Cuatro cosas matan suculentas en las terrazas españolas, y ninguna de las cuatro es olvidarse de regar. Son un sustrato que se queda húmedo, un riego mal repartido, regar en el momento en que la planta está parada, y una ventana que da menos luz de la que parece. Cada una tiene un síntoma reconocible y una corrección concreta, y de eso trata este artículo. La fisiología —el tejido acuífero, el CAM, por qué estas plantas están construidas así— está contada en Plantas suculentas, y aquí la damos por sabida.

Sempervivum arachnoideum en roca

Fallo uno: un sustrato que retiene agua

El síntoma. La planta se ablanda por la base. El tallo se vuelve translúcido, marrón o negro justo por encima del cuello, y al tirar suavemente de la roseta esta se separa. Las hojas inferiores amarillean y se desprenden al menor roce, con la base blanda y no seca. Cuando esto se ve, la raíz lleva semanas perdida.

Por qué pasa. La turba rubia de saco, que es lo que suele venir en la maceta de vivero, está diseñada para retener humedad. Una vez mojado tarda días en soltarla, y si se seca del todo se vuelve hidrófobo y el agua le resbala por los lados sin mojar el cepellón. Ninguna de las dos situaciones le sirve a una raíz suculenta, que necesita mojarse rápido y secarse rápido, con aire entre riego y riego.

La corrección. Un sustrato con al menos la mitad de material mineral. La mezcla que funciona en clima peninsular es un tercio de sustrato universal o fibra de coco, un tercio de arena de sílice gruesa o gravilla de 2 a 5 milímetros, y un tercio de un árido poroso: pómice, arlita machacada, akadama o picón volcánico. La arena de playa no vale, por la sal y por lo fina —compacta en lugar de drenar—. La perlita cumple, aunque flota y acaba en la superficie.

La maceta importa tanto como la mezcla. Barro sin esmaltar por delante del plástico: transpira por la pared y acorta el ciclo de secado varios días. Agujero de drenaje siempre, y nada de plato con agua estancada debajo. Y maceta ajustada al cepellón: en un tiesto grande la tierra que la raíz no ocupa se queda mojada semanas.

Fallo dos: mucha agua de una vez y luego nada

El síntoma. Es doble y desconcertante, porque la planta muestra a la vez señales de exceso y de falta. Hojas arrugadas y blandas —no arrugadas y firmes, que sería sed limpia—, crecimiento detenido, puntas secas, y de fondo una raíz que ha ido perdiendo pelos absorbentes en cada tanda de encharcamiento y ya no absorbe bien cuando le llega agua.

Por qué pasa. Existe la idea de que una suculenta se riega a fondo y se olvida un mes. Eso vale para un cactus de invierno en reposo, pero no para una planta en crecimiento activo. La raíz suculenta es fina y delicada; ahogada en un cepellón saturado se asfixia en dos o tres días, y si después pasa cuatro semanas en polvo seco, se atrofia. La planta gasta entonces sus reservas de hoja para mantenerse, y esas hojas se arrugan.

La corrección. Durante el crecimiento, poca cantidad y con frecuencia: regar hasta que salga agua por el agujero, sí, pero volver a hacerlo en cuanto el sustrato esté seco en profundidad, sin dejar semanas de sequía por delante. Con una mezcla mineral en maceta de barro, eso son unos siete a diez días en abril y mayo, y puede bajar a cuatro o cinco en pleno julio si la planta está creciendo y a pleno sol.

La comprobación fiable no es tocar la superficie, que engaña. Es hundir un palo de brocheta de madera hasta el fondo, sacarlo y mirar: si sale con tierra pegada u oscurecida, todavía hay humedad abajo. También sirve el peso de la maceta, que se aprende en dos o tres riegos.

Y el agua, siempre al sustrato y nunca sobre la roseta. El agua que se queda entre las hojas de una Echeveria o un Sempervivum pudre el centro y arrastra la cera protectora. En zonas de agua muy caliza conviene alternar con agua de lluvia o filtrada, o al menos aceptar los cercos blancos en la hoja.

