El tamarindo no perdona una helada. Ni una sola noche bajo cero, ni siquiera una madrugada de tres grados con viento en una terraza de Madrid. Tamarindus indica es un árbol de las sabanas tropicales de África oriental, cultivado desde hace milenios en la India, y todo lo que hay que saber sobre su cultivo como bonsái en España se deduce de ese origen: aquí es un árbol de invernadero o de interior luminoso durante buena parte del año, y solo sale al exterior cuando las noches se estabilizan por encima de los 12-14 °C.
Dicho eso, es una especie agradecida para quien tenga sitio donde protegerla. Crece rápido, brota con facilidad cuando se le poda, tiene una hoja pinnada de foliolos diminutos que da una escala muy convincente en un árbol pequeño, y esa hoja se cierra al anochecer, un gesto que da vida al ejemplar. Sus dificultades son otras: engrosar el tronco, controlar la entrenudo larga de los brotes jóvenes y sobrevivir a nuestros inviernos.
Qué árbol es y qué se puede esperar de él
El tamarindo es una leguminosa (familia Fabaceae) que en libertad supera los 20 metros, con madera densísima y copa redondeada. Sus hojas son paripinnadas, con doce a veinte pares de foliolos de un centímetro escaso: esa miniaturización natural es su gran baza como bonsái, porque no hace falta forzar reducción de hoja mediante defoliaciones agresivas, algo que el tamarindo tolera mal.
Conviene bajar las expectativas en dos puntos. El primero, la floración: en maceta de bonsái, con el sistema radicular restringido y sin las horas de calor acumulado de su clima natural, el tamarindo prácticamente no florece, y el fruto es casi descartable. Quien compre un tamarindo esperando vainas debe saberlo. El segundo, el tronco: engorda con relativa rapidez cuando se cultiva en tierra o en contenedor grande dejando crecer libremente, pero en maceta pequeña se estanca durante años. La corteza tarda además bastante en agrietarse y dar aspecto de árbol viejo.
A cambio, es de las pocas especies tropicales que se puede obtener de semilla en casa con resultados rápidos. Las semillas de una vaina de tamarindo de frutería germinan bien: se lijan levemente con papel de esmeril por un lateral, se ponen a remojo 24 horas en agua tibia y se siembran a 1 cm de profundidad en sustrato húmedo a 25-30 °C. En una o dos semanas emergen. El primer año se dedican a hacer raíz y tronco, no a estilizarse.
Luz: el factor que más ejemplares mata
El tamarindo es un árbol de pleno sol. Colocado en una estantería del salón, a dos metros de la ventana, va tirando unos meses y luego empieza a estirar entrenudos, a perder foliolos de la parte baja y a quedarse en un esqueleto ralo. Ese declive lento se confunde con "falta de riego" y termina con un cepellón encharcado y una raíz podrida.
La regla práctica: la ventana más luminosa de la casa, a menos de medio metro del cristal, orientación sur o este. De mayo a mediados de octubre, en casi toda la Península, puede y debe estar en el exterior a pleno sol, con una aclimatación progresiva de dos semanas para que la hoja formada en interior no se queme. En el litoral mediterráneo y en Canarias el periodo exterior es más largo; en la meseta norte hay que ser prudente en mayo y en octubre, cuando aún caen madrugadas frescas.
Temperatura e invernada
Por debajo de 10 °C el tamarindo se para; por debajo de 5 °C sufre daño real en la madera joven y en las raíces, y con helada muere. En un bonsái el problema se agrava porque el cepellón, con dos o tres centímetros de sustrato alrededor, alcanza la temperatura del aire en pocas horas, mientras que en el suelo la raíz estaría amortiguada.
Por eso, de noviembre a abril, el sitio es el interior de la vivienda o un invernadero templado. Dentro de casa hay dos errores típicos. Uno, ponerlo encima o cerca de un radiador: el aire seco y caliente dispara la araña roja y deshidrata la hoja. Dos, dejarlo justo detrás de una ventana que se abre para ventilar en enero; una corriente de aire frío directa sobre el follaje provoca defoliación en cuestión de días. Sitio luminoso, estable, lejos de las fuentes de calor y de las corrientes.
Es normal que en invierno pierda parte de la hoja aunque se haga todo bien: el tamarindo es semicaducifolio y responde al descenso de luz y temperatura aligerando copa. Si la madera sigue verde al rascar levemente con la uña, el árbol está vivo y rebrotará en primavera.
Riego y humedad
Riego generoso en periodo de crecimiento, casi nulo en el letargo invernal. En verano, con el árbol al exterior y en un sustrato drenante, puede necesitar agua a diario, incluso dos veces en un día de julio en Sevilla o Zaragoza. En invierno, dentro de casa y con la planta parada, el mismo cepellón puede tardar cinco o seis días en secarse; regar con la misma frecuencia que en agosto es la forma más rápida de pudrir las raíces.
La comprobación es siempre la misma: meter el dedo o un palillo un par de centímetros en el sustrato y regar solo cuando la capa superior esté seca al tacto pero el interior conserve algo de frescor. Cuando toque regar, se riega hasta que salga agua abundante por los agujeros de drenaje; los riegos cortos que solo mojan la superficie dejan la mitad inferior del cepellón seca y la superior encharcada.
El agua conviene que esté a temperatura ambiente, sobre todo en invierno: un chorro de agua fría del grifo sobre un cepellón a 18 °C frena la absorción radicular. Si el agua de la zona es muy dura, cosa habitual en el este y el sur peninsular, alterna con agua de lluvia para evitar la costra caliza en la superficie del sustrato.
