Cuente las flores de una mata de habas en marzo y luego cuente las vainas en abril. Salen cuarenta o cincuenta flores blancas con la mancha negra en el ala, y seis, ocho, quizá diez vainas. Esa proporción no es un fracaso ni un síntoma de nada: es el funcionamiento normal de Vicia faba, que florece muy por encima de lo que puede llenar y va desprendiendo lo que le sobra. Entender ese descarte es lo que permite calcular de antemano qué va a salir de una maceta, y decidir con esa cifra en la mano si merece la pena.

Las fechas de siembra, la profundidad del recipiente, el despunte contra el pulgón y la advertencia sanitaria sobre el favismo están en la guía de cultivo de habas en maceta. Lo que sigue es la parte de la flor, del cuaje y de la cuenta final.

Mata de habas en crecimiento con vainas formándose

Florece de sobra y desprende el resto

El haba abre sus flores en grupos de dos a seis en las axilas de las hojas, empezando por los nudos bajos y subiendo. Una planta bien desarrollada produce entre treinta y cien flores a lo largo de la floración, y en condiciones favorables convierte en vaina entre un 10 y un 30 % de ellas. El resto se desprende por la articulación del pedúnculo, primero las flores y después algunas vainas jóvenes de dos o tres centímetros.

Ese descarte es una regulación entre lo que la planta produce y lo que puede sostener. La mata evalúa continuamente el agua, la luz y las reservas disponibles, y ajusta la carga a la baja. Por eso llenar de flores el balcón no significa nada por sí solo, y por eso una racha de calor, una sequía de tres días o una sombra nueva se traducen en caída masiva sin ningún otro síntoma.

La consecuencia práctica es que el rendimiento no se decide en la floración, sino en las dos o tres semanas siguientes, que es cuando la planta decide qué conserva.

La flor del haba hay que abrirla

La corola del haba es papilionácea: dos pétalos inferiores soldados forman una quilla que encierra los estambres y el estigma. Para que el polen se libere y llegue al estigma, alguien tiene que empujar esa quilla hacia abajo, un gesto que en inglés se llama tripping y que la flor no hace sola.

El haba es autofértil, pero solo en parte. Su tasa de alogamia, es decir, la proporción de semillas que provienen de polen de otra planta, se sitúa habitualmente entre el 20 y el 60 % según la variedad y según cuántos polinizadores haya, lo que la coloca a medio camino entre una planta autógama y una de polinización cruzada. Los que hacen ese trabajo son sobre todo los abejorros, cuyo peso y cuya fuerza bastan para abrir la quilla; las abejas melíferas lo consiguen peor.

Y hay un detalle que explica bastantes decepciones. Los abejorros de lengua corta, como Bombus terrestris, a menudo no entran por la boca de la flor: muerden un agujero en la base de la corola y beben el néctar desde fuera. Es el llamado robo de néctar, y no poliniza nada. Después otras abejas aprovechan esos agujeros. Si observa las flores por detrás y ve pequeñas perforaciones en la base, ya sabe por qué hay visitas constantes y pocas vainas.

En un balcón alto, donde puede no aparecer ni un abejorro, la maniobra que sustituye a todo esto es sacudir suavemente las matas a media mañana en días secos durante las tres o cuatro semanas de floración. No es un remedio de emergencia: es parte del cultivo.

La ventana térmica del cuaje

El haba cuaja bien entre unos 12 y 20 ºC. Por debajo, la actividad de los polinizadores cae y las heladas dañan directamente flores y vainas jóvenes, que son mucho más sensibles que la parte vegetativa de la planta. Por encima de 25-27 ºC sostenidos, el aborto floral se dispara y la planta deja de cuajar aunque el riego sea perfecto.

Esa ventana es corta, y por eso la fecha de siembra importa tanto: lo que se está eligiendo al sembrar no es cuándo germina la planta, sino en qué semanas del año va a caer su floración. Una siembra de octubre en el litoral florece en febrero y marzo, dentro del rango bueno. Una siembra tardía de marzo en el sur florece en mayo, cuando ya hay días de 28 ºC, y cuaja la mitad.

Aquí el cultivo en recipiente juega a favor por una vez: la maceta se puede mover a la sombra de tarde durante la floración, y unos pocos grados menos en las horas centrales cambian el resultado.

Los nudos de abajo son los que llenan

Las vainas se forman de abajo arriba, y no todas tienen las mismas posibilidades. Los primeros nudos florales, los más cercanos al suelo, son los que cuajan con más fiabilidad y los que dan las vainas mejor llenas. Conforme la planta sigue creciendo, las flores de los nudos altos compiten con unas vainas que ya están engordando abajo, y pierden.

De ahí que el despunte del extremo del tallo, cuando las primeras vainas ya están cuajadas, funcione tan bien: elimina el destino que competía por los azúcares y concentra el llenado. Es la misma operación que retira de golpe el pulgón negro, y está explicada en la guía enlazada más arriba.

