Un par de guijarros moteados que resultan ser una planta entera, una hoja cortada a cuchillo con la punta transparente, un tronco hinchado del que sale una rama fina, un cuerpo cubierto de pelo blanco como el de un anciano. Las suculentas producen formas que no parecen vegetales, y ninguna de ellas es un capricho: cada rasgo raro resuelve un problema concreto en un sitio donde el agua es escasa y ser comido es probable.

Las piedras vivas

Lithops, del griego lithos, piedra, y ops, aspecto, agrupa unas cuarenta especies del sur de África, dentro de la familia Aizoaceae. Cada planta es un par de hojas fusionadas casi por completo, con una fisura entre ambas, que forman un cuerpo con forma de cono invertido enterrado en el suelo. Solo asoma la cara superior, plana, moteada, veteada o punteada, y con un colorido que reproduce el de las piedras del terreno donde crece.

La reproducción del entorno es sorprendentemente precisa: poblaciones de una misma especie separadas por pocos kilómetros presentan patrones distintos, cada uno ajustado al sustrato local, sea cuarcita blanca, esquisto oscuro o granito rosado. Existen estudios que han medido esa correspondencia comparando el color de la planta con el del suelo y con el de otras plantas del mismo grupo, y el ajuste es mejor de lo que cabría esperar por azar. La interpretación es el criptismo: no ser detectado por los herbívoros. En un paisaje donde una hoja jugosa es agua y comida, pasar por piedra tiene un valor de supervivencia obvio.

Pero el enterramiento no responde solo a eso. Un cuerpo hundido en el sustrato está protegido de la radiación y de las diferencias térmicas del aire, y expone al exterior una superficie mínima, lo que reduce muchísimo la pérdida de agua. Los Lithops se sirven de raíces contráctiles, capaces de acortarse y tirar de la planta hacia abajo, para mantener esa posición a lo largo de los años.

La cara superior expuesta no es opaca: contiene una ventana, una región de tejido translúcido sin clorofila que conduce la luz hacia las capas fotosintéticas situadas en las paredes internas del cuerpo. Sin ella, una planta enterrada estaría a oscuras.

En cultivo, el Lithops es exigente por su ciclo, no por sus cuidados. Crece en otoño, florece con una flor amarilla o blanca que ocupa casi todo el cuerpo, pasa el invierno en reposo y en primavera realiza una muda: el par de hojas nuevas emerge por la fisura absorbiendo el agua y las reservas del par viejo, que se arruga y se convierte en una funda de papel. Durante esa muda no se riega en absoluto, y ese es el punto donde se pierden más ejemplares.

Lithops, piedras vivas, camufladas entre el sustrato

Las de ventana enterradas

La combinación de vida subterránea y ventana translúcida ha aparecido varias veces de forma independiente, en familias sin parentesco cercano, que es la firma de una solución eficaz.

Fenestraria rhopalophylla, aizoácea de Namibia y Namaqualandia, produce hojas cilíndricas erguidas y agrupadas, enterradas en la arena, con el extremo superior aplanado y casi transparente. En su medio solo se ven en superficie esos discos, como un mosaico de lentes; toda la luz que la planta usa entra por ahí. La subespecie aurantiaca, de flor naranja, es la que se cultiva.

Haworthia truncata, asfodelácea sudafricana, resuelve lo mismo con otra geometría: sus hojas se disponen en dos filas opuestas, como las páginas de un libro abierto, y están cortadas transversalmente en el ápice, con una cara superior plana y translúcida. El aspecto es el de una planta a la que alguien ha rebanado la parte de arriba con una cuchilla. Haworthia maughanii hace lo mismo con las hojas dispuestas en círculo, y Haworthia cooperi presenta hojas casi enteras traslúcidas, hinchadas como pompas.

Un detalle que conviene tener presente al cultivarlas: en la naturaleza estas plantas viven con solo la ventana asomando, y en maceta se venden con todo el cuerpo por encima del sustrato, expuesto a una luz para la que no está diseñado. Enterrarlas hasta el nivel de la ventana no es obligatorio, pero sí conviene darles sombra tamizada y no pleno sol, o el tejido se quema y se pone rojizo y opaco.