La humedad ambiental le gusta alta, y en el interior de una vivienda española en invierno rara vez pasa del 35-40 %. Una bandeja con arcilla expandida húmeda bajo la maceta (sin que el fondo toque el agua) ayuda más que las pulverizaciones sobre la hoja, que se evaporan en minutos y encima dejan manchas de cal.
Sustrato y trasplante
Nada de tierra de jardín ni de turba pura. Una mezcla estándar que funciona bien: akadama, puzolana o grava volcánica y piedra pómez a partes iguales, con granulometría de 2 a 5 mm. Quien no quiera akadama puede sustituirla por arcilla calcinada de la que se vende para absorber aceite en talleres, que da un resultado muy similar y cuesta una fracción. Lo importante es que drene rápido y no se compacte, porque la raíz del tamarindo es sensible a la asfixia.
El trasplante es donde más gente se equivoca por aplicar el calendario de los árboles de aquí. Los caducifolios templados se trasplantan a finales de invierno, antes de brotar; el tamarindo, no. Al ser tropical, hay que trasplantarlo cuando esté en pleno crecimiento y con calor, es decir, de finales de mayo a julio. Trasplantado en febrero, con el árbol parado y en casa, la raíz cortada no cicatriza y se pudre.
Frecuencia: cada dos años en ejemplares jóvenes, cada tres o cuatro en árboles hechos. Se elimina un tercio del cepellón como máximo. Un detalle específico de la especie: la plántula desarrolla una raíz pivotante gruesa y dominante que hay que cortar temprano, en el primer o segundo trasplante, para forzar la ramificación radicular superficial que después dará un buen nebari. Si se deja cuatro o cinco años, la operación pasa a ser arriesgada.
Tras el trasplante, sombra luminosa dos semanas y sin abono durante un mes.
Abonado
Como leguminosa, el tamarindo no es especialmente exigente en nitrógeno, pero en maceta el sustrato inerte no aporta nada y hay que reponerlo todo. De abril a septiembre, abono equilibrado; el sólido orgánico en pastillas o bolitas colocado sobre el sustrato cada seis semanas es cómodo y difícil de sobredosificar. Si se usa líquido, a la mitad de la dosis del envase y cada quince días.
De octubre a marzo, con el árbol dentro de casa y prácticamente parado, no se abona. Alimentar a un árbol que no crece solo sirve para acumular sales en el sustrato y quemar las puntas de raíz.
Poda y formación
El tamarindo brota bien de madera vieja, lo que da margen para corregir errores. La poda estructural fuerte se hace en primavera, cuando el árbol arranca y tiene toda la temporada por delante para cerrar heridas. Los cortes grandes conviene sellarlos con pasta cicatrizante, porque su madera es dura y cicatriza despacio.
Durante el verano, poda de mantenimiento: se deja que el brote extienda cinco o seis pares de foliolos y se corta dejando dos. Repetido a lo largo de la temporada, es lo que va construyendo la ramificación densa. El error frecuente aquí es pinzar demasiado pronto, en cuanto asoma el brote: sin que la rama llegue a extenderse un poco, no engrosa y la estructura queda débil y sin conicidad.
El alambrado hay que hacerlo sobre brotes todavía verdes o apenas lignificados. En cuanto la rama endurece, se vuelve quebradiza y parte con un chasquido seco en lugar de doblarse. Alambre de aluminio, vueltas a 45 grados, y revisión cada tres o cuatro semanas en pleno verano: el tamarindo engorda rápido y el alambre marca la corteza en un mes largo. Como en su estado natural es un árbol de copa redondeada y tronco recto, los estilos que mejor le sientan son la vertical informal y la escoba.
La defoliación total, técnica habitual en arces y olmos, no se recomienda: el foliolo ya es pequeño de por sí, no hay nada que ganar, y el árbol pierde vigor sin compensación.
Plagas y problemas frecuentes
Araña roja. El enemigo número uno durante la invernada en interior, favorecida por el aire seco de la calefacción. Se detecta por el punteado amarillento en el haz y, ya tarde, por las telillas finas en las axilas. Prevención: humedad ambiental y revisar el envés con lupa cada dos semanas. Tratamiento: acaricida específico, repitiendo a los siete días para alcanzar a los huevos.
Cochinilla algodonosa. Aparece en las axilas de las hojas y en la base de los brotes. En pocos focos, se retira con un bastoncillo empapado en alcohol; si está extendida, jabón potásico o aceite de verano, siempre fuera del sol directo.
Pulgón. Sobre los brotes tiernos en primavera, en cuanto el árbol sale al exterior. Fácil de controlar con jabón potásico.
Entre los problemas no parasitarios, el amarilleo generalizado con caída de hoja casi siempre es exceso de agua en invierno o falta de luz, no falta de abono. Y los foliolos plegados no son necesariamente una señal de alarma: el tamarindo cierra la hoja al anochecer de forma natural, y también lo hace ante estrés hídrico o de calor. Si están cerrados a media mañana con el sustrato húmedo, ahí sí hay algo que revisar.
En resumen
El bonsái de tamarindo es un árbol tropical que en España se cultiva en interior luminoso de noviembre a abril y a pleno sol el resto del año, sin bajar nunca de 10 °C. Sustrato muy drenante, riego abundante en verano y muy espaciado en invierno, abono solo en periodo de crecimiento y trasplante en pleno calor, de finales de mayo a julio, nunca a finales de invierno. Se alambra en verde, se poda dejando extender los brotes antes de cortarlos y se vigila la araña roja durante la invernada. Ni floración ni fruto que merezcan la pena en maceta; a cambio, un follaje de escala perfecta y un crecimiento rápido que permite formar un árbol presentable en pocos años.