La fecha de siembra no se elige mirando el calendario del sobre, sino preguntándole a la planta cuántas veces necesita ver el invierno. De esa única respuesta salen la época, la técnica y el resultado; equivocarla es lo que hace que un alhelí sembrado en abril acabe el año siendo una mata de hojas sin una sola flor, o que una remolacha sembrada en agosto espigue en marzo y no dé raíz.
Anual, bienal: qué son exactamente
Una anual completa el ciclo entero —germinación, crecimiento, floración, fructificación y muerte— dentro de una misma estación de crecimiento. No guarda nada para después: llegado el momento, moviliza todas las reservas hacia la semilla y muere. Es una estrategia de todo o nada.
Una bienal reparte el trabajo en dos temporadas. En la primera crece sin florecer y acumula reservas en una roseta de hojas y en una raíz engrosada. Pasa el invierno en ese estado. En la segunda emite el tallo floral, florece, fructifica y muere. La zanahoria, la remolacha, el alhelí, la digital, la dedalera de jardín, la campánula de los jardines o la lunaria son bienales.
Un apunte de vocabulario, ya que el término circula mal: lo correcto es bienal, «que dura dos años». Bianual significa «dos veces al año» y describe otra cosa por completo, aunque en el lenguaje de vivero se hayan mezclado.
Y una advertencia sobre las etiquetas. Buena parte del surtido que llega al vivero con la etiqueta de anual de temporada no lo es botánicamente: el pensamiento, el conejito, la petunia, la begonia semperflorens o el geranio son vivaces o bienales que en nuestro clima se cultivan como anuales porque no sobreviven al verano o al invierno con buen aspecto. El ciclo comercial y el ciclo biológico no coinciden.
La vernalización, que es lo que decide todo
La pregunta que hay debajo de todo esto es por qué una bienal no florece el primer año aunque tenga tamaño de sobra. La respuesta es que le falta una señal, y esa señal es el frío.
La vernalización es el proceso por el cual una exposición prolongada a temperaturas bajas hace competente a la planta para florecer. No es que el frío provoque la floración: lo que hace es levantar un bloqueo. En estado no vernalizado, el meristemo apical mantiene activo un represor de la floración; semanas de frío sostenido lo silencian de forma estable, y el bloqueo queda retirado. Después, cuando llegan los días largos y el calor de la primavera, la planta florece porque ya nada se lo impide.
Los parámetros importan, porque explican los fallos:
- El rango eficaz está aproximadamente entre 0 y 10 °C, con óptimo en torno a 4-7 °C. Ni las heladas fuertes ni los 15 °C sirven.
- La duración ha de ser de semanas, no de días: entre cuatro y diez, según la especie, y de forma acumulativa. Un golpe de frío de tres noches no vernaliza nada.
- El efecto es estable: se conserva durante las divisiones celulares posteriores, de modo que la planta «recuerda» el invierno cuando este ya ha pasado. Es uno de los ejemplos mejor estudiados de memoria epigenética en plantas.
- Se puede borrar. Una ola de calor —por encima de 25 o 30 °C— durante el proceso o poco después lo revierte parcialmente. Es la desvernalización, y explica que en inviernos anómalos algunas plantas no lleguen a florecer.
- Hay que tener tamaño para percibirlo. Este es el punto que a menudo falta. Muchas bienales solo responden al frío a partir de cierto desarrollo: un número mínimo de hojas o un diámetro mínimo de cuello. Hasta ese umbral la planta es juvenil y el frío no le hace ningún efecto.
Por qué la fecha cambia el resultado
Con esos dos requisitos —tamaño mínimo y frío suficiente— se entienden de golpe los dos accidentes clásicos.
Bienal sembrada tarde: no florece hasta el segundo año. Si la siembra se hace en primavera, la planta llega al invierno pequeña; puede que ni siquiera haya superado el umbral juvenil, y si lo ha superado justo, le falta acumular horas de frío. En la primavera siguiente sigue vegetando. Solo el segundo invierno la vernaliza, y florece en el tercer año contado desde la siembra. Ese es el motivo de que un alhelí o una campánula sembrados en abril den un año en blanco.
