La franja que decide cuánta vida tendrá un estanque mide entre cero y quince centímetros de profundidad. Ahí ponen los anfibios, ahí emergen las libélulas, ahí bajan a beber los pájaros y ahí se calienta el agua lo justo para que los renacuajos crezcan deprisa. Un vaso con paredes verticales y borde limpio puede ser bonito y estar perfectamente equilibrado —la construcción, la zonación por profundidades y el manejo del agua están en el jardín acuático—, pero como hábitat no sirve. Este artículo trata de la otra decisión: diseñar el agua para que la fauna la use.
Una orilla que se pueda usar
La regla constructiva es sencilla: al menos un tercio del perímetro debe tener una pendiente tendida de 1:5 a 1:10, es decir, de cinco a diez centímetros de avance horizontal por cada centímetro de descenso. En un estanque de 3 m de largo, esa rampa ocupa un metro largo de la superficie, y es espacio bien gastado.
Sobre esa rampa va una playa de cantos rodados de distinto calibre, de 20 a 60 mm, colocados sobre la lámina protegida con geotextil. Los huecos entre cantos son refugio para lo que salga del agua, y la piedra estabiliza el borde cuando entra un animal grande. En vasos prefabricados o de obra con paredes verticales, esta solución no es posible; ahí hay que instalar al menos una rampa de escape —una tabla rugosa, una malla plástica de nudo grueso o unas piedras escalonadas— porque un erizo, un lirón o un mirlo que caiga dentro no puede salir por una pared lisa y muere ahogado.
El nivel también es diseño. Un estanque cuyo nivel oscila 20 cm cada verano deja la franja somera en seco justo cuando la están usando. Si no se puede mantener por reposición, conviene excavar una plataforma somera algo más profunda de lo aparente, de 15 a 20 cm, para que quede agua incluso en agosto.
Peces o fauna: hay que elegir
Es la decisión que más condiciona el resultado y no admite término medio. Los peces comen puestas de anfibio, renacuajos recién eclosionados, larvas de libélula y prácticamente todo el zooplancton. Un estanque con carpas o con carassius es un acuario exterior atractivo, pero su comunidad animal se reduce a lo que los peces no alcanzan.
Sin peces, en dos o tres temporadas aparecen espontáneamente notonectas, zapateros (Gerris), escarabajos buceadores del género Dytiscus, caracoles acuáticos como Planorbarius corneus, larvas de efímera y una población estable de invertebrados que sostiene todo lo demás. Y una nota práctica: en un estanque con esa comunidad no hay problema de mosquitos, porque casi todo lo que vive dentro se alimenta de sus larvas.
Quién puede llegar y en qué fechas
La colonización es espontánea si hay poblaciones a menos de unos cientos de metros. En la Península, los candidatos más probables en un jardín son estos:
Rana común (Pelophylax perezi). La más frecuente y la más visible. Cría entre abril y julio, en masas de huevos que se hunden entre la vegetación. Es también la que más ruido hace en junio, dato a tener en cuenta si el estanque está bajo una ventana.
Sapo común (Bufo spinosus). Pone en cordones largos enredados en tallos, generalmente de diciembre a marzo según la zona. Es un aliado notable contra babosas y caracoles en el jardín.
Sapo corredor (Epidalea calamita). Prefiere charcas someras, incluso temporales, y responde a las lluvias de primavera.
Sapo partero (Alytes obstetricans). El macho transporta los huevos enrollados en las patas traseras y solo se acerca al agua para soltar las larvas; necesita muros de piedra y taludes cerca.
Tritones (Triturus marmoratus, Lissotriton boscai). Ponen los huevos de uno en uno, envueltos individualmente en hojas de plantas acuáticas de hoja blanda, entre enero y abril. Su presencia depende de que haya vegetación sumergida abundante.
Ranitas de San Antonio (Hyla molleri en el norte y centro, Hyla meridionalis en el sur y este). Necesitan vegetación palustre alta donde encaramarse.
Los renacuajos tardan de dos a tres meses en completar la metamorfosis, así que cualquier intervención entre febrero y julio interrumpe el ciclo.
Libélulas: lo que necesitan para salir del agua
Los odonatos son los primeros en aparecer, a veces el mismo verano de la construcción. Libellula depressa es la pionera clásica de los estanques nuevos; después llegan Anax imperator, Crocothemis erythraea, Sympetrum striolatum y caballitos del diablo del género Ischnura.
Tres condiciones de diseño lo favorecen. Primera, sol: la mayoría de las especies exige lámina soleada varias horas al día. Segunda, tallos verticales emergentes repartidos por la orilla —juncos, espadañas, iris—, porque la larva trepa fuera del agua para la última muda y necesita un soporte firme; sin él, no hay emergencia. Tercera, vegetación sumergida, que es donde caza la larva durante el año o los dos años que pasa bajo el agua.
