Deja caer unas gotas de agua sobre una hoja de capuchina y observa lo que pasa: no se extienden ni la mojan. Forman perlas casi esféricas que ruedan hasta el borde y caen arrastrando el polvo que encontraban a su paso. La hoja queda seca y limpia. Ese comportamiento no es una curiosidad de sobremesa: es una superficie estudiada en laboratorios de materiales, y tiene consecuencias directas sobre cómo se pulveriza esta planta en el huerto.

Hoja redonda y flor naranja de capuchina

Un pariente lejano de la mostaza

Tropaeolum majus pertenece a la familia Tropaeolaceae, un grupo pequeño de unas noventa especies andinas repartidas desde Chile hasta el sur de México, casi todas herbáceas y buena parte de ellas tuberosas.

Conviene precisar un parentesco que suele contarse mal. La capuchina no es una crucífera, pero tampoco es una desconocida para las coles: ambas familias se encuadran en el orden Brassicales, junto a las alcaparras, la papaya y la moringa. Y esa pertenencia común no es un detalle de clasificación, porque los glucosinolatos —los compuestos que dan el picor a la mostaza, al rábano y al berro— son precisamente el rasgo bioquímico que define al orden. El sabor de la capuchina no es un parecido casual: es herencia compartida.

El nombre del género lo puso Linneo pensando en un trofeo militar romano, el tropaeum: un poste del que se colgaban los escudos y los cascos del enemigo vencido. Las hojas redondas son los escudos y las flores, con su capucha, los yelmos manchados de sangre. El nombre castellano recoge la misma imagen por otro camino, el de la capucha del hábito capuchino.

La hoja que no se moja

La hoja de la capuchina es peltada: el peciolo se inserta en el centro del limbo, no en el borde, y de ese punto salen los nervios radiando como los radios de un paraguas. Es una disposición poco común en la flora europea y hace que la hoja funcione como un pequeño plato ligeramente cóncavo.

Su superficie es lo notable. Al microscopio electrónico se ve una epidermis cubierta de papilas convexas, y sobre cada papila, cristales de cera epicuticular de escala nanométrica. Esa doble rugosidad, gruesa y fina a la vez, atrapa aire bajo la gota y reduce al mínimo la superficie de contacto entre agua y hoja. El ángulo que forma una gota sobre ella supera los 150 grados, el umbral con el que se define una superficie superhidrófoba.

La consecuencia es el autolavado. Una gota que rueda sobre una superficie así no deja película: recoge las partículas de polvo, esporas y suciedad, que se adhieren mejor a ella que a la cera, y se las lleva. Los trabajos de botánica que en los años noventa describieron este mecanismo y lo bautizaron con el nombre del loto examinaron cientos de especies, y la capuchina figura entre los ejemplos de referencia. De ahí salieron pinturas de fachada y tejidos que se limpian con la lluvia.

La aplicación práctica es inmediata. Cualquier pulverización sobre una capuchina —jabón potásico, azufre, un caldo contra el oídio— resbala y cae al suelo sin cubrir el limbo. Si hay que tratarla, el líquido necesita un mojante que rompa la tensión superficial, hay que insistir en el envés, que es menos ceroso, y conviene hacerlo con la planta bien turgente y a última hora de la tarde. Sin eso, se gasta producto y no se trata nada. Y funciona igual en el otro sentido: en una capuchina, un riego por aspersión moja el suelo pero deja la hoja seca, que es en parte la razón de que el oídio le entre tan fácilmente aunque el ambiente esté húmedo.

Trepa sin zarcillos

Las variedades trepadoras suben sin ningún órgano especializado. No tienen zarcillos, ni raíces adventicias, ni espinas ganchudas. Lo que hace la planta es usar el peciolo de la hoja como órgano prensil: cuando el peciolo joven roza un soporte, crece de forma desigual por sus dos caras y se enrosca alrededor de él, y después endurece. Es el mismo mecanismo de las clemátides, y se conoce como tigmotropismo, la respuesta de crecimiento al contacto.

De ahí una exigencia concreta que decide si la trepadora trepa o se derrama por el suelo: el soporte tiene que ser delgado. Un peciolo puede rodear un alambre, una cuerda, una malla de nailon o una caña fina de hasta cinco o seis milímetros; un tutor de bambú grueso o un tubo no lo puede abrazar y la planta se descuelga. Una malla de rombos de 10 cm de luz colgada de un muro es el soporte ideal, y el paso hay que dárselo pronto, porque un peciolo ya lignificado no se enrosca.

El mismo peciolo cumple otra función. Es largo, flexible y se curva orientando el limbo hacia la luz, de modo que las hojas se colocan en mosaico, sin solaparse, aprovechando cada hueco iluminado. En una planta bien situada ese mosaico se aprecia a simple vista mirándola desde arriba.

