El oidio es, junto con el pulgón, el problema más universal del huerto y del jardín español. Se reconoce a simple vista: un polvo blanco grisáceo, como ceniza o harina espolvoreada, sobre el haz de las hojas. Es fácil de identificar y relativamente fácil de controlar, siempre que se actúe pronto y que no se confunda con el mildiu, que es otra cosa y se combate al revés.
Qué es el oidio
No es un hongo, sino un grupo amplio de hongos del orden Erysiphales, todos ellos parásitos obligados: no pueden vivir sobre materia muerta y necesitan tejido vegetal vivo. Esto tiene una consecuencia práctica importante: el oidio no mata rápido a la planta, porque no le interesa. La debilita, le roba fotoasimilados y reduce la cosecha.
El micelio crece por fuera de la hoja, superficialmente, y solo introduce unos órganos de succión llamados haustorios en las células de la epidermis. Por eso se puede raspar con el dedo, y por eso los productos de contacto funcionan bien contra él: el hongo está expuesto.
Cada especie de oidio es bastante específica de su huésped. Las que importan aquí:
Podosphaera xanthii y Golovinomyces cichoracearum en cucurbitáceas: calabacín, melón, sandía, pepino, calabaza.
Erysiphe necator en la vid, el llamado «cenizo» o «ceniza», que en España es la enfermedad fúngica más costosa del viñedo.
Podosphaera pannosa en rosales, donde además de la hoja deforma los botones florales.
Podosphaera aphanis en fresa, Erysiphe cruciferarum en coles, Erysiphe alphitoides en roble y encina, y Leveillula taurica en tomate, pimiento y alcachofa.
El oidio del calabacín no pasa al rosal ni el de la vid al tomate. Esa especificidad es una buena noticia para el diseño del huerto.
El oidio de tomate y pimiento se comporta distinto
Merece un apartado porque despista a mucha gente. Leveillula taurica es endoparásito: crece dentro de la hoja y solo saca los conidióforos por los estomas. El resultado es que en tomate y pimiento el síntoma inicial no es polvo blanco en el haz, sino manchas amarillas difusas en el haz, con el polvillo blanquecino en el envés, justo debajo. Con el tiempo la mancha se necrosa por el centro y la hoja se seca sin caer.
Muchos hortelanos lo tratan como si fuera mildiu o carencia de magnesio y pierden semanas. Si ve manchas amarillas en tomate, dele la vuelta a la hoja antes de decidir nada.
Condiciones que lo favorecen (y el error más extendido)
Aquí está la creencia que conviene corregir: el oidio no necesita agua líquida sobre la hoja para germinar. Al contrario que casi todos los hongos, incluido el mildiu, sus conidios germinan sobre superficie seca. Lo que necesita es humedad relativa ambiental alta —del 70 al 85 %— con la hoja seca.
Su rango térmico óptimo está entre 20 y 25 °C. Por debajo de 10 °C se detiene y por encima de 30-32 °C también, e incluso una lluvia fuerte arrastra los conidios y limpia el follaje.
De ahí se derivan varias cosas prácticas:
El oidio es problema de primavera y otoño en clima mediterráneo, no de pleno agosto. En el litoral, con noches húmedas y días templados, la presión es constante durante meses.
Aparece con fuerza en invernaderos y patios cerrados por la falta de ventilación, y en zonas de sombra del jardín.
Mojar la hoja no provoca oidio, y de hecho un chorro de agua a media mañana en días secos reduce la infección al arrastrar conidios. Pero cuidado: mojar la hoja sí favorece mildiu, botritis y bacteriosis, así que como práctica general sigue siendo mejor regar al pie. El matiz importante es no atribuir al riego una culpa que no tiene.
El exceso de nitrógeno multiplica el problema. Los brotes tiernos y suculentos de una planta sobreabonada son el sustrato ideal. El estrés hídrico también aumenta la susceptibilidad, aunque parezca contradictorio con la humedad ambiental.
Síntomas y evolución
Empieza con pequeñas manchas circulares blancas, de pocos milímetros, generalmente en las hojas viejas y en las zonas sombreadas y bajas de la planta. En pocos días esas manchas se unen y cubren toda la superficie.
Después la hoja amarillea, se vuelve quebradiza y se seca. La planta pierde capacidad fotosintética justo cuando más la necesita, en el momento del cuajado. En calabacín y melón, un ataque fuerte reduce el calibre y el contenido de azúcar del fruto; en el melón, además, la pérdida de hoja expone los frutos al sol y provoca golpe de sol.
En la vid ataca también racimo: los granos se cubren de polvillo, dejan de crecer, la piel se agrieta y se abre la puerta a Botrytis. En rosal deforma botones y detiene brotes.
Cómo distinguirlo del mildiu: el oidio es polvo blanco y pulverulento, sobre todo en el haz, y se limpia frotando. El mildiu produce manchas amarillentas o «de aceite» en el haz, delimitadas por los nervios, con un fieltro gris-violáceo en el envés, y no se quita frotando. Además, el mildiu exige agua líquida sobre la hoja durante horas. Si ha llovido y aparece mancha, sospeche mildiu; si el tiempo está seco y templado, oidio.
