El bicolor de esta flor —estandarte carmín y alas de un azul violáceo casi eléctrico— no lo ha diseñado ningún obtentor: sale así de las cunetas del sur peninsular, de los ribazos de olivar y de los baldíos que llevan dos años sin arar. Lathyrus clymenum es una leguminosa anual trepadora ibérica y mediterránea, conocida como pelailla o almorta silvestre, y es un caso claro de planta que ya está en el paisaje y que en el jardín funciona sin pedir prácticamente nada, siempre que se la trate como lo que es y no como una planta de vivero.
Cómo se reconoce
Es una anual glabra, de treinta centímetros a un metro largo, con el tallo alado: las dos crestas laminares que recorren el tallo son un carácter de buena parte del género y lo distinguen a simple vista de una veza o de una arveja, que lo tienen cilíndrico.
La hoja tiene una particularidad que despista: las hojas de la parte baja del tallo llevan foliolos anchos, ovales o elípticos, mientras que las de la parte alta los tienen estrechos y lineares, casi como agujas. Ver los dos tipos en el mismo pie es lo más rápido para identificarla en el campo.
La flor mide de quince a veinte milímetros, va en racimos de una a cinco sobre un pedúnculo largo, y su combinación de colores —estandarte púrpura o carmín, alas azul-violeta, quilla pálida— es inconfundible entre las leguminosas ibéricas. Florece de marzo a junio, según latitud y año de lluvias. El fruto es una legumbre glabra de cuatro a seis centímetros, con dos costillas marcadas en el dorso, que al secar se abre con torsión y dispara las semillas a un metro o dos.
El zarcillo terminal ramificado
Aquí está la mecánica de la planta. La hoja compuesta de Lathyrus clymenum termina, en lugar de en un foliolo, en un zarcillo ramificado: el foliolo apical se ha transformado evolutivamente en un filamento que se divide en dos o tres brazos. Ese zarcillo hace movimientos de barrido —circunnutación— hasta que uno de sus brazos toca un tallo o una rama; el contacto desencadena una respuesta de crecimiento diferencial que lo enrolla en cuestión de una o dos horas, y después el zarcillo se contrae en espiral, tirando de la planta hacia el soporte y actuando además como muelle que absorbe los tirones del viento.
La consecuencia práctica es doble. Primero, esta planta no trepa por una pared ni por un poste liso: necesita algo fino en lo que enganchar el zarcillo, y en el campo ese algo suele ser un cardo, un romero, una gramínea alta o el alambre de una linde. Segundo, y a diferencia de una glicinia o una madreselva, no estrangula nada: el zarcillo agarra sin ejercer presión de anillo, así que puede subir por un arbusto ornamental sin dañarlo. Es un mecanismo distinto del de las trepadoras que reseñamos en el artículo general sobre enredaderas.
Su sitio en el campo
Vive en toda la región mediterránea y en Macaronesia, y en la Península es común en el centro, el sur y todo el litoral, además de Baleares y Canarias. Su hábitat son los medios perturbados y secos: cunetas, taludes de camino, bordes de olivar, eriales, campos de cereal abandonados, matorral aclarado y arenales costeros, normalmente por debajo de los mil metros y con preferencia por suelos básicos, aunque no es estricta.
Su ciclo es el de una terófita mediterránea y explica todo su comportamiento: germina con las lluvias de octubre o noviembre, pasa el invierno creciendo despacio a ras de suelo, se estira y florece en primavera aprovechando la humedad acumulada, fructifica en mayo o junio y se seca por completo antes del verano, dejando el año siguiente resuelto en forma de semilla dura en el suelo. No hay que regarla en verano porque en verano no existe.
Llevarla al jardín
La siembra es en otoño, y esa es la decisión que separa el éxito del fracaso. Sembrada en marzo, como se hace con las anuales de vivero, la planta apenas tiene tiempo de desarrollar raíz antes de que llegue el calor, y da dos flores raquíticas. Sembrada en octubre o noviembre, con las primeras lluvias, hace todo el invierno de raíz y en abril es una mata cubierta de flor.
La semilla tiene la cubierta impermeable típica de las leguminosas, así que conviene escarificarla: un raspado corto con papel de lija, o remojo de doce horas en agua a temperatura ambiente. Se siembra a uno o dos centímetros de profundidad, directamente en el sitio —tiene raíz pivotante y el trasplante no le sienta bien—, en suelo pobre, drenado y a pleno sol. No se abona: el nitrógeno lo fabrica ella, y el añadido solo produce mata sin flor.
