Hay un árbol que crece más arriba que ningún otro árbol del planeta, por encima de los cuatro mil metros, donde a esa altura no debería haber bosque sino roca y pajonal. Es el tabaquillo, y su tronco va envuelto en cientos de láminas de corteza rojiza finas como papel de fumar, que se desprenden solas y se quedan colgando. Esa corteza es lo primero que hay que mirar, porque es lo que le da nombre al género y lo que lo hace inconfundible.

El tabaquillo del que trata esta ficha es Polylepis australis, un árbol de las sierras del centro de Argentina. Conviene decirlo pronto porque el nombre "tabaquillo" se reparte entre plantas muy distintas en América, y una de ellas es peligrosa: en varias zonas se llama también tabaquillo a Nicotiana glauca, el tabaco moruno o gandul, un arbusto de hoja glauca y flor amarilla tubular que contiene anabasina, es tóxico por ingestión y está además naturalizado e incluido en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. No tienen nada que ver, ni en aspecto ni en familia, pero comparten nombre y eso basta para liar una búsqueda.

Un árbol de la familia de las rosas

Polylepis es un género americano de la familia Rosaceae, la de los manzanos, los rosales y los endrinos. Cuesta creerlo mirando la foto, porque no hay flor vistosa ni fruto carnoso por ninguna parte, pero está emparentado de cerca con la pimpinela (Sanguisorba) y con los cadillos del género Acaena, todas ellas rosáceas de flor reducida.

Ese parentesco explica la flor, que es exactamente lo contrario de lo que se espera de una rosácea: diminuta, verdosa, sin pétalos, agrupada en racimos colgantes y polinizada por el viento. Los pétalos son un lujo que sirve para atraer insectos, y a cuatro mil metros de altitud, con viento constante y pocos polinizadores, sale más barato prescindir de ellos. El fruto es seco, indehiscente, con una sola semilla y provisto de expansiones irregulares a modo de alas o espinas.

La hoja es compuesta imparipinnada, pequeña, con tres a siete foliolos de borde dentado, verde oscura, algo coriácea y resinosa, persistente. Las ramillas jóvenes son rojizas. Vista de cerca se parece a la hoja de un rosal en miniatura, y ahí sí se le nota la familia.

Hojas compuestas pequeñas y ramillas rojizas de Polylepis australis Hoja compuesta de foliolos dentados y ramillas rojizas: el aire de rosácea se ve en la hoja, no en la flor.

La corteza que da nombre al género

Polylepis significa literalmente "muchas escamas", del griego poly, mucho, y lepis, escama. El nombre describe lo que se ve: el tronco y las ramas gruesas van forrados por capas superpuestas de corteza muy delgada, de color canela, cobre o caoba, que se van exfoliando sin llegar a caer del todo y acaban formando un manguito grueso y desordenado alrededor de la madera.

Tronco de Polylepis australis cubierto de láminas de corteza exfoliada El tronco envuelto en láminas sucesivas de corteza fina. De ahí viene Polylepis, "muchas escamas".

Se le atribuye habitualmente una función aislante frente a las heladas nocturnas y la radiación extrema de la alta montaña tropical, donde en un mismo día se pasa del hielo al sol de plomo. Es una explicación razonable y muy repetida, aunque conviene tomarla como hipótesis y no como dato cerrado.

El porte acompaña: troncos retorcidos, tumbados, muy ramificados desde abajo, que rara vez suben rectos. Un bosquete viejo de tabaquillo parece un amasijo de brazos cubiertos de trapos rojizos, y esa imagen es la que se lleva quien sube a las sierras de Córdoba en Argentina o a la puna boliviana.

Ramas retorcidas y tumbadas de un ejemplar viejo de Polylepis australis Los troncos no suben rectos: se tumban, se retuercen y ramifican desde la base.

Los bosques más altos del mundo

El género Polylepis se extiende por los Andes desde Venezuela hasta el centro de Argentina y Chile, con alrededor de una treintena de especies. Varias de ellas forman bosques por encima del límite altitudinal en el que cualquier otro árbol se rinde, en enclaves protegidos entre roquedos, quebradas y pedregales que amortiguan el viento y acumulan algo de calor.

