Al frío de enero se le trata como a un contratiempo que hay que soportar hasta que pase. Visto desde la fisiología vegetal es más bien lo contrario: es un insumo, tan necesario para determinados cultivos como el agua o el fósforo, y un mes de enero templado se paga en marzo con cebollas espigadas, coliflores que no cuajan cabeza y semillas que no nacen. Enero es el mes en que ese frío se administra.

Lo que sigue no es una lista de siembras —el mes a mes, con las siembras protegidas, las directas y lo que se recoge, está en qué sembrar y cosechar en enero— sino el manual de uso del frío: qué plantas lo necesitan, cuánto, en qué estado, y qué se estropea cuando llega de más o de menos.

Pimientos, cultivo de ciclo largo que se siembra muy temprano

Qué es exactamente la vernalización

Buena parte de nuestras hortalizas son bienales: en su ciclo natural hacen hoja y reserva el primer año, pasan el invierno y florecen el segundo. Lo que dispara ese cambio es una exposición prolongada a temperaturas bajas, y el proceso se llama vernalización o termoinducción.

Ocurre en el ápice del tallo, el meristemo, y consiste en la desrepresión de los genes que gobiernan la floración. En Arabidopsis thaliana, que es donde se estudió el mecanismo, el gen represor FLC se va silenciando de forma acumulativa mientras dura el frío, y ese silenciamiento se mantiene después aunque suba la temperatura. Dos consecuencias prácticas se derivan directamente de ahí. La primera: la vernalización se acumula, no hace falta que el frío sea continuo. La segunda: es irreversible una vez completada, de modo que cuando la planta ya ha recibido su cuota, ningún manejo posterior evita que suba a flor.

El rango efectivo suele estar entre 0 y 10 °C, con el óptimo alrededor de 4-7 °C, y no en las temperaturas más bajas posibles. Por debajo de 0 °C la acumulación se frena, y por encima de 15 °C hay desvernalización: unos días cálidos borran parte de lo acumulado. Ese vaivén explica que en un invierno de altibajos, como muchos del litoral mediterráneo, las coles se comporten de forma errática.

La cuota de frío de cada hortaliza

Órdenes de magnitud de trabajo, con temperaturas dentro del rango efectivo:

Cebolla (Allium cepa): 6-8 semanas. Col, repollo y lombarda (Brassica oleracea var. capitata): 6-8 semanas. Coliflor y brócoli: entre 2 y 8 semanas según el grupo varietal, y con umbrales de temperatura distintos —hay coliflores de otoño que inducen por debajo de 20 °C y coliflores de invierno que piden frío de verdad—. Remolacha y acelga (Beta vulgaris): 8-12 semanas, con umbral bajo, en torno a 4-6 °C. Zanahoria (Daucus carota): 6-8 semanas. Apio (Apium graveolens): 10-14 días bastan por debajo de 10 °C, y de ahí su fama de espigarse a la primera. Puerro (Allium ampeloprasum var. porrum): variable y en general alto, por encima de 8 semanas.

Estas cifras son de variedad tipo. La mejora genética ha trabajado precisamente en subirlas, y por eso hay hoy variedades de apio o de remolacha etiquetadas como resistentes a subida, que son las que interesan en siembras invernales.

La planta tiene que ser vernalizable

Aquí está la parte que cambia las decisiones de enero. Una plántula recién nacida no responde al frío: existe una fase juvenil durante la cual el meristemo es insensible, y solo cuando la planta alcanza cierto tamaño empieza a contar el frío. Ese tamaño está medido para varios cultivos y se expresa como diámetro de tallo o número de hojas verdaderas.

En cebolla, el umbral clásico está entre 5 y 8 mm de diámetro de cuello, o unas cuatro o cinco hojas. Un plantel más fino que un lápiz atraviesa el invierno sin registrar nada; uno del grosor de un dedo lo registra entero. De ahí la regla de trasplante que parece caprichosa y no lo es: la cebolla se trasplanta con el grosor de un lápiz, y si al llegar la fecha el plantel está pasado, es preferible sembrar de nuevo que plantar una cebolla que en abril lanzará un escapo floral y dará un bulbo hueco, incapaz de conservarse.

