Entre el día en que llega la planta y su primera poda de invierno transcurren doce meses que fijan la forma del arbusto para las dos décadas siguientes. En ese periodo el rosal no está produciendo flor: está construyendo raíz y decidiendo desde qué puntos va a brotar el resto de su vida. Casi todo lo que se hace en ese año tiene efecto permanente, y casi nada de lo que se hace después lo corrige.
Los cuidados de un rosal ya establecido —riego, abonado, poda de mantenimiento, flores marchitas— están reunidos en cuidar rosas y rosales paso a paso. Este artículo se ocupa solo del primer año, que funciona con otras reglas.
El día que llega la planta
Un rosal a raíz desnuda ha pasado por un arranque, un almacenamiento en frío y un transporte, y llega deshidratado aunque no lo parezca. Antes de plantar, las raíces se sumergen en agua entre dos y doce horas —solo las raíces, no las ramas— para que recuperen turgencia. Se recortan con tijera limpia las puntas rotas o secas, dejando el corte fresco, que es por donde emitirá raicillas nuevas.
La técnica tradicional de los viveristas franceses, el pralinage, consiste en mojar el sistema radicular en una papilla espesa de tierra arcillosa y agua antes de meterlo en el hoyo. Sirve para lo mismo que un buen riego de asentamiento: garantizar que cada raicilla queda en contacto con partículas húmedas y que no queda ninguna en el aire.
Si la plantación tiene que esperar unos días, el rosal no se guarda en el garaje: se abre una zanja en un rincón resguardado, se acuestan las plantas en ella y se cubren las raíces y parte de los tallos con tierra. Así aguantan varias semanas sin sufrir.
En rosal de contenedor conviene comprobar si el sustrato mantiene la forma del tiesto al sacarlo. Si se desmorona, la planta se ha embolsado hace poco y en realidad es un rosal a raíz desnuda: hay que tratarlo como tal y plantarlo en reposo, no en mayo.
El aporcado, la medida que más plantas salva
Recién plantado, el rosal tiene un problema de balance: las ramas transpiran y la raíz aún no absorbe, porque tardará semanas en emitir pelos radiculares. Un día de viento seco de febrero puede desecar los tallos antes de que el sistema arranque, y esa es la causa habitual de que un rosal a raíz desnuda no brote nunca.
La solución es un montículo de tierra fina o de compost que cubra las ramas hasta unos 15 o 20 centímetros de altura, dejando asomar solo las puntas. Bajo esa cubierta la humedad se mantiene y las yemas se conservan hidratadas. Cuando los brotes alcanzan tres o cuatro centímetros, el montículo se retira poco a poco, en dos o tres veces, preferiblemente en día nublado y por la tarde, para que el tejido nuevo no pase de la oscuridad al sol directo de golpe.
El mismo aporcado sirve en zonas de heladas fuertes para proteger el punto de injerto durante el primer invierno.
Riego de asentamiento y el ritmo del primer verano
El riego que se da inmediatamente después de plantar no es para dar de beber, es para eliminar las bolsas de aire que quedan entre las raíces y la tierra. Se aplica despacio, en dos o tres tandas, hasta que el agua deja de filtrar, y luego se comprueba si el suelo ha bajado de nivel; si lo ha hecho, se completa con más tierra.
A partir de ahí, el primer año pide un régimen distinto del de un rosal adulto. La raíz aún ocupa un volumen pequeño, apenas el del cepellón o el del hoyo, y no puede buscar agua lejos, de modo que necesita riegos más frecuentes que un rosal establecido, pero igualmente profundos. En el interior peninsular, un rosal de primer año en tierra agradece un riego copioso cada tres o cuatro días entre junio y agosto, y no un vasito diario, que mantiene húmedos cinco centímetros y educa a la planta a enraizar en superficie.
La comprobación es manual y no admite discusión: se hunde un dedo o una varilla veinte centímetros junto al alcorque. Si sale seca, toca regar; si sale fresca, no.
Por qué el primer año no se abona
Un fertilizante mineral aumenta la concentración de sales de la solución del suelo. Un sistema radicular completo lo gestiona sin problema; unas raicillas recién emitidas, no: se deshidratan por diferencia osmótica y el ápice, que es el tejido que estaba construyendo el futuro de la planta, muere. A eso se añade que el nitrógeno estimula brotes que una raíz incompleta no puede sostener, y el resultado es un rosal alto y blando, propenso al pulgón y al oídio, con la mitad de raíz que debería tener.
Lo que sí se hace es aportar materia orgánica bien descompuesta al preparar el hoyo, mezclada con la tierra y sin contacto directo con las raíces, y extender compost maduro en superficie sobre el alcorque. Eso alimenta al suelo, no a la planta, y libera nutrientes al ritmo en que la raíz puede tomarlos.
El abonado de verdad empieza en la primavera siguiente, con el arranque de la segunda temporada. Sobre qué aporta cada elemento y en qué momento, en el abonado de los rosales.
