Camina por cualquier paseo litoral español y haz el inventario: palmeras canarias y datileras, jacarandás, buganvillas, aloes, agaves, chumberas, plumbagos, hibiscos, plátanos de sombra, eucaliptos, pitósporos. De esa lista, ninguna especie es nativa de la península. El jardín mediterráneo que se percibe como típico y de siempre es, en realidad, un depósito de cinco siglos de importaciones, y cada planta llegó por una ruta concreta, en una fecha concreta y por un motivo concreto.

Esa es la historia que cuenta este artículo. Qué significa exactamente «exótica» y en qué se diferencia de naturalizada y de invasora está explicado en otro artículo de la sección; aquí interesa el cómo llegaron.

1492 y el intercambio colombino

El movimiento de plantas entre América y Eurasia a partir del viaje de 1492 fue el mayor trasvase biológico de la historia documentada, y España estuvo en el centro por razones geográficas y políticas. Sevilla concentró el tráfico de la Carrera de Indias durante dos siglos, y los primeros ensayos de aclimatación se hicieron en los alrededores del Guadalquivir y en Canarias, que funcionaron como escala obligada y como laboratorio.

Lo que llegó en las primeras décadas cambió la agricultura europea: el maíz (Zea mays), la patata (Solanum tuberosum), el tomate (Solanum lycopersicum), el pimiento (Capsicum annuum), la judía (Phaseolus vulgaris), la calabaza, el cacao, el tabaco, el girasol. La adopción fue lenta y desigual: el tomate se cultivó en Italia y España como ornamental durante décadas antes de que se comiera con normalidad, y la patata tardó más de dos siglos en dejar de ser sospechosa en buena parte de Europa.

Para el jardín interesan sobre todo tres grupos que llegaron entonces y que hoy definen el paisaje del sur y del levante.

Las cactáceas y las agaváceas. La chumbera (Opuntia ficus-indica), mesoamericana, está documentada en España desde comienzos del siglo XVI. Se difundió como seto vivo, como alimento y sobre todo como soporte de la cochinilla del carmín, cuyo cultivo fue un negocio de primer orden en Canarias hasta que aparecieron los tintes sintéticos. Los agaves (Agave americana, Agave sisalana) siguieron un camino paralelo, por la fibra y por el ornamento.

La pita, el aloe y la crasa de balcón. Aquí conviene una precisión que se confunde a menudo: los aloes no son americanos sino africanos, y llegaron por la ruta de África y de Oriente, no por la de Indias.

Los frutales tropicales americanos que se ensayaron en Canarias y en la costa andaluza: el aguacate, la chirimoya (Annona cherimola), la guayaba. El cultivo comercial es muy posterior, ya del siglo XX, pero la introducción es antigua.

El movimiento fue en las dos direcciones. A América viajaron el trigo, la vid, el olivo, los cítricos, la caña de azúcar —que a su vez había llegado a España desde Asia por vía árabe—, el plátano y el café. Es imposible entender la agricultura del Caribe o del Pacífico americano sin ese trasvase.

Los galeones de Manila y la ruta del Pacífico

Entre 1565 y 1815, un galeón anual cubrió la ruta entre Manila y Acapulco. Se conoce sobre todo por la plata y por la seda, pero también movió plantas, y en un sentido poco esperado: llevó especies americanas a Asia y trajo asiáticas a América, desde donde algunas siguieron hasta la península.

Por esa ruta viajaron a Filipinas el maíz, la batata, el cacao, la piña, la papaya y la guayaba, que hoy forman parte del paisaje agrícola del sudeste asiático hasta el punto de parecer autóctonas allí. En sentido contrario llegaron a Nueva España el mango, el tamarindo y varias palmeras, y con ellos el gusto por lo asiático que después se difundió por el imperio.

La escala americana importa por una razón práctica: una planta viva no sobrevivía sin más a una travesía de meses. Se transportaban semillas, esquejes en cajones de tierra, plantas en tiestos que había que regar con un agua dulce que escaseaba a bordo. La tasa de fracaso era altísima y solo pasaban las especies robustas o las que viajaban en forma de semilla seca. Esa limitación técnica condicionó durante trescientos años qué podía introducirse y qué no.

Los jardines botánicos de la Ilustración

El siglo XVIII cambia el planteamiento. Introducir plantas deja de ser un asunto de comerciantes y de misioneros y se convierte en política de Estado, con instituciones dedicadas y con método.

El Real Jardín Botánico de Madrid, fundado en 1755 en Migas Calientes y trasladado en 1781 al Paseo del Prado por orden de Carlos III, fue la pieza central. Su función no era decorativa: recibía, clasificaba y ensayaba el aclimatado de las plantas que llegaban de las expediciones, y desde allí se redistribuían a otros jardines y a cultivadores.

