Un bonsái no es una especie botánica ni una planta enana. Es un árbol normal, con la genética de su especie intacta, mantenido pequeño por una combinación de raíz confinada, poda repetida y trasplantes periódicos. Esa frase, que parece una obviedad, explica de golpe por qué fracasa tanta gente: al árbol que tienes en la mesa del comedor le siguen haciendo falta las mismas cosas que a su hermano del monte, empezando por el sol y por el ciclo de las estaciones.

La técnica llegó de China, donde se practicaba el penjing con siglos de antelación, y Japón la depuró hasta el estilo que hoy reconocemos. Pero lo que sigue no va de historia ni de estilos: va de mantener vivo y en buena forma un árbol en una maceta de cuatro dedos de fondo, en el clima de aquí.

Bonsái en maceta con la ramificación bien definida

El bonsái de interior casi nunca existe

Es el malentendido que más árboles se lleva por delante. En bazares y grandes superficies se venden como "bonsái de interior" ejemplares de olmo chino, arce, junípero o pino, y ninguno de ellos puede vivir dentro de una casa. Son especies de clima templado que necesitan un invierno frío para entrar en reposo; privadas de él, aguantan unos meses tirando de reservas y se apagan sin remedio, normalmente entre febrero y abril, cuando el dueño ya no relaciona la muerte con lo que pasó en diciembre.

Las especies que sí toleran el interior son tropicales y subtropicales: Ficus retusa y Ficus microcarpa sobre todo, y con más exigencia Carmona retusa, Serissa foetida, Schefflera arboricola o Crassula ovata. Aun así, "interior" significa la ventana más luminosa de la casa, no una repisa del pasillo, y en verano agradecen salir fuera.

Todo lo demás va al exterior los doce meses del año: junípero (Juniperus chinensis, Juniperus sabina), pino carrasco y pino negral, olivo (Olea europaea), acebuche, olmo (Ulmus minor, Zelkova serrata), arce (Acer palmatum, Acer buergerianum), granado (Punica granatum), lentisco (Pistacia lentiscus), boj, membrillero de flor, cotoneaster o piracanta. Para empezar en España, si el clima es seco y caluroso, el olivo, el granado, el olmo y el lentisco son inmensamente más indulgentes que un arce japonés.

Ubicación: sol, viento y maceta caliente

Las especies de exterior quieren, salvo contadas excepciones, sol directo varias horas al día. La sombra produce entrenudos largos, hojas grandes y ramificación floja, justo lo contrario de lo que se busca.

El matiz importante en nuestro clima es el calor sobre la maceta, no sobre la copa. Un tiesto oscuro a pleno sol en Córdoba o en Zaragoza en julio puede pasar de los 45 °C en el sustrato y cocer las raíces finas mientras la hoja parece intacta. Soluciones: colocar los árboles sobre mesas con circulación de aire por debajo, no directamente sobre baldosa o grava clara que reverbere, dar sombra a las macetas en las horas centrales de julio y agosto, y en los ejemplares más delicados usar la técnica del doble tiesto, metiendo la maceta dentro de otra mayor con arena húmeda entre ambas.

El viento seco es el otro factor que se subestima: multiplica el consumo de agua y puede secar un cepellón en una tarde. Una malla de sombreo del 40 % en el lado dominante resuelve más de lo que parece.

Riego: la habilidad que hay que aprender de verdad

No existe un calendario de riego. "Dos veces por semana" es un consejo inservible, porque la necesidad cambia con la especie, el tamaño de la maceta, el sustrato, la época, el viento y el sol de ese día concreto. En agosto un olmo pequeño puede pedir dos riegos diarios; en enero, el mismo árbol, uno cada diez días.

Lo que se aprende es a leer el sustrato: se toca la superficie y se observa el color. Cuando la capa superior está seca al tacto y ha aclarado de tono, toca regar. Un palillo de madera clavado en el cepellón y retirado a los diez minutos es un indicador excelente para quien empieza: si sale húmedo y oscuro, se espera.

Al regar, se riega bien: agua hasta que salga con abundancia por los orificios de drenaje, y conviene repetir la pasada a los dos minutos. Los riegos escasos mojan solo los tres primeros milímetros y dejan seco el corazón del cepellón, un problema que puede pasar meses inadvertido hasta que el árbol se rinde. Si el sustrato ha llegado a secarse del todo y el agua lo atraviesa sin empapar, la solución es la inmersión: sumergir la maceta en un barreño hasta que dejen de salir burbujas, sacarla y dejarla escurrir.