Prevención
Con un parásito obligado y superficial, la prevención rinde mucho más que el tratamiento.
Variedades resistentes. Es la medida más eficaz y la más ignorada. En calabacín y melón existen variedades con resistencia a Podosphaera xanthii; en rosal, buena parte de las variedades modernas de arbusto tienen tolerancia alta. Mire la etiqueta antes de comprar.
Marco de plantación amplio y ventilación. El calabacín necesita al menos un metro entre plantas. Amontonar plantas es garantizar oidio.
Poda de aireación. Retirar hojas bajas viejas y las que tocan el suelo mejora la circulación de aire y elimina el foco inicial.
Sol. Situar las especies sensibles a pleno sol; la sombra fresca y húmeda es el hábitat perfecto del hongo.
Abonado contenido en nitrógeno y suficiente en potasio, que endurece los tejidos.
Higiene. Retirar y eliminar —no compostar— las hojas afectadas y los restos de cultivo al final de temporada. En la vid, el hongo inverna en las yemas y en los cleistotecios que quedan sobre la madera y la corteza.
Rotación de al menos dos o tres años entre cultivos de la misma familia.
Tratamientos no químicos de síntesis
Azufre. Sigue siendo el tratamiento de referencia, admitido en agricultura ecológica y muy eficaz tanto en preventivo como en los primeros estadios. En polvo (espolvoreo) o mojable a razón de 3-5 g por litro, repitiendo cada 10-14 días. Tres precauciones imprescindibles:
No aplicar con más de 30 °C ni al sol del mediodía: quema el follaje. Trátese al atardecer.
No aplicar dentro de las tres semanas anterior o posterior a un tratamiento con aceite mineral o de parafina; la combinación es fitotóxica.
Algunas cucurbitáceas y variedades ornamentales son sensibles al azufre. Pruebe en una hoja antes de tratar toda la planta.
Bicarbonato potásico. Autorizado en la UE como fungicida y con eficacia bien documentada contra oidio. Dosis habitual de 5 g por litro, con unas gotas de jabón potásico como mojante. Actúa alterando el pH de la superficie foliar y deshidratando el micelio, de modo que también tiene efecto de choque sobre colonias ya establecidas. Es preferible al bicarbonato sódico casero, porque el sodio se acumula en el suelo y en el sustrato de las macetas.
Jabón potásico. Poco eficaz por sí solo, útil como mojante y para arrastrar micelio superficial.
Bacillus subtilis (cepa QST 713) y Ampelomyces quisqualis, este último un hongo hiperparásito que coloniza al propio oidio. Productos biológicos comerciales, eficaces en estrategia preventiva y de aplicación repetida, no como remedio de urgencia.
Aceite de neem y aceites vegetales. Tienen efecto moderado y actúan por asfixia del micelio. Cuidado de nuevo con el calor y con la incompatibilidad con azufre.
Cola de caballo (Equisetum arvense) en decocción y silicatos. Su papel es de refuerzo de la pared celular, no de fungicida. Sirven como apoyo dentro de un plan preventivo, no para resolver un ataque instalado. Conviene no exagerar sus resultados.
Leche diluida al 10 %. El remedio casero más citado. Hay algún ensayo con resultados positivos en cucurbitáceas, atribuidos a la acción de las proteínas del suero bajo la luz solar, pero la evidencia es limitada e inconsistente. Si se usa, que sea como complemento y con dilución alta: la leche concentrada deja residuos y olores desagradables.
Cómo tratar bien
Pronto. El oidio se controla en las primeras manchas. Con la planta cubierta, ningún producto de contacto la va a devolver al estado anterior: como mucho detendrá el avance.
Mojando bien las dos caras de la hoja, especialmente el envés en tomate y pimiento.
Al atardecer o a primera hora, nunca a pleno sol.
Repitiendo cada 10-14 días mientras dure el periodo de riesgo, y alternando materias activas para no seleccionar poblaciones resistentes. El oidio genera resistencias con rapidez notable, sobre todo frente a fungicidas sistémicos de un solo modo de acción.
Retirando antes las hojas más afectadas, que son fuente de inóculo y ya no van a recuperarse.
En resumen
El oidio es un conjunto de hongos superficiales y parásitos obligados que se instalan con humedad ambiental alta, hoja seca y temperaturas de 20 a 25 °C, es decir, en primavera y otoño en clima mediterráneo. No lo provoca mojar las hojas, al contrario de lo que se repite; sí lo favorecen la falta de ventilación, la sombra y el exceso de nitrógeno. Se distingue del mildiu porque es polvo blanco en el haz que se limpia frotando, salvo en tomate y pimiento, donde aparece como manchas amarillas con el polvillo en el envés. La prevención pasa por variedades resistentes, marco amplio, sol y abonado contenido; el tratamiento, por azufre mojable a 3-5 g/l o bicarbonato potásico a 5 g/l, aplicados temprano, al atardecer y con repeticiones cada 10-14 días.