Lo que se ve morado en una Petrea volubilis durante cinco o seis semanas seguidas no es la flor. La flor verdadera dura tres días. Lo que queda colgando del racimo, y lo que produce ese efecto de floración interminable por el que la planta se cultiva en medio mundo tropical, es el cáliz, una estrella de cinco brazos estrechos que la planta mantiene mucho después de que la corola se haya caído. Entender esa arquitectura es entender la planta entera, incluida la manera en que se desprende al final, girando como la sámara de un arce.

Racimos violetas de Petrea volubilis

Dos piezas, dos violetas, dos duraciones

Cada flor del racimo tiene dos verticilos coloreados y superpuestos, y ahí está el truco. El cáliz es petaloide: cinco lóbulos alargados, estrechos y algo rígidos, dispuestos en estrella, de un lila azulado claro. La corola, insertada en su centro, es más pequeña, de cinco lóbulos redondeados, y de un violeta bastante más oscuro y saturado, con una manchita blanca en la garganta. Vistas de cerca, la impresión es la de una flor pequeña e intensa apoyada sobre una estrella pálida y mayor.

La corola dura entre dos y cuatro días y se desprende; es la pieza que hace el trabajo real de atraer al polinizador. El cáliz, en cambio, persiste varias semanas, perdiendo saturación poco a poco hasta un lila grisáceo. Como el racimo abre de manera escalonada desde la base hacia la punta, en un mismo momento hay cálices viejos casi grises abajo, cálices maduros en el medio y flores completas con su corola oscura en el ápice. Ese degradado dentro de un mismo racimo es lo que da a la planta su aspecto característico.

Los racimos son colgantes y miden de veinte a treinta y cinco centímetros. Cuando una planta adulta está en plena floración, con decenas de ellos a la vez, el nombre popular de lluvia de estrellas se explica solo. En español se la llama también flor de barbero —por el parecido de la estrella con las tijeras y navajas del gremio— o liana morada; en inglés, purple wreath y sandpaper vine, este último por la hoja.

El cáliz que gira al caer

Cuando el fruto madura, el cáliz sigue unido a él y se desprende con él. Sus cinco lóbulos, secos y rígidos, funcionan entonces como alas dispuestas de forma asimétrica: al caer, el conjunto entra en autorrotación y desciende girando en lugar de en línea recta, exactamente por el mismo principio aerodinámico que la sámara del arce o del olmo. La rotación aumenta el tiempo de caída y permite que el viento lateral desplace la semilla varios metros del pie de la madre. Es, en términos técnicos, un caso de cáliz acrescente convertido en dispositivo de dispersión anemócora.

Para el jardinero, esto significa que el espectáculo del final de la floración también merece verse, y que en clima tropical la planta se autosiembra con facilidad. En España no llega a plantear ese problema, porque casi nunca cuaja fruto viable.

El resto de la planta

Pertenece a las verbenáceas y es originaria de México, América Central, el Caribe y el norte de Sudamérica, donde crece en bosque estacionalmente seco. Es una liana leñosa voluble —de ahí el epíteto— que en su tierra alcanza diez o doce metros trepando por los árboles, aunque en cultivo se comporta más como un gran arbusto escandente y necesita que se la ate: sus tallos se enrollan con desgana y no se sostienen solos en un enrejado.

La hoja es opuesta, elíptica, de ocho a veinte centímetros, y tiene un rasgo inconfundible al tacto: es áspera como el papel de lija, por unos pelos silicificados de la superficie. En clima tropical húmedo es perenne; en clima con estación seca marcada o con invierno fresco, se comporta como semicaduca y puede quedarse desnuda unas semanas antes de florecer.

Florece principalmente en primavera —de febrero a mayo en el hemisferio norte cálido—, con oleadas menores repetidas durante el verano si hay calor y humedad. La floración es más abundante cuando ha precedido un periodo seco. Existen también una forma blanca ('Albiflora') y otras especies del género en cultivo, como Petrea kohautiana, de racimos más largos y laxos.

