Para cuando el fruto tiene el tamaño de una avellana, buena parte de la decisión ya está tomada, y la tomó la tijera en febrero. La carga de un frutal se regula en tres momentos —poda de invierno, floración y cuaje—, y solo el último se hace fruto a fruto. Los otros dos son más rápidos, más baratos y actúan antes de que el árbol haya gastado nada en fabricar fruta que va a acabar en el suelo.
El aclareo propiamente dicho, con sus distancias entre frutos, sus fechas por especie y su técnica de desprendimiento, está detallado en la guía de aclareo de frutos. Lo que sigue es la parte previa: cuántos frutos puede sostener este árbol concreto, y cómo se ajusta ese número con la poda y con el manejo de la flor.
Poner un número al árbol
«Aclarar hasta que parezca poco» funciona, pero deja el criterio en manos de la impresión. Existe una forma de estimar la carga objetivo que se usa en fruticultura y que en un jardín se hace con una cinta métrica y dos minutos.
El método se apoya en la sección transversal del tronco, que es una medida bastante fiel de la capacidad productiva del árbol: cuanto más tronco, más sistema conductor, más raíz y más hoja. Se mide el perímetro del tronco a unos treinta centímetros por encima del injerto, se divide entre 3,14 para obtener el diámetro, se halla el radio y se calcula el área con la fórmula del círculo. El resultado, en centímetros cuadrados, se multiplica por el número de frutos por centímetro cuadrado que admite la especie.
Para manzano, la referencia habitual está entre cinco y siete frutos por centímetro cuadrado de sección si se busca calibre grande, y algo más si la variedad es de fruto pequeño. Un árbol con veinticinco centímetros de perímetro de tronco tiene un diámetro de unos ocho centímetros y una sección de unos cincuenta centímetros cuadrados: entre doscientas cincuenta y trescientas cincuenta manzanas. Para peral se manejan valores parecidos, algo superiores en variedades de fruto pequeño.
El número asusta la primera vez, y esa es exactamente su utilidad: convierte «he quitado bastante» en «me faltan cien». No hace falta contar el árbol entero; basta contar una rama representativa, multiplicar por el número de ramas equivalentes y comparar.
En frutales de hueso el criterio se apoya mejor en la estructura fructífera que en el tronco, y ahí entra la poda.
Melocotonero: la carga se cuenta en ramos mixtos
El melocotonero (Prunus persica) fructifica en el ramo mixto: un brote del año anterior, de treinta a sesenta centímetros, con yemas de flor a los lados —gordas, redondeadas, a menudo en grupos de tres con una vegetativa en medio— y una yema de madera en la punta. También produce en chifonas y en ramilletes de mayo, más débiles y de vida corta.
La poda de invierno es, en esta especie, el aclareo más barato que existe. Consiste en decidir cuántos ramos mixtos se dejan y dónde. En un árbol adulto formado en vaso, dejar entre cuarenta y ochenta ramos mixtos bien repartidos, uno cada quince o veinte centímetros sobre las ramas principales, con dos o tres frutos por ramo al final del proceso, sitúa la cosecha en un rango razonable sin haber tocado una sola flor.
Dos gestos complementarios en esa misma poda. Despuntar los ramos mixtos más largos, dejándolos en ocho o diez yemas de flor: se elimina la parte terminal, que produce fruta pequeña y arquea la rama. Y eliminar los ramos de la cara inferior de las ramas principales, que reciben poca luz y dan fruta sin color ni azúcar. El melocotonero no arrastra estructura productiva de un año a otro: todo lo que produce es madera del año anterior, así que la poda invernal define la cosecha con una precisión que no tiene ningún otro frutal del jardín.
Manzano y peral: aclarar dardos, no solo frutos
Aquí es al revés. La estructura fructífera es permanente: dardos, lamburdas, brindillas coronadas y bolsas que el árbol construye a lo largo de varios años y que producen durante otros tantos. Podar eliminando esa madera de forma indiscriminada es tirar trabajo hecho; pero dejarla acumularse indefinidamente también tiene coste.
Un manzano viejo va formando racimos de lamburdas ramificadas, cada vez más numerosas y cada vez más débiles, que florecen todas y cuajan fruta pequeña. La técnica de aclareo de órganos fructíferos —extinción, en la terminología que se emplea en fruticultura intensiva— consiste en eliminar en invierno una parte de esas formaciones, empezando por las de la cara inferior de las ramas y las más viejas y ramificadas, dejando las mejor situadas y con la yema más gorda. Se corta a ras, sin dejar tocón. Con eso se reduce el número de flores antes de que se abran, se reparte mejor la luz y el aclareo de junio se vuelve un repaso en lugar de una jornada entera.
Distinguir yema de flor de yema de madera es fácil una vez visto: la de flor es más gruesa, más redondeada y con las escamas cubiertas de pelusa grisácea; la vegetativa es puntiaguda y pegada a la rama. Merece la pena mirarlas en enero, porque cuentan lo que va a pasar en abril.
En peral el criterio es el mismo, con dos particularidades: las variedades tipo Conferencia tienden a acumular una cantidad enorme de lamburdas y agradecen especialmente esta limpieza, y las brindillas coronadas —brotes finos con yema de flor en el extremo— dan fruta de buen calibre y conviene conservarlas.