Las caudiciformes

Un caudiciforme es una planta con la base del tallo o de la raíz engrosada en un órgano de reserva leñoso, del que brotan tallos o guías finas y a menudo caducas. La estrategia es distinta a la de las hojas suculentas: en lugar de repartir el agua por todo el cuerpo, se concentra en una despensa central y se sacrifica el resto cuando llega la sequía.

Eso permite comportamientos que parecen contradictorios. Dioscorea elephantipes, la pata de elefante sudafricana, forma un tubérculo semiesférico de hasta un metro, recubierto de placas corchosas poligonales que le dan aspecto de caparazón de tortuga, y de él sale cada temporada una trepadora herbácea de hojas acorazonadas que muere al terminar el ciclo. El tubérculo puede tener décadas; la planta verde, meses.

Otras conocidas son Adenium obesum, la rosa del desierto, con su caudex en el cuello de la raíz —cuya formación como bonsái tiene su propio artículo en el sitio—; Pachypodium lamerei, malgache, con tronco espinoso y penacho de hojas; Fockea edulis, de caudex rugoso y grisáceo; y Cyphostemma juttae, un pariente suculento de la vid con corteza que se desprende en tiras de papel.

El corcho y la corteza gruesa de muchos caudex no son casuales: aíslan térmicamente el tejido de reserva y ofrecen resistencia frente al fuego y frente a los animales que excavan buscando agua.

Las que imitan piedras, y las que imitan otra cosa

El criptismo de Lithops tiene versiones en otros géneros de aizoáceas, con recursos distintos. Pleiospilos nelii forma un par de hojas gruesas, hendidas y de color gris verdoso salpicado de puntos oscuros, y de lejos parece un canto rodado partido. Titanopsis calcarea lleva la imitación más lejos: los extremos de sus hojas están cubiertos de tubérculos blanquecinos e irregulares que reproducen el aspecto de la caliza y del cuarzo entre los que vive, y que además reflejan la radiación. Argyroderma y Gibbaeum añaden sus propias variaciones sobre el mismo tema.

Con lo de imitar excrementos conviene ser preciso, porque circulan dos cosas distintas. Que algunos cuerpos suculentos crípticos —ciertos Conophytum, algunos Lithops de tonos pardos— recuerden a deyecciones de ave o de mamífero es una observación repetida y una hipótesis razonable dentro del mismo marco del criptismo: parecer algo no comestible funciona igual de bien que parecer una piedra. Pero es una hipótesis con mucho menos respaldo experimental que el ajuste al color del sustrato, y conviene presentarla como tal.

Lo que sí está bien documentado es un mimetismo de olor y aspecto que va en la dirección contraria, es decir, para atraer y no para ahuyentar. Las estapelias y sus parientes —Stapelia gigantea, Orbea variegata, Huernia, Caralluma, todas apocináceas suculentas sin hojas— producen flores carnosas, moteadas de pardo y amarillo, cubiertas de pelos y con un fuerte olor a carne descompuesta. El conjunto imita un cadáver o una deposición para atraer moscas, que acuden a poner huevos y de paso transportan el polen. Es un caso clásico de sapromiofilia. Quien cultive una estapelia en el interior de casa descubrirá el mecanismo el día que abra la flor.

Y la mejor demostración conocida de mimetismo fecal en plantas no viene de una suculenta, sino de las semillas de Ceratocaryum argenteum, una hierba sudafricana cuyos frutos redondos, pardos y olorosos engañan a los escarabajos peloteros, que los entierran creyendo que son excremento de antílope y así los dispersan.

Las peludas y las empolvadas

Aquí hay dos mecanismos que se confunden con frecuencia porque producen el mismo efecto visual, un aspecto blanquecino o aterciopelado, y que son cosas distintas.

Los tricomas son pelos epidérmicos, prolongaciones de células vivas o muertas. Kalanchoe tomentosa, la planta panda, tiene las hojas cubiertas de una felpa densa con los bordes rematados en pardo. Echeveria setosa y Echeveria pulvinata están erizadas de pelos blancos. Cephalocereus senilis, el viejo de México, está envuelto en largas melenas blancas que son en realidad espinas modificadas, transformadas en filamentos flexibles. Espostoa lanata hace lo mismo en Perú.

