El jaboncillo, Sapindus saponaria, es un árbol americano cuyo fruto hace espuma en el agua como si fuera jabón. No es una metáfora: la pulpa está cargada de saponinas, unos compuestos tensioactivos de origen vegetal, y frotando un fruto maduro con agua sale una espuma abundante que lava de verdad. Por eso el árbol se llama así en medio continente, y por eso su fruto se ha usado siglos para lavar ropa donde no había jabón que comprar.
Y por esa misma razón hay que empezar por el aviso, que el artículo original no daba. El fruto es tóxico por ingestión. Las saponinas irritan el tubo digestivo y pueden provocar náuseas, vómitos y diarrea, y son hemolíticas, es decir, destruyen glóbulos rojos si llegan a la sangre; son además muy irritantes para los ojos y las mucosas, y tóxicas para los peces, hasta el punto de que tradicionalmente se han usado frutos machacados para aturdirlos en charcas y remansos. Nada de esto convierte al árbol en un peligro público, pero sí obliga a tratar su fruto como se trata un detergente: lejos de la boca, lejos de los ojos, fuera del alcance de los niños y de los animales, y jamás vertido a un estanque o a un acuario. Ante una ingestión, al médico o al veterinario; el Instituto Nacional de Toxicología atiende en el 91 562 04 20. Nada de remedios caseros.
Jaboncillo en floración. La copa se llena de panículas de flores pequeñas y claras, poco vistosas de cerca y muy llamativas de lejos.
Qué árbol es
El jaboncillo pertenece a la familia de las sapindáceas, la misma del litchi, del rambután y del jabonero de la China (Koelreuteria paniculata), ese árbol de farolillos de papel que se planta en calles y parques. El propio nombre del género lo cuenta todo: Sapindus viene de sapo indicus, "jabón de las Indias", y el epíteto saponaria insiste en lo mismo.
Es un árbol de porte mediano, de hoja compuesta y pinnada, con muchos folíolos alargados y enteros dispuestos a lo largo de un eje que a menudo va ligeramente alado. Florece en panículas terminales de flores pequeñas y blanquecinas, y luego cuaja frutos globosos, primero verdes y brillantes y después de un ámbar traslúcido que se va oscureciendo y arrugando en el árbol. Cada fruto guarda una sola semilla negra, dura y esférica.
Su área natural es la América tropical y subtropical, desde el sur de Norteamérica hasta buena parte de Sudamérica, pasando por el Caribe. Hay bastante lío taxonómico con las formas del norte, que unos autores tratan como variedad drummondii y otros directamente como especie aparte. Para lo que aquí importa, da igual: todas comparten el fruto jabonoso.
Frutos aún verdes. En este estado la pulpa todavía no está en su punto para lavar.
Las saponinas, el jabón del árbol
Una saponina es una molécula con dos mitades de carácter opuesto: una parte que se lleva bien con el agua y otra que se lleva bien con las grasas. Es exactamente el mismo principio de funcionamiento de un jabón o de un detergente de síntesis. Al agitarlas en agua, esas moléculas rodean las partículas de grasa y las mantienen en suspensión, y de paso atrapan aire y forman espuma.
Conviene deshacer aquí un malentendido común: la espuma no limpia. La espuma es un efecto secundario de la presencia de tensioactivos, y un producto puede limpiar bien haciendo poca espuma. Con las saponinas pasa lo mismo que con la saponaria, la hierba jabonera europea, que hace una espuma discreta y sin embargo lava la lana mejor que muchos detergentes modernos.
Las saponinas no son exclusivas del jaboncillo. Están repartidas por medio reino vegetal, en la quinoa (que por eso se lava antes de cocerla), en las castañas de Indias, en la yuca ornamental, en muchas leguminosas. Lo que tiene de especial Sapindus es la concentración: la pulpa del fruto maduro lleva tanta que basta con frotarla.
Las nueces de lavado
Las bolsitas de "nueces de lavado" que se venden en tiendas de productos ecológicos son frutos secos de este género. Normalmente no son de Sapindus saponaria, sino de Sapindus mukorossi, la especie del Himalaya y el norte de la India, que es la que se recolecta y comercializa a gran escala. La americana se usa del mismo modo, pero sobre todo de forma local, allí donde el árbol crece.