Sobre el agua, un aviso pertinente en gran parte de España: el agua del grifo del levante, del sur y del centro es dura, y con los años deposita cal en el sustrato y sube el pH. En especies acidófilas como el arce japonés o la azalea sátsuki eso se traduce en clorosis, hojas amarillentas con nervios verdes. Recoger agua de lluvia para esos árboles compensa el esfuerzo.

Sustrato: por qué la tierra de jardín no vale

En un volumen tan pequeño, el sustrato tiene que hacer dos cosas contradictorias: retener agua y airear. La tierra de jardín o el mantillo puro se compactan a las pocas semanas, expulsan el aire y ahogan la raíz fina. Por eso el sustrato de bonsái es granular e inorgánico en su mayor parte.

Los componentes habituales son akadama (arcilla japonesa), kiryuzuna, pómice, puzolana o grava volcánica, todos con granulometría de 2 a 6 mm según el tamaño del árbol. Una mezcla de referencia para caducifolios sería un tercio de cada; para coníferas y especies mediterráneas se aumenta la parte volcánica y se reduce la akadama, porque quieren menos retención. Una alternativa económica muy usada en España es la arcilla calcinada de tipo absorbente para talleres, que se comporta de forma parecida a la akadama y no se desmorona tan rápido.

El detalle práctico que rara vez se hace y marca diferencia: cribar el sustrato antes de usarlo para eliminar el polvo fino. Ese polvo colmata los poros y arruina el drenaje de una mezcla que sobre el papel era perfecta.

Trasplante y poda de raíz

El trasplante no se hace para que el árbol crezca más, sino para renovar el sustrato agotado y para regenerar el sistema radicular con raíces jóvenes y absorbentes. Un árbol con el cepellón hecho una masa de raíces circulantes riega mal, se seca en horas y pierde vigor.

Época: para las especies de clima templado, a finales de invierno, cuando la yema se hincha pero todavía no ha abierto, que en la Península suele caer entre mediados de febrero y mediados de marzo según la zona. Las tropicales de interior, en cambio, se trasplantan en pleno calor, de finales de mayo a julio.

Frecuencia orientativa: cada dos años en caducifolios jóvenes de crecimiento rápido, cada tres o cuatro en árboles formados, cada cuatro o cinco en coníferas y pinos. No es un rito anual; trasplantar por costumbre y no por necesidad debilita al árbol.

En la operación se retira el árbol, se peina la raíz con un rastrillo desde el centro hacia fuera, se elimina entre un cuarto y un tercio del cepellón cortando las raíces más gruesas y se conservan las finas. Se sujeta con alambre al fondo de la maceta —un árbol que se mueve no enraíza— y se rellena empujando el sustrato con un palillo para que no queden bolsas de aire. Después, riego por inmersión, dos o tres semanas en sombra luminosa protegido del viento, y nada de abono durante al menos un mes.

Abonado

El sustrato inorgánico no aporta nutrientes, así que todo llega del abono. Dos periodos fuertes: la primavera, desde que brota hasta comienzos del verano, y el otoño, de septiembre a noviembre, que es cuando el árbol acumula reservas para el año siguiente y con frecuencia se olvida. En pleno verano, con calor extremo, conviene reducir o suspender.

El abono orgánico sólido en pastillas colocado sobre el sustrato libera despacio y es difícil de sobredosificar, la opción más segura para quien empieza. Los líquidos actúan más rápido pero exigen disciplina: siempre a menos concentración de la que indica el envase y sobre sustrato ya húmedo, nunca sobre un cepellón seco.

Ajustes útiles: más nitrógeno en primavera para empujar el crecimiento; menos nitrógeno y más potasio a partir de agosto para que la madera madure antes del frío; y ningún abono en árboles enfermos, recién trasplantados o con la raíz dañada, porque no pueden absorberlo y solo acumula sales.

Poda, pinzado y alambrado

Hay que distinguir dos podas distintas. La poda de formación elimina o acorta ramas gruesas para definir la estructura del árbol; es una intervención fuerte y se hace en el reposo, a finales de invierno, en caducifolios, y a finales de verano o principios de otoño en muchas coníferas. La poda de mantenimiento se hace durante la temporada de crecimiento y consiste en cortar los brotes que se han extendido, dejando dos o tres hojas, para densificar la ramificación.