Las exuvias vacías agarradas a los tallos en mayo y junio son la señal de que el estanque está funcionando como criadero y no solo como bebedero.
La mitad del hábitat está fuera del agua
Los anfibios pasan la mayor parte del año en tierra, a menudo a decenas de metros del punto de cría. Un estanque rodeado de césped segado y pavimento se queda sin inquilinos aunque el agua sea perfecta.
Lo que hay que proporcionar, preferiblemente en un radio de diez o quince metros: un montón de leña o de restos de poda a la sombra, un muro de piedra seca o un simple amontonamiento de piedras con huecos, una zona de hojarasca sin retirar y una franja de hierba alta sin segar. Cuatro elementos que no cuestan dinero.
La conectividad importa igual: un cerramiento perimetral hermético convierte el jardín en una isla. Un hueco de 10 × 10 cm a ras de suelo en un par de puntos de la valla permite el paso de anfibios y erizos y no supone ningún problema de seguridad.
Lo que no se puede hacer
No se recogen puestas ni adultos del campo. Todos los anfibios ibéricos están incluidos en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, y capturarlos, trasladarlos o poseerlos está prohibido. Además de ser ilegal, es contraproducente: la fauna llega sola si el hábitat es adecuado, y no llega si no lo es.
No se trasvasa agua, fango ni plantas entre estanques o desde el medio natural. Es la vía de propagación de la quitridiomicosis (Batrachochytrium dendrobatidis y B. salamandrivorans) y de los ranavirus, responsables de mortandades graves en poblaciones ibéricas de montaña. Si se visitan charcas naturales, las botas y cualquier utensilio se limpian y se secan por completo antes de volver al jardín.
No se sueltan animales exóticos. El galápago de Florida (Trachemys scripta) y otras tortugas de agua figuran como especies exóticas invasoras y su liberación está prohibida; en un estanque pequeño, además, arrasan con todo lo demás.
Los cinco peligros domésticos
El robot cortacésped nocturno. Es la causa de mortalidad de erizos y anfibios que más ha crecido en los últimos años. Programado solo de día y con el jardín revisado, el riesgo baja mucho.
Los molusquicidas con metaldehído. Envenenan a quien se come la babosa intoxicada. El fosfato férrico es una alternativa razonable, y tener sapos en el jardín es la mejor de todas.
La piscina. Los anfibios entran atraídos por el agua y no salen; el cloro los mata en pocas horas. Una rampa de escape en una esquina y la manta puesta en primavera resuelven casi todo.
La luz. Iluminar la lámina de agua por la noche altera el comportamiento de los insectos y de sus depredadores. Si hay que iluminar, luz cálida, baja, dirigida al suelo y con apagado automático.
El gato. Poco que añadir salvo evitar que la orilla somera esté rodeada de escondites a la altura adecuada para acechar.
El calendario de la no intervención
De enero a julio no se toca el agua. Ni retirada de fango, ni corte de vegetación sumergida, ni cambios de nivel bruscos. En esos meses hay puestas y larvas prácticamente todo el tiempo.
Septiembre y octubre son la ventana de trabajo: aclareo de la vegetación excesiva —nunca más de un tercio en un mismo año—, retirada de fango si supera unos centímetros y ajustes de la orilla. Todo lo que se saque se deja veinticuatro horas amontonado al borde, para que lo que vive dentro pueda volver al agua.
En invierno, ninguna intervención. Si el estanque se hiela, no se rompe el hielo a golpes y basta con dejar un objeto flotando para abrir un ojo de agua.
Un apunte sobre el agua de red: contiene cloro y conviene dejarla reposar un par de días antes de incorporarla, o mejor, llenar y reponer con agua de lluvia recogida.
En resumen
Diseña la orilla antes que nada: un tercio del perímetro con pendiente 1:5 a 1:10, playa de cantos de 20-60 mm y, en vasos de pared vertical, rampa de escape obligatoria.
Decide entre peces y fauna. Sin peces, en dos temporadas hay invertebrados, anfibios y libélulas, y ningún problema de mosquitos.
Para los odonatos hacen falta sol, tallos emergentes firmes donde emerger y vegetación sumergida donde cazar. Para los anfibios, refugio terrestre a diez o quince metros —leña, piedras, hojarasca, hierba alta— y pasos de 10 × 10 cm en el cerramiento.
Nunca traigas puestas ni adultos del campo, ni agua o plantas de otras charcas: es ilegal y transmite quitridiomicosis y ranavirus.
Y trabaja solo entre septiembre y octubre, retirando menos de un tercio de la vegetación y dejando lo extraído un día al borde antes de llevártelo.