Pocas plantas dan tanto a cambio de tan poco como la caléndula. Se siembra directamente en el sitio, germina en una semana, florece durante meses, se resiembra sola, alimenta a los insectos útiles del jardín, se puede comer y además tiene un uso medicinal tópico con siglos de respaldo. Y todo ello sin exigir un suelo especial ni un riego meticuloso.

Su nombre lo dice todo. Calendula viene del latín calendae, el primer día de cada mes, porque en climas suaves florece prácticamente todos los meses del año. En castellano se la llama caléndula, maravilla o flamenquilla, y aquí conviene la primera advertencia: en algunas comarcas se llama también "maravilla" al Tagetes, el clavel de moro, que es otra planta distinta y sin las propiedades medicinales de esta.

Flores de caléndula de color naranja intenso

Cómo es la caléndula

Calendula officinalis es una herbácea anual de la familia Asteraceae, aunque en el litoral mediterráneo y en el sur peninsular se comporta a menudo como vivaz de vida corta y aguanta dos o tres temporadas. Forma una mata ramificada de 30 a 60 centímetros, con tallos angulosos y algo pegajosos al tacto, y todo el conjunto desprende un olor resinoso característico que a mucha gente le resulta inconfundible.

Las hojas son alternas, sentadas, oblongas o lanceoladas, de borde entero o ligeramente dentado, cubiertas de pelillos. Lo que llamamos flor es en realidad un capítulo de 4 a 7 centímetros: un conjunto de muchas flores diminutas, con las lígulas externas —los "pétalos"— de un amarillo dorado a un naranja intenso, y un disco central más oscuro. Hay variedades simples, semidobles y dobles, y algunas selecciones modernas de color crema o albaricoque.

Los frutos tienen una forma que no se olvida: aquenios curvados en forma de gancho o de gusano, dispuestos en corona, rugosos y de color pardo. Son grandes, fáciles de recoger a mano y con una germinación excelente, lo que explica que una vez introducida en el jardín la caléndula ya no se marche: se resiembra sola año tras año, aunque nunca de forma invasiva.

Cuándo y cómo sembrarla

La caléndula se siembra directamente en su sitio definitivo. Trasplanta bien de bandeja, pero tiene una raíz pivotante que agradece no ser molestada, y sembrada a golpes crece más rápido y más fuerte.

El calendario depende de dónde estés. En el litoral mediterráneo, Andalucía, Levante y las zonas de invierno suave la siembra buena es la de septiembre y octubre: la planta se desarrolla durante el otoño, empieza a florecer en noviembre o diciembre y sigue hasta bien entrada la primavera, justo cuando el jardín está más vacío. En el interior y el norte, donde las heladas son serias, se siembra a finales de invierno o en primavera, de febrero a abril, para florecer de mayo a julio.

Un detalle técnico que marca la diferencia: la semilla de caléndula necesita oscuridad para germinar. Si la dejas en superficie, como se hace con tantas anuales, la nascencia será pobre e irregular. Cúbrela con aproximadamente un centímetro de tierra fina y mantén el sustrato húmedo. A 15-20 °C germina en siete o diez días.

Aclara las plantitas dejando unos 25-30 centímetros entre ellas. Este es el error más común y el que más problemas de oídio provoca después: una siembra apretada da matas que se estorban, no ventilan y acaban blanquecinas en otoño.

Cuidados

Sol. A pleno sol, sin discusión. En sombra se ahíla, produce tallos largos y flojos y florece poco. Los capítulos, además, se cierran al atardecer y con cielo muy cubierto, así que una caléndula en sombra pasa media vida cerrada.

Suelo. Se adapta a casi todo: pobre, pedregoso, calizo o ligeramente ácido. Lo único innegociable es el drenaje. En suelos muy ricos y muy abonados crece frondosa pero da menos flores y se tumba con el primer viento.

Riego. Moderado y espaciado. Tolera bien la sequía puntual y mucho peor el encharcamiento, que le provoca podredumbre del cuello. Riega al pie y evita mojar el follaje, sobre todo al atardecer, porque el follaje húmedo por la noche es una invitación al oídio.

Abonado. Casi ninguno. Con incorporar algo de compost maduro antes de sembrar va sobrada. El exceso de nitrógeno da hoja a costa de flor y atrae pulgón.

Recorte de flores marchitas. Este es el cuidado que de verdad decide cuánto dura la floración. La caléndula es una anual y su programa biológico es florecer, semillar y morir. Si dejas que los capítulos formen semilla, la planta interpreta que ha cumplido y frena. Cortando las flores pasadas cada pocos días —y no solo el capítulo, sino el tallo hasta la primera hoja— la floración se prolonga durante meses. Deja algunos capítulos sin cortar al final de la temporada si quieres que se resiembre.

Verano. En el interior peninsular la caléndula se rinde en julio y agosto: el calor extremo la agosta y el oídio la remata. No la fuerces. Córtala a un tercio de su altura tras la floración principal, riega y espera; con las primeras lluvias de septiembre suele rebrotar y dar una segunda tanda de flores en otoño.