Quitar los primeros botones
Un rosal recién plantado intentará florecer en cuanto pueda, y en botánica una flor es un sumidero: atrae hacia sí los azúcares que la planta produce, en competencia directa con el crecimiento de la raíz. Durante las primeras seis u ocho semanas después de la brotación, esos azúcares hacen mucha más falta abajo.
Por eso conviene despuntar los primeros botones florales cuando aún son pequeños y verdes, pellizcándolos o cortando el tallito por encima de la primera hoja completa. No se pierde nada importante: la primera flor de un rosal joven suele ser pequeña y mal formada. A partir de mediados de verano se le deja florecer con normalidad, y a esas alturas la flor ya sale con el tamaño y la forma propios de la variedad.
Al final de la temporada se hace lo contrario que en un rosal adulto: se dejan sin cortar las últimas flores. El escaramujo en formación envía a la planta la señal de que la temporada acabó y contribuye al agostado de la madera antes del frío.
Lo que hay que vigilar el primer verano
Chupones del patrón. Es el año en que más aparecen, porque el patrón está vigoroso y la variedad injertada todavía no domina. Se distinguen por nacer por debajo del engrosamiento del injerto, con foliolos más numerosos y más pequeños. No se cortan con tijera: se descubre su punto de nacimiento y se arrancan de un tirón lateral.
Estabilidad. En sitio ventoso, un rosal de primer año se balancea y ese movimiento rompe las raicillas nuevas contra la tierra. Un tutor bajo durante la primera temporada, retirado después, evita el problema.
Acolchado bien colocado. Cubre el alcorque, sí, pero dejando libre un palmo alrededor del cuello. El material amontonado contra la madera mantiene humedad continua sobre el punto de injerto.
Competencia. El primer año, el alcorque se mantiene limpio de hierba en un radio de 40 o 50 centímetros. Cualquier cubierta viva se planta un año después, cuando el arbusto ya está instalado.
La poda del primer invierno es de formación
La poda de mantenimiento busca renovar madera y repartir la floración. La de formación busca otra cosa: fijar de dónde van a salir las ramas principales durante los próximos años. Se hace en la misma fecha que la de un rosal adulto —finales de invierno, con la yema hinchada y sin brotar— pero con otro criterio.
Se conservan tres, cuatro o cinco varas nacidas lo más abajo posible, bien repartidas en círculo y orientadas hacia fuera, y se elimina el resto desde la base sin dejar tocones. Las conservadas se acortan a dos o tres yemas, siempre por encima de una yema exterior. Es una poda severa, y esa severidad es intencionada: obliga a la planta a emitir brotes basales gruesos que serán la estructura permanente.
La tentación de dejarla larga para tener flores antes es comprensible y sale cara: un rosal que no formó base en su primer invierno se queda con las ramas naciendo a media altura y se desguarnece por abajo para siempre. La mecánica del corte —yema exterior, ángulo, distancia, médula blanca— está detallada en la poda del rosal híbrido de té.
Lo que no se arregla después
Tres decisiones de la plantación quedan fijadas y no admiten corrección posterior sin arrancar la planta.
La altura del punto de injerto. Enterrado de más en clima suave, favorece podredumbre del cuello y emisión continua de chupones; demasiado alto en zona fría, queda expuesto a las heladas.
El fondo del hoyo. En suelo arcilloso, un hoyo con paredes y fondo sin descompactar se comporta como un recipiente estanco: retiene el agua de lluvia y ahoga la raíz. Hay que romper el fondo y desgarrar las paredes antes de plantar.
El sitio. Menos de cinco o seis horas de sol directo, o un rincón sin ventilación, condenan al rosal a un mantenimiento perpetuo. Trasplantar es posible en los dos primeros inviernos y mucho más difícil después.
En resumen
El primer año de un rosal se dedica a construir raíz y estructura, no flor. La planta a raíz desnuda se rehidrata unas horas antes de ir al hoyo, se aporca con 15 o 20 centímetros de tierra fina hasta que broten las yemas y se descubre luego en dos o tres veces y en día nublado. El riego inicial sirve para asentar la tierra y eliminar bolsas de aire; después, riegos copiosos cada tres o cuatro días en verano, comprobando la humedad a veinte centímetros. No se aplica fertilizante mineral esa primera temporada, porque daña las raicillas nuevas por efecto salino y produce brotes que la raíz no sostiene: basta materia orgánica madura en el hoyo y compost en superficie. Los primeros botones se despuntan durante seis u ocho semanas para que la inversión vaya abajo, y las últimas flores del otoño se dejan cuajar para que la madera agoste. Durante el verano, vigilancia de chupones del patrón, tutor en sitio ventoso y alcorque limpio. Y en el primer invierno, poda de formación corta a dos o tres yemas sobre tres a cinco varas basales bien repartidas: es la que decide de dónde brotará el arbusto durante los próximos veinte años.