Por encima de unos 28 °C, la semilla de lechuga deja de germinar aunque el sustrato esté perfectamente húmedo y la semilla sea del año. No está muerta: entra en una dormición inducida por el calor, la termoinhibición, y se queda quieta esperando condiciones más frescas. Ese detalle explica buena parte de los fracasos de julio y agosto, cuando el jardinero repite lo que le funcionó en abril y no le sale nada. Sembrar en verano no es sembrar igual con más calor: cambian el riego, el horario, la profundidad y hasta el sitio donde se pone el semillero.
Qué se siembra en verano en la Península
El verano es, sobre todo, la temporada de sembrar lo que se comerá en otoño e invierno. En julio van los semilleros de las brasicáceas de ciclo largo: coliflor, brócoli, repollo, col rizada, lombarda. También puerro, si se quiere para invierno, aunque el momento más cómodo para el puerro es la primavera.
En agosto entran acelga, escarola, rúcula, rabanito, nabo, remolacha y zanahoria, esta última siempre a golpe directo en el suelo, porque no admite trasplante. A finales de agosto y en septiembre llega el turno de espinaca, canónigos y lechugas de invierno, que ya encuentran noches más frescas y germinan sin problema.
En ornamentales, el verano es cuando se siembran las flores que darán color en otoño e invierno: pensamientos y violas (Viola × wittrockiana, Viola cornuta) desde julio, y las bienales como alhelí (Matthiola incana), digital (Digitalis purpurea) o aguileña (Aquilegia vulgaris), que se siembran ahora, pasan el invierno como planta pequeña y florecen la primavera siguiente.
Lo que ya no tiene sentido en pleno verano es sembrar tomate, pimiento, berenjena, calabacín o albahaca esperando cosecha: no les da tiempo a completar ciclo antes del frío, salvo en el litoral mediterráneo o en Canarias, y aun así con resultados pobres. Ahí la excepción son las judías de mata baja, que en un ciclo de dos meses todavía llegan a producir si se siembran en la primera quincena de julio.
El calor: el enemigo que no se ve
Cada especie tiene un rango térmico óptimo de germinación y un techo por encima del cual la semilla se bloquea. La lechuga es el caso extremo, con ese límite en torno a los 28 °C, pero el apio, la escarola y algunas cebollas se comportan de forma parecida. En un semillero puesto al sol en agosto, el sustrato de una bandeja negra pasa fácilmente de 40 °C a mediodía: no hay semilla de hortaliza de hoja que arranque ahí.
Las soluciones son sencillas y todas van en la misma dirección, bajar la temperatura del sustrato:
Sembrar a última hora de la tarde y regar entonces con agua fresca, para que la semilla pase sus primeras horas de imbibición —el momento crítico, cuando absorbe agua y decide si germina— en el tramo más fresco del día.
Poner el semillero a la sombra hasta la nascencia, o bajo una malla de sombreo del 50 %. Un lugar orientado al norte, o la sombra de una pared, funciona igual de bien. En cuanto asoman las plántulas hay que darles luz de inmediato, o se ahilan en dos días.
Cubrir la siembra directa con una tabla, un cartón o una capa fina de paja durante los días que tarde en nacer. Se revisa a diario y se retira en cuanto aparece el primer brote.
Sembrar sobre suelo previamente regado a fondo, no sobre suelo seco al que luego se le da un riego superficial. La zona de la semilla debe estar húmeda en profundidad.
Riego: constancia, no cantidad
La semilla, una vez ha empezado a hidratarse, no puede secarse. Si se seca con la radícula ya emitida, muere, y esa pérdida es irreversible. En verano el problema no es dar poca agua sino que el centímetro superior del sustrato se seca en una hora a pleno sol, justo donde está todo.
Lo eficaz es regar poco y a menudo mientras dura la nascencia: dos o tres pasadas suaves al día en las horas de más calor, con manguera de nebulización o regadera de roseta fina, y un riego de fondo por la tarde. En cuanto las plántulas tienen las primeras hojas verdaderas se invierte la pauta: menos frecuencia y más volumen, para que la raíz baje a buscar el agua en vez de quedarse en superficie.
Para bandejas y alveolos, el riego por subirrigación resuelve casi todo. Se pone la bandeja unos minutos en un recipiente con dos o tres centímetros de agua y el sustrato la absorbe por capilaridad hasta saturarse; después se retira y se deja escurrir. Se moja todo el volumen de manera uniforme, no se desentierra ninguna semilla y la superficie queda algo más seca, lo que reduce mucho los hongos.
Regar con agua muy fría sacada de un depósito a la sombra sobre un sustrato a 35 °C tampoco es buena idea con plántulas ya nacidas. Es preferible tener el agua en una regadera a temperatura ambiente y a la sombra.
Profundidad y contacto con el sustrato
La regla general es enterrar la semilla a una profundidad de dos o tres veces su diámetro. Una semilla de judía va a tres centímetros; una de lechuga, apenas cubierta; una de zanahoria, medio centímetro escaso. El error habitual en verano es hundirlas de más «para que no se sequen»: si la semilla es pequeña, la plántula agota sus reservas antes de llegar a la superficie y no nace nunca.
Hay semillas fotoblásticas positivas, que necesitan luz para germinar y no deben enterrarse: lechuga, apio, petunia, begonia, ajedrea, lobelia, boca de dragón. Se siembran sobre el sustrato y se espolvorea encima una capa finísima de vermiculita, que las mantiene húmedas y deja pasar luz. La vermiculita, además, no forma costra al secarse, cosa que sí hace la turba.
