El calor, y no el frío, es lo que arruina las fuchsias en buena parte de España. Se venden en abril cargadas de capullos, aguantan estupendamente mayo y junio, y en cuanto la terraza pasa varios días por encima de 30 °C la planta deja de abrir flor, amarillea y se queda parada hasta septiembre. Quien lo entiende desde el principio coloca la maceta en otro sitio y tiene flor de mayo a noviembre; quien no, da la planta por muerta en pleno agosto.

Las fuchsias son arbustos de la familia de las onagráceas, con más de un centenar de especies repartidas entre los Andes, Centroamérica y algunas islas del Pacífico. Lo que se cultiva en balcones es casi siempre un híbrido complejo agrupado bajo el nombre de Fuchsia × hybrida, con miles de cultivares. Su origen explica sus manías: montaña tropical o bosque templado húmedo, es decir, temperaturas frescas, luz abundante pero tamizada y humedad constante en el aire y en el suelo. Ninguna de esas tres cosas abunda en una terraza manchega en julio.

Flores colgantes de fuchsia con sépalos rojos y corola morada

Erguidas y colgantes: no son lo mismo

Antes de comprar conviene mirar la etiqueta. Los cultivares erguidos o arbustivos sostienen sus ramas y sirven para maceta de suelo, para formar en copa sobre un tallo (los llamados pies altos o estándares) e incluso para plantar en tierra. Los colgantes o pendulares tienen ramas laxas que caen por su peso y están hechos para cestas colgantes y jardineras de barandilla; plantados en el suelo se tumban y se ensucian.

Aparte están las especies botánicas, y una interesa especialmente aquí: Fuchsia magellanica, del sur de Chile y Argentina, con flor más pequeña y estrecha, roja y morada. Es la fuchsia rústica de verdad —resiste heladas de varios grados bajo cero— y la que se ve formando setos enormes en Galicia, Asturias, Cantabria y el País Vasco, donde el clima le va tan bien que se ha naturalizado. Si vive en la cornisa cantábrica y quiere una fuchsia permanente en el jardín, esa o el cultivar 'Riccartonii' son la elección obvia; los híbridos de flor grande y doble son mucho más frioleros.

Dónde ponerla

Aquí está la mitad del éxito. La ubicación buena es sol de mañana y sombra a partir del mediodía: orientación este, o bajo el alero de una terraza al sur, o filtrada por una parra o una malla de sombreo del 50%.

Y conviene deshacer un malentendido frecuente: la fuchsia no es una planta de sombra. Es una planta de luz sin calor. Colocada en un rincón oscuro estira los tallos, se queda con hojas grandes y pálidas y da cuatro flores contadas. Lo que no soporta es el sol directo de las horas centrales combinado con aire seco: las hojas se queman por los bordes y los capullos se caen antes de abrir.

Por encima de 28-30 °C la planta detiene la formación de flor, y por encima de 35 °C entra directamente en parada. En el norte y en zonas de montaña florece todo el verano sin despeinarse. En Madrid, el valle del Ebro, Extremadura o Andalucía interior hay que asumir un paréntesis de julio y agosto: se la mantiene viva, fresca y a la sombra, y vuelve a florecer con las primeras noches frescas de septiembre. Colocarla contra una pared blanca que refleja el sol o sobre suelo de baldosa que acumula calor empeora todo; mejor a media altura, sobre una mesa o colgada, donde corra el aire.

Sustrato, maceta y riego

Pide un sustrato fértil, esponjoso y que retenga humedad sin encharcar: turba rubia o fibra de coco con un 20-25% de perlita y algo de compost o humus de lombriz. El pH ideal ronda 6-6,5, ligeramente ácido.

Sobre la maceta, un consejo que va contra la costumbre: en clima cálido evite el barro sin esmaltar y las cestas de coco descubiertas, porque el sustrato se seca en horas y la raíz se calienta. Una maceta de plástico o esmaltada, de color claro y de al menos 20-25 cm, mantiene el cepellón mucho más estable. Y siempre con drenaje.

El riego debe ser frecuente y constante. La fuchsia no perdona ni un secado completo —si se marchita del todo, tira flores y capullos y tarda semanas en recuperarse— pero tampoco tolera el plato permanentemente lleno, que le pudre la raíz. En plena temporada, en terraza soleada, eso puede significar riego diario y a veces dos veces en día de bochorno; en primavera y otoño, cada dos o tres días. Compruebe con el dedo en lugar de fiarse del calendario.

Un truco que funciona: cubrir la superficie del sustrato con 2 cm de acolchado (corteza fina, fibra de coco). Reduce la evaporación, amortigua la temperatura del cepellón y evita el vaivén de seco-empapado que tanto le molesta. Riegue a primera hora de la mañana o al atardecer, nunca con el sol dando de lleno.

Abonado

Es una planta glotona, porque florece sin parar durante meses en un volumen de tierra pequeño. Desde que arranca la brotación, en marzo, hasta finales de octubre, abone cada 7-15 días con fertilizante líquido en el agua de riego, siempre sobre sustrato ya húmedo.

El matiz importante está en el tipo de abono. Al principio de temporada, cuando lo que interesa es que la planta haga mata y ramifique, va bien uno equilibrado o algo más rico en nitrógeno. En cuanto empieza a formar capullos, cambie a uno rico en potasio, del tipo de los que se venden para tomate o para geranios: con exceso de nitrógeno en verano se obtiene una planta enorme, verde, frondosa y con poquísima flor. Es el error de abonado más repetido en fuchsias. En invierno, con la planta parada, no se abona.