Flor de Strelitzia reginae, sudafricana introducida en el siglo XVIII

Las expediciones botánicas españolas de ese siglo fueron de una ambición notable. La Expedición Botánica al Virreinato del Perú y Chile (1777-1788), dirigida por Hipólito Ruiz y José Pavón, reunió miles de descripciones y dio nombre a géneros que siguen vigentes. La Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (1783-1816), de José Celestino Mutis, produjo una colección de láminas que está entre las mejores del mundo. La Expedición Malaspina (1789-1794) recorrió el Pacífico entero. Y la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, aunque su objeto era la viruela, movió también material vegetal.

De esa época y de ese circuito de jardines europeos —Madrid, Kew, París, Ámsterdam— proceden algunas plantas que hoy están en cualquier vivero español. La Strelitzia reginae, sudafricana, se describió en 1788 en Kew y se difundió desde allí. Las Pelargonium del Cabo, que llamamos geranios, llegaron a Europa en el XVII y se popularizaron en el XVIII. Las camelias, asiáticas, entraron por Portugal y se aclimataron espléndidamente en Galicia, donde forman parte del paisaje de pazo.

La caza de plantas del siglo XIX

El XIX es el siglo de los recolectores profesionales. Viveros comerciales británicos, sobre todo la casa Veitch, y grandes jardines públicos financiaron a hombres que se pasaban años en China, en Japón, en los Andes o en Borneo buscando novedades para vender. Se les llamó cazadores de plantas y su trabajo era duro, mal pagado y con frecuencia mortal.

Robert Fortune sacó de China el té y con él una parte de la flora de jardín china. Joseph Hooker recorrió el Himalaya y trajo los rododendros que transformaron los jardines atlánticos europeos. David Douglas recolectó en el noroeste americano las coníferas —el abeto de Douglas, el pino de Monterrey— que después se plantaron masivamente en repoblaciones y en parques. Richard Spruce pasó quince años en el Amazonas y en los Andes.

Detrás de ese esfuerzo hubo casi siempre un móvil económico. La búsqueda de la quina (Cinchona), fuente del único tratamiento eficaz contra la malaria, movilizó expediciones durante décadas y terminó con semillas sacadas de Sudamérica para plantarlas en la India y en Java. El caucho (Hevea brasiliensis) siguió el mismo camino hacia Malasia. El mismo esquema, con orquídeas: la fiebre europea por ellas llegó a arrasar poblaciones enteras, porque los recolectores talaban árboles para descolgar las epífitas y a veces destruían el resto para que nadie más pudiera volver.

La caja de Ward, el invento que lo hizo posible

Nada de lo anterior habría dado el resultado que dio sin un artefacto sencillo que resolvió el cuello de botella del transporte.

Hacia 1829, el médico londinense Nathaniel Bagshaw Ward observó por casualidad que un helecho germinado dentro de un frasco de vidrio tapado, donde criaba una crisálida, se mantenía verde durante meses sin recibir agua. El vapor transpirado condensaba en el cristal y volvía al sustrato: un ciclo cerrado. De ahí desarrolló la caja de Ward, un cajón de madera con tapa de vidrio, hermético, que hacía las veces de invernadero portátil.

La primera prueba en 1833 envió helechos y gramíneas a Sídney y trajo plantas australianas de vuelta, todas vivas. El cambio fue radical. Antes, la supervivencia de las plantas vivas embarcadas en travesías largas era de alrededor del 5 %; con las cajas de Ward subió por encima del 80 %, sin necesidad de riego ni de cuidados a bordo, protegidas del salitre y del viento.

Las consecuencias exceden con mucho la jardinería. Con cajas de Ward se trasladaron a la India los plantones de té que rompieron el monopolio chino; con ellas viajaron la quina a Java y el caucho de Kew a Singapur, dos movimientos que reconfiguraron economías enteras. Y con ellas se llenaron los invernaderos europeos de plantas tropicales que hasta entonces solo se conocían por dibujos, lo que a su vez alimentó la moda victoriana de los helechos y de las palmeras de salón. La planta de interior, como categoría comercial, nace de esa combinación de caja de Ward, vidrio barato y calefacción de carbón.

Lo que resultó de todo esto: el jardín mediterráneo actual

El resultado acumulado de cinco siglos es un jardín español cuya paleta habitual es en su mayoría americana y sudafricana, con un componente asiático y australiano importante.