Esos bosquetes son islas: pequeños, aislados unos de otros y rodeados de pastizal. Ahí está su interés y ahí está su problema. Sostienen una fauna propia, con aves que no viven en ningún otro hábitat, y cumplen una función hidrológica de primer orden, porque retienen agua y sujetan suelo en laderas de fuerte pendiente.

Hoy son de los bosques más amenazados de Sudamérica. El fuego recurrente para renovar pasto, el ganado que se come los rebrotes y el corte para leña han reducido su superficie a una fracción de lo que fue, y la fragmentación dificulta la regeneración natural. Polylepis australis, la especie de este artículo, es el tabaquillo de las Sierras Grandes y del Champaquí, en la provincia argentina de Córdoba, y allí es la especie clave de los programas de restauración de la alta cumbre.

De dónde sale el nombre "tabaquillo"

El nombre popular no tiene nada que ver con el tabaco de fumar. Alude a la corteza: esas láminas finas, secas y de color leonado recuerdan a la hoja curada de tabaco, y así se le quedó en las sierras argentinas. En los Andes centrales la misma planta y sus parientes se llaman queñoa, queñua o quewiña, del quechua, y ese es el nombre con el que aparece en la mayor parte de la bibliografía peruana y boliviana.

Merece la pena fijarse en la asimetría: un mismo árbol, dos nombres locales bien asentados, y además un nombre ("tabaquillo") que en otras regiones designa a una solanácea tóxica. Es el patrón habitual en los nombres comunes americanos, y es la razón por la que en una ficha de planta el binomio en latín no es pedantería sino la única forma de saber de qué se está hablando.

¿Se puede tener en España?

Casi no, y conviene ser honesto con esto. El tabaquillo es un árbol de alta montaña subtropical, adaptado a noches frías, días soleados, humedad atmosférica alta y un suelo pedregoso con drenaje perfecto. Lo que no tolera es el calor seco prolongado del verano ibérico ni los suelos encharcados.

Las fotos que ilustran este artículo están tomadas, precisamente, en un jardín botánico escocés, y eso dice bastante sobre dónde se le da bien fuera de su tierra: climas oceánicos frescos y húmedos, sin sequía estival. En España solo cabe plantearlo como planta de colección en la cornisa cantábrica o en jardines de montaña húmeda, a media sombra, con riego en verano y sin esperar un crecimiento rápido.

Se multiplica por semilla, que en el género tiene fama de germinar con porcentajes bajos e irregulares, y por esqueje semileñoso. En los viveros de restauración andinos se trabaja con plántulas criadas en vivero durante uno o dos años antes de llevarlas al monte, y aun así la mortalidad en plantación es alta. No es una planta de jardinería corriente y nunca lo ha sido.

Sobre los usos que prometía el artículo original

La ficha de la que procede esta atribuía al tabaquillo la capacidad de tratar úlceras, hemorroides, reumatismo, tensión baja y unas cuantas dolencias más. Eso no se conserva. No hay declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea para prácticamente ninguna de estas plantas, y las que existen están en el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión, no un artículo de internet.

Lo que sí es real y documentado es su uso local como leña de alto poder calorífico, como madera de pequeñas piezas y utensilios, y como forraje ocasional en años malos. Son usos de subsistencia, no recomendaciones, y son además la causa de que estos bosques estén hoy reducidos a manchas.

En resumen

El tabaquillo es Polylepis australis, una rosácea arbórea de las sierras del centro de Argentina, reconocible por su corteza exfoliada en láminas finas de color canela, sus hojas compuestas pequeñas y sus flores verdosas sin pétalos polinizadas por el viento. Su género forma los bosques situados a mayor altitud del mundo, hoy muy fragmentados por el fuego, el ganado y la extracción de leña.

El nombre es local y ambiguo: en los Andes centrales es queñoa, y en otras zonas "tabaquillo" designa a Nicotiana glauca, planta tóxica e invasora que no guarda ningún parecido con esta. En España no es una planta de jardín salvo como curiosidad en el norte húmedo, y lo que el artículo original contaba sobre sus virtudes medicinales no tiene respaldo y se ha retirado entero.


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