En el reverso de un saco de sustrato hay una tabla de ocho o diez líneas que contiene prácticamente toda la información útil del producto. La cara delantera, con la foto del tomate reluciente y el adjetivo «profesional», no contiene ninguna. Aprender a leer esa tabla lleva diez minutos y permite distinguir en la propia tienda un material formulado de una mezcla de restos molidos con un nombre comercial encima.
Qué hace cada componente y en qué proporciones combinarlos está explicado en los tipos de sustrato. Lo que sigue es la lectura del envase: qué está obligado a declarar el fabricante, qué significan esos números y qué comprobaciones se pueden hacer antes de pagar.
Qué es legalmente un sustrato
Desde la entrada en aplicación del Reglamento (UE) 2019/1009 de productos fertilizantes, los medios de cultivo constituyen una categoría propia —la que el texto denomina PFC 4— definida como un material distinto del suelo in situ destinado a que las plantas desarrollen sus raíces. Los productos que cumplen ese reglamento llevan marcado CE y pueden circular por toda la Unión.
Conviven con ellos los productos amparados por la normativa nacional, en España el Real Decreto 506/2013 sobre productos fertilizantes, que fija sus propios tipos y sus propias exigencias de etiquetado. Un saco puede estar legalmente en el mercado por cualquiera de las dos vías, así que la ausencia de marcado CE no significa que el producto sea irregular; lo que sí debe aparecer siempre es el nombre o razón social del fabricante, la denominación del tipo, el volumen y las características declaradas.
Conviene distinguir dos denominaciones que se confunden en el punto de venta. Sustrato de cultivo es un material formulado para llenar un contenedor. Enmienda orgánica —el mantillo, el estiércol compostado, el humus de lombriz— es un producto para incorporar al suelo en dosis bajas. Y la tierra vegetal no es ninguna de las dos cosas: es material natural extraído, sin formular. Llenar macetas con un saco de enmienda o de tierra vegetal da los problemas de compactación previsibles.
El volumen, que no es el peso
Los sustratos se venden por litros, no por kilos, y esto tiene su lógica: lo que llena una maceta es volumen. La norma armonizada EN 12580 establece cómo se mide, y aquí está el matiz que conviene conocer: la determinación se realiza sobre el material tal como sale del envase, ligeramente asentado, no sobre el material aireado y esponjado.
La consecuencia práctica es que un saco de 50 litros, una vez desmenuzado y suelto, rinde más volumen aparente del que indica, y al llenar macetas y asentar el riego vuelve a reducirse. Para calcular lo que hace falta, la cifra del envase es una referencia razonable, pero conviene añadir un margen del 10 o el 15 %.
El peso, en cambio, no informa de la calidad y a menudo confunde. Un saco pesado puede serlo por dos motivos opuestos: porque lleva humedad —lo normal, entre el 35 y el 55 % en peso— o porque contiene material denso, arena o turba negra, que no siempre es lo que se busca. Comparar precios por kilo entre marcas no tiene sentido; se compara por litro.
El pH y cómo se ha medido
El pH declarado se determina según la norma EN 13037, sobre un extracto acuoso en proporción 1:5 en volumen. Es un dato fiable y comparable entre marcas, siempre que la etiqueta indique el método.
Los valores que interesan son conocidos: de 5,5 a 6,5 para la generalidad de hortícolas y ornamentales, y de 4,5 a 5,5 en sustratos para acidófilas. Lo relevante es lo que hay detrás de ese número. Una turba rubia sale de la turbera entre 3,5 y 4,5 y se corrige con caliza molida o dolomita hasta el valor de venta; esa caliza actúa además como reserva de tamponamiento que va consumiéndose con el riego. Un sustrato que declara 6,2 pero lleva poca caliza incorporada llegará a 5,0 en pocos meses si se riega con agua blanda y se abona con fertilizantes de reacción ácida.
El caso inverso es más habitual en España: regar con agua dura sube el pH del sustrato progresivamente, con independencia de lo que dijera la etiqueta. Por eso el valor declarado es un punto de partida y no una garantía permanente.