Bienal sembrada demasiado pronto: se sube a flor el primer año. El caso inverso, y en hortaliza el más costoso. Una remolacha, una acelga, una cebolla, un apio o una col sembrados en pleno verano llegan al otoño con tamaño de sobra, superan el umbral juvenil, reciben el invierno completo y en marzo hacen exactamente lo que su fisiología les pide: emitir el escapo floral. La raíz o el cogollo se vuelven leñosos y fibrosos, porque la planta está exportando a la flor las reservas que se pretendía cosechar. Eso es espigar, y en el vocabulario hortícola se le llama subida a flor prematura. La única prevención es la fecha: sembrar lo bastante tarde para que la planta cruce el invierno por debajo del umbral, o elegir variedades seleccionadas por su resistencia a la subida.
Un matiz español que conviene tener presente. En el litoral mediterráneo y en el sur, con inviernos de mínimas de 8 a 12 °C, algunas bienales de origen centroeuropeo no acumulan frío suficiente y se quedan vegetando indefinidamente o florecen mal: le pasa a la digital, a la Campanula medium y a algunos alhelíes. En Castilla, en Aragón o en el norte, en cambio, vernalizan sin problema. Y a la inversa: en el interior frío, siembras de otoño de anuales delicadas se pierden con las primeras heladas de noviembre.
Anuales de estación fría y anuales de estación cálida
Dentro de las anuales hay otra división que decide la fecha, y es la temperatura a la que la especie vegeta y florece bien.
Las anuales de estación fría germinan con suelo a 10-15 °C, crecen durante el otoño y el invierno y florecen en primavera, y se rinden con el primer calor serio de junio. Muchas son de origen mediterráneo, con lo que su ciclo natural es exactamente ese. Entran aquí la amapola (Papaver rhoeas), el aciano (Centaurea cyanus), la espuela de caballero (Consolida ajacis), la caléndula, el aliso de mar (Lobularia maritima), la Nigella damascena, la amapola de California (Eschscholzia californica), el guisante de olor (Lathyrus odoratus) y la Nemophila. El pensamiento y la viola, aunque sean bienales, se manejan en este grupo.
Las anuales de estación cálida necesitan suelo por encima de 15-18 °C para germinar y no toleran heladas. Se siembran cuando ha pasado el riesgo de helada y dan su mejor momento en pleno verano: Tagetes, Zinnia, Cosmos, Celosia, Gomphrena, Portulaca grandiflora, Amaranthus, girasol, don Diego de noche, campanilla (Ipomoea), Salvia splendens, Nicotiana, petunia e Impatiens.
Sembrar una de estación fría en mayo produce una planta que apenas levanta un palmo y florece dos semanas antes de morir. Sembrar una de estación cálida en octubre produce, sencillamente, nada.
El calendario que se deduce de todo esto
Agosto y septiembre. Siembra de bienales de flor —alhelí, digital, campánula, Dianthus barbatus, Myosotis, lunaria, malvarrosa— en semillero a la sombra. Se trasplantan en octubre o noviembre a su sitio definitivo, para que lleguen al frío con roseta hecha y florezcan la primavera siguiente.
Octubre y noviembre. Siembra directa de anuales de estación fría en el litoral, en Andalucía y en Levante, y también de la pradera de flor. Es la mejor época del año para estas especies: aprovechan las lluvias, enraízan durante todo el invierno y florecen antes y más que las de primavera.
Diciembre y enero. Mes de parón. Como mucho, siembras en invernadero frío de anuales de ciclo largo que se quieren tener listas pronto.
Febrero y marzo. En el interior peninsular, siembra de las anuales de estación fría que no se pudieron hacer en otoño. Y arranque en semillero protegido de las de estación cálida de ciclo largo: petunia, begonia, Salvia, Lobelia, Impatiens.
