Una glicina de veinte años puede pesar varios cientos de kilos y arrancar de la pared cualquier celosía de madera de las que se venden en el centro de jardinería. Ese dato resume bastante bien el problema de elegir una trepadora: la planta que se compra en maceta de tres litros no tiene nada que ver con la planta que habrá dentro de una década, y las decisiones que se toman el primer día (el soporte, la orientación, la distancia al muro) son justamente las más difíciles de rectificar después.
En esta segunda parte se entra en lo que suele quedarse fuera de las listas de trepadoras bonitas: cómo trepa cada una, qué exige eso del soporte, qué le hace a la pared y cuánto trabajo va a dar dentro de cinco años.
Primero el mecanismo, después la flor
Las trepadoras no suben todas igual, y el sistema de ascenso condiciona el soporte más que cualquier otra característica. Hay cuatro grandes grupos.
Volubles. El tallo enrolla en espiral alrededor de cualquier cosa vertical y estrecha. Es el caso de la glicina (Wisteria sinensis, Wisteria floribunda), el jazmín estrellado (Trachelospermum jasminoides), las madreselvas (Lonicera) o la Mandevilla. Necesitan algo delgado a lo que abrazarse: cables, cañas, barrotes, cuerdas. Sobre una superficie plana y ancha no pueden hacer nada. Un detalle curioso y real: cada especie gira siempre en el mismo sentido, y no se puede reeducar; si se enrolla un brote al revés, se desenrosca solo.
De zarcillos. Emiten órganos finos y sensibles al tacto que se agarran a lo que encuentran. Los zarcillos son tallos modificados en la parra (Vitis vinifera) y la pasionaria (Passiflora caerulea), y peciolos de las hojas en las clemátides (Clematis). La diferencia práctica importa: un zarcillo abraza soportes de pocos milímetros. Una clemátide no puede sujetarse a un listón de 4 cm de ancho, por mucho que se le arrime; necesita malla, alambre fino o ramitas.
Autoadherentes. Suben solas gracias a raíces adventicias, como la hiedra (Hedera helix) o la hortensia trepadora (Hydrangea anomala subsp. petiolaris), o a discos adhesivos, como las parras vírgenes (Parthenocissus tricuspidata, Parthenocissus quinquefolia). No requieren estructura ninguna, que es su gran ventaja y también su trampa: una vez agarradas, quitarlas es una obra.
Apoyantes o sarmentosas. No trepan de verdad; se recuestan y se enganchan con espinas o simplemente crecen hacia arriba buscando la luz. Los rosales trepadores, la buganvilla (Bougainvillea glabra), el jazmín común (Jasminum officinale) o el plumbago (Plumbago auriculata) entran aquí. Estas hay que atarlas siempre. Quien planta una buganvilla esperando que se agarre sola acaba con un matorral en el suelo.
El soporte se dimensiona para la planta adulta
En trepadoras, equivocarse de especie se arregla replantando; quedarse corto con la estructura acaba con la celosía arrancada de la pared y la planta partida por el pie. Conviene calcular el soporte para el peso de la planta madura y mojada, no para el esqueje que se planta.
Para trepadoras leñosas y pesadas (glicina, parra, Campsis radicans, rosales trepadores vigorosos) lo razonable es cable de acero inoxidable de 3 a 4 mm tensado con tensores y anclado a taco químico o taco de expansión, o bien perfilería metálica. Las celosías de pino tratado aguantan bien las trepadoras herbáceas y las de porte medio, pero con una glicina se acaban partiendo, casi siempre en invierno y con viento.
Detalle que se pasa por alto: los cables o la celosía deben quedar separados de 5 a 10 cm de la pared mediante distanciadores. Esa cámara de aire permite que los tallos volubles den la vuelta completa, ventila el muro y evita que la humedad quede atrapada contra el revoco. Una celosía atornillada a hueso sobre la fachada complica las dos cosas.
Y hay que dejar el soporte desmontable si se prevé pintar o revocar. Bisagras en la parte baja de un panel permiten abatirlo con la planta encima; no es un truco caro y ahorra mucho a los diez años.
