Antes de hablar de riegos y de abonos hay que aclarar algo que se pasa por alto casi siempre y que cambia por completo la respuesta: bajo el nombre de "planta de bambú" se venden en España dos cosas que no tienen nada que ver entre sí. Una es el bambú de la suerte, esos tallos verdes que vienen en un tarrito de cristal con agua y unas piedras. La otra son los bambúes de verdad, las cañas que forman setos y bosquecillos en el jardín.
El bambú de la suerte no es un bambú. Es Dracaena sanderiana (antes catalogada también como Dracaena braunii), una planta de la familia de las asparagáceas originaria de África central, emparentada con los troncos del Brasil y las drácenas de interior. Los bambúes auténticos son gramíneas: pertenecen a la subfamilia Bambusoideae, dentro de las Poaceae, la misma familia que el trigo o el césped. Son parientes tan lejanos como puedan serlo un pino y un rosal.
Los cuidados, en consecuencia, son distintos en todo. Vamos por partes.
El bambú de la suerte: agua, luz y poco más
La Dracaena sanderiana es una planta de sotobosque tropical acostumbrada a la sombra y a la humedad. De ahí salen sus tres exigencias.
Luz abundante pero indirecta. Ni sol directo ni penumbra. Una habitación clara, a un metro o dos de una ventana, es su sitio. El sol de mediodía a través del cristal le quema las hojas en cuestión de días: aparecen manchas pálidas que luego se secan. La penumbra prolongada, en cambio, no la mata, pero la amarillea y la estira.
Agua sin cloro ni flúor. Aquí está el problema que arruina más ejemplares y que rara vez se atribuye a su verdadera causa. Las puntas de las hojas que se ponen marrones y secas, con el resto de la hoja verde, no son falta de riego: son el flúor y el cloro del agua del grifo, a los que esta planta es particularmente sensible. Se acumulan en el extremo de la hoja, que es donde termina el recorrido de la savia, y queman el tejido. La solución es usar agua de lluvia, agua embotellada baja en minerales o, como mínimo, agua del grifo reposada en un recipiente abierto durante veinticuatro horas.
Temperatura estable, entre 18 y 25 °C. Por debajo de 12-15 °C empieza a sufrir, y una corriente de aire frío en invierno le tumba las hojas. Tampoco le sienta bien estar encima de un radiador ni al lado de la salida del aire acondicionado.
En agua o en tierra: lo que no se suele contar
Se vende en jarrón con agua porque así es como aguanta el transporte y como resulta decorativa, y efectivamente vive así durante años. Pero vive mejor y mucho más tiempo plantada en sustrato. En agua acaba estancada: las raíces, que en agua salen blancas y translúcidas, son frágiles y poco funcionales, y la planta se va agotando porque el agua no le aporta nutrientes.
Si la dejas en agua:
El nivel debe cubrir las raíces y unos tres a cinco centímetros de la base de los tallos, nunca más: si el agua sube por el tallo, este se pudre desde abajo y aparece esa base blanda y amarillenta tan característica. Cambia el agua entera cada semana o diez días, enjuagando las piedras. Y abona muy poco: una gota de fertilizante líquido para plantas verdes en un litro de agua, cada mes o mes y medio, en primavera y verano. La dosis normal de etiqueta le quema las raíces.
Si la pasas a maceta —lo recomendable si quieres tenerla diez años—: cualquier sustrato universal de calidad con un puñado de perlita para que drene, maceta con agujeros, y riego cuando los dos primeros centímetros estén secos. Las raíces acuáticas tardan unas semanas en reconvertirse en raíces de tierra, así que durante ese periodo hay que mantener el sustrato bien húmedo, sin encharcar. Es normal que pierda alguna hoja en la transición.
Los tallos que amarillean no se recuperan
Conviene saberlo para no perder el tiempo. Cuando un tallo de Dracaena sanderiana se pone amarillo, ese color no revierte. Lo que hay que hacer es cortarlo por debajo de la zona afectada, hasta llegar a tejido verde y firme, y sellar el corte con un poco de cera de vela para que no entre podredumbre.
La parte sana sirve además para multiplicar: un trozo de tallo con al menos un nudo, puesto en agua limpia y con luz indirecta, emite raíces en tres o cuatro semanas. También enraízan los brotes laterales cortados por su base.
Los bambúes de verdad: primero elige el tipo correcto
Con los bambúes auténticos, la decisión que más consecuencias tiene no es de riego ni de abono: es qué género plantas, y se toma en el vivero. Hay dos comportamientos radicalmente distintos según cómo sea el rizoma.
