Un tallo de potos cortado justo por debajo de un nudo y metido en un vaso echa raíces en diez o quince días, sin sustrato, sin hormonas y sin más intervención que cambiarle el agua. A partir de ahí empiezan las dudas: si esa planta puede vivir así indefinidamente, qué se le echa al agua, por qué unas especies prosperan y otras se pudren en cuatro días, y qué pasa cuando se decide pasarla a una maceta. El cultivo en agua funciona, pero no funciona igual para todo ni por las razones que suelen contarse.

Qué está pasando dentro del vaso

Una raíz necesita oxígeno para respirar, igual que una hoja. En el suelo lo toma de los poros de aire que quedan entre las partículas; en el agua, del oxígeno disuelto, que es mucho menos abundante. Ahí está la clave de lo que ocurre después.

Las plantas que aguantan bien en agua son las que saben fabricar aerénquima: un tejido esponjoso, lleno de cámaras de aire, que conduce oxígeno desde la parte aérea hasta la punta de la raíz. Es el mismo mecanismo que permite a un carrizo vivir en una charca. Cuando un esqueje enraíza dentro de un vaso, no produce raíces normales: produce raíces adaptadas al medio acuático, más blancas, más gruesas, más frágiles y con muchos menos pelos radiculares.

Esto tiene una consecuencia práctica que conviene tener clara desde el principio: esas raíces no son intercambiables con las de tierra. Una planta que lleva medio año en agua y se pasa de golpe a un sustrato suele pasarlo mal, no porque el trasplante esté mal hecho, sino porque tiene que rehacer buena parte de su sistema radicular.

El agua tibia agrava el problema. Por encima de unos 25 °C, el agua retiene bastante menos oxígeno disuelto y las bacterias anaerobias se multiplican deprisa. Por eso un frasco olvidado sobre un alféizar al sol en agosto se pudre en dos días y el mismo frasco en una estantería interior aguanta semanas.

Esquejes de planta de interior enraizando en recipientes con agua

Qué plantas van bien y cuáles no

La distinción útil no es entre plantas «fáciles» y «difíciles», sino entre las que toleran raíces permanentemente sumergidas y las que no. Como regla, las aráceas tropicales de sotobosque y las plantas de tallo tierno y crecimiento rápido responden bien; las suculentas, las mediterráneas leñosas y todo lo que en su hábitat vive en suelo seco, mal.

Funcionan a largo plazo, no solo para enraizar:

  • Epipremnum aureum, el potos, el caso más agradecido de todos.
  • Philodendron hederaceum y otros filodendros trepadores de hoja fina.
  • Syngonium podophyllum, la singonio.
  • Tradescantia zebrina y Tradescantia fluminensis, que enraízan en menos de una semana.
  • Chlorophytum comosum, la cinta, a partir de los estolones con hijuelos.
  • Spathiphyllum wallisii, que incluso llega a florecer en agua si se abona.
  • Dracaena sanderiana, vendida como «bambú de la suerte» sin ser bambú ni parecido.
  • Aglaonema, Dieffenbachia y Monstera deliciosa con paciencia; los tres crecen despacio en agua.
  • Hedera helix, la hiedra común, mejor en habitaciones frescas.

Enraízan en agua pero luego hay que pasarlas a sustrato: albahaca (Ocimum basilicum), menta y hierbabuena (Mentha spp.), coleos (Plectranthus scutellarioides), begonias de tallo, geranios (Pelargonium) e higuera. En estos casos el vaso es solo una etapa de propagación; si se alarga demasiado, la planta se ahíla y pierde vigor.

Es mejor no intentarlo con: cactus y suculentas de cualquier tipo, lavanda, romero (Salvia rosmarinus), tomillo, sansevierias —que enraízan pero se pudren con mucha facilidad— y las plantas de hoja peluda, cuyos tallos se descomponen al mojarse.

El recipiente, la luz y las algas

El vidrio transparente es bonito y permite vigilar las raíces, pero un recipiente iluminado se llena de algas verdes en pocas semanas. Las algas no atacan a la planta directamente: compiten por los nutrientes y, sobre todo, consumen oxígeno de noche, justo cuando las raíces también lo necesitan.

Soluciones que funcionan: usar cristal ámbar o azul oscuro, forrar el frasco con un tramo de manga textil, meter el frasco transparente dentro de un cache-pot opaco, o asumir la limpieza y frotar el interior con un cepillo cada quince días. Lo que no funciona es echar lejía «un poquito».