La conductividad: el número que más engaña
La conductividad eléctrica mide las sales disueltas y se determina con la norma EN 13038, también en extracto 1:5 en volumen. Aquí aparece el error de interpretación más frecuente, porque las cifras que se manejan en cultivo profesional proceden de otro método, el extracto de saturación, y los dos no son comparables.
Como orden de magnitud, un valor en extracto 1:5 se multiplica por un factor de entre tres y cuatro para aproximarlo al de saturación. Un sustrato que declara 0,35 dS/m en 1:5 se sitúa en torno a 1,2 dS/m en saturación, un valor perfectamente normal para planta en desarrollo. Si se lee ese 0,35 con la escala de saturación, parece un material sin nutrientes, y no lo es.
Las referencias en el método 1:5: por debajo de 0,2 dS/m estamos ante un sustrato sin apenas abonado, adecuado para semillero y para especies sensibles; entre 0,3 y 0,6 es la horquilla de un producto con abonado de fondo estándar; por encima de 0,8 conviene reservarlo para plantas rústicas y adultas, y en ningún caso usarlo para germinar.
El abonado de fondo y cuánto dura
Casi todos los sustratos comerciales llevan fertilizante incorporado en la mezcla, lo que la etiqueta llama abonado de fondo o de arranque. Se declara como contenido en nitrógeno, fósforo (como P₂O₅) y potasio (como K₂O), normalmente en miligramos por litro, y a veces se acompaña de la fórmula del abono empleado.
Las dosis habituales van de 0,7 a 1,5 kilos de fertilizante complejo por metro cúbico. Traducido a duración: un sustrato con abonado de fondo estándar sostiene una planta de crecimiento medio entre tres y seis semanas, y un cultivo exigente como el tomate en maceta lo agota en tres. Pasado ese plazo hay que abonar, y la sensación de que «el sustrato era malo» a las cinco semanas suele ser en realidad el fin de las reservas.
Merece la pena mirar si el fertilizante declarado es de liberación controlada, esos gránulos recubiertos de resina que se ven como bolitas ámbar al abrir el saco. Liberan durante tres, seis o incluso doce meses en función de la temperatura, y cambian por completo el plan de abonado. Un sustrato con abono encapsulado a seis meses no debe recibir además abonado líquido semanal desde el principio: se acumulan sales.
Granulometría, materia orgánica y estabilidad
La granulometría se expresa como el rango de tamaño de partícula en milímetros o como porcentajes retenidos en cada tamiz. Es el dato que más condiciona el comportamiento físico y el que más se ignora. Una molienda de 0 a 5 mm retiene mucha agua y airea poco: es material de semillero y de maceta pequeña. De 5 a 20 mm airea bien y retiene menos: contenedores grandes, arbustos, planta leñosa. Un sustrato de partícula fina en una maceta baja de 12 cm es una combinación que satura con facilidad.
La materia orgánica se declara sobre materia seca y suele situarse por encima del 70 u 80 % en sustratos de base turba o coco. Un valor bajo, del 30 o el 40 %, indica una proporción alta de componente mineral: puede ser deliberado, en mezclas para cactáceas, o puede significar que el saco lleva mucha arena y poca cosa más.
El apartado de estabilidad es el que separa los productos serios. Un material poco estabilizado sigue descomponiéndose dentro de la maceta, consume oxígeno, inmoviliza nitrógeno y pierde volumen. Algunos fabricantes declaran el índice de estabilidad o la tasa de consumo de oxígeno; cuando no aparece, el indicio está en la composición: la corteza de pino sin compostar, el compost de restos verdes joven y el serrín reciente son componentes de degradación rápida.
Lo que la etiqueta no dice pero se puede comprobar
Cuatro comprobaciones bastan para descartar un mal saco, y tres se pueden hacer en la tienda.