El único cuidado real es ponerle algo a lo que agarrarse. Unas ramas secas de poda clavadas en el suelo, una malla de nudo de un metro, una valla de alambre o un arbusto vecino de porte abierto. Y a partir del segundo año se resiembra sola, con lo que hay que decidir si se quiere eso o no; para evitarlo, basta con segar antes de que las legumbres sequen.
En pradera de flor y como abono verde
En una pradera de flor mediterránea —esa mezcla de anuales que se siembra en otoño y se siega una sola vez en junio— es de las pocas especies que aportan volumen vertical, porque se apoya en las gramíneas de la mezcla y saca la flor por encima. Combina bien con amapola (Papaver rhoeas), Anthemis, Silene colorata, Echium plantagineum, Calendula arvensis y Chrysanthemum coronarium, todas del mismo calendario. La proporción sensata está en torno al 5 % de la mezcla en peso de semilla, porque en dosis alta tiende a tumbar el resto.
Como abono verde tiene el interés de cualquier leguminosa: fija nitrógeno atmosférico gracias a los rizobios de sus nódulos radiculares y lo deja en el suelo al descomponerse. Se siembra en otoño en el bancal que va a quedar en barbecho, se deja crecer todo el invierno —cubre el suelo y evita la erosión de las lluvias— y se siega e incorpora en plena floración, que es cuando el contenido de nitrógeno de la parte aérea es máximo y todavía no se ha invertido en formar semilla. Segar más tarde tiene dos inconvenientes: menos nitrógeno disponible y una resiembra que se convierte en mala hierba del cultivo siguiente.
Lo que atrae
La flor de guisante tiene un mecanismo de resorte: el peso del insecto abre la quilla y libera estambres y estigma contra su abdomen, de modo que solo la trabajan polinizadores lo bastante pesados y de lengua larga. En España eso significa abejorros (Bombus), abejas del género Anthophora, Eucera y Xylocopa, todas ellas silvestres y en retroceso.
Además es planta nutricia de larvas de licénidos, entre ellos la canela estriada (Lampides boeticus), cuya oruga se desarrolla dentro de las legumbres de Lathyrus y otras leguminosas. Que aparezcan vainas agujereadas no es una plaga que haya que combatir: es el motivo por el que se plantan estas cosas.
No es planta de consumo
Conviene decirlo aunque su nombre popular sea almorta silvestre y aunque existan usos alimentarios documentados. En la isla griega de Santorini se cultiva desde la Edad del Bronce una variedad de Lathyrus clymenum con la que se elabora la fava tradicional, y hay restos arqueológicos de la especie en Akrotiri; eso es un cultivo local con variedades seleccionadas, procesado propio y siglos de manejo detrás, no un permiso para comer las semillas de una planta silvestre del ribazo.
El motivo es que el género Lathyrus contiene β-ODAP, un aminoácido no proteico neurotóxico presente en cantidad variable según especie, variedad y condiciones de cultivo. El consumo continuado y en cantidad importante de Lathyrus sativus —la almorta de las gachas manchegas— está asociado al latirismo, una paraparesia espástica irreversible de las extremidades inferiores, documentada en España en episodios de hambruna y que motivó la prohibición histórica de la harina de almorta para consumo humano. Es un daño que se produce por exposición prolongada, no por un bocado, pero no hay ninguna razón para acercarse a ese terreno con una planta de jardín. Lo que se dice de la almorta comestible lo tratamos en el artículo sobre Lathyrus cicera. Aquí, la regla es simple: Lathyrus clymenum se cultiva para mirarla, para las abejas y para el suelo.
En resumen
Lathyrus clymenum es una anual trepadora ibérica de cuneta y baldío, con tallo alado, foliolos anchos abajo y lineares arriba, y una flor bicolor de estandarte carmín y alas azules entre marzo y junio. Trepa mediante un zarcillo terminal ramificado, así que necesita soporte fino y no estrangula a su vecino. Se siembra en otoño, escarificada y en su sitio definitivo, en suelo pobre y sin riego ni abono, y a partir de ahí se resiembra sola. Rinde bien en pradera de flor mediterránea y como abono verde segado en plena floración, y alimenta a abejas silvestres de lengua larga y a orugas de licénidos. Como el resto del género contiene ODAP, no es planta de consumo por mucho que se la llame almorta.