Un detalle de montaje que ahorra disgustos: solo debe quedar sumergido el tallo desnudo, nunca una hoja. Una sola hoja bajo el agua se pudre, enturbia el frasco y arrastra al esqueje entero. Y el nivel debe cubrir uno o dos nudos, no más; el resto del tallo tiene que respirar.

Qué agua usar

El agua del grifo sirve en buena parte de España, con dos matices. El primero es el cloro: el cloro libre se disipa dejando el recipiente destapado unas horas, pero muchas redes municipales usan cloraminas, que son mucho más estables y no se van por reposo. En la práctica, con las dosis de potabilización habituales ninguna de las dos formas mata a un esqueje sano, así que el reposo del agua es una precaución menor.

El segundo, mucho más relevante, es la dureza. Buena parte del agua peninsular es dura o muy dura, cargada de bicarbonato cálcico, y eso empuja el pH hacia 7,5-8. En hidroponía el rango cómodo está entre 5,5 y 6,5, porque por encima de 7 el hierro y el manganeso quedan bloqueados y aparecen esas hojas nuevas amarillas con los nervios verdes que se confunden con falta de abono. Si vives en zona de agua muy calcárea y notas ese síntoma, mezcla agua del grifo con agua osmotizada o de lluvia a partes iguales.

El agua mineral embotellada no es mejor por serlo. Muchas marcas son tan duras como el grifo y algunas más; si se recurre a ella, conviene mirar el residuo seco de la etiqueta.

El agua no alimenta: el punto que suele faltar

Aquí está el motivo real por el que tantas plantas en agua acaban con hojas pequeñas y pálidas al cabo de unos meses. El agua no contiene nutrientes en cantidad apreciable. Un esqueje vive las primeras semanas de las reservas del tallo, pero pasado ese punto necesita un aporte externo o entra en desnutrición lenta.

La solución es un fertilizante hidropónico completo, de los que incluyen macro y micronutrientes en forma disponible. Los abonos corrientes para plantas verdes sirven a medias, porque están formulados contando con que el sustrato aporta calcio y micros. Dosis orientativa: un cuarto de la que indique el envase para riego normal, renovada en cada cambio de agua, y solo en el periodo de crecimiento, de marzo a octubre. En invierno, con menos luz, la planta consume mucho menos y el exceso de sales le hace más daño que la carencia.

Conviene distinguir dos operaciones que no son lo mismo. Rellenar lo que se evapora concentra las sales que ya había, porque el agua se va y los minerales se quedan. Cambiar el agua entera saca esas sales del sistema. Lo razonable es cambiarla del todo cada siete a diez días, y aclarar las raíces bajo el grifo si aparece una película viscosa.

Añadir azúcar, aspirina, canela o agua de arroz al frasco es una costumbre extendida que no aporta nada: el azúcar en particular es alimento directo para bacterias y hongos, y acelera la putrefacción del tallo. Un trozo de carbón vegetal activo sí ayuda algo a mantener el agua limpia, pero no sustituye al cambio.

Planta de interior cultivada de forma permanente en un recipiente con agua

Cómo preparar un esqueje que enraíce

El corte importa más de lo que parece. En las plantas de tallo con nudos visibles —potos, filodendro, singonio, tradescantia— hay que cortar entre 0,5 y 1 cm por debajo de un nudo, porque es en el nudo donde están las células capaces de generar raíces. Un esqueje cortado a media entrenudo puede tardar el triple o no enraizar nunca.

El resto del procedimiento: tijera limpia y afilada, corte en bisel, retirar todas las hojas que vayan a quedar sumergidas, dejar dos o tres hojas arriba y meterlo en agua a temperatura ambiente. Luz clara pero indirecta; el sol directo cuece el agua. Y no cambiar el esqueje de sitio cada dos días, que es otra manía frecuente.

Con temperaturas de 20-24 °C, las especies fáciles enseñan raíz en una o dos semanas. En invierno, en una casa a 17 °C, lo mismo puede tardar un mes largo. No hay nada roto: es la temperatura.

Del agua a la tierra sin perder la planta

Este es el paso donde se pierden más esquejes, y casi siempre es por hacerlo tarde y de golpe. Dos reglas sencillas lo arreglan.