Las funciones de esa cubierta son varias y actúan a la vez: reflejar parte de la radiación solar, sobre todo la ultravioleta, que a gran altitud o en desiertos abiertos es intensa; retener una capa de aire quieto junto a la superficie de la planta, lo que reduce la transpiración al frenar el viento que se lleva el vapor; aislar frente a las heladas nocturnas, un problema real en los desiertos de altura; y dificultar el acceso de insectos herbívoros. En algunas especies de zonas de niebla los pelos condensan agua atmosférica.

Distinto es el caso de la pruina o farina, que no está formada por pelos sino por ceras epicuticulares, cristales microscópicos segregados sobre la superficie de la hoja. Dudleya pulverulenta, de California y Baja California, es el ejemplo extremo: sus rosetas están recubiertas de un polvo blanco tan denso que la planta parece de yeso. Las echeverias azuladas y Pachyphytum oviferum tienen la misma capa, más fina.

La diferencia práctica es importante: la pruina se borra al tocarla y no se regenera en esa hoja. Una huella dactilar sobre una Dudleya permanece visible durante toda la vida de la hoja, y además deja ese punto sin protección frente a la radiación. Estas plantas se manipulan por la maceta, y se riegan por la base, sin mojar la roseta.

Haworthia truncata con las hojas cortadas y translúcidas en el ápice

Comprarlas sin contribuir al expolio

Casi todas las plantas de este artículo comparten un problema serio: son de crecimiento lentísimo, de distribución muy restringida —a veces unos pocos kilómetros cuadrados— y muy cotizadas por coleccionistas. Esa combinación las convierte en objetivo de la recolección ilegal.

El caso más grave de los últimos años afecta a los Conophytum de Namaqualandia y del Karoo Succulento, en Sudáfrica: desde 2019 se han intervenido cientos de miles de ejemplares arrancados de su medio, con poblaciones enteras eliminadas y varias especies llevadas al borde de la extinción en cuestión de meses. Antes ocurrió algo parecido con Dudleya farinosa en la costa de California, con envíos de miles de rosetas arrancadas de los acantilados. Y los Ariocarpus y otros cactus mexicanos llevan décadas sufriendo lo mismo.

Toda la familia Cactaceae, todos los Aloe, las Euphorbia suculentas, los Pachypodium y los Adenium socotranum, entre otros, figuran en el Apéndice II del convenio CITES, lo que somete su comercio internacional a permisos. Otros géneros muy expoliados, como Conophytum, no están incluidos, y esa laguna forma parte del problema.

Comprar bien no es difícil. Conviene adquirir en viveros especializados que declaren propagación propia, semilla o esqueje, y desconfiar de las ventas de particulares por internet a precios llamativos para especies raras. Hay señales físicas que delatan a un ejemplar arrancado del campo: raíces cortadas o ausentes, cuerpo curtido y con marcas de intemperie que no encajan con una vida en invernadero, restos de sustrato mineral distinto del comercial, tamaño grande en una especie de crecimiento lento y precio bajo. Una planta de semilla, en cambio, llega con cepellón entero, forma regular y tamaño coherente con su edad.

Un apunte sobre manejo: varias de las que aquí aparecen son tóxicas o irritantes. Las Euphorbia suculentas segregan un látex cáustico que daña la piel y sobre todo los ojos, con lesiones oculares serias documentadas; se manipulan con guantes y ante un contacto ocular hay que ir a urgencias. Las estapelias y los Adenium tienen savia irritante. Ninguna de estas plantas tiene uso alimentario ni medicinal, y su interés es exclusivamente el de mirarlas.

En resumen

Las rarezas del mundo suculento responden a presiones concretas. Lithops se entierra y copia el color de las piedras locales para no ser detectado y para exponer la mínima superficie, y compensa el enterramiento con una ventana translúcida que conduce la luz hacia dentro; Fenestraria y Haworthia truncata resuelven lo mismo con otra geometría. Las caudiciformes concentran el agua en un órgano leñoso y sacrifican la parte verde cada temporada. Pleiospilos y Titanopsis repiten el camuflaje mineral, mientras que las estapelias imitan carroña, pero para atraer moscas polinizadoras y no para ahuyentar herbívoros. Y el aspecto blanquecino de las peludas responde a dos mecanismos distintos: tricomas, que reflejan la luz y frenan la transpiración, y ceras epicuticulares, que se borran con un dedo y no vuelven. Casi todas son lentas, localizadas y objeto de expolio: hay que comprarlas de cultivo.


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