Qué le hace la trepadora al muro
Aquí circula bastante exageración en las dos direcciones. Lo que se puede afirmar con cierta base:
Las autoadherentes con raíces adventicias, sobre todo la hiedra y el Ficus pumila, no perforan un muro sano, pero se meten en cualquier fisura, junta de mortero degradada o grieta y allí sí ensanchan el daño al engrosar. Sobre fábrica antigua con mortero de cal blando, sobre revocos en mal estado o bajo tejas y aleros, son problemáticas. Sobre hormigón sano o ladrillo bien rejuntado, no. El Ficus pumila merece un aviso aparte: cuando madura pasa de hoja pequeña a ramas gruesas y fructíferas que se separan del muro por su propio peso y arrancan el revestimiento.
Los discos adhesivos de las parras vírgenes no penetran, pero al arrancarlos dejan marcas oscuras persistentes en la pintura y arrastran pintura suelta. En una fachada pintada de claro, eso es prácticamente irreversible sin repintar.
Frente a esto, la idea de que una trepadora "pudre la pared" por retener humedad está bastante desmentida: una cortina vegetal densa reduce el agua de lluvia que llega al paramento y amortigua las oscilaciones térmicas. El problema real es otro y es mecánico: canalones, bajantes, tejas, rejillas de ventilación y marcos de ventana. Ahí sí conviene despejar la planta cada año sin falta.
Orientación, clima y qué aguanta cada una
En la Península hay que resolver dos limitaciones distintas según la zona: el frío del invierno en el interior y el sol de agosto en el sur y el litoral mediterráneo.
Para muros al norte y patios en sombra, las opciones buenas son pocas pero fiables: Hydrangea anomala subsp. petiolaris (lenta los tres primeros años, espectacular después), Hedera, Trachelospermum jasminoides (florece menos que a pleno sol, pero vive bien) y varias clemátides, que además agradecen tener el pie fresco y sombreado.
Para orientación sur y este, casi cualquiera. Para pérgolas de terraza al sur, la elección inteligente suele ser una trepadora de hoja caduca: parra, glicina, Campsis, Parthenocissus. Da sombra densa de junio a septiembre y deja pasar el sol de invierno cuando se agradece. Una perenne en esa misma pérgola condena el salón a penumbra permanente en enero.
En cuanto a resistencia al frío, con cifras orientativas: Parthenocissus, Campsis, Wisteria, Lonicera y Hedera aguantan sin problema los inviernos del interior peninsular. Trachelospermum jasminoides resiste bien hasta el entorno de -8 a -10 °C. La Passiflora caerulea se hiela por encima del suelo con heladas fuertes pero rebrota de cepa. La buganvilla y la Mandevilla sufren daño ya con -2 o -3 °C: fuera del litoral mediterráneo, sur y Canarias, son plantas de maceta a resguardo, no de muro.
Vigor: la variable que más gente subestima
Conviene mirar el crecimiento anual antes que la foto de la floración. Una Hedera o una Wisteria pueden echar 3 metros en una temporada buena. Un Trachelospermum hace menos de la mitad. Ninguno de los dos ritmos es mejor: son adecuados para superficies distintas.
Regla práctica sencilla: si el paño a cubrir es pequeño (un pilar, una barandilla, un tramo de 2 metros de valla), elegir una trepadora vigorosa garantiza podar cuatro veces al año durante el resto de la vida de la planta. Para superficies pequeñas van mejor Trachelospermum, clemátides de floración estival, jazmines o rosales trepadores de porte contenido. Las bestias (glicina, parra virgen, Campsis, madreselva japonesa) se reservan para fachadas enteras, muros medianeros y pérgolas grandes.
Y un aviso concreto: la Campsis radicans emite rebrotes de raíz a varios metros del pie, incluso a través de juntas de pavimento. Plantarla junto a un césped o un parterre pequeño da trabajo para siempre.
Cuidado con las invasoras
Algunas trepadoras de jardín escapan con facilidad y colonizan riberas y márgenes. En España, Ipomoea indica y Araujia sericifera figuran en el catálogo de especies exóticas invasoras, con las restricciones legales que eso implica. Lonicera japonica tampoco es buena idea cerca de un espacio natural, por muy bien que huela. Merece la pena comprobarlo antes de plantar, especialmente si el jardín linda con un río, un arroyo o monte.
