Una celosía de metro y medio en un balcón, un arco estrecho sobre la puerta del huerto, una barandilla, un tiesto grande junto a la ventana: sitios donde cabe una trepadora, pero solo si se queda donde la ponen. El problema es que la palabra «trepadora» agrupa desde una Thunbergia anual de dos metros hasta una glicinia capaz de levantar una pérgola, y en el vivero ambas ocupan la misma maceta de tres litros. Conviene saber qué hace pequeña a una trepadora antes de comprarla.
Tres maneras distintas de ser pequeña
Que una planta se quede contenida puede deberse a tres causas que no se parecen en nada y que dan resultados de mantenimiento muy diferentes.
Porte naturalmente limitado. Hay especies cuyo desarrollo máximo es corto y punto: Clematis alpina no pasa de dos o tres metros por mucho suelo y agua que tenga, Billardiera longiflora se queda en dos, Rhodochiton atrosanguineum otro tanto. La contención no cuesta trabajo porque no la impone nadie. Es la vía más cómoda, y también la más limitada en catálogo.
Poda constante. Cualquier trepadora vigorosa puede mantenerse pequeña a base de tijera, pero eso convierte la planta en un compromiso anual y, sobre todo, condiciona la floración. La clave está en dónde florece cada especie. Las que abren sobre la madera del año —clemátides tardías del grupo viticella, Campsis, Solanum, Passiflora— se pueden recortar fuerte a final de invierno sin perder flor, porque las yemas florales se formarán después. Las que florecen sobre la madera del año anterior —glicinia, madreselvas de flor temprana, Clematis montana, jazmines de primavera, rosales trepadores no reflorecientes— pierden la floración entera si se cortan a destiempo, de manera que contenerlas exige podar justo después de florecer y aun así se acaba luchando contra ellas. Como regla de compra: una especie que en catálogo dice «de seis a diez metros» no se convierte en una trepadora de balcón, se convierte en un trabajo.
Cultivar compacto. La selección hortícola ha producido versiones enanas de especies grandes, y estas sí resuelven el problema de verdad porque el enanismo va en la planta. Las clemátides de la serie Boulevard —'Chantilly', 'Filigree', 'Bijou'— se quedan entre ochenta centímetros y metro y medio y están seleccionadas específicamente para maceta; hay ipomeas y capuchinas de porte reducido; hay hiedras de crecimiento lentísimo, como 'Duckfoot' o 'Spetchley', que en años no rebasan el metro; hay rosales trepadores de escala corta, como 'Pompon de Paris' en su forma trepadora, que se queda en metro y medio o dos. Con un cultivar compacto se paga algo más en el vivero y se ahorra el resto.
La maceta empequeñece cualquier trepadora, y esa no es la buena noticia
Existe un cuarto camino, que funciona siempre y que conviene entender bien porque tiene letra pequeña: restringir el volumen de raíz. La biomasa aérea que una planta puede sostener guarda proporción con el sistema radicular que la alimenta, así que un contenedor limitado impone un techo de tamaño. Es el mismo principio que sostiene el bonsái. Una glicinia en un tiesto de treinta litros no hará ocho metros; hará dos y medio, y con hojas más pequeñas.
El coste es que ese enanismo se consigue por escasez, y la escasez tiene efectos que van más allá del tamaño.
El volumen de sustrato disponible es, a la vez, la despensa de agua y la de nutrientes. En un tiesto de veinte litros al sol de julio en el interior peninsular, una trepadora en pleno crecimiento agota el agua útil en menos de un día, de modo que la planta pasa por un ciclo diario de estrés hídrico. Cada uno de esos episodios cierra estomas, detiene el crecimiento unas horas y, si se repite, hace abortar yemas florales y botones. A eso se suma la temperatura del cepellón, que en suelo es estable y en maceta no: un tiesto oscuro expuesto puede superar los cuarenta grados en su cara sur en verano, y las raíces finas mueren por encima de ese umbral; en invierno, el cepellón entero se hiela en una noche fría de la meseta, cosa que jamás le pasa a la misma planta enterrada. Y la fertilización continua deja sales acumuladas, que a los dos o tres años dan quemaduras de borde en la hoja si no se lava el sustrato o no se renueva.
Por eso la afirmación de que «cualquier trepadora se queda pequeña en un tiesto» es cierta y engañosa a la vez: se queda pequeña, sí, pero con frecuencia también se queda con poca flor, con hojas menores y con una vida útil de pocos años. Hay excepciones interesantes, porque unas cuantas especies responden a la restricción radicular floreciendo más —la buganvilla es el caso clásico, y algo parecido ocurre con la glicinia, que en maceta suele adelantar su primera floración—, pero son la minoría y funcionan solo con riego y abonado escrupulosos.
Lo razonable si se va a cultivar en contenedor:
- Volumen suficiente. Para una trepadora leñosa perenne, de cuarenta a sesenta litros; por debajo de treinta, la planta vive con hambre permanente. Para anuales de temporada, quince o veinte bastan.
- Maceta ancha antes que alta, de material aislante —barro grueso, madera, resina de doble pared— y de color claro. Una maceta negra de plástico fino al sol es un horno.
- Acolchado en superficie con corteza o grava, que reduce mucho la evaporación directa y amortigua la oscilación térmica.