Petrea volubilis cultivada como arbusto escandente

Dónde se puede cultivar en España

Aquí está el límite, y conviene ser franco: Petrea volubilis es una planta de zonas USDA 10 y 11. Vegeta bien por encima de 15 ºC, se detiene por debajo de 10 ºC, sufre daño foliar en torno a 3 o 4 ºC y una helada, por breve que sea, se lleva toda la parte tierna; a −2 ºC muere el ejemplar entero si no es muy viejo.

Eso deja un mapa muy concreto: Canarias, donde prospera al aire libre sin problema; el litoral de Málaga, Granada, Almería y Murcia en enclaves resguardados y contra un muro al sur; puntos abrigados del litoral valenciano y de Baleares, con riesgo en inviernos duros. En el resto del país es planta de invernadero templado, de galería acristalada o de maceta grande que se entra a cubierto de noviembre a abril. Como maceta funciona razonablemente: se mantiene en dos o tres metros con poda y florece siendo joven.

Luz. Sol pleno o media sombra muy luminosa. Con poca luz vegeta y no florece.

Suelo. Fértil, profundo, con materia orgánica y muy bien drenado; prefiere el pH ligeramente ácido y en suelos calizos españoles conviene vigilar la clorosis y corregir con quelato de hierro.

Riego. Abundante y regular en primavera y verano, sin encharcar nunca. En invierno se reduce mucho, hasta apenas mantener el cepellón fresco: el conjunto de frío y sustrato saturado es lo que la mata en Europa, más que el frío solo. Un ligero periodo seco en invierno favorece además la floración de primavera.

Abono. Mensual en la estación de crecimiento, con un fertilizante equilibrado o algo más rico en potasio y fósforo. El exceso de nitrógeno produce hoja grande y racimos escasos.

Poda. Justo después de la floración principal, aclarando ramas mal situadas y acortando las que se hayan alargado demasiado. No conviene podar en otoño ni en invierno: se sacrifican yemas y se dejan heridas abiertas en la peor época.

Multiplicación. Es la parte difícil. El esqueje semileñoso enraíza con lentitud y porcentajes bajos, incluso con hormona y calor de fondo a 25 ºC; el acodo aéreo, hecho en primavera sobre una rama de dos años, es bastante más fiable y es el método habitual. La semilla se usa poco porque en cultivo fuera de su área las plantas rara vez fructifican.

Distinguirla de otras trepadoras de flor azul

En fotografías se confunde con varias, y las diferencias son claras en persona.

La glicinia (Wisteria) también hace racimos colgantes lila, pero es leguminosa: flor de guisante con estandarte, alas y quilla, hoja compuesta pinnada, caduca y rústica hasta −20 ºC. Su racimo se abre casi de golpe y se acaba en dos o tres semanas, sin ningún cáliz que persista.

Thunbergia grandiflora tiene flor azul acampanada y grande, de cinco a ocho centímetros, solitaria o en racimos cortos; nada que ver con la estrella pequeña y numerosa de la Petrea.

Duranta erecta es de la misma familia y también hace racimos azules colgantes, pero es un arbusto, sus flores son diminutas y en otoño se cubre de frutos amarillos en racimo, que la Petrea no produce en cultivo.

Y el jacarandá es un árbol de flor tubular violeta y hoja bipinnada, con el que solo comparte el color. Si lo que se busca es flor azul o violeta en un muro español sin invernadero, la elección realista está entre glicinia, Solanum laxum, clemátide o Hardenbergia, según lo que planteamos en el calendario de trepadoras con flor.

En resumen

Petrea volubilis parece florecer durante mes y medio porque lo que persiste no es la corola —violeta oscura, de tres días— sino el cáliz estrellado de cinco lóbulos, lila y de vida larga, que solo al final se desprende con el fruto girando en el aire como una sámara. Es una liana verbenácea tropical, de hoja opuesta y áspera como lija, que necesita atarse porque trepa mal por sí sola. En España su cultivo al aire libre se limita a Canarias y a enclaves resguardados del litoral más cálido; en el resto, invernadero templado o maceta que se resguarda en invierno. Quiere sol, suelo fértil y drenado, riego generoso en verano y escaso en invierno, poda después de florecer y multiplicación por acodo aéreo, que funciona mucho mejor que el esqueje.


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