Bambúes corredores o trazantes (rizoma leptomorfo): Phyllostachys, Pleioblastus, Sasa, Pseudosasa. El rizoma avanza horizontalmente bajo tierra y emite cañas a lo largo del recorrido. Pueden desplazarse varios metros al año y aparecer en el jardín del vecino o entre las baldosas de la terraza. Son los que dan las cañas grandes y espectaculares, pero exigen contención obligatoria.
Bambúes cespitosos o no invasores (rizoma paquimorfo): Fargesia, Bambusa, Chusquea. El rizoma es corto y la mata se ensancha lentamente desde el centro, como una gramínea ornamental grande. No invaden. Para un jardín pequeño, para una terraza o para un seto junto a una linde, son la elección sensata.
La creencia de que "todos los bambúes invaden" es, por tanto, falsa, y ha hecho que mucha gente descarte una planta perfectamente manejable. Lo que sí es cierto es que un Phyllostachys plantado sin barrera se convierte en un problema muy caro de resolver años después.
Cómo contener un bambú corredor
Si plantas un corredor, la barrera antirrizoma se instala en el momento de plantar, no cuando ya se ha escapado. Se usa lámina de polietileno de alta densidad de unos 2 mm de grosor y 70-80 cm de altura, enterrada rodeando toda la superficie de plantación, ligeramente inclinada hacia fuera por la parte superior (para que el rizoma se desvíe hacia arriba al topar con ella) y dejando unos cinco centímetros sobresaliendo del suelo, para poder ver y cortar cualquier rizoma que intente saltarla.
La alternativa tradicional es la zanja de inspección: una zanja de unos 30-40 cm alrededor de la mata que se revisa dos veces al año y en la que se cortan con tijera de podar los rizomas que asoman. Funciona, pero exige constancia.
Los plásticos finos de jardinería, las telas y los ladrillos sueltos no sirven: el rizoma los atraviesa o pasa por las juntas.
Suelo, riego y abonado
Suelo. Profundo, suelto, rico en materia orgánica y bien drenado, con pH entre 5,5 y 7. Aquí conviene una advertencia para buena parte del interior peninsular y del levante: en suelos calizos y arcillosos, el bambú tiende a la clorosis férrica —hojas amarillas con los nervios verdes— y crece a medias. Si tu suelo es calizo, planta en un hoyo generoso enmendado con compost y turba, o directamente en maceta grande, y cuenta con aportar quelato de hierro alguna primavera.
Riego. Es el punto donde más bambúes se pierden. Una mata madura mueve una cantidad enorme de hoja y transpira mucho; en verano peninsular necesita riegos frecuentes y abundantes, y en maceta puede pedir agua a diario en julio y agosto. La planta avisa con una señal muy clara: las hojas se pliegan longitudinalmente, se enrollan en forma de U. Que lo hagan a las tres de la tarde en agosto es normal, es su mecanismo para reducir la superficie expuesta. Que sigan enrolladas a primera hora de la mañana significa que le falta agua de verdad.
Ahora bien, drenaje siempre. Aguanta el suelo fresco, no el encharcamiento permanente: si el agua se estanca, el rizoma se pudre.
Abonado. Un bambú es una hierba gigante y responde al nitrógeno como pocas plantas. Un abono de liberación lenta rico en nitrógeno a la salida del invierno (finales de febrero o marzo) y otro aporte a principios de verano bastan; un fertilizante de césped sirve perfectamente. A partir de septiembre, nada: el crecimiento tardío no endurece a tiempo y las heladas lo queman.
Un detalle que se descuida: no retires las hojas caídas bajo la mata. El bambú acumula sílice en la hoja y, al descomponerse, se lo devuelve al suelo. Ese acolchado natural mantiene el rizoma fresco y es parte de por qué un bambuzal viejo se ve tan vigoroso.
Poda: cómo crece realmente una caña
Entender esto evita casi todos los errores de poda. Cada caña o culmo sale del suelo ya con su diámetro definitivo y alcanza su altura final en dos o tres meses, en el brote de primavera. Después de eso, ni engorda ni crece más nunca. Lo único que hace en los años siguientes es ramificar y echar hojas.
De ahí se deducen tres cosas prácticas. Primera: si despuntas una caña por donde quieras, se queda a esa altura de forma permanente, así que un seto de bambú se recorta perfectamente. Segunda: una caña que salió fina no se va a convertir en gruesa; el grosor de las cañas nuevas aumenta año a año a medida que la mata engorda su sistema de rizomas, y por eso los primeros años decepcionan. Tercera: las cañas viejas, de más de cinco o seis años, se aclaran cortándolas a ras de suelo, lo que airea la mata y deja sitio a los brotes nuevos.