Después de sembrar conviene apretar suavemente la superficie con la palma o con una tablilla. La semilla necesita contacto físico con las partículas húmedas para absorber agua; en un sustrato esponjoso y suelto queda rodeada de aire y se deshidrata.
El sustrato y el problema de los hongos
Un buen sustrato de semillero es fino, esponjoso, pobre en nutrientes y limpio. Pobre porque la semilla lleva su propia despensa y un exceso de sales solubles la deshidrata por ósmosis; limpio porque el calor y la humedad constante del verano son el escenario perfecto para el damping-off, la caída de plántulas causada por hongos del suelo como Pythium, Rhizoctonia y Fusarium.
El cuadro es inconfundible: la plántula, ya nacida y aparentemente sana, se estrangula justo a nivel del cuello, se dobla y aparece tumbada por la mañana. Suele avanzar en mancha, comiéndose un redondel de la bandeja en pocos días. No hay tratamiento útil una vez empieza; solo prevención:
Usar sustrato comercial nuevo, no tierra de jardín ni sustrato reutilizado de otra tanda. Desinfectar bandejas y alveolos usados con lejía diluida. Sembrar claro, sin amontonar semillas, porque la densidad impide que el aire circule entre los tallitos. Ventilar: si se usa tapa o plástico, retirarlo en cuanto nazca la mitad de la siembra. Regar por la mañana y por abajo, para que la superficie llegue seca a la noche. Y no excederse con el riego cuando ya han nacido, que es cuando se dispara.
De la bandeja al bancal en pleno calor
El trasplante de las plántulas de verano se hace al atardecer, nunca por la mañana, para que tengan toda la noche y las horas frescas del amanecer para rehidratarse antes del primer sol.
Riegue bien el semillero una hora antes, para que el cepellón salga entero y las raíces no se rompan. Riegue también el hoyo antes de colocar la planta, no solo después. Y dele sombra los tres o cuatro días siguientes con una teja, una malla o cualquier cosa que corte el sol del mediodía; los primeros días la planta no puede absorber lo que transpira y ese es el momento en que se pierden.
En coles y puerros el trasplante se hace cuando la plántula tiene tres o cuatro hojas verdaderas. El puerro admite además que se le recorten las puntas de las hojas y de las raíces antes de plantarlo, práctica tradicional que reduce la transpiración y facilita el arraigo.
Guardar las semillas de la cosecha de verano
Julio y agosto son también los meses de recoger semilla propia. Un aviso previo: no tiene sentido guardar semilla de variedades híbridas F1, muy frecuentes en tomate y calabacín comerciales, porque la descendencia se segrega y sale de todo menos lo que se sembró. Se guarda de variedades tradicionales de polinización abierta.
En tomate, las semillas van envueltas en un gel que inhibe la germinación y hay que eliminarlo por fermentación: se sacan con la pulpa a un vaso con un poco de agua, se dejan dos o tres días a temperatura ambiente hasta que se forma una película en la superficie, se lavan bajo el grifo en un colador y se secan sobre un plato —nunca sobre papel, al que se pegan— a la sombra.
En pimiento basta con dejar madurar el fruto hasta que esté rojo y pasado, extraer las semillas y secarlas. En judía y guisante, dejar secar las vainas en la propia mata hasta que suenen al agitarlas. En calabacín, calabaza, melón y pepino, la semilla se recoge de fruto sobremaduro, pero hay que tener presente que las cucurbitáceas se cruzan entre variedades con mucha facilidad, así que la semilla solo sale fiel si no había otra variedad compatible cerca.
El secado es la parte que más se descuida: hay que llegar a un punto en que la semilla se parta en lugar de doblarse. Una semilla guardada con humedad residual se enmohece o pierde poder germinativo en unos meses.
Para la conservación funciona bien una regla sencilla: la suma de la temperatura en grados Celsius más la humedad relativa en porcentaje debe quedar por debajo de 100. Un bote de cristal hermético con un sobre de gel de sílice, dentro de un armario fresco o del frigorífico, cumple de sobra. Etiquete siempre con especie, variedad y año, porque la longevidad varía muchísimo: cebolla, puerro y chirivía apenas aguantan uno o dos años, mientras que tomate, pimiento, pepino y calabaza mantienen buena germinación cuatro o cinco.
Si tiene semilla vieja y duda, haga una prueba antes de sembrar: veinte semillas entre dos papeles de cocina húmedos dentro de una bolsa cerrada, en un sitio templado. A los días que corresponda a la especie, cuente cuántas han germinado. Por debajo del 50 % conviene sembrar el doble de densidad o comprar nueva.
En resumen
Sembrar en verano exige contar con el calor como factor limitante, no solo con el agua. Baje la temperatura del semillero con sombra y siembre al atardecer, sobre todo con lechuga y escarola, que se bloquean por encima de 28 °C. Mantenga la humedad constante con riegos ligeros y frecuentes hasta la nascencia, mejor por subirrigación en bandeja, y no entierre de más las semillas pequeñas ni cubra las que necesitan luz. Use sustrato nuevo, siembre claro y ventile para evitar el damping-off. Trasplante al atardecer, con sombra los primeros días. Y si guarda semilla propia de la huerta de verano, no la tome de híbridos, séquela hasta que se parta y guárdela en frío, seca, oscura y etiquetada con el año.