Delante de una fachada lisa y encalada, una clemátide no puede hacer absolutamente nada. Delante de un alambre tensado de dos milímetros, una glicinia tampoco. Ninguna de las dos es mala planta ni está mal cultivada: cada trepadora se agarra con un órgano concreto, ese órgano solo funciona con un tipo de superficie y con un rango de grosor, y de ahí sale la clasificación que de verdad sirve para decidir qué se instala en el muro. Las seis categorías siguientes se distinguen por el mecanismo de ascenso, y cada una impone su soporte.
1. Volubles: el tallo se enrosca
Es el mecanismo más extendido. El tallo, mientras crece, describe con su extremo un movimiento circular lento llamado nutación: la punta gira en el aire trazando círculos de unos centímetros de diámetro, con un período que va de una a varias horas según la especie. Cuando en ese barrido tropieza con algo vertical, el contacto induce un crecimiento asimétrico —la cara que no toca se alarga más que la que toca— y el tallo se arrolla en espiral alrededor del objeto. Después endurece y sujeta el conjunto.
El sentido de giro es fijo para cada especie y no se puede cambiar. Las dos glicinias del comercio son el ejemplo clásico: Wisteria sinensis se enrosca en sentido antihorario visto desde arriba y Wisteria floribunda lo hace en sentido horario, y ese carácter sirve para distinguirlas cuando no están en flor. La madreselva gira a derechas y la correhuela, Convolvulus, a izquierdas. Otras volubles corrientes son el lúpulo, la judía, las ipomeas, la Mandevilla, la Akebia, Thunbergia, Aristolochia, Solandra y Actinidia.
Esto tiene una consecuencia práctica inmediata al atar una planta joven: si se enrolla la guía a mano en el sentido contrario al suyo, la planta se desenrosca sola en unos días y acaba en el suelo. Antes de atar conviene mirar cómo está curvándose ya la punta y seguirla.
El grosor máximo de soporte. Este es el dato que decide si una voluble puede o no subir por un poste, y sale directamente del mecanismo: el extremo que nuta describe un círculo de diámetro limitado, y para poder rodear un objeto el tallo tiene que ser capaz de completar la vuelta tocándolo. Si el soporte es más ancho que el círculo que barre la punta, el tallo se apoya, resbala y cae sin agarrar.
En términos de jardín, el rango cómodo para casi todas las volubles de uso ornamental está entre uno y cinco centímetros de diámetro: alambre grueso, varilla, caña, cuerda, listón estrecho, tubo delgado. Muchas especies siguen funcionando hasta unos diez centímetros, que es el límite práctico habitual. Por encima de quince o veinte centímetros prácticamente ninguna voluble ornamental consigue arrollarse, y esa es la razón por la que una glicinia plantada al pie de una columna de treinta centímetros o de un tronco maduro se queda dando vueltas en el suelo. Las lianas tropicales de gran talla resuelven el problema de otra manera: suben por un árbol joven y delgado y siguen sujetas mientras el hospedador engorda por debajo de ellas, que es cuando aparecen esos tallos que estrangulan el tronco.
La solución de jardinería es sencilla y consiste en darle a la planta un soporte de su medida: si hay que vestir un pilar ancho, se fija alrededor una malla, unas cuerdas verticales o un enrejado separado unos centímetros del paramento, y la voluble se enrosca en esos elementos delgados en lugar de intentarlo con el pilar.
2. De zarcillo: un órgano especializado que busca y agarra
El zarcillo es un filamento sensible al tacto que también nuta buscando en el aire; al rozar algo delgado se enrolla en pocos minutos u horas, y luego se contrae en hélice acercando el tallo al soporte. Esa hélice suele incluir un punto en el que el sentido del enrollamiento se invierte, un detalle mecánico que convierte el zarcillo en un muelle capaz de absorber tirones de viento sin partirse. Después lignifica y queda como un cable.
Los zarcillos no son todos el mismo órgano, y por eso conviene distinguirlos:
Caulinares, derivados de un tallo o de una yema. Es el caso de Passiflora, con un zarcillo en cada axila, y de las cucurbitáceas.