Problemas habituales

El pulgón adora la caléndula. Se instala en los brotes tiernos y en los pedúnculos florales en cuanto sube la temperatura. Paradójicamente, esto es parte de su interés: muchos hortelanos la plantan a propósito como planta trampa junto a habas, tomates o judías, para que el pulgón se concentre en ella y no en el cultivo. Si prefieres controlarlo, un chorro de agua a presión o jabón potásico bastan.

El oídio es su otra sombra. Aparece a finales de verano y en otoño como un polvillo blanco harinoso sobre las hojas. Casi siempre es consecuencia de plantas demasiado juntas, riego por encima o poca ventilación. Se maneja aclarando la mata, retirando las hojas afectadas y, si hace falta, con leche diluida al 10 % o bicarbonato potásico.

También puede aparecer roya y, en las plántulas recién nacidas, las babosas y caracoles, que pueden liquidar una siembra entera en una noche húmeda de otoño.

La caléndula en el huerto

Su mejor papel no es decorativo. La caléndula es un imán para la fauna auxiliar: sírfidos, cuyas larvas devoran pulgones a docenas; crisopas; pequeños himenópteros parasitoides; abejas solitarias y abejorros. Un par de matas repartidas por el huerto sostienen esa población durante toda la temporada y ahorran tratamientos.

A esto conviene añadir una corrección, porque se repite mucho lo contrario. La fama de que la caléndula combate los nematodos del suelo procede en realidad del Tagetes, el clavel de moro, cuyas raíces liberan compuestos tiofénicos con acción nematicida documentada. La caléndula no tiene ese efecto, o al menos no de forma comparable. Si tu problema son nematodos en el suelo, planta Tagetes; si lo que quieres es atraer depredadores de pulgón y tener flores comestibles, planta caléndula.

Usos en la cocina

Las lígulas —los pétalos externos— son comestibles. Se arrancan del capítulo y se usan frescas o secas; el receptáculo central y la base amarga se descartan.

Se la conoce como el "azafrán de los pobres", y aquí hay que ser preciso: tiñe, pero no sabe a azafrán. Aporta un color amarillo dorado muy bonito a arroces, sopas, caldos, mantequillas y quesos, con un sabor propio ligeramente amargo y algo resinoso, nada que ver con el azafrán auténtico. Para extraer el color, infusiona los pétalos unos minutos en un poco de caldo o leche caliente antes de incorporarlos.

En crudo, esparcidos sobre una ensalada, aportan un contraste de color estupendo y un amargor suave. También se usan en panes, en mantequillas compuestas y como decoración de postres. Si vas a comerlos, evidentemente no trates la planta con fitosanitarios.

Usos medicinales

Capítulo floral de Calendula officinalis

La caléndula es una de las plantas medicinales mejor asentadas de la farmacopea europea, y su terreno es el uso tópico. Los capítulos contienen triterpenoides —especialmente ésteres de faradiol—, flavonoides, carotenoides y mucílagos, a los que se atribuye su acción antiinflamatoria, cicatrizante y epitelizante.

Se emplea tradicionalmente en irritaciones leves de la piel, rozaduras, grietas, quemaduras solares superficiales, escoceduras del pañal y pequeñas heridas ya limpias, así como en enjuagues para inflamaciones leves de la mucosa bucal. Las formas habituales son la infusión de flores para compresas, el oleato y la pomada.

Para preparar el oleato, recolecta los capítulos completamente abiertos a media mañana, cuando ya no hay rocío, y sécalos por completo a la sombra y con buena ventilación. Este paso no admite atajos: cualquier resto de humedad hará que el aceite se enrancie o crie moho. Después llena un tarro con las flores secas, cúbrelas por completo con aceite de oliva o de girasol, tapa y deja macerar tres o cuatro semanas en un lugar templado, agitando cada pocos días. Cuela con una gasa, exprime bien y guarda en frasco oscuro. Ese aceite es la base de cualquier crema o bálsamo casero.

Dos precauciones. La primera, que las personas alérgicas a las asteráceas —manzanilla, árnica, artemisia— pueden reaccionar también a la caléndula. La segunda, que estos preparados son para molestias menores: una herida profunda, infectada o que no cierra necesita atención médica, no una pomada casera.

En resumen

La caléndula es una anual de cultivo elemental que florece durante meses si se le cortan las flores pasadas, que se siembra en otoño en el sur y el litoral y en primavera en el interior y el norte, que necesita pleno sol, buen drenaje y muy poco abono, y que se resiembra sola una vez instalada.

Aporta color en la época más pobre del año, atrae sírfidos y otros auxiliares al huerto, funciona como planta trampa para el pulgón, da pétalos comestibles que tiñen sin saber a azafrán y unos capítulos con un uso tópico contrastado. Por espacio ocupado y trabajo invertido, es difícil encontrar una planta que devuelva más.


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