Dos patios de veinte metros cuadrados, uno junto al otro, pueden ser jardines climáticamente opuestos. Uno recibe cinco horas de sol de invierno y en él florece un limonero; el otro, a diez metros de distancia y con un muro medianero un metro más alto, no ve el sol desde noviembre hasta febrero y solo prosperan en él helechos y aspidistras. La diferencia no está en el suelo ni en el riego, sino en la geometría: en un recinto pequeño y cerrado, los muros que lo delimitan gobiernan la luz, la temperatura, el viento y el agua con una intensidad que en un jardín abierto no existe. Este artículo explica cómo medir ese microclima antes de comprar una sola planta. Los recursos de perspectiva, la escala del arbolado y el mobiliario están en la guía de consejos para jardines pequeños.
Calcular la sombra de un muro sin instrumentos
La altura del sol al mediodía depende solo de la latitud y de la fecha, así que la sombra que proyecta una tapia se puede calcular con una multiplicación. La regla es esta: longitud de la sombra = altura del muro × un factor que cambia con la estación.
Para una latitud de 40 grados —Madrid, Zaragoza, Palma—, el sol de mediodía en el solsticio de invierno se queda a unos 26 grados sobre el horizonte y el factor es 2,0: un muro de tres metros tira seis metros de sombra. En los equinoccios, con el sol a 50 grados, el factor baja a 0,85: el mismo muro sombrea dos metros y medio. Y en el solsticio de verano, con el sol a 73 grados, el factor es de apenas 0,30: menos de un metro.
Hacia el sur el invierno es más benévolo: en Málaga o Cádiz, a 36 grados de latitud, el factor invernal es 1,75. Hacia el norte se agrava: en Santander o San Sebastián, cerca de 43 grados, sube a 2,3. Y todo eso solo al mediodía; a media mañana y a media tarde el sol está más bajo y las sombras son bastante más largas.
La consecuencia es fácil de comprobar sobre el plano. Un patio de cuatro metros de fondo cerrado al sur por una medianera de seis metros —dos plantas— no recibe ni un minuto de sol directo entre noviembre y febrero en ninguna ciudad española. En verano, en cambio, ese mismo patio tiene sol al mediodía en casi toda su superficie. Es un espacio con dos climas anuales incompatibles, y elegir plantas para el que se ve el día en que se visita el vivero es el origen de buena parte de los fracasos.
La comprobación de campo cuesta un día: fotografiar el patio desde la misma esquina a las 9, 11, 13, 15 y 17 horas y anotar hasta dónde llega la línea de sol. Hacerlo a finales de octubre da la peor situación razonable, y basta para dibujar sobre el plano las zonas de sol pleno, de sol de mañana, de sombra luminosa y de sombra permanente. Esas cuatro franjas son la verdadera paleta de plantación.
Qué planta cada franja
Sombra permanente con buena luz reflejada. Ni una hora de sol directo, pero cielo abierto encima. Es la situación más común en patios interiores de manzana, y hay bastante donde elegir: Aspidistra elatior, Fatsia japonica, Aucuba japonica, Dryopteris y Asplenium scolopendrium, Hedera de hoja pequeña, Ophiopogon japonicus, Farfugium japonicum, Clivia miniata si no hiela, y Hydrangea en suelos ácidos del norte.
Sol de mañana y sombra desde el mediodía. La franja más agradecida de todas y donde caben camelias en el norte, Rhododendron, hostas, Sarcococca, Skimmia, Nandina domestica, helechos arborescentes en clima suave.
Sol de tarde en verano. Es la peor combinación posible, porque suma la hora más calurosa a la radiación acumulada por los muros. Aquí solo prosperan plantas realmente resistentes al calor: Nerium, Teucrium, Westringia, Salvia arbustivas, Trachelospermum, gramíneas.
Sol pleno. Lo previsible del jardín mediterráneo, con la advertencia de que en un recinto cerrado el sol pleno es más duro que en campo abierto, por lo que se explica a continuación.
El patio como horno y como nevera
Un recinto rodeado de fábrica funciona como una masa térmica. Los muros absorben radiación toda la mañana y la devuelven en forma de calor durante la tarde y buena parte de la noche, de manera que un patio cerrado puede estar varios grados por encima de la temperatura del aire libre a las once de la noche de agosto. Es exactamente el mecanismo de la isla de calor urbana, reproducido a escala doméstica.
A eso se suma la radiación reflejada. Un muro encalado devuelve una parte muy alta de la luz que recibe, y una planta situada frente a él soporta radiación por delante y por detrás. Sobre un pavimento claro el efecto se duplica. En la práctica, una lavanda pegada a una pared blanca al sur en Sevilla vive en condiciones más severas que la misma lavanda en un secarral abierto, porque allí al menos hay brisa y el suelo no reverbera igual.
Hay dos correcciones que funcionan y una que no. Funciona vegetar el muro, aunque sea con trepadora en espaldera separada unos centímetros: la lámina de aire y la evapotranspiración de las hojas bajan de forma apreciable la temperatura superficial de la fábrica. Funciona también sombrear en horizontal con una pérgola de listones orientados o un toldo, que intercepta la radiación antes de que llegue a los paramentos. No funciona regar más: el calor radiante no se compensa con agua, y el exceso de riego en un patio con drenaje limitado añade un problema en lugar de resolver otro.