Una consecuencia para maceta: las variedades enanas, que concentran la floración en pocos nudos y paran de crecer, aprovechan mejor un volumen limitado que las de metro y medio, donde buena parte de la planta produce flores que nunca llegarán a nada.

La cuenta que sale de un macetón

Con esos números se puede calcular antes de sembrar. Un contenedor de 40 litros con cuatro plantas enanas, en un balcón con seis horas de sol y riego regular, da del orden de seis a diez vainas por planta. Cada vaina pesa entre 30 y 60 gramos y contiene de tres a cinco granos.

El resultado son aproximadamente entre uno y uno y medio kilos de vaina, que desgranados quedan en unos 300 o 400 gramos de haba tierna. Para eso el recipiente ha estado ocupado desde octubre hasta abril: seis meses.

Dicho sin adornos, el haba en maceta no da para llenar el congelador, y quien busque volumen encontrará mejor rendimiento por litro de sustrato en una judía de enrame o en unas hojas de corte. Lo que sí da es una cosa que no se compra: haba muy tierna recolectada el mismo día, en el punto en que la vaina todavía es plana y se come entera, o recién desgranada antes de que el grano se vuelva harinoso. Ese punto dura pocos días en la planta y prácticamente no llega al mercado.

Y da una segunda cosa, que es ocupar productivamente el balcón entre noviembre y marzo, cuando las macetas grandes estarían vacías de todos modos. Medido así —no contra el kilo de habas, sino contra un macetón parado seis meses—, la cuenta cambia bastante.

El nitrógeno que de verdad se queda

Las habas se asocian con Rhizobium leguminosarum biovar viciae, que forma nódulos rosados en las raíces y fija nitrógeno atmosférico. Conviene abrir uno al arrancar la planta: el color rosado o rojizo del interior indica que la simbiosis estaba activa; blanco o verdoso significa que no fijaba.

Ahora la aritmética honesta. En campo, un cultivo de haba fija del orden de 100 a 200 kilos de nitrógeno por hectárea, pero la mayor parte de ese nitrógeno se va con el grano cosechado. Lo que queda en el suelo son los restos de raíz y nódulos. Trasladado a una maceta de 40 litros, con una superficie de menos de un décimo de metro cuadrado, el aporte residual se mide en gramos, no en puñados de abono.

El beneficio real es más modesto y más interesante de lo que suele contarse: la haba no ha exportado nitrógeno del sustrato, sino que ha vivido en buena parte del aire, así que el recipiente llega a mayo menos empobrecido que si hubiera tenido encima una hortaliza de hoja. Sumado a las raíces que se dejan dentro cortando el tallo a ras, eso permite plantar detrás un cultivo exigente aportando algo menos de abono, pero no prescindir de él.

Un matiz específico del cultivo en maceta: un sustrato comercial nuevo puede no contener rizobios. En un huerto están en el suelo; en un saco recién abierto, no necesariamente. Un par de puñados de tierra donde hayan crecido leguminosas, o un inoculante comercial, cambian el resultado del primer año.

Las otras cosechas de la mata

Los quince centímetros terminales que se retiran en el despunte son tiernos y comestibles, con sabor a haba, y llegan justo en un momento del año en que el balcón no está dando gran cosa. Es material que de otro modo va a la basura.

Las vainas muy jóvenes, de ocho a diez centímetros y todavía planas, son otra cosecha distinta de la del grano desgranado, y permiten adelantar la recolección tres semanas.

Y la mata entera, una vez terminada, es biomasa útil: troceada sirve como acolchado sobre otra maceta o como material verde para el compost, siempre que no venga cargada de roya o de mancha chocolate.

Sobre las variedades, un apunte técnico: existen selecciones bajas en vicina y convicina, los dos glucósidos implicados en el favismo, desarrolladas en programas de mejora. No son fáciles de encontrar en el circuito doméstico y no eliminan la necesidad de la precaución sanitaria descrita en la guía enlazada al principio, que es un asunto médico y no agronómico.

En resumen

Una mata de habas abre entre treinta y cien flores y convierte en vaina entre el 10 y el 30 %: el descarte es normal y no indica ningún fallo. Para que una flor cuaje, alguien tiene que forzar la quilla, y los abejorros son quienes lo hacen bien, cuando no se dedican a perforar la base de la corola para robar el néctar sin polinizar. En un balcón alto, sacudir las matas a media mañana durante la floración sustituye a ese trabajo.

El cuaje ocurre entre 12 y 20 ºC y se hunde por encima de 25-27 ºC, así que la fecha de siembra decide en qué semanas cae la floración. Los nudos bajos son los que llenan, y por eso el despunte concentra el rendimiento. La cuenta final de un macetón de 40 litros con cuatro plantas ronda los 300 o 400 gramos de grano tierno tras seis meses de ocupación: poco por kilo, razonable por hueco que estaría vacío en invierno, e imbatible por el punto de recolección. El nitrógeno que dejan los nódulos es real pero pequeño; lo que de verdad aporta el haba es no haber vaciado el sustrato mientras crecía.


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