Foliares, derivados de una hoja o de parte de ella. En el guisante, el guisante de olor y las vezas, los foliolos terminales de la hoja compuesta se han convertido en zarcillos. En Cobaea scandens y en Gloriosa es el ápice de la hoja el que se prolonga en zarcillo. Y en las clemátides, en Tropaeolum, en Rhodochiton y en Maurandya no hay zarcillo propiamente dicho: lo que se enrosca es el peciolo de la hoja, que se comporta como tal. Esa diferencia importa al podar, porque cortar la hoja de una clemátide equivale a soltarla del soporte.
Estipulares, derivados de las estípulas, como en la zarzaparrilla, Smilax aspera, la trepadora espinosa de nuestros encinares y bosques mediterráneos.
El caso de la vid merece párrafo propio porque es el ejemplo de libro de un órgano reconvertido. En Vitis vinifera, el zarcillo y el racimo son el mismo órgano: ambos proceden de la misma estructura, una inflorescencia, y según el momento de desarrollo y las condiciones, esa estructura se desarrolla como racimo de uvas o como zarcillo. No es raro encontrar en una cepa órganos intermedios, medio zarcillo y medio racimo, con unas pocas flores en la base y filamento en el resto. Es decir, que la vid trepa con flores que decidieron no serlo.
El soporte que exigen. Aquí la restricción es aún más estricta que en las volubles, y en sentido contrario: los zarcillos necesitan objetos muy delgados, del orden de dos a diez milímetros, y como mucho un centímetro o centímetro y medio. Alambre, hilo, red de nailon, malla galvanizada, cañizo, varilla fina, ramas de un arbusto acompañante. Un zarcillo no puede agarrar un poste de cinco centímetros y menos aún una pared plana. Cuando alguien planta guisantes de olor o una Passiflora contra un muro liso y la planta se queda en el suelo, es esto lo que ha pasado. Una malla de retícula de diez a quince centímetros de luz, separada unos cuatro dedos del paramento, es el soporte estándar para todo este grupo.
3. De raíces adventicias: se pegan a la superficie
En este grupo, el tallo emite en el lado que da al soporte raicillas cortas y densas que se introducen en las rugosidades y segregan una sustancia adhesiva. No penetran el material vivo ni extraen nada; el agarre es mecánico y químico a la vez. Es el sistema de la hiedra, de la hortensia trepadora Hydrangea petiolaris, del Ficus pumila, del Trachelospermum jasminoides, del Euonymus fortunei en su forma trepadora, de Campsis radicans y de las aráceas trepadoras de interior.
El soporte. No necesitan estructura ninguna: necesitan superficie, y que esa superficie sea rugosa y porosa. Funcionan sobre ladrillo, piedra, mortero, revoco rústico, madera sin tratar y corteza. No funcionan sobre azulejo esmaltado, vidrio, chapa lacada, plástico ni sobre pintura plástica lisa y reciente. Su ventaja es que suben por planos verticales continuos donde ningún otro mecanismo entra; su inconveniente, que se adhieren de forma permanente, que al arrancarlas dejan marcas y arrastran revoco flojo, y que se cuelan por juntas, bajo tejas y detrás de canalones. Todo eso, junto con la cuestión de cuándo dañan de verdad una fábrica, está tratado en los artículos sobre colocación de enredaderas y sobre la hiedra.
4. De ventosas adhesivas: los discos de la parra virgen
Es una variante muy elegante del zarcillo, y la practican los Parthenocissus. El zarcillo ramificado sale buscando, y cuando alguna de sus puntas toca una superficie plana, esa punta se hincha y se transforma en un disco adhesivo de unos milímetros que se aplasta contra el material y segrega un pegamento. El disco no se forma sin contacto previo: la planta solo lo fabrica cuando ha encontrado dónde pegarlo. Después el zarcillo se contrae en hélice y tira del tallo hacia la pared.
Cada disco individual sostiene poco —del orden de unos pocos newtons—, pero una parra virgen adulta tiene decenas de miles, y el conjunto aguanta un peso considerable y años de viento. Parthenocissus tricuspidata, la de hoja trilobada que enrojece en otoño, es la más eficaz sobre superficies lisas; P. quinquefolia, de hoja con cinco foliolos, combina discos con algo de tallo apoyante y suele necesitar más ayuda al principio.
El soporte. Superficie plana, y a diferencia del grupo anterior no hace falta que sea rugosa: los discos se pegan a hormigón liso, a metal pintado e incluso al vidrio. Es el único mecanismo que cubre una fachada moderna sin instalar nada. A cambio, los discos dejan restos oscuros muy difíciles de eliminar cuando se retira la planta.