En invierno, ese mismo encierro juega a favor o en contra según la geometría. Un patio con muros altos y buena masa acumula calor diurno y suele estar uno o dos grados por encima del exterior, lo que permite conservar especies que fuera se helarían: es el fenómeno que explica los limoneros de los patios andaluces y de muchos patios interiores en el centro peninsular. Pero un patio ancho, con cielo despejado y sin cubierta —y sobre todo si está en una vaguada o si el aire frío puede entrar y no salir— se comporta como una bolsa de heladas: el aire frío, más denso, se acumula en el fondo y la temperatura mínima cae por debajo de la del entorno. La diferencia entre un caso y otro se aprecia poniendo un termómetro de máximas y mínimas a nivel del suelo durante un par de semanas de enero, que es más fiable que cualquier suposición.
El aire que no se mueve
El resguardo del viento es una de las ventajas de un patio y también uno de sus problemas. Sin renovación de aire, la humedad relativa se mantiene alta durante horas después de un riego o de una lluvia, y las hojas tardan en secarse. De ahí que en patios cerrados sean habituales el oídio en rosales y begonias, la botritis en flores carnosas y las manchas foliares en plantas que en el mismo pueblo, a campo abierto, no dan ningún problema.
Tres medidas resuelven la mayor parte. Regar al pie y por la mañana, nunca al follaje ni al anochecer. Plantar con separación real entre ejemplares, resistiendo la tentación de apretar por falta de sitio, porque en un espacio pequeño la ventilación entre plantas es lo primero que se pierde. Y elegir, cuando exista, la variedad con resistencia declarada a oídio o a mancha negra: en un patio esa característica vale más que el tamaño de la flor.
El extremo contrario también existe. Un patio estrecho y abierto en dos lados opuestos puede convertirse en un tubo por el que el viento se acelera —efecto Venturi—, y ahí las hojas grandes de un Ravenala, de un platanero o de una Musa se deshilachan en una temporada. Se corrige rompiendo el paso con una celosía permeable, que frena mejor que un muro macizo: una barrera con un 40 o 50 % de huecos reduce la velocidad del viento a sotavento durante una distancia de varias veces su altura, mientras que un muro ciego crea turbulencia justo detrás.
El agua que no tiene por dónde irse
En un jardín pequeño casi todo está pavimentado, y eso convierte cada tormenta en un problema de hidráulica. Un patio de 25 m² con un aguacero de 30 litros por metro cuadrado recibe 750 litros en media hora, y en un espacio impermeable ese volumen tiene que salir por algún sitio.
Lo que hay que resolver en el proyecto: una pendiente mínima del 1,5 al 2 % en el pavimento, siempre dirigida en sentido contrario a la vivienda; un sumidero o un canal lineal con capacidad suficiente y acceso para limpiarlo, porque las hojas lo colmatan cada otoño; y el respeto del nivel de la puerta de la casa, que debe quedar al menos dos escalones por encima del punto bajo del patio.
Los arriates, por su parte, sufren el problema inverso: son fosas rodeadas de obra, a menudo sobre un forjado o sobre una solera antigua, con drenaje deficiente. Un arriate de patio necesita salida de agua comprobada, no supuesta; la prueba es sencilla, se llena de agua un hoyo de treinta centímetros y se mira cuánto tarda en filtrarse. Si a las cuatro horas sigue lleno, ninguna planta leñosa mediterránea vivirá ahí más de dos inviernos, y hay que elegir entre romper el fondo, instalar un dren o plantar en jardinera elevada.
Un tercer asunto propio de patios: la salinidad. Con poco volumen de tierra, riego frecuente y agua dura, las sales se acumulan sin que la lluvia llegue a lavarlas, porque los aleros y los muros interceptan buena parte de la precipitación. La costra blanquecina en la superficie del sustrato y en el borde de las macetas es la señal. La corrección es un riego de lavado abundante dos o tres veces al año, con agua suficiente para que salga por el drenaje.
Un método de trabajo en cinco pasos
Uno. Dibujar el patio en planta con las alturas reales de cada muro y de las edificaciones vecinas, incluidas las que están al otro lado de la tapia.
Dos. Aplicar el factor de sombra de invierno correspondiente a la latitud y marcar la zona que no verá el sol de noviembre a febrero. Repetir con el factor de verano.
Tres. Comprobarlo con fotografías a lo largo de un día de octubre y dibujar las cuatro franjas de luz.
Cuatro. Medir un invierno con un termómetro de máximas y mínimas a ras de suelo, y probar el drenaje de cada zona de plantación con el hoyo lleno de agua.
Cinco. Elegir las plantas con esos datos delante, y no al revés. Un patio pequeño no admite el método de plantar y ver qué pasa, porque cada fallo ocupa una porción visible del conjunto y se tarda dos temporadas en detectarlo.
En resumen
En un jardín pequeño y cerrado manda la geometría. La sombra de un muro al mediodía se calcula multiplicando su altura por 2,0 en invierno a la latitud de Madrid —1,75 en Málaga, 2,3 en Santander—, por 0,85 en los equinoccios y por 0,30 en el solsticio de verano, y ese cálculo revela que muchos patios no reciben sol directo durante cuatro meses seguidos. Con las cuatro franjas de luz dibujadas sobre el plano, la lista de plantas se escribe sola. Después hay que contar con lo demás: muros que devuelven calor de noche y radiación reflejada que endurece el sol pleno, corregibles vegetando el paramento y sombreando en horizontal; aire quieto que favorece oídio y botritis, corregible regando al pie por la mañana y no apretando la plantación; efecto túnel en los patios pasantes, corregible con celosía permeable en vez de muro ciego; y una hidráulica que exige pendiente hacia fuera, sumidero limpiable, drenaje comprobado con la prueba del hoyo lleno y riegos de lavado contra la acumulación de sales.