Un arriate de vivaces se compone en cuatro dimensiones: las dos del plano, la altura y el tiempo. Las tres primeras se resuelven con un papel cuadriculado; la cuarta es la que separa un macizo que luce tres semanas de uno que sostiene interés desde marzo hasta las heladas. Este artículo trata la composición: proporciones, densidades, alturas, relevos y el mantenimiento que exige ese esquema.
Antes del diseño, el hábitat
La escuela alemana de plantación de vivaces, formalizada por Richard Hansen y Friedrich Stahl en Weihenstephan, aportó dos conceptos que siguen siendo la herramienta más útil que existe para componer un arriate. El primero es el ámbito vital: cada especie se clasifica según el medio en el que compite bien —bosque, orla de bosque, pradera abierta, arriate de suelo trabajado, rocalla, borde de agua—, y la regla es no mezclar en una misma masa especies de ámbitos incompatibles, porque una acabará desplazando a la otra en dos temporadas.
El segundo concepto es la sociabilidad, una escala que va de las plantas que se plantan como ejemplar aislado, con presencia suficiente para sostener la vista ellas solas, hasta las que solo funcionan en masas amplias porque individualmente no se ven. Una Acanthus mollis o una Euphorbia characias pertenecen al primer extremo; una Geranium tapizante o una Sesleria al otro. Colocar en solitario una planta gregaria produce el efecto de ejemplar perdido, y agrupar en masa una planta de porte escultórico produce confusión.
Aplicado a España, ese filtro previo es más importante que en climas atlánticos: en un arriate de secano interior, la elección se estrecha a especies de pradera seca y de matorral mediterráneo, y meter ahí una vivaz de orla húmeda condena a regar todo el conjunto por una sola planta.
El reparto por función: estructura, relleno y efímeras
Una composición manejable distingue tres papeles.
Las plantas de estructura son las que mantienen forma reconocible durante meses, incluso pasada la flor: Miscanthus, Calamagrostis × acutiflora, Stipa gigantea, Echinops, Eryngium, Phlomis russeliana, Sedum telephium —hoy Hylotelephium—, Baptisia. Ocupan alrededor de un tercio del conjunto y son las que evitan que el arriate se convierta en un solar en septiembre.
Las plantas de relleno aportan volumen y color durante una estación y se dejan agrupar: Salvia nemorosa, Nepeta × faassenii, Achillea, Geranium híbridos, Coreopsis, Heuchera, Alchemilla mollis. Constituyen aproximadamente la mitad de la superficie.
Las efímeras y las dispersas son el resto: bulbos que aparecen y desaparecen, vivaces de vida corta que se resiembran solas y plantas altas y transparentes que se salpican por todo el arriate. Verbena bonariensis, Digitalis, Knautia macedonica, Allium ornamentales o Oenothera lindheimeri hacen ese papel. Son las que dan la sensación de que el arriate ha crecido solo.
Alturas: escalonar no significa graderío
El esquema clásico —bajas delante, altas detrás— es correcto como punto de partida y previsible como resultado. Dos correcciones lo mejoran de inmediato.
La primera es traer algunas plantas altas al primer plano, siempre que sean transparentes: tallos finos y flores pequeñas a través de las cuales se ve lo que hay detrás. Verbena bonariensis, Thalictrum, Stipa gigantea o Oenothera lindheimeri pueden medir metro y medio y no tapan nada. Ese recurso rompe la lectura de graderío y da profundidad.
La segunda es trabajar con lenguas y no con bandas: en lugar de franjas paralelas al borde, grupos alargados en diagonal respecto a la línea de visión. Se ven más plantas desde cualquier punto y las transiciones entre floraciones quedan repartidas en vez de concentradas en una banda que se apaga entera.
Sobre dimensiones: un arriate de menos de metro y medio de fondo no admite tres niveles de altura sin quedar apretado; dos metros es una anchura cómoda, y por encima de dos metros y medio conviene prever acceso por detrás o un paso de servicio de treinta centímetros contra el seto, porque de otro modo el mantenimiento se hace pisando plantas.
Densidades y módulos de repetición
La densidad de plantación decide cuánto tarda el arriate en cerrar y cuánta escarda hay que hacer mientras tanto. Como referencia de partida, en planta de vivero en contenedor de nueve centímetros o de litro: vivaces grandes y gramíneas de porte, entre una y tres por metro cuadrado; vivaces medias, entre cinco y siete; tapizantes y plantas pequeñas, entre nueve y doce. La disposición a tresbolillo, y no en cuadrícula, evita que se lean las filas.
Los grupos se plantan en número impar —tres, cinco, siete— porque un grupo par tiende a leerse como dos parejas, y sobre todo se repiten. La repetición es lo que convierte una colección de plantas en una composición: el ojo necesita reencontrar la misma especie a intervalos irregulares a lo largo del arriate para percibir unidad. Un módulo que funciona bien consiste en elegir dos especies de estructura y una de relleno como hilo conductor, repetirlas tres o cuatro veces en distinta proporción, y variar el resto entre repeticiones.
