Cuando una excavadora abre una zanja para el saneamiento o vacía el hueco de una piscina, saca a la superficie dos materiales que no tienen nada que ver entre sí y los amontona juntos. Arriba iba una capa de treinta centímetros que ha tardado siglos en formarse; debajo, un material mineral sin estructura ni vida. Separarlos antes de que la pala los mezcle es una decisión de cinco minutos que decide si el jardín arranca con tierra fértil o con relleno.

La recuperación del sustrato usado de las macetas está tratada en cómo aprovechar la tierra. Este texto va de la otra fuente gratuita de tierra: la que sale de una obra, de un desmonte o del propio jardín.

Montón de tierra recuperada

Distinguir tierra vegetal de subsuelo en el montón

El horizonte superficial, el que interesa, se reconoce por cuatro rasgos. Es más oscuro, porque contiene materia orgánica. Se desmorona en grumos al apretarlo y soltarlo, en lugar de formar terrones duros o quedar como un polvo suelto. Contiene raicillas finas, restos vegetales a medio descomponer y, con suerte, lombrices. Y huele a tierra de bosque, con ese olor característico que producen los actinomicetos.

El subsuelo es más claro o más rojizo, homogéneo, sin raíces, con terrones que se rompen en caras lisas y sin olor apreciable. Puede tener nódulos blancos de caliza o manchas grises y anaranjadas, que indican encharcamiento periódico. No es tierra mala en sentido moral: es material mineral sin estructura biológica, que sirve como relleno y no como soporte de cultivo.

Si el montón está ya mezclado, hay una prueba con el frasco: se toma una muestra, se agita en agua con unas gotas de detergente y se deja decantar; el subsuelo puro sedimenta en bandas limpias y deja el agua casi transparente arriba, mientras que la tierra vegetal deja flotando restos orgánicos y tiñe el agua.

Cómo se acopia sin estropearla

La tierra vegetal almacenada mal pierde en unos meses lo que la hacía valiosa. Las reglas del acopio son pocas y todas importan.

Retirarla antes de que pase la máquina. Se decapa la capa superficial de 20 a 30 cm de toda la zona que vaya a excavarse y se aparta a un lado. Una vez que las orugas han pasado por encima, la estructura está destruida y ya no se recupera separándola.

Altura máxima del montón, entre metro y metro y medio. Este es el punto que se incumple siempre. Por debajo de esa altura el oxígeno difunde hasta el interior; por encima, el núcleo se vuelve anaerobio, la microbiota aerobia muere, se pierde nitrógeno por desnitrificación y aparecen compuestos reducidos. Es preferible un cordón alargado y bajo que una pirámide.

Sin compactar y sin pisar. Nada de pasar el rodillo por encima ni de circular sobre el acopio. El montón se forma vertiendo desde el borde, no subiéndose a él.

No cubrir con plástico. Una lona impermeable sella el intercambio de gases y calienta. Si el acopio va a durar más de dos o tres meses, lo correcto es lo contrario: sembrar encima una mezcla de veza, avena o centeno. Las raíces mantienen la estructura, la cubierta evita la erosión superficial y el conjunto sigue vivo.

Un dato para planificar el espacio: la tierra excavada se esponja entre un 20 y un 30 % respecto a su volumen en el terreno. Diez metros cúbicos de zanja producen doce o trece de montón, cifra que conviene tener antes de decidir dónde ponerlo.

Preparar la tierra recuperada para usarla

Antes de extenderla hacen falta dos operaciones. El despedregado y cribado con una malla de 20 a 30 mm elimina piedras, raíces gruesas y cascotes. No conviene bajar de ese calibre: una tierra excesivamente tamizada pierde los elementos gruesos que favorecen el drenaje y tiende a encostrarse. Las piedras retiradas no son basura; sirven de base drenante bajo un camino o de relleno en el fondo de una zanja.

La reactivación biológica viene después. Una tierra que ha pasado un año en un montón conserva textura y minerales pero tiene la actividad microbiana muy deprimida y la red micorrícica prácticamente perdida. Se recupera aportando entre 3 y 5 kilos de compost maduro por metro cuadrado, incorporándolo solo a los quince centímetros superiores, y sembrando un abono verde en el primer ciclo antes de plantar lo definitivo. Una mezcla de veza y avena sembrada en octubre y segada en marzo devuelve estructura mucho más deprisa que cualquier laboreo.

Si solo hay subsuelo

Es la situación de muchas parcelas de obra nueva: la tierra vegetal se vendió o se enterró, y lo que queda es material de excavación compactado. Reconstruir un horizonte fértil desde ahí es posible pero lleva de dos a cuatro años, y no se acorta comprando abono.

La secuencia es descompactar primero, hasta 35 o 40 cm, con horca de doble mango o subsolador y siempre en tempero; aportar materia orgánica de forma repetida, en dosis moderadas cada otoño, en lugar de una carga masiva de una vez; y cultivar durante dos ciclos plantas pioneras de raíz potente que abran el perfil por sí solas. El centeno, la veza, el nabo forrajero y la alfalfa hacen ese trabajo mejor que ninguna máquina; la raíz pivotante del nabo forrajero penetra capas que la reja no alcanza y, al descomponerse, deja el canal abierto.