Pinzado y poda: por qué unas florecen y otras no

La fuchsia florece sobre madera del año, en los brotes nuevos. Todo el manejo se deduce de ahí.

El pinzado consiste en cortar la punta de cada brote cuando ha sacado dos o tres pares de hojas. De cada punto cortado salen dos brotes nuevos, y en cada uno acabará habiendo flor. Dos o tres rondas de pinzado en primavera transforman una plantita de cuatro tallos en una mata compacta y cubierta de flor. Sin pinzar, la fuchsia se hace larguirucha y florece solo en los extremos.

Tiene un precio, y hay que contarlo: cada pinzado retrasa la floración. Como referencia práctica, desde el último pinzado hasta la flor abierta pasan unas ocho o nueve semanas en variedades de flor sencilla y algo más en las dobles. Si quiere la maceta en flor para junio, deje de pinzar a mediados de abril.

La poda de invierno se hace a finales de febrero o en marzo, cuando se ven hincharse las yemas: se acorta la planta a un tercio o la mitad, se eliminan ramas secas, débiles y cruzadas, y se corta siempre justo por encima de un par de hojas o yemas. Podar en otoño, nada más terminar la flor, expone los cortes a todo el invierno y suele salir mal.

Durante la temporada, retire las flores marchitas con su fruto, esa bayita verde o morada que queda detrás. Si la planta llega a madurar semilla, reduce la floración. Las bayas, por cierto, son comestibles, aunque de sabor mediocre.

Cómo pasar el invierno

Los híbridos aguantan alguna helada ligera, pero se estropean por debajo de -2 o -3 °C. Las opciones, según dónde viva:

En la costa mediterránea, el sur y Canarias, se quedan fuera todo el invierno; basta arrimarlas a la pared y espaciar el riego. En la cornisa cantábrica, igual, y con F. magellanica ni eso hace falta. En el interior peninsular, con heladas serias, entre la maceta a un garaje, trastero o galería fría y luminosa: se busca entre 2 y 8 °C, sin calefacción, con riego mínimo —apenas mantener el cepellón sin llegar a polvo, una vez al mes— y sin abono. Perderá la hoja y quedará hecha un palo seco, y eso es lo normal. En marzo se poda, se riega y se saca fuera de forma progresiva.

Guardarla en el salón caliente es peor que dejarla fuera: brota débil, se estira y llena de mosca blanca.

Plagas y enfermedades

Mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum). Su plaga por excelencia. Nubecilla de mosquitas blancas al mover la planta, envés de las hojas con larvas y melaza pegajosa. Trampas cromáticas amarillas para detectarla pronto y jabón potásico o aceite de neem repetido cada 5-7 días, insistiendo en el envés, que es donde está.

Araña roja. Aparece en el mismo escenario que estropea la planta: calor y aire seco. Hojas moteadas, apagadas, con telilla fina. Corregir la ubicación es la mitad del tratamiento.

Roya de la fuchsia (Pucciniastrum epilobii). Pústulas anaranjadas en el envés y manchas amarillentas por el haz, típica de otoños húmedos y de plantas apretadas sin ventilación. Retire hoja afectada, aclare la mata para que corra el aire y trate con un fungicida autorizado si insiste.

Ácaro de las agallas (Aculops fuchsiae). Deforma brotes y flores hasta dejarlos convertidos en masas engrosadas y retorcidas, con aspecto de coliflor rojiza. Se confunde con virus o con daño de herbicida. Es difícil de erradicar: hay que cortar y destruir —no compostar— toda parte afectada, y si el ejemplar está muy tomado suele salir más a cuenta eliminarlo. Está presente en el norte peninsular.

Y la caída de capullos sin abrir, la consulta más habitual, casi nunca es una plaga: es golpe de calor, un secado del cepellón o un cambio brusco de sitio.

Multiplicación

Enraízan con una facilidad que sorprende. Tome esquejes de punta de 6-8 cm, sin flor, en primavera o a finales de verano. Corte por debajo de un nudo, quite las hojas inferiores, deje solo un par arriba y clave en una mezcla de turba y perlita a partes iguales, húmeda. Tapado con una bolsa o botella, a la sombra y a unos 18-20 °C, enraíza en dos o tres semanas. La hormona no es imprescindible.

Hacer esquejes en agosto-septiembre es además la póliza de seguro para el invierno: las plantitas jóvenes ocupan poco en una ventana y sustituyen a la planta madre si esta no sobrevive al frío.

En resumen

La fuchsia quiere luz abundante sin sol de mediodía, temperaturas por debajo de 28-30 °C, sustrato siempre fresco y abono constante con potasio en cuanto empieza a formar capullos. Pinzado repetido en primavera para conseguir mata, poda a un tercio en febrero o marzo y retirada continua de las flores pasadas con su fruto. En el norte peninsular es planta fácil, y Fuchsia magellanica incluso pasa el invierno en el jardín; en el interior y el sur, el verano es un paréntesis que se salva con sombra, acolchado y riego regular, y la floración regresa en septiembre. Vigile la mosca blanca desde el primer día y guarde un par de esquejes en otoño.


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