Suelo, plantación y riego los dos primeros años
Al pie de un muro, el suelo suele ser lo peor de la parcela: compactado, lleno de escombro de obra, con cal del mortero y en sombra de lluvia, porque el alero desvía el agua. De ahí que tantas trepadoras arranquen mal sin causa aparente.
Lo que sí funciona: abrir un hoyo generoso, retirar cascotes, enmendar con compost maduro, y plantar a 30-45 cm del muro, inclinando el cepellón hacia el soporte, no pegado a la pared. En los dos primeros veranos hay que regar en serio, con riegos abundantes y espaciados que obliguen a la raíz a bajar; los riegos cortos y diarios crean sistemas radiculares superficiales que luego se achicharran en julio.
La época de plantación ideal en la mayor parte de la Península es de octubre a marzo, con la planta parada, evitando los días de helada. En el litoral mediterráneo, el otoño es claramente el mejor momento.
Trepadoras en maceta
Es posible, pero con condiciones. El contenedor debe rondar los 50 litros como mínimo para una trepadora leñosa, con drenaje real y sustrato que no se compacte (mezcla con fibra de coco o corteza, no turba sola). En maceta la planta depende por completo del riego y del abonado: un abono de liberación lenta en primavera y otro a finales de junio suele bastar.
Especies que responden bien en contenedor: Trachelospermum jasminoides, Mandevilla, clemátides de porte medio, jazmines, buganvilla (que además florece mejor algo apretada de raíz y con riego justo). Glicina y Campsis en maceta acaban siempre en frustración.
La poda: saber de antemano en qué se compromete uno
Elegir una trepadora es elegir también un calendario de poda. Vale la pena conocerlo antes de comprar.
La glicina quiere dos podas al año si se quiere que florezca bien: en julio se acortan los brotes largos del año a cinco o seis hojas, y en invierno esos mismos brotes se recortan a dos o tres yemas. Sin la poda de verano, la planta echa metros de sarmiento y pocas flores.
Las clemátides se dividen en tres grupos de poda, y confundirlos es la causa habitual de que "no florezcan": las de floración muy temprana (grupo 1, tipo Clematis montana) se podan justo después de florecer; las de gran flor de primavera (grupo 2) solo se limpian; y las de floración estival tardía (grupo 3, tipo Clematis viticella) se cortan casi a ras, a unos 30 cm, al final del invierno. Si se corta a ras una del grupo 2, se elimina toda la floración del año.
La Campsis florece en madera del año, así que se poda fuerte a finales de invierno. El Trachelospermum apenas necesita más que un recorte de contención después de la floración. Los rosales trepadores piden algo más de oficio: guiar las ramas principales lo más horizontales posible, porque los brotes florales salen a lo largo de esas ramas tumbadas y no de las verticales.
Errores frecuentes
Plantar pegado al muro. Zona seca, cimiento, mortero: la peor tierra posible.
Elegir por la foto de la etiqueta. La etiqueta enseña quince días de floración; hay que decidir pensando en los otros once meses y medio.
Comprar una autoadherente para una fachada que se va a repintar. Si hay mantenimiento previsto en la pared, mejor soporte independiente y desmontable.
Dejar que suba libre el primer año. Los tres o cuatro primeros años definen la estructura permanente. Guiar y atar los brazos principales en abanico desde el principio evita una maraña que ya no se arregla.
Abonar con exceso de nitrógeno. Produce hoja abundante y floración escasa; en glicina y buganvilla es un clásico. Mejor abonos equilibrados o ricos en potasio.
En resumen
La trepadora adecuada se elige de dentro afuera: primero cómo trepa, porque eso decide el soporte; después qué soporte se puede montar y qué peso aguanta; luego la orientación y el clima de la zona; y por último la flor. Para muros que hay que mantener, mejor estructura independiente separada de la pared y una planta que se ate. Para superficies grandes que se van a dejar en paz, las autoadherentes ahorran obra. Se dimensiona todo para la planta adulta, se planta a un palmo largo del muro y en tierra decente, y se guía desde el primer año. Y antes de comprar, conviene mirar dos cosas en la ficha: el crecimiento anual y el tipo de poda que exige. Esas dos líneas dicen mucho más sobre la convivencia futura que la fotografía de la floración.