Pocos colores tan improbables salen de un montón de hojas podridas. La seta de pie azul es violeta entera —sombrero, láminas y pie— cuando está joven, y esa tonalidad, entre el lila y el azul lavanda, es lo primero que llama la atención en un carpóforo carnoso que aparece cuando el bosque ya está frío. Su nombre científico aceptado es Lepista nuda; durante décadas se publicó como Clitocybe nuda y ese binomio sigue apareciendo en etiquetas, guías y buscadores, de ahí que convivan los dos.
Antes de nada, el marco en el que hay que leer todo lo que viene después. Este texto describe una especie, no habilita para recolectarla y comerla. Lo que se lee en una pantalla o se compara con una fotografía no equivale a tener el hongo en la mano: no se percibe el olor, no se ve la esporada, no se aprecia la textura ni lo que hay en la base del pie. La determinación con vistas al consumo la firma un micólogo o una sociedad micológica, con el ejemplar completo delante y arrancado entero.
Qué se ve y qué se toca
Sombrero de cinco a quince centímetros, carnoso, primero convexo con el margen enrollado y luego extendido, a veces con una ligera depresión central y el borde ondulado en la vejez. Superficie lisa, glabra, ligeramente untuosa con humedad. El color es violeta a lila azulado en los ejemplares jóvenes y va perdiéndose con la edad y con la insolación hacia el pardo violáceo, el ocre o el pardo carne; los ejemplares viejos pueden haber perdido casi todo el violeta del sombrero mientras las láminas y el pie lo conservan.
Láminas apretadas, finas, escotadas o poco adherentes, de un violeta neto en juventud que vira a lila pálido y después a crema violáceo. Se desprenden con facilidad de la carne del sombrero al pasar el pulgar, carácter propio del género.
Pie de cuatro a diez centímetros por uno a dos y medio de grueso, cilíndrico o algo claviforme, macizo, fibriloso longitudinalmente, del mismo tono violeta que las láminas, con la base a menudo cubierta de un fieltro miceliar blanquecino o lilacino al que quedan pegadas hojas y restos.
Carne gruesa, tierna, violácea pálida, que no cambia al corte. Olor característico, fuerte y agradable, descrito como afrutado o perfumado, con un fondo que muchos autores comparan con el anís o con el zumo de frutas concentrado. Sabor dulce.
Esporada rosa crema pálido, no blanca y desde luego no parda. Este dato, obtenido sobre papel blanco con el sombrero boca abajo durante unas horas, es la comprobación que descarta de golpe al género más peligroso con el que puede confundirse.
Cómo vive: hojarasca, compost y frío
Lepista nuda no forma micorrizas. Es saprófita humícola: degrada la materia orgánica en descomposición y obtiene de ahí su carbono. Eso la libera de depender de un árbol concreto y explica dónde aparece.
Sus lugares son las capas gruesas de hojarasca bajo frondosas y coníferas —encinares, robledales, hayedos, pinares, alcornocales, choperas—, los bordes de camino con acúmulo de hojas, los setos y ribazos, los montones de compost, los restos de siega, los acolchados de jardín, los parques urbanos, los invernaderos abandonados y los depósitos de restos de poda. Prefiere suelos ricos en humus y tolera un rango amplio de pH. Con frecuencia forma corros o hileras, extendiéndose desde el punto donde el micelio colonizó el sustrato.
La temporada arranca en octubre y se prolonga hasta enero o febrero, y a veces vuelve a fructificar en primavera. Resiste el frío mejor que casi cualquier otra seta carnosa: soporta heladas ligeras, se recupera tras congelaciones nocturnas y sigue saliendo cuando el bosque ya no da nada. En la península es común en toda la mitad norte, la montaña media, las dehesas y los pinares mediterráneos, y aparece también en jardinería urbana.
La seta que sí se cultiva
Ser saprófita tiene una consecuencia interesante: se puede cultivar, cosa imposible con las especies micorrícicas como el níscalo, el boletus o la trufa negra, que necesitan un árbol vivo asociado. Lepista nuda se produce a escala artesanal y semiindustrial en Francia y en algunos países del este de Europa, y hay experiencias en España.
El procedimiento parte de compost maduro de estiércol y paja, similar al que se emplea para el champiñón pero más avanzado en su descomposición, o de sustratos a base de hojarasca compostada. Se inocula con micelio, se mantiene a temperaturas de incubación en torno a veinte grados durante varias semanas y después se induce la fructificación bajando la temperatura hasta el entorno de diez a quince grados, imitando la llegada del otoño. El ciclo es notablemente más largo que el del champiñón, los rendimientos son menos regulares y la fructificación es caprichosa, razones por las que no ha llegado a ser un cultivo masivo. Existe también el método casero de trasladar sustrato colonizado —hojarasca del rodal donde fructifica— a un montón de compost propio, con resultados desiguales.
Que exista cultivo no cambia nada respecto a lo silvestre: una seta comprada con etiqueta y una seta encontrada en el monte no plantean el mismo problema. La primera viene identificada por un productor; la segunda no viene identificada por nadie.
Cruda es tóxica
Conviene decirlo sin rodeos porque se pasa por alto: Lepista nuda cruda produce trastornos digestivos. Contiene hemolisinas termolábiles y compuestos irritantes que se degradan con el calor, de modo que la especie es comestible solo tras cocción suficiente y nunca en crudo, ni en ensalada, ni marinada, ni apenas salteada por fuera. Está documentada además intolerancia individual: hay personas que la digieren mal aun bien cocinada, algo que ocurre también con otras especies aceptadas como comestibles.