El error clásico del principiante es pinzar constantemente todo lo que asoma. Cortar cada brote nada más nacer impide que las ramas engrosen, resta vigor al árbol y termina produciendo una ramificación endeble. Al contrario: en las zonas que se quieren engrosar hay que dejar crecer libremente y cortar después.

En los pinos la mecánica es distinta y merece mención aparte: no se pinza como un olmo, sino que se trabaja con la técnica de despunte de velas en primavera y el corte total de brotes a comienzos del verano en los pinos de doble brotación, seguido de limpieza de acículas viejas en otoño.

El alambrado sirve para orientar ramas y crear movimiento. Se usa alambre de aluminio anodizado en caducifolios y cobre recocido en coníferas, con un grosor aproximado de un tercio del de la rama, enrollado a unos 45 grados y sin apretar. La regla que evita el desastre: revisar cada tres semanas en primavera y verano. Una rama que engorda con el alambre puesto queda marcada con una espiral que tarda años en borrarse, y en algunas especies no se borra nunca.

El invierno en España

Aquí conviene separar dos cosas que se confunden. Un olmo o un arce resisten sin problema los -10 °C plantados en tierra; en una maceta de bonsái, el cepellón entero se congela, y ahí el límite práctico está mucho más arriba, en torno a los -4 o -5 °C mantenidos. El riesgo no es la especie, es el volumen de sustrato.

En el litoral mediterráneo y en el sur, la invernada no plantea problemas: basta con agrupar las macetas y protegerlas del viento. En la meseta, en el interior de Aragón, en Castilla y León o en zonas de montaña, hay que proteger: un invernadero frío sin calefactar, un cajón con las macetas enterradas en corteza o mantillo hasta el borde, o simplemente arrimarlas contra una pared orientada al sur y taparlas con hojarasca. Lo que no se debe hacer es meterlas en casa: el calor rompe el reposo, el árbol brota en enero y llega agotado a la primavera.

En invierno se sigue regando, poco y en las horas centrales del día, comprobando siempre. Un cepellón seco en invierno mata igual que en verano, solo que más despacio.

Plagas y enfermedades habituales

Araña roja. Calor seco y poca ventilación. Frecuentísima en juníperos, olmos y árboles de interior con calefacción. Punteado amarillo en la hoja y telillas finas. Se combate con acaricida específico repetido a los siete días, y se previene con humedad y revisiones del envés.

Pulgón. Sobre brotes tiernos en primavera. Jabón potásico y poco más.

Cochinilla. Algodonosa en axilas o de caparazón en ramas de olivo y cítricos. Aceite de verano o jabón potásico, aplicado a última hora del día.

Oídio. Polvo blanco sobre la hoja de arces, robles, granados o rosales; aparece con noches frescas y días cálidos, típico de mayo y de septiembre. Azufre mojable, evitando aplicarlo por encima de 28 °C.

Podredumbre radicular. No es un bicho, es una consecuencia: sustrato compactado o riego excesivo. Se manifiesta como decaimiento general con el sustrato siempre húmedo y olor agrio al sacar el cepellón. La única salida es un trasplante de urgencia, retirando la raíz negra y blanda y replantando en sustrato drenante.

Errores que más se repiten

Regar con calendario en lugar de comprobar el sustrato. Tener dentro de casa un árbol de exterior. Trasplantar en otoño porque es cuando se tiene tiempo. Usar tierra de saco de jardinería. Pinzar sin descanso y no dejar engrosar nada. Abonar un árbol recién trasplantado "para que se recupere". Alambrar y olvidarse hasta el año siguiente. Y, quizá el más costoso a largo plazo, empezar con un arce japonés o un pino blanco en un clima de verano seco y 40 °C, cuando un olmo o un granado habrían perdonado los primeros tropiezos.

En resumen

El cuidado de un bonsái se sostiene sobre cuatro decisiones. Elegir una especie adecuada al clima y al sitio real donde va a vivir, que salvo un puñado de especies tropicales será el exterior. Colocarlo al sol, protegiendo la maceta del recalentamiento en verano y del hielo prolongado en invierno. Regar comprobando el sustrato en lugar de por rutina, empapando bien cada vez. Y mantener el ciclo de sustrato drenante, trasplantes con poda de raíz a finales de invierno y abonado en primavera y otoño. La poda y el alambrado, que es lo que más atrae al principio, van después: dan la forma, pero es todo lo anterior lo que mantiene vivo al árbol el tiempo suficiente para que la forma llegue a importar.


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