El aclareo se hace preferiblemente a finales de invierno, antes de que empiecen a salir los turiones, y nunca durante la brotación, porque los brotes nuevos son muy frágiles y se rompen al pisar.
En maceta y en interior
Los bambúes de verdad admiten maceta, pero con recipientes grandes: mínimo 40-60 litros para un Fargesia de porte medio, y mejor de obra o de resina que de barro fino, porque el rizoma tiene fuerza suficiente para reventar macetas. Cada dos o tres años hay que sacarlo, dividir el cepellón con una sierra o una pala afilada y replantar la mitad con sustrato nuevo. Si no, se estrangula a sí mismo.
En interior, en cambio, no funcionan. Necesitan luz directa, aire en movimiento y un descanso invernal que un salón no da; en pocos meses aparecen la araña roja y la cochinilla, y la planta se deshoja. Para dentro de casa, la opción es la Dracaena sanderiana del principio del artículo.
Elegir especie según el clima
Las Fargesia (Fargesia murielae, Fargesia rufa, Fargesia nitida) son bambúes de montaña china: resisten fríos muy intensos, de hasta -20 °C, pero llevan mal el calor seco y el sol directo del verano continental. Van bien en la cornisa cantábrica, en el norte y en zonas de media montaña, y en el centro y sur solo a media sombra y con riego.
Las Phyllostachys (Phyllostachys aurea, Phyllostachys nigra, Phyllostachys bissetii) son más adaptables al clima peninsular general, resisten bien el frío y aguantan el sol, pero son corredoras: barrera obligatoria.
Las Bambusa son subtropicales, cespitosas y de gran porte, adecuadas para el litoral mediterráneo, Canarias y zonas sin heladas fuertes. En el interior, un invierno duro las arrasa.
La floración: un fenómeno que conviene conocer
Los bambúes florecen muy raramente, con intervalos que según la especie van de veinte a más de cien años, y lo hacen de forma gregaria: todos los ejemplares de un mismo clon florecen a la vez en todo el mundo, aunque estén a miles de kilómetros, porque proceden de la misma planta madre. Tras florecer, la mata suele agotarse y morir.
No es una anécdota de coleccionista: en los años noventa floreció a escala mundial Fargesia murielae, y miles de jardines europeos perdieron sus bambúes sin que hubiera nada que hacer. Si tu bambú florece de repente y con abundancia, no es un signo de buena salud. Se puede intentar salvarlo cortando las inflorescencias y abonando con nitrógeno, pero lo prudente es recoger semilla o comprar un reemplazo.
Problemas frecuentes y qué significan
Puntas de las hojas secas en el bambú de la suerte: cloro o flúor del agua del grifo, o ambiente muy seco. Cambia el agua y aleja la planta de las fuentes de calor.
Tallo amarillo y blando por la base: exceso de agua, nivel demasiado alto o agua sin renovar. Corta por encima de la zona sana.
Hojas amarillas con nervios verdes en un bambú de jardín: clorosis férrica por suelo calizo. Quelato de hierro y enmienda con materia orgánica ácida.
Hojas enrolladas por la mañana: sed. Riega en profundidad y acolcha la base.
Hojas moteadas de puntitos pálidos y telarañas finas: araña roja, típica de ambiente seco y caluroso. Aumenta la humedad y trata con jabón potásico o aceite de neem.
Bultitos marrones o algodonosos en tallos y envés: cochinilla. Se retira a mano con un algodón con alcohol si son pocos y se trata con aceite de parafina si están extendidos.
Pérdida masiva de hoja en primavera: en muchos bambúes es normal. Renuevan buena parte del follaje justo antes o durante la brotación; si a la vez están saliendo turiones, no hay problema.
En resumen
Lo primero es identificar qué tienes. Si es el bambú de la suerte, Dracaena sanderiana, quiere luz indirecta, agua sin cloro renovada cada semana, temperaturas por encima de 15 °C y muy poco abono, y vivirá bastante más si acabas pasándola a maceta con sustrato.
Si es un bambú de verdad, la decisión clave está en el vivero: cespitoso (Fargesia, Bambusa) si no quieres complicaciones, corredor (Phyllostachys) solo con barrera antirrizoma instalada desde el primer día. A partir de ahí, suelo drenado y no calizo, riego generoso en verano, nitrógeno en primavera, las hojas caídas donde están, y aclareo de cañas viejas al final del invierno. Con eso, la mata gana grosor y altura cada año por sí sola.