La autonomía de una suculenta se calcula con dos magnitudes: cuánta agua guarda dentro y por cuánta superficie la va perdiendo. Todo lo demás —la fama de la especie, lo que diga la etiqueta, la impresión que dé su aspecto— se subordina a ese cociente. Con esa cuenta en la mano se entiende por qué una bola gruesa sobrevive a un verano entero mientras una crasa de hoja fina de la misma bandeja no llega a agosto, y por qué un caudex desnudo puede pasar meses sin nada.

Conjunto de plantas suculentas y cactus en maceta

La geometría manda

Merece la pena hacer los números, porque son contundentes. Una esfera de diez centímetros de diámetro tiene unos 314 centímetros cuadrados de superficie y unos 524 centímetros cúbicos de volumen: seis décimas de centímetro cuadrado de piel por cada centímetro cúbico de reserva. Duplique el diámetro a veinte centímetros y la relación cae a tres décimas. El volumen crece con el cubo del radio y la superficie solo con el cuadrado, de modo que una planta el doble de grande tiene, a igualdad de forma, el doble de autonomía.

Ahora aplique lo mismo a una hoja de Echeveria de dos milímetros de espesor: su relación superficie-volumen ronda los diez centímetros cuadrados por centímetro cúbico, unas veinte veces peor que la de la bola pequeña. Ahí está, en una sola cifra, la razón de que una roseta plana se arrugue en tres semanas y un Echinocactus adulto no note nada en tres meses.

La forma esférica es el óptimo matemático: ninguna otra encierra tanto volumen bajo tan poca superficie. Que los cactus globosos de los desiertos más secos hayan convergido en esa forma no es una casualidad estética. Un columnar, con su geometría cilíndrica, está algo peor situado, y lo compensa con diámetro y con una epidermis muy cerosa.

La segunda cifra: por dónde se escapa

Con los estomas cerrados, una planta sigue perdiendo agua a través de la cutícula. Esa fuga se llama conductancia mínima, y es donde las suculentas sacan su ventaja más brutal: la de un cactus está dos órdenes de magnitud por debajo de la de una planta de hoja corriente, gracias a una cutícula gruesa cargada de ceras y a una densidad estomática baja repartida en el fondo de depresiones.

Sobre esa base se monta el metabolismo CAM, que consiste en abrir los estomas de noche, fijar el dióxido de carbono como ácido málico y procesarlo de día con la planta herméticamente cerrada. Pero conviene distinguir tres regímenes, porque no todas las suculentas juegan igual.

CAM obligado. Cactáceas, la mayoría de Agave, muchas Euphorbia suculentas. Funcionan siempre así, tengan o no agua disponible. Ganan en ahorro y pagan en velocidad: crecen despacio incluso en condiciones ideales.

CAM facultativo. Es el caso de Portulacaria afra, de varios Sedum y Talinum, y de Mesembryanthemum crystallinum. Con agua trabajan como plantas normales, abriendo estomas de día, y crecen deprisa; cuando la sequía aprieta, cambian a CAM. Esa flexibilidad las convierte en plantas muy agradecidas en cultivo, porque aprovechan los buenos periodos y aguantan los malos.

CAM en ralentí. Es el mecanismo de supervivencia extrema, y explica las cifras que parecen imposibles. Bajo sequía prolongada, la planta mantiene los estomas cerrados las veinticuatro horas y recicla internamente el dióxido de carbono de su propia respiración, fijándolo de noche y liberándolo de día en un circuito cerrado. No gana carbono, no crece nada, pero mantiene la maquinaria fotosintética viva sin perder una molécula de agua por transpiración. En ese estado un cactus puede permanecer meses, incluso más de un año en ejemplares grandes.

El escalafón de la autonomía

Ordenando por el criterio anterior, y suponiendo cultivo en maceta al exterior en verano peninsular, el orden es bastante estable.

Caudiciformes. Adenium, Pachypodium, Dioscorea elephantipes, Fockea, Adenia. Concentran la reserva en un órgano macizo y casi sin superficie evaporante, y además pierden la parte aérea en la estación seca, con lo que anulan la transpiración por completo. Son las campeonas absolutas: su periodo de reposo se mide en meses y regarlas entonces es el modo estándar de matarlas.

Cactus globosos y barriles gruesos. Echinocactus, Ferocactus, Astrophytum, Gymnocalycium adultos. Geometría óptima, cutícula excelente, cuerpo acostillado que se pliega al contraerse en lugar de agrietarse. Un ejemplar de veinte centímetros en maceta grande atraviesa un verano completo sin riego.

Columnares y Agave grandes. Menos favorecidos por la forma, compensan con masa. Muy fiables una vez que tienen tamaño.

Crasas de hoja gruesa. Crassula ovata, Cotyledon orbiculata, Kalanchoe tomentosa, Pachyphytum. Reserva apreciable y capa cerosa o afieltrada que rebaja mucho la pérdida. Semanas de autonomía, no meses.