De América: jacarandá (Jacaranda mimosifolia), buganvilla (Bougainvillea spp.), agaves, chumberas, Yucca, Lantana camara, Tagetes, dalias, petunias, Cosmos, Salvia ornamentales, Washingtonia, tipuana, ceiba, ombú, aguacate, chirimoyo, Nicotiana, la flor de Pascua.

De Sudáfrica y del Cabo: Pelargonium, Strelitzia, Agapanthus, Freesia, Gazania, Osteospermum, Plumbago auriculata, Carpobrotus, aloes, Clivia, Gladiolus, Crocosmia. La región floral del Cabo tiene un clima de veranos secos e inviernos lluviosos casi calcado del mediterráneo, y por eso sus plantas se comportan aquí como si estuvieran en casa. Es la razón de su éxito.

De Asia: camelias, hortensias, azaleas, glicinia, Nandina, Pittosporum tobira, Photinia, Trachycarpus fortunei, cítricos, níspero japonés, kaki, crisantemos, peonías.

De Australia: eucaliptos, mimosas (Acacia dealbata y otras), Callistemon, Grevillea, Melaleuca.

De Canarias, que para la península es flora foránea aunque sea territorio español: la palmera canaria (Phoenix canariensis), el drago, las Aeonium, el tajinaste.

Frente a esa lista, la flora nativa mediterránea presente en jardinería es corta: encina, olivo, algarrobo, mirto, lentisco, adelfa, romero, lavanda, tomillo, jara, madroño, laurel. Se ha revalorizado en los últimos veinte años por razones de consumo de agua, y con motivo, pero durante mucho tiempo se consideró plantón de monte y no material de jardín.

La introducción de hoy es otra cosa

El contraste con la situación actual es lo que da sentido a toda esta historia.

Aquellas introducciones eran deliberadas, documentadas y lentas. Un ejemplar viajaba meses, pasaba por un jardín botánico, se ensayaba, se propagaba y se distribuía. El número de especies que entraban al año era pequeño y había tiempo para observar cómo se comportaban.

Hoy el flujo es masivo, rápido y en buena parte involuntario. Entran semillas mezcladas en lotes de grano, propágulos en el agua de lastre de los barcos, esquejes en el sustrato de plantas de importación, fragmentos en la maquinaria agrícola y en el calzado. Un contenedor tarda semanas donde un galeón tardaba meses, y un avión, horas. El resultado es que llegan especies que nadie eligió y que pasan inadvertidas hasta que aparecen naturalizadas.

Y a esa vía se suma la jardinería como fuente principal de plantas invasoras. Una parte considerable de las especies vegetales invasoras registradas en Europa entró como ornamental y escapó de los jardines. En España el catálogo es conocido: Carpobrotus edulis tapizando dunas y acantilados y desplazando a la flora litoral, Ailanthus altissima colonizando cualquier terreno removido, Cortaderia selloana —el plumero de la Pampa— extendida por la cornisa cantábrica, Eichhornia crassipes obstruyendo el Guadiana, Arundo donax en todas las riberas, Acacia dealbata en el noroeste tras cada incendio, Oxalis pes-caprae en los cultivos del sur.

El Real Decreto 630/2013 y sus actualizaciones prohíben en España la comercialización y la plantación de las especies incluidas en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, y varias que fueron habituales en viveros ya no se pueden vender. Comprobar el catálogo antes de plantar algo vigoroso y desconocido es lo mínimo, sobre todo si el jardín linda con monte, con una ribera o con la costa.

La lección de los cinco siglos anteriores es que introducir plantas nunca fue neutro: dio de comer a Europa con la patata y el maíz, y también dejó problemas que seguimos gestionando. La diferencia es que ahora sabemos que ocurre.

En resumen

El jardín español actual se construyó en cinco oleadas. El intercambio colombino trajo desde 1492 la agricultura americana y las cactáceas y agaves que definen el paisaje del sur. Los galeones de Manila movieron plantas entre Asia y América durante dos siglos y medio, limitados siempre por la dificultad de mantener vivo un vegetal en travesía. La Ilustración institucionalizó el asunto con el Real Jardín Botánico y las grandes expediciones de Ruiz y Pavón, Mutis y Malaspina. El siglo XIX puso a recolectores profesionales a buscar novedades por encargo comercial. Y la caja de Ward, inventada hacia 1829, elevó la supervivencia en el transporte de un 5 % a más del 80 %, lo que hizo posible tanto los invernaderos victorianos como el traslado del té, la quina y el caucho entre continentes. De ahí vienen el jacarandá, la buganvilla, el agapanto, la camelia y el eucalipto que damos por propios. Frente a aquellas introducciones lentas y deliberadas, las de hoy son rápidas y a menudo accidentales, y la jardinería es la vía de entrada principal de las plantas invasoras.


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