En col la referencia son 6-8 hojas verdaderas o un tallo de más de 6 mm; en apio, unas cinco o seis hojas. En remolacha el umbral es bajísimo, apenas dos o tres hojas, y por eso las siembras muy tempranas al aire libre en el interior peninsular acaban en flor con frecuencia.

La regla operativa de enero, entonces, es una sola frase: lo que quieras que no florezca, que llegue al frío pequeño; lo que quieras que florezca, que llegue grande. Se aplica a las siembras de semillero de este mes y a la decisión de cuándo trasplantar el plantel que ya tienes hecho.

Cuando la floración es lo que buscas

Con brócoli, coliflor y romanesco el objetivo es el inverso: lo que se come es la inflorescencia, y sin inducción no hay cosecha. Un brócoli plantado tarde, que pasa el invierno todavía en fase juvenil, hace una mata enorme de hoja y ninguna pella.

El fallo opuesto también existe y tiene nombre en la literatura hortícola: el abotonado, o formación de una pella diminuta sobre una planta raquítica. Ocurre cuando el plantel se estresa siendo pequeño —cepellón agotado, sequía, falta de nitrógeno, semana de frío intenso en bandeja— y recibe la inducción floral antes de haber construido el aparato foliar que debe alimentar la pella. La planta cumple el programa, pero con las reservas de una planta enana. Es la razón real de que un trasplante retrasado en bandeja pequeña arruine una tanda de coliflores, y de que convenga trasplantar el plantel de coles en cuanto tenga cuatro o cinco hojas, sin apurar.

Existe además un fenómeno específico de coliflor sensible a lo contrario: cuando la pella ya inducida atraviesa un episodio cálido, las brácteas se desarrollan entre los pedúnculos y la pella queda suelta y hojosa. No es un problema de riego ni de abonado, es térmico.

Estratificar semillas: el otro uso del frío

Muchas semillas no germinan hasta pasar un periodo de frío húmedo, un mecanismo de dormancia fisiológica que impide nacer en el otoño y morir en la primera helada. Enero es el mes para dárselo, y admite dos vías.

Al aire libre. Siembra en maceta con sustrato drenante, riega, tapa con una malla contra pájaros y roedores, y deja el tiesto a la intemperie en un rincón sombreado y protegido del sol de mediodía. La alternancia natural de hielo y deshielo hace el trabajo. Es el método más fiable para especies de requerimiento largo o doble.

En nevera. Semilla mezclada con vermiculita o arena ligeramente húmeda —humedad de esponja escurrida, no de barro— en bolsa de cierre hermético con dos o tres agujeros de aguja para que respire, en el cajón de la verdura, a 3-5 °C. Se revisa cada semana: si aparece moho, se airea y se reduce la humedad; si alguna semilla emite la radícula, se siembra ya.

Plazos orientativos: Lavandula angustifolia, 3-4 semanas y mejora sensiblemente aunque no sea imprescindible; Echinacea purpurea, 4 semanas; Aquilegia vulgaris, 3-4; Primula veris, 4-6; Digitalis purpurea, corta o ninguna, pero necesita luz para germinar y no debe cubrirse. Entre las leñosas, el rosal silvestre y el escaramujo (Rosa canina) piden estratificación larga, a menudo con una fase templada previa; el manzano y el peral de semilla, 8-12 semanas; el acebo (Ilex aquifolium) puede necesitar más de un año y dos inviernos. Conviene no confundir esta dormancia con la dormancia física de las semillas de cubierta impermeable, como las de muchas leguminosas ornamentales, que no se resuelve con frío sino raspando o remojando la testa.

