Una palmera enterrada tres dedos más abajo de lo que estaba en el vivero puede tardar dos años en morir, y para entonces casi nadie relaciona una cosa con la otra. Se echa la culpa al frío, al riego o al terreno. La causa fue la profundidad de plantación, decidida en treinta segundos el día que llegó el ejemplar.
Plantar una palmera tiene poco misterio técnico, pero sí tiene una lista corta de decisiones que no admiten corrección después: qué especie, dónde, en qué época, a qué altura y con cuánta agua durante el primer verano. Todo lo demás —abonado, poda, protecciones— se puede ajustar sobre la marcha. Este artículo va sobre esas cinco decisiones.
Primero la especie, y con el tamaño adulto delante
El error de partida más caro no es de cultivo, es de escala. Una Washingtonia robusta pasa de los 20 metros de altura con holgura, y su copa acaba muy por encima de cualquier cosa que se quisiera dar sombra. Una Phoenix canariensis adulta despliega una corona de ocho a diez metros de diámetro y un tronco que engorda hasta cerca de un metro: plantada a dos metros de una fachada, con los años levanta el pavimento, roza el alero y obliga a podas que la desfiguran. La distancia mínima razonable a un muro o a un vial son cinco o seis metros para las especies grandes.
Para jardines pequeños, las opciones sensatas son otras. El palmito (Chamaerops humilis), única palmera silvestre de la Península, se queda en dos o tres metros, aguanta sequía y suelos pobres y crece en mata con varios troncos. La palmera excelsa (Trachycarpus fortunei) sube despacio y con un tronco fino, y es la más resistente al frío de las que se cultivan habitualmente aquí: soporta bien por debajo de los -10 ºC, lo que la hace viable en la meseta y en el norte. La butiá (Butia odorata, antes llamada Butia capitata en el comercio) tiene porte medio, hojas azuladas muy arqueadas y buena rusticidad. Brahea armata, azul y lentísima, es una pieza de colección más que un árbol de sombra.
La resistencia al frío marca el reparto por zonas. En el litoral mediterráneo y el valle del Guadalquivir cabe casi todo, incluida Phoenix canariensis, Washingtonia y Syagrus romanzoffiana. En el interior peninsular, con heladas repetidas y noches de -6 ºC o menos, las apuestas seguras se reducen a Trachycarpus, Chamaerops, Butia y Washingtonia filifera, que aguanta más frío que su pariente robusta. Y conviene desconfiar de los datos de rusticidad leídos en abstracto: una helada seca de una hora a -8 ºC en un ejemplar bien enraizado y en suelo drenado no tiene nada que ver con la misma temperatura sobre un suelo encharcado tras un otoño lluvioso. El frío mata mucho menos cuando las raíces no están en agua.
La época: primavera avanzada, no otoño
Las palmeras emiten raíces cuando el suelo está caliente. Por debajo de unos 18 ºC de temperatura del sustrato la emisión radicular prácticamente se detiene, y una palmera plantada en octubre pasa el invierno entero sin agarrarse, con el cepellón desconectado del terreno y expuesta a pudrirse. De ahí que el calendario correcto en España peninsular vaya de mayo a julio, con extensión hasta principios de septiembre en el litoral sur. Marzo y abril son aceptables en la costa mediterránea; en el interior son todavía pronto.
Esto choca con la costumbre de plantar árboles en parada invernal, que es correcta para frondosas y coníferas y es exactamente al revés para las palmeras. Si compra un ejemplar en contenedor en pleno invierno y no puede esperar, déjelo en la maceta, al abrigo, y plántelo en mayo. Sobrevivirá mucho mejor.
El hoyo y el drenaje
El hoyo se hace ancho y no profundo: entre dos y tres veces el diámetro del cepellón, y de altura exactamente la del cepellón, ni un dedo más. La razón es sencilla: las raíces nuevas salen en horizontal desde la base del tronco y colonizan la capa superficial del suelo, así que ensanchar ayuda y ahondar no sirve de nada. Y si se excava de más y luego se rellena por debajo, la tierra suelta se asienta con los riegos y la palmera baja varios centímetros por su propio peso, que es una de las maneras de acabar enterrada sin haberlo decidido.
Antes de plantar, conviene hacer la prueba del agua: llenar el hoyo y ver cuánto tarda en vaciarse. Si a las cuatro o cinco horas sigue lleno, hay un problema de drenaje que ninguna palmera va a perdonar. En arcillas pesadas la solución no es echar grava al fondo —eso crea una interfase que empeora el desagüe—, sino plantar en alto: montar un caballón o un parterre elevado de 30 o 40 cm y colocar allí la palmera, con el cepellón por encima del nivel natural del terreno.
Sobre el relleno hay otra creencia que conviene desmontar: no hace falta llenar el hoyo de turba, mantillo o sustrato de vivero. Un hoyo relleno de material esponjoso rodeado de arcilla se comporta como una maceta enterrada, retiene agua y desanima a las raíces a salir de él. Se rellena con la propia tierra del sitio, desterronada, y como mucho con un 10 o 20 % de compost bien hecho mezclado de forma homogénea.
A qué altura se planta
La regla es que la palmera quede a la misma altura a la que venía, con la marca del sustrato original al ras del suelo definitivo, o incluso dos o tres centímetros por encima para compensar el asiento. La base del tronco tiene que respirar.