5. Sarmentosas o apoyantes: hay que atarlas
Este grupo no tiene ningún órgano de sujeción. Produce tallos largos, flexibles y vigorosos que crecen hacia arriba mientras encuentran en qué recostarse, se apoyan sobre la vegetación vecina o sobre una estructura y se sostienen por simple peso y enredo. Si nada los retiene, se doblan y caen. Son sarmentosas la buganvilla, el Plumbago, el Solanum jasminoides, el jazmín común, Abutilon megapotamicum, Cestrum y buena parte de los arbustos de rama larga que se conducen contra un muro.
El soporte. Cualquiera que sea sólido, más ataduras, que son imprescindibles y periódicas. Lo eficaz es una serie de alambres horizontales anclados al muro cada treinta o cuarenta centímetros, sobre los que se van tumbando y atando las varas nuevas conforme crecen; conducirlas en abanico y algo horizontales, además, fuerza la brotación lateral y multiplica la floración. Se atan con material blando y en ocho, dejando holgura, y se revisan cada temporada porque el tallo engorda y la atadura estrangula. Es el grupo que más mano de obra pide y también el que permite más control sobre la forma final.
6. De espinas ganchudas: trepar enganchándose
Variante del anterior con un accesorio: aguijones o espinas curvados hacia abajo que actúan como anzuelos y evitan que el tallo resbale hacia atrás una vez ha subido. Los rosales trepadores son el caso conocido en jardinería —sus aguijones ganchudos les permiten en la naturaleza ascender por zarzales y arbustos—, y también entran aquí las zarzas, la zarzaparrilla y, con espinas rectas, la buganvilla. El ejemplo extremo son las palmeras rotang del sudeste asiático, las del ratán, que suben más de cien metros por el dosel mediante látigos armados de ganchos.
El soporte. A efectos prácticos, el mismo que las sarmentosas: estructura firme y atado. La espina evita el deslizamiento pero no sujeta lo suficiente frente al viento ni fija la orientación, así que un rosal trepador sin atar acaba siendo un montón. La conducción y la poda de los trepadores tiene sus propias reglas, distintas de las de los híbridos de té.
Un resumen de soportes por mecanismo
Puesto en corto, y con las medidas que importan a la hora de comprar material:
- Volubles: elementos verticales de 1 a 5 cm de diámetro, límite práctico hacia los 10 cm; imposible por encima de 15 o 20 cm. Cuerda, caña, varilla, tubo delgado, malla de retícula amplia.
- De zarcillo: elementos de 2 a 10 mm, tope en torno a 1,5 cm. Alambre, hilo, red, malla fina, cañizo.
- De raíces adventicias: superficie continua rugosa y porosa, sin estructura añadida. No sobre esmaltados ni lisos.
- De ventosas adhesivas: superficie continua, lisa o rugosa, incluido vidrio y metal pintado.
- Sarmentosas y de espinas: estructura sólida más alambres horizontales y atado periódico.
Con esa correspondencia decidida, todo lo demás —separación del muro, tipo de anclaje, tensión de los alambres— se resuelve en el artículo sobre colocación, y la elección de especie según clima y exposición en los de sombra y frío.
En resumen
Las trepadoras se clasifican útilmente por cómo se agarran, y cada mecanismo obliga a un soporte distinto. Las volubles enrollan el tallo, siempre en un sentido de giro fijo para cada especie —antihorario en Wisteria sinensis, horario en W. floribunda—, y solo pueden rodear soportes de uno a cinco centímetros con holgura, diez como límite práctico y nada por encima de quince o veinte, porque la punta que nuta tiene que completar la vuelta. Las de zarcillo necesitan elementos aún más finos, de dos a diez milímetros, y su zarcillo puede ser caulinar, foliar —incluido el peciolo enroscador de las clemátides— o estipular, con el caso singular de la vid, donde zarcillo y racimo son el mismo órgano. Las de raíces adventicias suben por superficies rugosas y porosas sin estructura ninguna, pero no sobre materiales lisos o esmaltados. Las de ventosas adhesivas, como la parra virgen, fabrican discos solo al tocar y se pegan incluso al vidrio. Y las sarmentosas y las de espinas ganchudas no sujetan por sí solas: piden alambres horizontales y ataduras revisadas cada temporada, que es también lo que más floración produce al conducirlas en abanico.