El frío que trabaja el suelo

En terreno arcilloso, el hielo hace gratis lo que ninguna herramienta hace bien. El agua contenida en los poros del terrón se congela y aumenta de volumen alrededor de un 9 %, y esa expansión fractura el agregado desde dentro. Repetido veinte o treinta veces a lo largo del invierno, el ciclo de hielo y deshielo convierte un terrón compacto en una estructura granular suelta, lo que la agronomía clásica llama meteorización invernal y los agricultores de secano conocen como que la tierra se «desmenuza sola».

Para aprovecharlo hay que darle superficie: dejar el bancal labrado en terrón grueso, sin refinar, en otoño o a comienzos del invierno, y no volver a tocarlo hasta que en primavera se pase un rastrillo. Refinar la cama de siembra en diciembre es desperdiciar el efecto y, además, exponer un suelo pulverizado a la lluvia, que lo sella en costra.

El aviso obligado es el de siempre: eso vale para el suelo en el momento adecuado, no para pisar el bancal en enero. Un suelo arcilloso saturado se compacta bajo la bota y el daño dura toda la temporada. Tablón para repartir el peso, o mejor, bancales que no se pisen.

El frío como control de plagas, con matices

Un invierno frío reduce poblaciones invernantes, pero mucho menos de lo que sugiere la intuición y de forma muy desigual. Los pulgones que hibernan como huevo en corteza de frutal resisten temperaturas muy por debajo de cero; los que pasan el invierno como adulto partenogenético sobre hortaliza de hoja, no. La mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum, Bemisia tabaci) es sensible a las heladas al descubierto, y ahí está el motivo de que en invernadero se acumule año tras año. Las babosas y caracoles apenas se inmutan y siguen activos cada vez que la temperatura pasa de 5 °C.

El manejo de enero que sí funciona no consiste en confiar en la helada, sino en quitar refugio: retirar restos de cultivo, malas hierbas de borde y frutos momificados de los frutales, que son la reserva de inóculo de moniliosis para la primavera. Y aprovechar la parada vegetativa para los tratamientos de invierno, que precisamente entonces son eficaces porque las plagas están concentradas e inmóviles.

Y si no hay frío

En el litoral mediterráneo cálido, en la costa andaluza y en buena parte de Canarias la cuota de frío no se alcanza, y hay que sustituirla. Las salidas son tres. Elegir variedades de bajo requerimiento, que existen para casi todo y son las que la horticultura comercial de esas zonas emplea. Comprar la inducción hecha: los bulbos de tulipán y jacinto que se venden preparados vienen tratados en frío industrial, y el ajo de siembra procedente de zonas frías se comporta mejor que el rebrotado en la propia parcela año tras año. Y usar la nevera para lo que quepa en ella, que en la práctica es semilla y bulbo, no plantas.

El fenómeno inverso conviene tenerlo en cuenta a la hora de leer cualquier calendario: en zonas sin frío, las hortalizas bienales tienden a no espigarse nunca, lo que permite cultivos de hoja continuados que en el interior son imposibles, pero también hace inviable producir semilla propia de cebolla o de col sin recurrir a un tratamiento artificial.

En resumen

El frío de enero es un recurso con dosis y con condiciones. Se acumula entre 0 y 10 °C, se borra en parte con episodios cálidos por encima de 15 °C, y solo cuenta si la planta ha superado su fase juvenil, medida en diámetro de cuello o en número de hojas. De ahí las dos decisiones del mes: que llegue pequeño al invierno lo que no debe florecer —cebolla, remolacha, apio, acelga— y suficientemente formado lo que sí —brócoli, coliflor, coles de pella—, evitando además el estrés de bandeja que produce plantas abotonadas. Aprovecha el mismo frío para estratificar la semilla que lo pide, deja el bancal en terrón grueso para que el hielo lo disgregue y no esperes de la helada un control de plagas que solo dará quitando refugios. En zonas cálidas, la cuota se compra: variedades de bajo requerimiento y material de siembra tratado.


Contenidos relacionados