La plantación en matriz lleva esa idea al extremo: una base continua de gramíneas de porte medio —Sesleria autumnalis, Deschampsia cespitosa, Sporobolus heterolepis— sobre la que se distribuyen las vivaces de flor en grupos y en individuos sueltos, imitando la estructura de una pradera. Cierra bien el suelo, reduce la escarda y envejece con dignidad.
El calendario: cuatro relevos y un agujero
Componer en el tiempo consiste en asignar a cada estación un grupo responsable del interés.
Febrero a abril: bulbos y vivaces tempranas. Narcissus, Muscari, Anemone blanda, Helleborus, Euphorbia characias, Bergenia. Los bulbos se plantan entre las vivaces de emergencia tardía, que después ocultan su follaje al secarse.
Mayo a junio: el momento fácil. Salvia nemorosa, Nepeta, Geranium, Allium, Achillea, Papaver orientale. El riesgo aquí es sobrecargar: casi todo florece a la vez y es tentador llenar el arriate con este bloque.
Julio y agosto: el agujero real del jardín español. Muchas vivaces de catálogo centroeuropeo se paran con calor y sequía. Lo que sostiene ese periodo son especies mediterráneas y de pradera continental: Perovskia —hoy Salvia yangii—, Phlomis, Gaura, Agastache, Echinacea, Eryngium, Gaillardia, Limonium, junto con la mata seca de Papaver ya pasada y las gramíneas que empiezan a espigar.
Septiembre a noviembre: gramíneas en pleno espigado, Aster —repartido ahora entre Symphyotrichum y otros géneros—, Anemone × hybrida, Hylotelephium, Rudbeckia, Helenium. Es la estación que más se descuida al planificar y la que más agradece el jardín en el clima peninsular, con temperaturas amables y luz baja.
Y queda un quinto tiempo: el invierno. Los tallos secos de Echinops, Phlomis, Sedum y gramíneas mantienen silueta con escarcha y sirven de refugio a insectos. Ese es el argumento para no segar el arriate en octubre.
Mantenimiento derivado de este esquema
Un corte al año, a final de invierno. Entre mediados de febrero y primeros de marzo, según zona, se siega toda la parte seca a diez centímetros del suelo, antes de que broten las yemas basales. Cortar en otoño elimina la estructura invernal, deja el suelo desnudo y priva de refugio a la fauna auxiliar.
Pinzado de mayo. Rebajar a la mitad de altura, a finales de mayo o principios de junio, algunas matas de Sedum, Aster, Helenium, Rudbeckia o Nepeta produce plantas más compactas, que no se abren por el centro y que florecen dos o tres semanas más tarde. Aplicado solo a la mitad de los ejemplares de una especie, alarga su periodo de flor de forma notable sin ningún truco más.
Tutorado invisible. Ramas de poda clavadas en abril alrededor de las matas que se vencen —peonías, Aster altos, Delphinium— quedan ocultas por el follaje en mayo y evitan el aro metálico visible todo el verano.
Riego y abonado escasos. Un arriate de vivaces bien elegido para su sitio se abona poco: el exceso de nitrógeno produce tallos largos y débiles que se tumban con la primera tormenta. Una capa fina de compost en superficie a final de invierno basta en la mayoría de los casos. La división periódica de las matas, cuándo y cómo hacerla, junto con la vida media de cada especie, está en el artículo dedicado a las plantas vivaces.
Dos cautelas al elegir
La primera es legal y ecológica: algunas plantas habituales en composiciones de este tipo figuran en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y no pueden plantarse ni comercializarse. El plumero de la pampa (Cortaderia selloana) es el ejemplo más conocido, y varias gramíneas ornamentales de moda están en revisión en distintas comunidades. Conviene comprobarlo antes de encargar cien unidades de una gramínea.
La segunda es de expectativas: un arriate de vivaces alcanza su aspecto previsto en la tercera temporada. El primer año se ve el sustrato entre plantas, el segundo empieza a cerrar y el tercero se lee como conjunto. Rellenar el primer año con anuales de siembra directa es preferible a plantar más denso de la cuenta y tener que dividir todo a los dos años.
En resumen
Componer un arriate de vivaces consiste en agrupar especies del mismo ámbito vital, repartirlas por función —un tercio de estructura, la mitad de relleno, el resto efímeras y dispersas—, plantarlas a tresbolillo con densidades de una a doce plantas por metro cuadrado según porte, y repetir un módulo reconocible a lo largo del conjunto. Las alturas se escalonan pero se rompen con plantas transparentes en primer plano, y el calendario se cubre con cuatro relevos, cuidando especialmente julio y agosto con especies mediterráneas y septiembre-noviembre con gramíneas y asteráceas tardías. El mantenimiento se reduce a un corte a final de invierno, un pinzado de mayo en parte de las matas y muy poco abono.