La flor de un cactus no brota de la piel del tallo: brota de una areola, y una areola es una rama. Entender ese detalle anatómico ordena todo lo demás, porque explica por qué la flor aparece siempre en los mismos puntos, por qué su tubo va cubierto de escamas y a veces de espinas, y por qué el fruto queda embutido en el propio cuerpo de la planta en lugar de colgar de un pedúnculo.
La areola, una rama comprimida
Lo que se ve como un cojincito de fieltro repartido con regularidad por el tallo es un braquiblasto: una rama lateral de entrenudos tan cortos que ha quedado reducida a un punto. De ella salen las espinas, que son hojas transformadas, y de ella sale la flor, que es la yema terminal de esa ramita. Una areola es, por tanto, el único lugar del que un cactus puede producir algo nuevo, sea espina, hijuelo o flor.
Por eso ninguna flor auténtica emerge del centro liso del ápice ni de mitad de una costilla. Cuando se ve un capullo chillón clavado justo en el vértice de la planta, sin areola debajo, no procede de la planta. En Mammillaria el asunto se complica de forma elegante: la areola está dividida en dos partes separadas por un surco, la porción del extremo del tubérculo produce las espinas y la porción hundida en la axila produce la flor. De ahí que las flores parezcan salir de los huecos entre los pezones y no de las puntas.
El tubo es tallo, no cáliz
En una flor corriente, lo que hay bajo los pétalos son sépalos. En un cactus no. El ovario es ínfero y está hundido dentro de tejido caulinar; lo que se toma por tubo floral es un pericarpelo prolongado en un receptáculo, es decir, tallo modificado que envuelve al ovario y se estira hacia arriba.
De esa naturaleza caulinar salen todas sus rarezas. El tubo lleva escamas, que son brácteas, y en las axilas de esas escamas hay areolas en miniatura que producen lana, cerdas o espinas de pleno derecho. El tubo de un Echinocereus va erizado de espinas que se desprenden cuando el fruto madura. El de un Echinopsis se cubre de pelos largos y negruzcos. El de Selenicereus exhibe brácteas alargadas y coriáceas. Y los Gymnocalycium presentan escamas lisas y peladas, sin nada en sus axilas, rasgo que da nombre al género.
Otra consecuencia: no hay frontera entre sépalos y pétalos. Recorriendo la flor de fuera hacia dentro se pasa de brácteas verdes y carnosas a piezas cada vez más finas y coloreadas sin ningún salto, motivo por el que en botánica se habla de tépalos. El aparato reproductor es igualmente desmesurado: cientos y a veces miles de estambres dispuestos en espiral alrededor de un estilo rematado en un estigma con varios lóbulos radiales.
Hay un detalle que merece la pena buscar en primavera. En las chumberas y demás opuntioideas los estambres son tigmonásticos: si se roza el interior de la flor con un dedo o con la punta de un lápiz, se pliegan hacia el centro en pocos segundos y envuelven al visitante en polen. Es un mecanismo de carga activa, no un reflejo casual.
Cada forma de flor apunta a un animal
La familia ha diversificado sus flores siguiendo un puñado de patrones bastante nítidos, y con un poco de práctica se adivina el polinizador mirando la corola.
Abejas. Flor ancha y abierta en forma de cubeta, diurna, amarilla, magenta o anaranjada, con estambres muy numerosos y polen abundante, poca profundidad y perfume tenue o nulo. Es el patrón de la mayoría de los globosos: Parodia, Mammillaria, Ferocactus, Opuntia. En América las visitan abejas especialistas de los géneros Diadasia y Lithurgus, que recogen polen casi exclusivamente en cactáceas.
Colibríes. Tubo largo, estrecho y firme, de color rojo o naranja saturado, con néctar copioso y diluido en el fondo y sin ningún olor, porque las aves apenas tienen olfato. La corola a menudo ni siquiera llega a abrirse del todo y queda asimétrica, adaptada a un pico que entra desde un lado. Cleistocactus, Matucana, Disocactus, Echinocereus triglochidiatus y las Schlumbergera silvestres de la Mata Atlántica responden a este modelo. Estas flores duran varios días, porque un ave puede no pasar el primero.
Esfíngidos. Corola blanca o crema, tubo desmedidamente largo y delgado, perfume dulce e intenso que se dispara al anochecer y una sola noche de vida. El néctar está al final del tubo, accesible solo a una espiritrompa de diez o quince centímetros. Aquí entran Echinopsis, Epiphyllum oxypetalum, Peniocereus y Selenicereus grandiflorus. En España la esfinge colibrí, Macroglossum stellatarum, vuela de día y liba en suspensión: quien la vea sobre un cactus columnar no está viendo un colibrí.