Esto no es un procedimiento para volver comestible nada tóxico. Es un dato de la propia especie. Cocinar no arregla una identificación equivocada, y las toxinas que de verdad matan —las amatoxinas— resisten el hervido, el horno, el secado y la congelación sin perder actividad.
Confusiones y la regla de la cortina
Hay una norma que vale la pena grabar antes de entrar en detalle: ninguna seta que presente cortina se recolecta sin una identificación firme hecha por quien sabe. La cortina es un velo de hilos finísimos, como una telaraña, tendido entre el borde del sombrero y el pie en los ejemplares jóvenes; al expandirse el sombrero se rompe y deja en el pie una zona anular de fibrillas que las esporas al caer tiñen de pardo herrumbre. Es el sello del género Cortinarius, y ese género contiene especies que destruyen el riñón.
Cortinarius violáceos. Cortinarius violaceus, de un violeta oscuro casi negruzco y sombrero cubierto de escamitas afieltradas, y las especies del subgénero Phlegmacium y Sericeocybe con tonos lila —C. caerulescens, C. alboviolaceus, C. traganus— comparten época, color y a veces bosque con la pie azul. Se separan por tres cosas: tienen cortina o sus restos en el pie, la esporada es pardo ferruginosa frente al rosa crema de Lepista, y las láminas maduras acaban color óxido en lugar de crema violáceo. Además son micorrícicos y salen bajo árboles, no en compost.
Cortinarius orellanus y C. rubellus. No son violáceos —tienen tonos pardo anaranjados o rojizos—, pero son el motivo de fondo de toda la advertencia. Contienen orellanina, tóxico renal sin antídoto, cuyos síntomas tardan de dos días a tres semanas en manifestarse: sed intensa, orina abundante y luego insuficiencia renal, cuando ya nadie recuerda aquella cena. Varias intoxicaciones han terminado en diálisis o trasplante. Esa latencia extrema es lo que hace inaceptable cualquier atajo con el género.
Lepista sordida. Muy parecida, más pequeña, de carne fina e higrófana, con violeta más apagado. Comestible mediocre; el error no tiene consecuencias, pero conviene saber que existe.
Lepista saeva, la pie violeta. Solo el pie es violeta, con sombrero pardo pálido, y crece en pastos abiertos, no en hojarasca. Comestible igualmente apreciado.
Mycena pura y afines. Pequeñas, frágiles, con tonos rosa violáceo y olor a rábano, contienen muscarina y otros compuestos activos. El porte grácil y la carne mínima las alejan del carpóforo carnoso de L. nuda, pero salen en los mismos rodales.
Entoloma de tonos grises azulados. Género con especies tóxicas y esporada rosa intensa; se separa por las láminas rosa asalmonado en la madurez y las esporas anguladas al microscopio.
Lo que la gente cree y no es verdad
Ninguna de estas pruebas funciona y merecen quedar retiradas de circulación. La cuchara de plata no se ennegrece ante una amanita mortal, porque sus toxinas no liberan azufre. Que caracoles, babosas, ardillas o jabalíes devoren un hongo no informa de nada sobre su efecto en una persona. El olor no es un test: hongos letales huelen bien y comestibles excelentes huelen fuerte. Pelar el sombrero no retira toxina alguna, porque no está en la cutícula sino repartida por la carne. Y cocer tirando el agua, con vinagre, con sal o con un diente de ajo, no destruye amatoxinas ni orellanina.
Qué hacer si algo va mal
Cualquier síntoma tras una comida con setas se atiende en urgencias, llevando restos del hongo —crudo, cocinado o en la basura—, porque poder identificar la especie cambia el manejo clínico. El Instituto Nacional de Toxicología responde en el 91 562 04 20 las veinticuatro horas.
La regla que hay que retener sobre los tiempos: si los síntomas aparecen pronto, en la primera o segunda hora, suele tratarse de cuadros gastrointestinales molestos pero manejables. Si aparecen tarde, la situación es grave. Las amatoxinas de Amanita phalloides, A. verna, A. virosa, ciertas Lepiota pequeñas y Galerina marginata tardan entre seis y veinticuatro horas en dar la cara, y después de la crisis digestiva sobreviene una fase de aparente mejoría de uno o dos días en la que el paciente cree haberse recuperado mientras el hígado ya está dañado. Esa mejoría es un espejismo clínico y no debe retrasar ni un minuto la llegada al hospital.
En resumen
Lepista nuda, la pie azul, publicada también como Clitocybe nuda, tiene el carpóforo entero de tonos violeta o lila en juventud, láminas escotadas que se desprenden con facilidad, carne de olor perfumado y esporada rosa crema. Es saprófita de hojarasca, compost y restos vegetales, fructifica de octubre a febrero soportando heladas, y por no depender de un árbol se cultiva sobre compost maduro con ciclos largos y rendimientos irregulares. Cruda es tóxica y exige cocción; hay personas que la toleran mal incluso cocinada. Su peligro está en los Cortinarius violáceos y en la regla que gobierna todo el género: cortina telarañosa, anillo pardo herrumbre en el pie, esporada ferruginosa y láminas color óxido significan detenerse, con la orellanina capaz de arruinar un riñón semanas después. Nada de lo aquí descrito autoriza a comer: son caracteres para entender la especie, la identificación la hace un micólogo con el ejemplar íntegro en la mano, y ante síntomas de aparición tardía se acude a urgencias con restos y se llama al 91 562 04 20.