a quien solo la conoce en mayo, y la hortensia trepadora (Hydrangea anomala subsp. petiolaris) un amarillo mantequilla suave. Aristolochia macrophylla, de hojas acorazonadas enormes, amarillea de forma modesta pero cubre como pocas.

Lo que llamamos pétalo y no lo es

Tres de los colores más llamativos del repertorio trepador no proceden de pétalos, y esa diferencia botánica tiene consecuencias prácticas.

En la buganvilla (Bougainvillea glabra, B. spectabilis), lo magenta, naranja o blanco son brácteas, hojas modificadas dispuestas de tres en tres alrededor de tres flores tubulares diminutas y blanquecinas que son las verdaderas. Como una bráctea es una hoja y no un órgano reproductivo, no se marchita al ser fecundada: se mantiene coloreada durante semanas o meses. Eso es lo que explica que una buganvilla parezca florida medio año con muy poca flor real, y también por qué la floración se prolonga con estrés hídrico moderado, que la planta interpreta como señal de reproducirse.

En las clemátides no hay pétalos en absoluto: lo que se ve son sépalos petaloideos, cuatro, seis u ocho según especie. Consecuencia práctica: en los híbridos de color barrado y en los rosas pálidos —'Nelly Moser' es el caso de manual— el pigmento se decolora con sol directo intenso y la barra central desaparece a media temporada. Esas variedades se plantan a levante o en pared de sombra ligera, y no en un muro a poniente, donde acaban blancuzcas en julio.

En la hortensia trepadora, las piezas blancas del borde de la inflorescencia son flores estériles con sépalos agrandados, cuya única función es atraer polinizadores hacia las fértiles del centro; permanecen decorativas mucho después de que las fértiles hayan pasado, y secas siguen dando un color crema durante el otoño.

Hoja de color todo el año: variegación y brotes

Cuando el clima no da otoños encendidos, el color estable del follaje es la alternativa seria.

Actinidia kolomikta produce hojas cuya mitad superior se blanquea y luego se tiñe de rosa fuerte, con un efecto que parece pintado a mano. Dos avisos: el fenómeno se manifiesta mucho más en pies masculinos y no aparece hasta el segundo o tercer año desde la plantación, así que la planta joven decepciona. Quiere sol de mañana y protección del sol duro de la tarde.

Entre las perennifolias, Trachelospermum jasminoides 'Variegatum' añade el detalle de que sus hojas viejas se tiñen de rojo bronce durante el invierno, y las variedades 'Tricolor' brotan directamente en rosa. Hedera helix 'Goldheart' o 'Glacier' y Lonicera japonica 'Aureoreticulata' aportan amarillo estable. El lúpulo dorado (Humulus lupulus 'Aureus') sube cinco metros cada primavera desde el rizoma con un follaje amarillo lima que ilumina una esquina en sombra ligera.

Todo variegado se rige por dos leyes. Tiene menos clorofila, luego crece menos y necesita bastante luz para compensar, pero al mismo tiempo su tejido blanco se quema con sol directo excesivo: el punto óptimo es luz alta sin insolación de mediodía. Y tiende a revertir: cuando aparece una guía totalmente verde, crece más deprisa que el resto y termina por dominar la planta, así que se corta desde su origen en cuanto se detecta.

El fruto, que llega cuando ya no queda flor

Es la parte más desaprovechada del repertorio y la que cubre el hueco de noviembre a febrero.

Celastrus orbiculatus abre en otoño cápsulas amarillas que muestran un arilo naranja intenso, y aguantan en la planta buena parte del invierno. Detalle que arruina muchas plantaciones: la especie es dioica, de modo que hacen falta un pie macho y uno hembra próximos, o bien un clon autofértil como 'Hercules'. Tiene además comportamiento colonizador agresivo en climas húmedos, y no debería plantarse cerca de bosque o de ribera.