El espolón y quién lo visita

La flor es marcadamente cigomorfa, con un solo plano de simetría, y uno de sus cinco sépalos se prolonga hacia atrás en un espolón hueco de dos a tres centímetros y medio que acumula néctar en el fondo. Los pétalos superiores llevan además estrías oscuras que actúan como guías de acceso.

Ese conjunto —rojo anaranjado, tubo largo, néctar abundante y diluido, ausencia de aroma— es el retrato de una flor de colibrí, que es lo que la poliniza en su área de origen andina. En un huerto español no hay colibríes, así que el trabajo lo hacen abejorros de lengua larga y, al anochecer, alguna esfinge.

Y aparece entonces un fenómeno fácil de observar: el robo de néctar. Los abejorros de lengua corta, incapaces de alcanzar el fondo del espolón por la vía legítima, perforan la punta desde fuera y beben por el agujero sin tocar los estambres. Basta mirar el extremo de los espolones de una mata en junio para encontrar esas perforaciones. La flor pierde el néctar y no obtiene polinización a cambio, y en una temporada con muchos robos la producción de semilla baja de forma apreciable.

La flor es además protándrica: los ocho estambres maduran y se desprenden antes de que el estigma sea receptivo, lo que reduce la autofecundación. Una capuchina aislada produce menos semilla que una acompañada.

El destello de 1762

Hay un episodio antiguo asociado a esta planta que merece contarse porque acabó teniendo explicación. En 1762, Elisabeth Christina Linnaea, hija de Linneo, describió que al crepúsculo las flores de capuchina emitían destellos, pequeños relámpagos que aparecían y desaparecían sobre los pétalos. La observación se publicó en las actas de la Academia Sueca de Ciencias y fue tomada en serio durante décadas; se llegó a proponer que la flor liberaba un gas inflamable.

No hay tal. Lo que ocurre es un efecto de la retina humana: el naranja intenso del pétalo y el verde del follaje son colores prácticamente complementarios, y en la luz débil del anochecer, cuando la visión pasa de los conos a los bastones, el contraste entre ambos genera imágenes persistentes que el ojo interpreta como parpadeos. El fenómeno se reproduce con otras flores anaranjadas sobre fondo verde y con el observador quieto y en penumbra. Sigue conociéndose con el nombre de aquella observadora.

Antes de llevársela a la boca

La capuchina se consume, y de cómo se cultiva, qué partes se aprovechan y cómo se usa como planta trampa frente al pulgón se ocupa el artículo dedicado a la capuchina comestible. Aun así, dos avisos van siempre.

Identificación. La hoja peltada y redonda no basta para identificarla: la comparten la sombrerera de agua (Hydrocotyle vulgaris) y la centella asiática, que no tienen nada que ver. Los rasgos que sí confirman una capuchina son la flor con espolón, el peciolo insertado en el centro de un limbo de nervios radiales, y el olor a mostaza que suelta la hoja al estrujarla. Nunca se come una planta silvestre por parecido de hoja.

Procedencia. Solo debería llevarse al plato material cultivado por uno mismo sin tratamientos, o vendido de forma expresa como flor comestible. Una capuchina de vivero ornamental sale del invernadero con fitosanitarios cuyos plazos de seguridad no están calculados para consumo humano, y eso no se resuelve lavándola.

Además, los isotiocianatos son irritantes de las mucosas. Su uso razonable es el condimento y el adorno de platos fríos, no la ración de verdura, y quien padezca gastritis, reflujo o problemas renales tiene motivos para ser prudente. Si lo que se busca no es un ingrediente sino un remedio, la conversación corresponde al médico o al farmacéutico.

En resumen

La capuchina (Tropaeolum majus) no es una crucífera, pero comparte con ellas el orden Brassicales y de ahí le viene el picor de los glucosinolatos. Su hoja peltada está cubierta de papilas con cristales de cera que la hacen superhidrófoba y autolimpiante, lo que significa que cualquier pulverización resbala si no se le añade un mojante y se insiste en el envés. Trepa enroscando el peciolo de la hoja, así que necesita soportes finos —alambre, cuerda o malla—, nunca tutores gruesos. Su flor de espolón está diseñada para colibríes y en España la visitan abejorros, algunos de los cuales perforan el espolón para robar el néctar sin polinizar. Y aquellos destellos que se le atribuyeron en el siglo XVIII resultaron ser un efecto óptico del ojo humano en penumbra, no una propiedad de la planta. Como comestible, exige identificación segura, procedencia sin tratar y consumo moderado.


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