- Riego por goteo con programador si la maceta está al sol. No es un lujo, es lo que evita el ciclo diario de estrés.
- Abonado ligero y frecuente en lugar de dosis grandes, y un lavado abundante del sustrato dos veces al año para arrastrar sales.
- Renovación: cada dos o tres años se saca el cepellón, se recortan las raíces periféricas y se repone sustrato nuevo. Sin eso, la planta se agota.
- Sujeción independiente. El enrejado debe ir anclado a la pared o a la propia maceta con lastre, porque una trepadora cubierta hace de vela y vuelca el tiesto con el primer viento fuerte.
Las que de verdad no pasan de dos o tres metros
Clematis alpina y Clematis macropetala. Dos y medio o tres metros, floración en campanillas colgantes de abril a mayo, azules, malvas o blancas, seguida de plumeros sedosos. Rústicas de sobra en toda España salvo el sur más cálido, agradecen sombra en la base y no necesitan poda salvo el aclareo de lo seco tras florecer. De lo mejor que hay para un arco pequeño o una celosía en semisombra.
Clemátides de la serie Boulevard. Cultivares seleccionados para contenedor, entre ochenta centímetros y metro y medio, con flores grandes y dos oleadas al año. Piden maceta de cuarenta litros, riego constante y poda a un tercio en febrero.
Rhodochiton atrosanguineum. Dos metros escasos, tallos finos que se enroscan por el peciolo, con flores tubulares casi negras colgando de un cáliz rosa. En España se cultiva como anual salvo en litoral suave, donde puede rebrotar. Ideal para un enrejado estrecho, porque no hace masa.
Thunbergia alata. Metro y medio a dos y medio, floración continua de junio a las primeras heladas, naranja con centro oscuro. Anual en casi toda la Península, perenne en el litoral mediterráneo y en Canarias. Rápida, agradecida y de tamaño perfectamente previsible porque cada año empieza de cero.
Lathyrus odoratus, el guisante de olor. Dos metros, se siembra en otoño en clima suave o a final de invierno en el interior, florece de abril a junio con perfume notable y muere con el calor. Es la trepadora contenida por excelencia para una barandilla, siempre que se le corten las flores para que no cuaje semilla.
Tropaeolum peregrinum. Dos o dos y medio, hojas lobuladas gris azuladas y flores amarillas recortadas. Anual, de siembra directa en primavera, poco exigente y sin madera que gestionar.
Abutilon megapotamicum. No es trepadora verdadera sino un arbusto de ramas largas y flexibles que se recuesta y hay que atar, y precisamente por eso resulta muy manejable: alcanza dos o dos y medio metros contra un muro cálido y florece casi todo el año con sus farolillos rojos y amarillos. Aguanta hasta unos cinco grados bajo cero, así que en el interior necesita pared abrigada.
Billardiera longiflora. Dos metros, hoja fina perenne, flores verdosas discretas y, lo interesante, bayas de un violeta intenso en otoño e invierno. Prefiere suelo ácido y semisombra fresca, así que es planta de la cornisa cantábrica y de Galicia más que del sur.
Muehlenbeckia complexa. Dos o tres metros de una maraña finísima de tallos oscuros con hojitas redondas, muy útil para vestir una barandilla o una estructura metálica con textura ligera. Tolera salinidad y viento, se recorta a placer y aguanta heladas moderadas.
Hiedras de crecimiento lento. 'Duckfoot', 'Spetchley', 'Ivalace' y compañía se quedan por debajo del metro o metro y medio durante años, son perennes y aguantan sombra profunda. La forma de elegir cultivar está en el artículo sobre tipos de hiedra.
Y una advertencia útil sobre nombres que suelen aparecer en listas de trepadoras pequeñas y no lo son: Cobaea scandens hace de cinco a ocho metros en una sola temporada, Jasminum polyanthum pasa de los cuatro, Ipomoea tricolor ronda los tres o cuatro, Passiflora caerulea se come una fachada y Clematis montana cubre diez metros de muro. Sirven, pero contándolo como lo que son.
En resumen
Una trepadora se queda pequeña por tres motivos distintos: porque su porte natural es corto, porque se la poda sin descanso, o porque procede de un cultivar seleccionado para maceta. La primera vía es la cómoda, la segunda obliga a saber si la especie florece sobre madera del año —que se puede recortar a fondo— o sobre la del año anterior —que pierde la flor si se poda a destiempo—, y la tercera resuelve el problema de raíz. Existe un cuarto camino, restringir el volumen radicular en contenedor, que reduce el tamaño de cualquier especie pero por la vía de la escasez: ciclos diarios de sequía, cepellón que se recalienta en verano y se hiela en invierno, sales acumuladas y, con frecuencia, menos flor. Si se cultiva en maceta, cuarenta a sesenta litros para una leñosa, recipiente ancho, claro y aislante, acolchado, goteo, abonado ligero y frecuente y renovación de sustrato cada dos o tres años. Entre las que de verdad no pasan de dos o tres metros están Clematis alpina y macropetala, las clemátides de la serie Boulevard, Rhodochiton, Thunbergia alata, el guisante de olor, Tropaeolum peregrinum, Abutilon megapotamicum, Billardiera, Muehlenbeckia y las hiedras de cultivar lento.