Ampelopsis glandulosa var. brevipedunculata da bayas escalonadas en turquesa, lila y azul cobalto sobre la misma inflorescencia, un color raro en un jardín; comparte la misma reserva por invasividad en zonas frescas y húmedas. Billardiera longiflora, más contenida y menos conocida, produce bayas de un azul violeta profundo sobre mata fina.

La hiedra en fase adulta —la arborescente, de hoja entera, que aparece cuando la planta alcanza la parte alta y recibe luz— florece en septiembre y octubre y madura umbelas de frutos negro azulado en pleno invierno. La pasiflora (Passiflora caerulea) deja frutos ovoides anaranjados que se sostienen hasta las primeras heladas, y un rosal trepador de una sola floración como Rosa filipes 'Kiftsgate' cubre el soporte de escaramujos rojos si no se le quitan las flores pasadas.

Y un efecto que no es fruto ni flor: los aquenios plumosos de las clemátides. Clematis tangutica, C. vitalba y los híbridos de C. viticella forman ovillos sedosos plateados que persisten hasta enero y que a contraluz de una mañana con escarcha son lo más luminoso del jardín. Es una razón sólida para no podar esas especies hasta febrero.

Aviso: casi ningún fruto ornamental se come

Los frutos citados en el apartado anterior son decorativos, no comestibles. Las bayas de Hedera helix son tóxicas por ingestión, igual que sus hojas, y la savia de la planta provoca dermatitis de contacto; las de Celastrus, Ampelopsis, Solanum laxum y Aristolochia también son tóxicas, y las aristoloquias contienen además ácido aristolóquico, una sustancia con toxicidad renal reconocida que ha motivado la retirada de preparados que la contenían. No se preparan infusiones ni remedios caseros con ninguna de ellas, tengan la fama tradicional que tengan, y su uso medicinal popular no está respaldado por evidencia clínica que justifique el riesgo.

La precaución concreta en jardín: los frutos vistosos y a la altura de la mano atraen a los niños pequeños. Si hay niños o animales domésticos, sitúa estas especies en alto y retira los frutos caídos. Ante una ingestión, llama al Servicio de Información Toxicológica (91 562 04 20, veinticuatro horas) o acude a urgencias con una muestra de la planta.

Corteza y esqueleto en enero

Cuando cae la última hoja queda la estructura, y algunas trepadoras la tienen buena. La hortensia trepadora desarrolla una corteza canela que se exfolia en tiras finas y conserva un armazón de ramas horizontales pegado al muro que se sostiene solo, sin ataduras: en invierno es prácticamente una escultura. La glicinia forma con los años troncos retorcidos y musculados de un valor plástico que ninguna floración iguala. La vid se descama en tiras largas y grises.

Y hay un color que no está en la planta: la sombra proyectada. Una parra virgen sobre un muro encalado del sur dibuja durante ocho meses una trama de zarcillos y venas cuyo movimiento con el viento es parte del efecto. Sobre paramento oscuro esa sombra desaparece; sobre blanco, es la mitad de lo que se ve.

En resumen

El color en altura no depende solo de la floración. El rojo de otoño se fabrica en la hoja con días soleados y noches de 2 a 8 °C, así que en el litoral cálido no aparece y hay que buscar el efecto en otra parte. Para follaje otoñal, Vitis coignetiae y Parthenocissus tricuspidata por encima de todo, y Vitis vinifera 'Purpurea' si se quiere color desde mayo. Lo que parece pétalo en la buganvilla son brácteas, y por eso dura meses; en la clemátide son sépalos, y por eso los rosas pálidos se destiñen a poniente. En variegados, luz alta sin sol duro y corte inmediato de las guías que revierten a verde. Del fruto sale el color de noviembre a febrero —Celastrus con pie macho y hembra, Ampelopsis, hiedra adulta, escaramujos— y de las clemátides, unos plumeros plateados que piden retrasar la poda hasta febrero. Ninguno de esos frutos se come.


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