Fallo tres: regar en el reposo, que en muchas es el verano

El síntoma. La planta llevaba meses estupenda, llega julio, se riega igual que en mayo y en dos semanas se descompone por el cuello. O aguanta, pero pierde todas las hojas exteriores y queda hecha un palo con un moño arriba.

Por qué pasa. Aquí está la trampa. El calendario del jardinero español dice que en verano se riega más, y para la mayoría de las plantas es cierto. Pero muchas suculentas no descansan en invierno, sino en verano, porque vienen de climas mediterráneos del hemisferio sur o del norte de África donde la lluvia cae en la estación fresca y el verano es la estación imposible.

Son suculentas de crecimiento invernal, que se paran de junio a septiembre: los Aeonium canarios y marroquíes, que cierran sus rosetas en un puño apretado y sueltan las hojas de abajo —eso no es que se estén muriendo, es su verano—; las Dudleya de California; los Lithops y las Conophytum sudafricanas; las Haworthia; muchas Crassula y Senecio del Cabo. En ese periodo la raíz no absorbe y el agua se queda parada en el cepellón caliente, que es la receta exacta de la podredumbre.

Son de crecimiento estival, y estas sí piden agua de mayo a septiembre y casi nada de noviembre a febrero: las Echeveria, los Sedum, los Kalanchoe, las Agave, los Adenium, casi todas las cactáceas de columna y de globo, y las Euphorbia suculentas.

La corrección. Averiguar a qué grupo pertenece cada planta y regar según su ciclo, no según el termómetro. La señal visible es sencilla: si no saca hojas nuevas del centro, está parada, y una planta parada no necesita agua. En reposo estival, en zonas de interior peninsular con 38 grados, basta con un riego ligero cada tres o cuatro semanas —lo justo para que la raíz no se atrofie— y sombra de media tarde. En reposo invernal, agua casi nula y sustrato seco, que además es lo que permite a la planta soportar el frío: una suculenta seca aguanta heladas suaves que la misma planta empapada no aguantaría.

Fenestraria aurantiaca, suculenta con hojas de ventana

Fallo cuatro: la luz insuficiente que las ahíla

El síntoma. Se llama etiolación y es inconfundible. El tallo se alarga entre hoja y hoja, la roseta compacta se convierte en una espiral floja, las hojas nuevas salen más pequeñas, más finas y de un verde pálido, y toda la planta se inclina hacia la ventana. Los colores rojos, morados o azulados desaparecen y quedan en verde liso.

Por qué pasa. La planta alarga los entrenudos buscando salir de la sombra, un reflejo de fuga que se dispara con poca luz. Y los pigmentos rojos y morados, las antocianinas, se producen precisamente como protección frente a la radiación intensa; sin ella, la planta no los fabrica.

La corrección. Una ventana al sur, sureste o suroeste, con la planta pegada al cristal —a un metro hacia dentro ya llega una fracción pequeña de la luz—. La orientación norte no basta en ninguna época. Al aire libre, sol directo, con la única precaución de aclimatar por etapas: una planta que ha pasado el invierno dentro y sale de golpe al sol de mayo se quema, y la quemadura es una mancha blanquecina o parda que no se recupera. Dos o tres semanas de sombra de media tarde antes del sol pleno.

Lo alargado no se arregla: esos entrenudos ya están hechos. Lo que se hace es decapitar la roseta con un corte limpio, dejar cicatrizar el corte varios días y replantarla; la base con el tocón suele rebrotar varias cabezas nuevas. A partir de ahí, con luz suficiente, el crecimiento vuelve a ser compacto.

El trasplante

Se hace al empezar el crecimiento: en primavera para las de ciclo estival, a comienzos de otoño para las de ciclo invernal. Y con el cepellón seco, no recién regado.

