Si lo que tienes es una mata de flores amarillas pequeñas sobre hojas grisáceas y muy divididas, comprada en un vivero, casi con seguridad es Euryops pectinatus, el arbusto que aquí se vende como margarita amarilla. Sus cuidados están resueltos aparte, en la ficha de la margarita amarilla de jardinería: pleno sol, riego escaso y poda anual. Esta página va de las otras, las que no ha plantado nadie y cubren de amarillo cunetas, barbechos, taludes y dehesas de media España entre febrero y junio.
Y conviene empezar por lo importante: «margarita amarilla» no identifica ninguna especie. Es un parecido de familia, no un nombre. Las compuestas (Asteraceae) son la familia más numerosa de la flora española y han repetido el mismo diseño de flor cientos de veces, así que bajo esas dos palabras caben plantas de géneros distintos, con ciclo, tamaño y exigencias que no se parecen en nada. La ventaja es que separarlas no exige lupa: con tres caracteres que se ven a simple vista se llega bastante lejos.
Lo que llamas flor son muchas flores
Lo que parece una flor con pétalos es un capítulo, es decir, un ramo apretado de flores diminutas montadas sobre una base ensanchada y rodeadas de una corona de brácteas. Cada supuesto pétalo es en realidad una flor entera, llamada flor ligulada, con su propio ovario. El centro, el disco, está formado por decenas o cientos de flores tubulares que se abren de fuera hacia dentro a lo largo de varios días. Por eso un solo capítulo produce un montón de semillas, y por eso todas las compuestas acaban pareciéndose: comparten un mismo invento repetido con variaciones.

Cada lígula del borde es una flor completa, y el centro anaranjado son cientos de flores tubulares más. Ese conjunto es el capítulo.
El primer corte: ¿tiene centro o es todo lígulas?
Antes de intentar ponerle nombre a nada, mira el capítulo de frente y rompe el tallo. Hay dos grupos muy distintos.
- Capítulo con disco central y una corona de lígulas alrededor. Es la margarita en el sentido corriente. Aquí entran Glebionis, Coleostephus, Calendula, Dittrichia, Pallenis y el Euryops de maceta.
- Capítulo formado solo por lígulas, sin disco, y tallo que suelta látex blanco al partirlo. Son los dientes de león y su parentela. Mucha gente los llama margaritas amarillas, y son otra cosa. La gota blanca en el corte es la prueba definitiva y no falla.
Las de campo abierto con disco
Glebionis coronaria, antes Chrysanthemum coronarium, es la más aparatosa. Anual mediterránea, forma matas altas de hoja muy dividida en solares, bordes de cultivo, cunetas y terrenos removidos del litoral y del sur. En una misma población conviven capítulos enteramente amarillos y otros con la mitad exterior de la lígula casi blanca, lo que despista bastante.
Glebionis segetum es su pariente de los cereales. Se distingue por la hoja: glauca, algo carnosa, con las superiores abrazando el tallo y groseramente dentadas, no finamente recortadas como en la anterior. Va ligada a suelos silíceos y aparece sobre todo en la mitad norte y el oeste.
Coleostephus myconis es, en el occidente peninsular, la margarita amarilla por antonomasia. Anual, de hoja entera y abrazadora, con el disco amarillo del mismo tono que las lígulas, tapiza dehesas, márgenes y taludes en primavera y forma las manchas amarillas continuas que se ven desde la carretera.
Calendula arvensis, la maravilla silvestre, es pequeña, tumbada y más anaranjada que amarilla, y en el sur florece casi todo el año, incluso en pleno invierno. Lo más reconocible no es la flor sino el fruto: aquenios curvados, con aspecto de gancho o de barquito espinoso.
Dittrichia viscosa, la olivarda, rompe el calendario de todas las anteriores: es una mata leñosa que florece cuando el resto ya se ha secado, desde finales de verano hasta noviembre, y llena cunetas, ramblas y suelos removidos. Se reconoce al tacto, porque toda ella está cubierta de una resina pegajosa de olor muy fuerte. Esa resina provoca dermatitis de contacto en personas sensibles, así que no es planta para manosear ni para cortar sin guantes.
Pallenis spinosa, la estrellada, lleva alrededor del capítulo unas brácteas rígidas y punzantes dispuestas en estrella, que la delatan de lejos, y vive en terrenos secos y pedregosos. Pallenis maritima, la que se vende en jardinería para rocalla y muros, forma cojines carnosos en roquedos del litoral.