Abril y mayo. Pasado el riesgo de helada —principios de abril en el litoral sur, mediados de mayo en la meseta norte, finales de mayo en zonas de montaña—, siembra directa de las anuales de estación cálida y trasplante de las que se criaron en semillero.
Junio y julio. Solo siembras escalonadas de Zinnia, Cosmos y girasol para prolongar la floración hasta octubre, y siempre con riego asegurado.
Siembra directa o semillero
La decisión también depende de la planta, y en concreto de su raíz.
Siembra directa obligada para todas las que hacen raíz pivotante y no toleran que se les toque: amapola, Eschscholzia, Consolida, Nigella, girasol, capuchina, guisante de olor, altramuz, y en huerta zanahoria, chirivía y nabo. Trasplantarlas produce plantas raquíticas o directamente bifurcadas en el caso de las raíces comestibles. Se siembra a voleo o en líneas, se cubre con una capa de tierra fina de un espesor equivalente a dos o tres veces el grosor de la semilla —las muy finas, apenas presionadas contra el suelo—, y se aclara sin piedad cuando tienen dos o tres hojas verdaderas. No aclarar es el fallo más frecuente en siembra directa: veinte plantas apretadas dan menos flor que cinco espaciadas.
Semillero para las de semilla muy fina y cara, germinación lenta o ciclo largo: petunia, begonia, Lobelia, Impatiens, Salvia, Antirrhinum, y en huerta tomate, pimiento, berenjena, col, puerro y apio. Sustrato específico de siembra, tamizado y pobre; riego por capilaridad desde abajo para no desenterrar la semilla; temperatura estable; y trasplante a alveolo individual cuando aparecen las primeras hojas verdaderas. Antes de llevarlas al exterior, una semana de endurecimiento: sacarlas unas horas al día y aumentar la exposición progresivamente, para que la cutícula engrose y no se quemen.
Un detalle que ahorra fracasos: algunas semillas necesitan luz para germinar y no deben cubrirse —Lobularia, petunia, Antirrhinum, Nicotiana, escabiosa al contrario, que la necesita oscura—, y otras necesitan frío previo para romper la dormición, lo que en la práctica se resuelve sembrándolas en otoño y dejando que el invierno haga el trabajo.
Después de la siembra
Dos operaciones sostienen la floración de una anual. La primera es el despunte: pinzar el brote apical cuando la planta tiene cuatro o cinco pares de hojas rompe la dominancia apical y multiplica los tallos florales. Funciona muy bien en Cosmos, Zinnia, Tagetes, Antirrhinum y albahaca; no debe hacerse en las que dan una sola flor terminal, como el girasol de un tallo.
La segunda es retirar las flores marchitas antes de que fructifiquen. Una anual florece para producir semilla; en cuanto la produce, cumple su programa y se apaga. Cortando los frutos en formación se la mantiene floreciendo semanas o meses más. Y al final de la temporada, dejar madurar unos pocos capítulos o cápsulas asegura la resiembra espontánea del año siguiente, que en especies como el aliso, la caléndula, la amapola o la Nigella convierte el macizo en algo que se mantiene solo.
En resumen
Una anual cierra su ciclo en una estación; una bienal crece el primer año, guarda reservas y florece el segundo. Lo que separa una fase de otra es la vernalización: semanas de frío entre 0 y 10 °C que retiran el bloqueo de la floración, con efecto estable pero reversible por el calor, y solo eficaces si la planta ha superado antes un tamaño mínimo. De ahí que una bienal sembrada tarde pierda un año entero y una sembrada demasiado pronto espigue en la primavera del primero, arruinando la raíz o el cogollo. A eso se suma la división entre anuales de estación fría, que se siembran en otoño y florecen en primavera, y anuales de estación cálida, que esperan a que pase la helada. Con esos dos criterios el calendario sale solo: bienales en semillero a final de verano, anuales frías en otoño, anuales cálidas después de la última helada. Y siembra directa siempre que la planta tenga raíz pivotante.