El tacto por fuera del plástico. Un buen sustrato se nota mullido y elástico, y recupera la forma al soltarlo. Si el saco está apelmazado, forma un bloque duro y no cede, dentro hay material fino, húmedo y compactado.
El olor al abrir. Debe recordar a tierra de bosque o a fibra vegetal. Un olor amoniacal delata un compost inmaduro que quemará las raíces; un olor agrio o a huevo indica fermentación anaerobia dentro del envase, algo relativamente frecuente en sacos almacenados húmedos al sol durante meses.
El contenido a la vista. Extienda un puñado sobre la mano. Deben distinguirse fibras y partículas de distinto tamaño. Un polvo homogéneo, oscuro y uniforme no es un sustrato formulado. Fíjese también en si hay trozos de plástico, vidrio o restos identificables, señal de un compost de residuo urbano mal cribado.
La conductividad en casa. Con un conductímetro de bolsillo, que cuesta poco, se reproduce el método aproximadamente: una parte de sustrato y cinco de agua destilada en volumen, agitar, dejar reposar una hora y medir el líquido. Si el resultado supera 1 dS/m, ese material no debe tocar un semillero.
Reclamos que no significan nada
Algunas palabras de la cara delantera carecen de contenido normativo. «Universal» no es una categoría técnica: designa una mezcla de compromiso pensada para planta de interior en maceta pequeña. «Profesional» tampoco está regulado; los materiales que se usan de verdad en vivero se venden en pacas de 250 litros y llevan ficha técnica con porosidad, capacidad de aireación y agua fácilmente disponible.
«Enriquecido con humus de lombriz» puede referirse a un 2 % o a un 20 %, y sin porcentaje declarado no dice nada. «Natural» y «ecológico» son cosas distintas: solo lo segundo tiene respaldo, y exige la mención expresa de que el producto es utilizable en agricultura ecológica conforme al reglamento europeo, con el organismo de control identificado.
Sobre la turba, la etiqueta suele indicar el porcentaje y el tipo. Los productos que reducen su proporción sustituyéndola por fibra de coco, corteza compostada o fibra de madera lo declaran, y esa información es útil tanto por criterio ambiental como por comportamiento: una mezcla con fibra de madera fresca puede inmovilizar nitrógeno durante las primeras semanas, y el fabricante debe compensarlo con un abonado nitrogenado inicial más alto.
Guardar el saco abierto
Un detalle que se pasa por alto: las propiedades declaradas se refieren al producto recién envasado. Un saco abierto y dejado a la intemperie durante un año pierde el abonado de fondo por lixiviación con la lluvia, se coloniza de musgo, hepáticas y semillas de adventicias, y su fracción orgánica se degrada.
Lo razonable es cerrarlo doblando la boca y sujetándola, guardarlo bajo techo y a la sombra, y evitar que se seque por completo si es de base turba, porque la rehidratación posterior resulta trabajosa. Comprar el volumen que se va a gastar en la temporada sale más barato que comprar una paca grande con descuento y usar la mitad dos años después.
En resumen
La cara útil del saco es la de atrás. Los medios de cultivo están regulados por el reglamento europeo de productos fertilizantes o por la normativa nacional, y el etiquetado debe identificar fabricante, tipo, volumen y características.
El volumen se mide asentado según la norma correspondiente, así que conviene contar con un margen; el peso no indica calidad y los precios se comparan por litro. El pH declarado es un punto de partida que el agua de riego irá moviendo, y la conductividad se publica casi siempre en extracto 1:5, unas tres o cuatro veces más baja que la cifra equivalente en extracto de saturación: confundirlas lleva a descartar sustratos correctos.
El abonado de fondo dura entre tres y seis semanas salvo que sea de liberación controlada, y la granulometría decide más que ningún otro dato: fino para semillero y maceta pequeña, grueso para contenedor grande.
Y antes de pagar: apriete el saco, ábralo y huélalo, mire si se distinguen fibras y partículas de distinto tamaño, y desconfíe de los adjetivos de la portada, que no están regulados.