El procedimiento importa. Se saca la planta, se retira a mano el sustrato viejo, se revisan las raíces y se cortan las secas o ennegrecidas con tijera limpia. Se replanta en sustrato seco, sin apelmazar, y —punto crítico— no se riega hasta pasada una semana. Toda manipulación de raíz deja heridas microscópicas, y el agua sobre una herida fresca en tejido suculento es la puerta de entrada de Fusarium y de Pythium. Una semana en seco basta para que cicatricen.

Un acabado que compensa: una capa de gravilla o de árido volcánico de un par de centímetros en la superficie. Mantiene el cuello de la planta seco tras el riego, evita salpicaduras de tierra y frena la aparición de mosquita del sustrato.

Multiplicación

Hoja. Funciona bien en Echeveria, Graptopetalum, Sedum, Pachyphytum y muchas Crassula. La hoja se separa entera, con un pequeño giro lateral para que se lleve la yema de la base; una hoja arrancada a medias no brota nunca. Se deja sobre sustrato seco, sin enterrar, a la sombra, y en dos o tres semanas emite una raicilla y una roseta diminuta. Solo entonces se empieza a pulverizar. La hoja madre se consume sola y no hay que quitarla.

Esqueje de tallo. Corte limpio en la parte alta, se retiran las hojas de los cinco centímetros inferiores y el corte se deja cicatrizar de tres a siete días en un sitio seco y ventilado antes de plantar. Meter un esqueje fresco en tierra húmeda lo pudre. Época: primavera y principios de verano para las estivales.

Hijuelos. Lo más rápido cuando la planta los da. Sempervivum, Aloe, Agave, Haworthia y muchas cactáceas producen rosetas laterales que ya traen su raíz; se separan y se plantan directamente.

Semilla. Lenta pero la única vía para Lithops, Conophytum y muchas cactáceas de colección. Siembra superficial sobre mineral fino, semillero cerrado con humedad constante las primeras semanas —única situación en que a una suculenta le conviene la humedad continua— y luz sin sol directo. La germinación tarda de una a tres semanas y las plántulas necesitan un par de años para parecer algo.

Abono y plagas, en dos líneas

Abono: solo en crecimiento activo, con fórmula baja en nitrógeno —del tipo 5-10-10— y a un cuarto o la mitad de la dosis de la etiqueta, una vez al mes. El nitrógeno de más da tejido blando, hinchado y quebradizo, mucho más sensible al frío y a los hongos.

Cochinilla algodonosa: motas blancas en las axilas de las hojas y en el cuello. Se retiran con un bastoncillo mojado en alcohol isopropílico; si está extendida, jabón potásico o aceite de neem al atardecer, nunca a pleno sol. Conviene revisar también las raíces al trasplantar, porque hay una variedad que vive en ellas y no se ve desde fuera. Araña roja: telilla fina y punteado plateado en la hoja, típica de ambiente seco y caliente; se combate con jabón potásico y aumentando la humedad ambiental. Mosquita del sustrato: es un indicador, no una plaga en sí. Aparece cuando la superficie se mantiene húmeda, y desaparece corrigiendo el riego y cubriendo con gravilla.

En resumen

Sustrato con la mitad o más de material mineral y maceta de barro ajustada al cepellón, para que se seque en días y no en semanas. Riego frecuente pero moderado mientras la planta crece, comprobando la humedad en profundidad y mojando el sustrato y no la roseta. Riego casi nulo durante el reposo, que en Aeonium, Dudleya, Lithops y Haworthia cae en verano y no en invierno. Y luz directa abundante, porque sin ella la planta se alarga y ese alargamiento no tiene marcha atrás.

Trasplante al arrancar el crecimiento, con sustrato seco y una semana sin regar después. Multiplicación por hoja, esqueje o hijuelo, dejando siempre cicatrizar el corte antes de plantar. Abono flojo y solo en actividad. Por qué estas plantas funcionan así, en Plantas suculentas.


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