Murciélagos. Flor robusta y acampanada, blanca o verdosa, con tépalos gruesos, néctar en cantidad, olor almizclado o agrio nada agradable para nosotros, anteras y estigma bien salientes y un tubo sólido capaz de aguantar el peso del animal. Es la flor del saguaro, Carnegiea gigantea, del cardón Pachycereus pringlei y de varios Stenocereus, visitados por murciélagos nectarívoros del género Leptonycteris que migran siguiendo la floración a través de México y el suroeste norteamericano.
Y queda el extremo contrario. Frailea abre sus flores muy pocas veces y produce semilla con el capullo cerrado, por autogamia; Rhipsalis tiene flores diminutas y blanquecinas de aspecto insignificante, visitadas por moscas y pequeños insectos, seguidas de bayas translúcidas idénticas a las del muérdago que dispersan las aves.
Cuánto dura y a qué hora abre
La antesis, el periodo en que la flor permanece funcional, va desde unas horas hasta más de una semana, y la cifra la fija el polinizador, no el tamaño ni la belleza de la flor.
Las flores nocturnas de tubo largo abren al caer la tarde, alcanzan su máximo hacia medianoche y a media mañana ya están lacias y colgando. No vuelven a abrir: una vez cerradas, se acabó. Las diurnas de tipo abeja hacen lo contrario y repiten ciclo: se abren con el sol de la mañana, se cierran a última hora de la tarde y vuelven a abrirse al día siguiente durante tres, cuatro o cinco jornadas seguidas. El movimiento se debe a crecimiento diferencial y a cambios de turgencia en la base de los tépalos, y responde a la temperatura y a la luz.
Dato práctico para quien quiera semilla: la mayoría de las cactáceas son autoincompatibles. Un ejemplar solo, o dos ejemplares que sean esquejes del mismo individuo, pueden florecer espléndidamente año tras año sin cuajar un solo fruto. Hace falta polen de otra planta genéticamente distinta de la misma especie, trasladado con un pincel fino en las horas de antesis.
El fruto sale del tallo
Como el ovario estaba hundido en tejido caulinar, el fruto de un cactus se desarrolla dentro de ese tejido y no cuelga de ningún rabillo. En Mammillaria madura oculto entre los tubérculos durante meses y termina asomando como una vaina roja alargada que se desprende con un tirón suave. En Opuntia queda como una pieza carnosa con el ombligo hundido que delata dónde estuvo la flor.
Botánicamente casi todos son bayas, con la pulpa cargada de semillas negras o pardas. Las carnosas y coloreadas —chumbo de Opuntia ficus-indica, pitahaya de Selenicereus undatus, los frutos de Stenocereus— están diseñadas para que un ave o un mamífero se las coma y disperse la semilla intacta. Otras son secas y se abren solas: el fruto de Astrophytum se raja en varios gajos y queda con forma de estrellita sobre el ápice, y el de Blossfeldia apenas mide un par de milímetros.
Una advertencia si se manipulan frutos de chumbera: la superficie está sembrada de gloquidios, espículas diminutas y con púas que se clavan al menor roce y resultan muy difíciles de extraer. Guantes de cuero, siempre.
Qué mirar en la propia colección
Con una lupa de diez aumentos y un poco de paciencia se pueden comprobar en casa casi todos los rasgos anteriores: el surco que divide la areola de una Mammillaria, las areolitas del pericarpelo de un Echinopsis, la respuesta de los estambres de una Opuntia al roce, el estigma dividido en radios como los rayos de una rueda. Si lo que se busca es elegir géneros por su floración, el repaso completo está en el artículo sobre cactus con flores espectaculares.
En resumen
La flor de un cactus nace de una areola, que es una rama comprimida, y sale por eso siempre en la posición que le corresponde a esa areola. Su tubo no es un cáliz sino tejido de tallo que envuelve un ovario ínfero, motivo por el que lleva escamas, lana y a veces espinas, y por el que las piezas del perianto forman una serie continua de tépalos. La forma, el color, el olor y la hora de apertura constituyen un mensaje dirigido a un animal concreto: cubeta abierta y amarilla para las abejas, tubo rojo e inodoro para los colibríes, trompeta blanca y perfumada para los esfíngidos, campana carnosa y maloliente para los murciélagos. Y el fruto, una baya que madura dentro del propio tallo, cierra el ciclo poniendo la semilla en el estómago de quien la vaya a transportar.