Caqui, granado y olivo: la carga se regula podando
El caqui (Diospyros kaki) fructifica en los brotes del año nacidos de las yemas del extremo de los brotes del año anterior. Como esos brotes salen siempre de la punta, la copa se va alejando hacia fuera y el interior se vacía. La poda anual de renovación —acortar cada año una parte de las ramas fructíferas por encima de una yema situada más adentro— mantiene la producción cerca de la estructura y limita el número de brotes fructíferos, que es tanto como limitar la carga. Un caqui sin poda produce una cosecha exagerada de fruta pequeña y quiebra ramas por peso.
El granado (Punica granatum) florece en brotes cortos del año sobre madera de dos o más años, y emite chupones y sierpes de raíz sin parar. Retirar esos rebrotes y aclarar el ramaje interior es la forma de concentrar la producción en las posiciones bien iluminadas; el fruto que crece a la sombra queda pequeño y con la corteza pálida.
El olivo (Olea europaea) es el caso extremo de alternancia. Fructifica en las ramillas del año anterior y su vecería es notoria: una cosecha muy alta consume las reservas y bloquea la inducción floral del año siguiente. Ahí no hay aclareo manual posible, por número de frutos y por tamaño. Lo que rompe el ciclo es la poda anual moderada —renovar ramillas, aclarar el interior para que entre luz, retirar chupones— repartida todos los años en vez de una intervención fuerte cada cinco. Un olivo podado poco y a menudo alterna mucho menos que uno abandonado y luego terciado.
Aclarar en flor, cuando el invierno se quedó corto
Entre la poda y el cuaje hay una ventana que se aprovecha poco en el huerto doméstico: la propia floración.
En melocotonero y nectarina se puede desyemar antes de que abran las flores, pasando el pulgar y el índice a lo largo del ramo mixto para desprender las yemas de flor del tercio basal, que dan fruta más pequeña y peor situada. Es un gesto rápido, se hace en pocos segundos por ramo y evita que el árbol gaste reservas en abrir flores que iban a sobrar. La precaución evidente: en zonas con riesgo alto de helada tardía, este trabajo se hace después de que pase el peligro, porque haber quitado ya la mitad de la flor deja al árbol sin margen si una noche fría se lleva el resto.
En manzano se practica el aclareo de flores retirando las laterales del corimbo y dejando la central, que abrió primero y llegará más grande. Es minucioso y solo compensa en árboles pequeños o en formas de baja copa, pero actúa en el momento más eficaz posible: cuanto antes se elimina la competencia, más células fabrica el fruto que se queda, y el número de células es lo que fija el techo de calibre.
Una advertencia sobre el momento: hasta que no se sabe si ha cuajado, quitar flor es apostar. La regla prudente es hacer un desyemado suave en invierno o prefloración, dejar que el árbol cuaje, y ajustar después con el aclareo de fruto.
Lo que no se arregla regulando la carga
Conviene separar los problemas. Un árbol que cuaja muchísimo y da fruta pequeña tiene un problema de carga. Un árbol que florece bien y no cuaja nada tiene otro distinto —polinización, helada en flor, lluvia persistente durante la apertura—, y ahí quitar flores empeora las cosas.
Del mismo modo, un exceso de vigor —brotes de un metro, hoja enorme, madera blanda— no se corrige aclarando fruta ni podando más, porque la poda invernal fuerte estimula todavía más vigor. Se corrige con menos nitrógeno, menos riego en la fase de crecimiento y, si acaso, con poda en verde, que sí resta vigor. Un árbol demasiado vigoroso induce pocas yemas de flor, con lo que la carga baja sola por el camino equivocado.
Y en frutales jóvenes la regulación de carga no es una cuestión de calibre sino de estructura: los primeros años se elimina prácticamente toda la fruta para que el árbol construya esqueleto y raíz. Una rama principal de tres años curvada por el peso de la cosecha se queda curvada.
Un plan de temporada
Enero-febrero. Poda con las yemas ya diferenciadas y visibles. En melocotonero, fijar el número de ramos mixtos y despuntarlos. En manzano y peral, aclarar lamburdas viejas y las de la cara inferior. En caqui, renovar hacia el interior. En olivo, poda moderada anual.
Prefloración y floración. Desyemado suave en hueso si la zona no tiene heladas tardías; retirada de flores laterales en pomo si el árbol es pequeño y accesible.
Cuatro a seis semanas tras la flor. Esperar a la caída natural y hacer entonces el aclareo de frutos, ya con el número objetivo calculado en la mano.
Verano. Repaso de lo que se haya quedado agrupado, retirada de fruto dañado y poda en verde si sobra vigor.
En resumen
La carga de un frutal se decide antes del cuaje, y ponerle un número ayuda: para manzano y peral, mide el perímetro del tronco, calcula la sección en centímetros cuadrados y multiplica por cinco a siete frutos para tener el objetivo de la campaña. En melocotonero, la poda de invierno es el aclareo principal: se fija el número de ramos mixtos —del orden de cuarenta a ochenta en un árbol adulto, uno cada quince o veinte centímetros—, se despuntan a ocho o diez yemas de flor y se eliminan los de la cara inferior. En manzano y peral se aclaran en invierno las lamburdas viejas, ramificadas y mal situadas, conservando las brindillas coronadas y las yemas más gruesas. El caqui se renueva hacia dentro cada año, el granado se limpia de chupones y el olivo rompe su vecería con poda moderada anual, no con terciados espaciados. Si el clima lo permite, un desyemado en prefloración adelanta trabajo, con la cautela de no hacerlo donde haya heladas tardías. Y distingue el problema: poca cuaja no se arregla quitando flor, y el exceso de vigor no se arregla con más tijera de invierno.