Las que sueltan látex
Si el capítulo es todo lígulas y el tallo mancha de blanco, estás en el otro grupo. En un césped, un alcorque o un talud de ciudad lo más probable es que sean Taraxacum, el diente de león, con su escapo hueco y sin hojas y la conocida bola de vilanos, o Hypochaeris radicata, de roseta de hojas peludas pegada al suelo y tallos ramificados. En primavera se les suman las cerrajas (Sonchus), de hoja abrazadora y espinosa, y varios géneros más de flor parecida como Crepis, Andryala o Urospermum.
Todos comparten el mismo esquema, así que separarlos entre sí ya es trabajo de clave botánica, pero para lo que aquí importa basta con saber que no son margaritas: el amarillo es el mismo y la planta no tiene nada que ver.
La margarita amarilla que se compra
Euryops pectinatus, sudafricano, se reconoce por la hoja gris y finamente dividida, cubierta de un vello corto, y por el pedúnculo largo y desnudo que levanta cada capítulo por encima del follaje. Con los años se lignifica y tiene tronco, porque es un arbusto, no una planta de temporada. Argyranthemum, la margarita canaria, también tiene variedades amarillas y se distingue porque las flores nacen entre las hojas, no sobre tallos limpios, y porque la mata es mucho más blanda.

La margarita amarilla de jardinería forma una mata leñosa cubierta de capítulos pequeños sobre pedúnculos largos.
Con el mismo nombre se venden además otras compuestas amarillas de vivero que no se cuidan igual: Rudbeckia, Coreopsis, Bidens, las gazanias que cierran el capítulo cuando falta el sol y las gerberas amarillas de maceta. Antes de decidir riego, poda o si pasa el invierno fuera, hay que saber cuál de todas es.
Cuándo salen y dónde mirar
El calendario ayuda tanto como la hoja. Las anuales de campo arrancan con las lluvias de final de invierno y llegan a su máximo entre abril y mayo en buena parte del país, algo antes en el sur y en el litoral. En junio ya están secas y en pie, con el capítulo convertido en un plumero de semillas. La caléndula silvestre se adelanta a todas en inviernos suaves, y la olivarda cierra la temporada en otoño, cuando el paisaje ya no tiene otra cosa amarilla.
Los mejores sitios para verlas no son los más bonitos: bordes de camino, barbechos, escombreras, márgenes de cultivo y taludes de carretera. Son plantas de suelo removido, y ahí es donde ganan.
Llevarlas al jardín
Varias funcionan muy bien en un prado florido o en una zona de bajo mantenimiento. Glebionis coronaria y Coleostephus myconis se siembran de semilla en otoño, sobre suelo pobre y a pleno sol, no piden riego una vez arraigadas y se resiembran solas año tras año si se las deja secar en pie antes de segar. A cambio, tienden a ocuparlo todo, así que es mejor darles una zona propia que meterlas en un arriate cuidado.
La semilla se recoge del propio terreno o se compra; lo que no se hace es arrancar plantas del campo, y menos en espacios protegidos o de especies con figura de protección. Como recompensa, son de las mejores plantas para atraer polinizadores, porque un capítulo lleno de flores tubulares es una mesa puesta para abejas, sírfidos y escarabajos.
Un apunte que toca hacer, porque el texto que antes ocupaba esta página prometía «propiedades»: no existen declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea para prácticamente ninguna de estas plantas, y las que existen están en el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión Europea, no un artículo de internet. Lo que sí se puede decir de ellas es lo que son, y en el caso de la olivarda, que conviene no tocarla sin guantes.
En resumen
Margarita amarilla es un apodo compartido por decenas de compuestas distintas. La de vivero es casi siempre Euryops pectinatus, un arbusto sudafricano de hoja gris y pedúnculo largo. Las del campo español son otra historia: Glebionis coronaria en cunetas y solares del sur y el litoral, Glebionis segetum entre cereales de suelo ácido, Coleostephus myconis tapizando el occidente en primavera, Calendula arvensis casi todo el año, y la olivarda, Dittrichia viscosa, cerrando el ciclo en otoño con su resina pegajosa.
Para orientarse basta con dos gestos. Mirar si el capítulo tiene disco central o es todo lígulas, y partir el tallo para ver si sale látex blanco: si sale, es un diente de león o un pariente suyo, no una margarita. A partir de ahí, la hoja y la época de floración resuelven casi todo lo demás.