El motivo es anatómico. Una palmera es una monocotiledónea: no tiene cámbium ni crecimiento secundario, no cicatriza heridas como lo hace un árbol y no forma raíces nuevas a lo largo del tronco si se lo cubre de tierra. Lo único que consigue enterrar el tronco es mantener húmeda permanentemente una zona que no está preparada para ello, con el resultado previsible de podredumbres basales de curso lento. Cuando los síntomas se ven arriba —hojas nuevas pequeñas, clorosis, cogollo débil—, el daño lleva mucho tiempo hecho.
Lo mismo vale para el acolchado: se puede poner corteza o grava alrededor, pero dejando un círculo libre de 15 o 20 cm alrededor del tronco.
La plantación, paso a paso
Con el hoyo listo, el orden que funciona es este:
1. Preparar el ejemplar. Si viene en contenedor y las raíces giran en espiral en el fondo, se sueltan con cuidado las que se puedan sin deshacer el cepellón. Si viene con cepellón de campo, no se toca: se retira la malla metálica y la arpillera solo de la mitad superior una vez colocado, y el resto se deja, que se degrada.
2. Colocar y orientar. Las palmeras suelen tener una cara más vestida y un ligero desplome. Se gira antes de rellenar, no después. En ejemplares que se han criado en fila conviene mantener, si se sabe, la misma orientación al sol para no quemar la cara que estaba a la sombra.
3. Rellenar en tongadas. Tierra en capas de 20 o 30 cm, asentando con agua en vez de con pisadas fuertes. Compactar a pie de tronco compacta también el aire que necesitan las raíces.
4. Formar el alcorque. Un caballete de tierra en corona, del diámetro del hoyo, que retenga el agua de riego y la obligue a bajar donde está el cepellón en lugar de escurrirse.
5. Riego de asiento. Abundante, hasta que el agua deje de absorberse. Ese primer riego no es para la planta, es para eliminar bolsas de aire y poner la tierra en contacto con las raíces.
El primer verano decide
Una palmera recién plantada no tiene raíces funcionales fuera del cepellón durante semanas. Todo el agua que consume sale de un volumen pequeño que se seca deprisa, y en julio se seca en un día. El fallo más habitual en la plantación de palmeras no es el frío ni las plagas: es la sed de las tres primeras semanas.
Un esquema razonable para una plantación de verano en clima peninsular: riego diario o en días alternos las dos o tres primeras semanas, luego dos o tres veces por semana hasta el final del verano, y a partir del segundo año un riego profundo semanal en la época cálida. Siempre mojando el cepellón entero, no dando un pulverizado superficial. Con goteo, un anillo de goteros sobre el cepellón y otro en el perímetro del hoyo, para invitar a las raíces a salir.
Del abonado, nada durante los dos o tres primeros meses: un abono nitrogenado sobre una palmera que aún no enraíza solo quema. A partir del segundo o tercer mes, y ya en años sucesivos, un abono específico de palmeras de liberación lenta, con potasio y magnesio en cantidad —proporciones del tipo 8-2-12 con magnesio—, repartido dos veces al año, en primavera y a principios de otoño. El potasio es el nutriente que más limita a las palmeras en jardín, y abonarlas con fertilizantes ricos en nitrógeno y pobres en potasio empeora la carencia en vez de corregirla.
Sujeción: nunca con clavos
Los ejemplares con tronco alto y cepellón pequeño necesitan apuntalarse durante uno o dos años, hasta que anclen. La forma correcta es fajar el tronco con varias vueltas de arpillera o fieltro, apoyar sobre esa faja unos tacos de madera atados con fleje, y desde ahí clavar los puntales al suelo, en tres direcciones a 120º.
Lo que no se puede hacer bajo ningún concepto es clavar clavos, tirafondos o grapas en el tronco. Un tronco de palmera no compartimenta las heridas ni las cierra con tejido nuevo, porque no tiene la maquinaria para hacerlo: cada agujero es una puerta permanente para hongos y, en zonas con picudo rojo, un reclamo. Un clavo puesto en 2020 sigue siendo un agujero abierto en 2030.
Errores frecuentes
Podar todas las hojas al plantar. Reducir algo la superficie foliar en ejemplares grandes tiene sentido para bajar la transpiración, pero dejar solo el cogollo es contraproducente: las hojas son las que fabrican los azúcares con los que se emiten las raíces nuevas. En palmeras de contenedor, no se poda nada.
Cortar la lanza o el cogollo. Una palmera tiene un único meristemo apical por tronco. Si se daña, el tronco muere; no rebrota. No es un árbol.
Plantar en el hueco del pavimento. Un alcorque de 80 × 80 cm para una Phoenix es condenarla a una vida corta y a levantar las baldosas de alrededor.
Confundir sequedad con exceso de agua. Los síntomas se parecen: hojas que amarillean y se secan por las puntas. Ante la duda, meter la mano o una varilla en el cepellón antes de regar más.
Esperar crecimiento el primer año. Una palmera recién plantada dedica el primer ciclo a raíces. Que no saque hojas nuevas hasta la primavera siguiente es normal.
En resumen
Elija la especie por el tamaño que tendrá dentro de veinte años y por las mínimas reales de su zona, no por la foto del vivero. Plante entre mayo y julio, con el suelo ya caliente. Haga el hoyo ancho y del alto justo del cepellón, rellene con la tierra del sitio y deje la base del tronco a ras de suelo o ligeramente por encima. Riegue a fondo y a diario las tres primeras semanas, apuntale sin clavar nada en el tronco y no abone hasta que haya arrancado. Una palmera bien plantada apenas da trabajo después; una mal plantada no se arregla regando más.