El uso es simple: unas cuantas cortezas de fruto secas dentro de una bolsita de tela, la bolsita en el tambor de la lavadora, y se reutilizan varios lavados hasta que quedan blandas y grises. Funcionan mejor en caliente que en frío, no llevan perfume, no blanquean y no quitan manchas difíciles; para eso hacen falta otras cosas. Como el producto es el mismo que hace tóxica la pulpa, las precauciones son las mismas: bolsita fuera del alcance de los niños, manos lavadas después de manipularlas, y no se le ocurra a nadie usar el agua de lavado para regar un estanque con peces.
Frutos maduros, ya ambarinos y arrugados. Esta es la parte que hace espuma, y también la que no se come.
La semilla negra
Dentro de cada fruto hay una semilla redonda, negra, muy dura y curiosamente pulida, del tamaño aproximado de un garbanzo grande. En América se ha usado durante siglos como cuenta de collar y de rosario, porque no hace falta labrarla: viene del árbol ya redonda y brillante, y solo necesita un agujero.
Esa dureza tiene dos consecuencias. La primera, ornamental y artesanal, ya está dicha. La segunda es un aviso doméstico: una cuenta esférica, dura y del tamaño justo para atragantar a un niño pequeño no es un juguete, aunque venga enhebrada en una pulsera. Y la tercera es agronómica, y se cuenta abajo, porque esa misma cubierta impermeable es la que impide germinar a la semilla.
Cultivo, y hasta dónde llega en España
Es un árbol tropical y subtropical. En la España peninsular no es una opción realista salvo en enclaves muy suaves del litoral sur y sureste, donde no hiele; en el interior no pasa un invierno. Donde sí tiene sentido plantearlo es en Canarias, y en el resto del país, bajo invernadero o en maceta grande que se guarda en frío. Decirlo es más útil que fingir un cultivo que aquí no existe.
Donde el clima acompaña, el árbol es de los fáciles: tolera suelos pobres, pedregosos y secos una vez establecido, y no es exigente con el riego. Tiene tendencia a emitir brotes de raíz y formar grupos, cosa que conviene saber antes de plantarlo cerca de un pavimento.
La propagación se hace por semilla, y ahí aparece la cubierta dura: sin escarificación la germinación es lenta y desigual. Lo habitual es desgastar mecánicamente un punto de la cubierta, con una lima o con papel de lija, y remojar después. El artículo original recomendaba escarificar en ácido sulfúrico durante un número concreto de horas: eso es un procedimiento de laboratorio, con un reactivo peligroso, y no tiene ningún sentido en un patio. Se ha retirado.
Lo que no vas a leer aquí
La página anterior anunciaba "propiedades y beneficios" del jaboncillo. No los vas a encontrar. No hay declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea para esta planta: las que existen para cualquier alimento están recogidas en el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión Europea tras evaluación científica, no un artículo de internet. Tratándose de un fruto tóxico por ingestión, publicar preparaciones o cantidades sería además irresponsable, así que aquí no hay ninguna.
En resumen
El jaboncillo es Sapindus saponaria, un árbol americano de la familia de las sapindáceas cuya pulpa concentra saponinas suficientes para lavar. De ahí su nombre, su uso tradicional como jabón y las nueces de lavado que hoy se venden envasadas, casi siempre de su pariente asiático Sapindus mukorossi.
El mismo compuesto que lo hace útil lo hace peligroso por la boca: el fruto es tóxico si se ingiere, irrita ojos y mucosas y mata peces, así que se guarda y se maneja como un producto de limpieza. La semilla negra e interior sirve de cuenta de collar y es dura como una piedra, lo que explica a la vez su uso artesanal, el riesgo de atragantamiento y la necesidad de escarificarla para sembrarla. Y en cuanto al cultivo, es un árbol de clima cálido sin heladas: en Canarias, sí; en el interior peninsular, no.