La primera: trasplantar pronto. Cuando las raíces midan entre 3 y 5 cm. Si se espera a tener una maraña de quince centímetros, esas raíces están tan especializadas en vivir sumergidas que buena parte morirá en el sustrato y la planta se quedará parada semanas.

La segunda: sustrato muy aireado y muy húmedo las primeras semanas. Una mezcla de turba con un tercio de perlita, o de fibra de coco con corteza fina, regada de forma que nunca llegue a secarse del todo. Se trata de que la transición sea gradual, no de un cambio brusco de medio. Ayuda mucho meter la maceta en una bolsa transparente unos días, con alguna abertura, para bajar la transpiración de las hojas mientras las raíces nuevas se forman.

Alternativa para quien quiera la estética del cristal sin ese problema: la hidrojardinera con arcilla expandida. Las raíces crecen entre bolas de arcilla con una lámina de agua en el fondo que nunca las cubre del todo; hay oxígeno arriba y humedad abajo, y la planta no tiene que reconvertirse nunca.

Rebrotes de cocina y bulbos forzados

Un plato con dos dedos de agua sirve para rebrotar la base de un puerro, de un apio, de una lechuga romana o de unos ajos tiernos. Es entretenido y da hoja tierna para una ensalada, pero conviene saber que ese rebrote sale de las reservas del propio resto vegetal y se agota; para llegar a una planta de verdad hay que pasarlo a tierra en cuanto tenga raíces.

Los bulbos forzados sí dan un resultado espectacular en agua. El jacinto (Hyacinthus orientalis) se coloca en una copa de forzado con el agua rozando la base del bulbo sin tocarla —si el bulbo se moja, se pudre— y necesita entre diez y trece semanas de frío y oscuridad, en torno a 5-9 °C, antes de sacarlo a la luz. Plantado a finales de octubre, florece por Navidad. El narciso de racimo (Narcissus papyraceus), muy común en el este peninsular, no necesita ese frío previo y florece en cinco o seis semanas sobre un lecho de grava con agua. Ambos son bulbos de un solo uso en agua: se agotan y difícilmente vuelven a florecer al año siguiente.

Problemas frecuentes y qué significan

El agua se pone turbia y huele. Hay materia vegetal descomponiéndose. Busca una hoja hundida o un extremo del tallo blando. Corta por encima de la parte reblandecida, lava el frasco y empieza de nuevo.

Las raíces se ponen marrones y viscosas. Falta de oxígeno, normalmente por agua demasiado caliente o recipiente demasiado lleno. Baja el nivel, aléjalo del radiador o de la ventana caliente y cambia el agua más a menudo.

Hojas nuevas pequeñas y de color pálido. Desnutrición. Falta abono hidropónico, no falta luz.

Amarilleo entre nervios en las hojas jóvenes. Clorosis férrica por pH alto. Corrige con agua más blanda.

Mosquitas volando alrededor. En agua no hay esciáridos, que necesitan sustrato; si aparecen mosquitas, están viniendo de otra maceta cercana.

El esqueje lleva dos meses sin raíces pero sigue verde. O se cortó lejos de un nudo, o la temperatura es baja, o la especie no es de las que enraízan así. Comprueba lo primero antes de tirarlo.

En resumen

Cultivar plantas en agua es perfectamente viable con las especies adecuadas, y el listado empieza y casi termina en las aráceas tropicales y las plantas de tallo tierno. La planta emite raíces distintas, adaptadas a vivir sumergidas, y eso condiciona tanto su mantenimiento como el trasplante: si va a pasar a maceta, mejor hacerlo con raíces de tres a cinco centímetros y en sustrato aireado y húmedo.

El día a día se reduce a tres cosas: cambiar el agua entera cada semana o diez días en lugar de limitarse a rellenar, mantener el recipiente lejos del sol directo y del calor para que no se agote el oxígeno disuelto, y aportar un fertilizante hidropónico a un cuarto de dosis durante el periodo de crecimiento, porque el agua sola no alimenta. Con agua dura, que es lo habitual en gran parte del país, conviene rebajarla con agua de lluvia o de ósmosis para que el pH no bloquee el hierro.

Y dos cosas que no hay que hacer: dejar hojas por debajo de la línea del agua y echar azúcar, aspirinas o remedios caseros al frasco. La primera pudre el esqueje; la segunda no ha salvado nunca una planta.


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