Crasas de hoja fina y rosetas planas. Echeveria de híbrido moderno, Sedum de hoja pequeña, Aeonium con la roseta abierta. La superficie específica las condena: días o pocas semanas.

Epífitas y semisuculentas. Schlumbergera, Rhipsalis, Curio rowleyanus. Aunque se vendan en la misma estantería, vienen de ambientes húmedos, tienen raíces finas y superficiales y son las primeras en resentirse. La lista completa de especies por comportamiento y clima está en el artículo de suculentas resistentes de la sección de cactus.

Qué le está pasando por dentro mientras aguanta

Aquí conviene deshacer un malentendido cómodo: resistir no es estar bien. Una planta en sequía prolongada está gastando y desmontando cosas.

Consume su reserva y se contrae. El parénquima acuífero cede agua al resto del tejido, el cuerpo pierde turgencia, las costillas se aproximan como un fuelle y el diámetro se reduce de forma medible. En crasas de hoja aparecen arrugas finas y la hoja se vuelve flexible.

Sacrifica las hojas viejas. No se secan por casualidad: la planta reabsorbe activamente su agua, su nitrógeno y su fósforo, y las deja caer. Es una decisión de reparto, no un accidente.

Deja morir las raíces absorbentes. Este es el punto que más consecuencias prácticas tiene. Muchas cactáceas abandonan sus raicillas finas en cuanto el suelo se seca, para evitar que funcionen al revés y cedan agua al sustrato. Cuando llega el riego, la planta no puede absorber hasta que regenera raíces de lluvia, unas raicillas nuevas que emite en veinticuatro o cuarenta y ocho horas. Por eso un ejemplar muy seco no reacciona el primer día: no es que el agua no haya llegado, es que todavía no hay con qué tomarla, y de ahí que el primer riego tras una sequía larga deba ser moderado y el segundo esperar diez días.

Para de crecer y descarta yemas. El crecimiento se detiene mucho antes de que se aprecie ningún síntoma, y los botones florales en formación se abortan. Una temporada de sequía severa se paga con menos floración y con un anillo de crecimiento estrecho que queda registrado en el cuerpo de la planta para siempre.

Todo eso es reversible en cuanto a supervivencia e irreversible en cuanto a forma. La planta vuelve a estar turgente en cuarenta y ocho horas, pero el año perdido no se recupera.

La maceta cambia todos los cálculos

La reserva de la planta es solo una parte del sistema; la otra es el agua retenida por el sustrato, y en un contenedor esa segunda parte es pequeña y se agota deprisa.

Un tiesto de doce centímetros contiene alrededor de medio litro de sustrato, del que quizá un veinte por ciento sea agua disponible: unos cien mililitros. En una terraza a pleno sol de julio eso se evapora en pocos días aunque la planta no transpire nada, porque la propia superficie del sustrato y las paredes del recipiente evaporan por su cuenta. La misma planta en pleno suelo dispone de un volumen de exploración incomparable.

De ahí dos consecuencias operativas. La primera, que cubrir la superficie del sustrato con un acolchado de grava de dos o tres centímetros reduce de forma notable esa evaporación directa, que es pérdida pura sin beneficio para la planta. La segunda, que agrupar las macetas y llevarlas a media sombra antes de una ausencia larga multiplica la autonomía sin que ninguna de estas especies sufra por unos días de menos luz.

Cómo medir la autonomía de la propia colección

En lugar de fiarse de cifras generales, el sistema fiable es la báscula. Pese la maceta recién regada y escurrida, anote el dato en una etiqueta, y vuelva a pesarla cuando el sustrato esté seco del todo. La diferencia es el agua útil de ese conjunto concreto. Repitiendo la pesada cada dos o tres días durante una semana de julio se obtiene el consumo diario y, dividiendo, los días reales de autonomía de esa planta en ese sitio. Es una tarde de trabajo y sustituye para siempre a cualquier tabla.

En resumen

La resistencia a la sequía de una suculenta se explica con el cociente entre el volumen de reserva y la superficie por la que pierde agua, y de ahí que la forma esférica y el tamaño grande sean tan ventajosos y que una hoja plana esté veinte veces peor situada que una bola pequeña. A eso se suma una conductancia cutícular bajísima y el metabolismo CAM, que en sus tres versiones —obligado, facultativo y en ralentí con los estomas cerrados día y noche— marca la diferencia entre semanas y meses de autonomía. El orden real va de las caudiciformes y los cactus globosos gruesos, con meses por delante, a las crasas de hoja fina y las epífitas, con días. Y mientras aguanta, la planta se contrae, sacrifica hojas viejas, abandona sus raíces absorbentes y renuncia a la floración del año: sobrevive, que no es lo mismo que estar bien.


Contenidos relacionados