Si el subsuelo es sódico —se reconoce porque se dispersa en agua formando una suspensión lechosa que no decanta, y en seco forma costra dura— el yeso agrícola, entre 200 y 500 gramos por metro cuadrado según el grado, desplaza el sodio del complejo de cambio y permite que las partículas vuelvan a agregarse. En un suelo simplemente calizo, el yeso no aporta nada.

Cuándo hay que analizar antes de cultivar

Hay historiales de parcela que obligan a comprobar el suelo antes de plantar hortaliza: solares urbanos junto a viales de tráfico intenso y antiguos, terrenos donde hubo taller mecánico, gasolinera, almacén de chatarra, incineración de residuos o escombrera, y parcelas contiguas a edificios anteriores a los años ochenta cuya pintura exterior se haya raspado o desprendido sobre el terreno.

Las sustancias que interesan en esos casos son los metales pesados —sobre todo plomo, y en menor medida cadmio, zinc y arsénico— y los hidrocarburos. El plomo procede de pinturas antiguas y de décadas de gasolina con aditivos de plomo, y se acumula en los primeros centímetros del suelo, con concentraciones más altas junto a las fachadas y a los bordes de calzada. Un análisis de metales pesados en un laboratorio agroalimentario cuesta poco comparado con el riesgo, y los resultados se contrastan con los niveles genéricos de referencia que cada comunidad autónoma tiene publicados al amparo de la normativa estatal de suelos contaminados.

Cuando los valores están por encima de lo aceptable para uso hortícola, la respuesta razonable no es intentar limpiar el terreno, que es un proceso caro y lento, sino aislar el cultivo: bancal elevado con lámina geotextil de separación y sustrato importado, riego con agua de red, y superficie del suelo original cubierta con acolchado o pavimento para evitar el polvo. Conviene además mantener el pH por encima de 6,5 y la materia orgánica alta, porque ambas cosas reducen la biodisponibilidad del plomo, y lavar concienzudamente las verduras, ya que buena parte del riesgo procede de las partículas de tierra adheridas y no de la absorción por la planta. Las hortalizas de hoja y las raíces son las que más acumulan; los frutos, mucho menos.

Un apunte sobre el escombro: si entre los restos aparecen placas onduladas grises o tuberías de fibrocemento, puede tratarse de material con amianto. No se rompen, no se sierran ni se manipulan; se humedecen para evitar que suelten fibras y se avisa a un gestor autorizado, que es el único que puede retirarlas legalmente.

Dos recursos que salen del propio jardín

El apilado de tepes. Cuando se levanta una zona de césped, esos panes de hierba con su tierra son el mejor material que va a pasar por la parcela. Se apilan boca abajo, hierba contra hierba, formando capas alternas, en un montón de no más de metro y medio, se riega y se cubre con un cartón o una malla de sombreo para conservar la humedad. La hierba muere y se descompone en el interior, y entre seis meses y un año después se obtiene un material oscuro, estructurado y muy fértil que en horticultura se ha usado siempre como base de las mezclas de contenedor. Se criba y se emplea como componente mineral —entre un 10 y un 20 %— en sustratos de macetones grandes, donde aporta peso, estabilidad y capacidad de intercambio.

La tierra de topera. Los montoncitos que levanta el topo están formados por tierra del horizonte superficial, finamente disgregada y sin piedras, con una estructura excelente y prácticamente libre de semillas de adventicias porque procede de debajo. Recogida, aireada y mezclada con un poco de arena, es un material de semillero de calidad, gratuito y disponible en cualquier prado en otoño y primavera.

Lo que no debe hacerse con la tierra del jardín

Llenar macetas con ella tal cual es el error de partida, porque en un contenedor una tierra franca se satura y compacta; su sitio es el bancal, o como componente minoritario de una mezcla que aporte además material grueso.

Tampoco conviene usar tierra procedente de una zona donde acaba de morir un cultivo por hongos de suelo o donde se han encontrado agallas en las raíces. Y hay un caso que se pasa por alto: la tierra recogida bajo un nogal contiene juglona, un compuesto que inhibe el crecimiento de solanáceas y de otras especies sensibles, y arrastra ese efecto durante meses.

Por último, la tierra retirada de zonas donde se hayan aplicado herbicidas residuales de larga persistencia debe pasar un ensayo de germinación con judía o guisante antes de usarse en un semillero, porque algunos productos permanecen activos en el suelo durante más de una campaña.

En resumen

En una obra hay dos materiales distintos y la máquina los mezcla si no se le dice lo contrario: la capa superficial oscura, con grumos, raicillas y olor a bosque, y el subsuelo mineral, claro y sin estructura. Se decapan y se acopian por separado antes de excavar.

El acopio se hace en cordón bajo, de metro a metro y medio de altura, sin compactar, sin cubrir con plástico y con una siembra de veza o avena encima si va a durar. Después se criba a 20 o 30 mm, se reactiva con compost maduro y se le da un ciclo de abono verde antes de plantar lo definitivo.

Si solo queda subsuelo, la reconstrucción son dos o cuatro años de descompactación, materia orgánica repetida y cultivos de raíz potente, más yeso agrícola si el problema es sodio.

En parcelas con historial urbano o industrial conviene analizar metales pesados e hidrocarburos y, si el resultado lo aconseja, cultivar en bancal aislado en lugar de intentar limpiar el terreno. Y no se desprecien dos recursos gratuitos del propio jardín: los tepes apilados boca abajo durante un año y la tierra fina de las toperas.


Contenidos relacionados