En noviembre, cuando el bosque templado europeo ya ha soltado la hoja y las abejas apenas encuentran nada abierto, hay una planta que empieza a florecer. Y en enero, cuando los frutos de otoño se han agotado, esa misma planta madura sus bayas. La Hedera helix hace las cosas al revés que el resto del bosque, y esa inversión de calendario explica buena parte de su papel ecológico y también, probablemente, el lugar que ocupó en la mitología europea.
Este artículo trata de eso: de qué significó la hiedra para quienes vivían rodeados de ella y de qué hace en el ecosistema donde creció. Si lo que buscas es cultivo, poda o la vieja pregunta de si daña los muros y los árboles, están tratados en otros dos artículos de la sección, junto con los cultivares.
La planta de Dioniso
En la religión griega la hiedra es el atributo de Dioniso con tanta constancia como la vid. El dios aparece coronado de hiedra, su tirso —el bastón ritual— va rematado por una piña y envuelto en hiedra y pámpanos, y uno de sus epítetos, Kissos, es literalmente la palabra griega para la planta.
Los relatos que explican la asociación son varios, como suele ocurrir. En uno, la hiedra brota para proteger al niño Dioniso del fuego que consumió a su madre Sémele. En otro, una ninfa llamada Cisa danza hasta morir ante el dios y este la transforma en la enredadera. Detrás de la variedad de versiones hay algo más sencillo: la hiedra es perennifolia en un paisaje de bosque caducifolio. En el invierno mediterráneo y europeo, cuando todo lo demás está desnudo, sigue verde. Para una religión centrada en la vida que renace, esa obstinación tenía significado evidente, y la hiedra funcionaba como la prueba visible de que la vegetación no muere del todo.
Roma heredó el paquete completo con Baco y le añadió un uso urbano: el ivy bush, un ramo de hiedra colgado a la puerta, señalaba una taberna donde se vendía vino. La costumbre sobrevivió en Inglaterra hasta la Edad Media y dejó el refrán de que al buen vino no le hace falta ramo. También circulaba la creencia de que la hiedra protegía de la embriaguez, motivo por el cual se llevaba corona en los banquetes; no hay ninguna base para eso, y conviene decir claramente que la planta es tóxica por ingestión y que las bayas causan cuadros digestivos serios.
Las coronas griegas se repartían por especie según el mérito: laurel para el vencedor atlético y para el poeta consagrado, hiedra para los poetas y los músicos en un registro más báquico, y de ahí que el clasicismo europeo mantuviera la hiedra como emblema de la inspiración frente al laurel de la gloria oficial.
Otras lecturas de la misma planta
La tradición celta e insular le dio un signo distinto. En el llamado alfabeto arbóreo ogham, la letra Gort se asocia a la hiedra y a un tramo del año que corresponde al otoño avanzado. Los folcloristas del siglo XIX construyeron sobre eso interpretaciones bastante libres, así que hay que tomar con prudencia lo que se lee al respecto; lo que sí está documentado es la presencia constante de la hiedra en el ciclo festivo invernal británico e irlandés.
El villancico The Holly and the Ivy, recogido en el siglo XIX pero con antecedentes medievales claros, enfrenta al acebo y a la hiedra en una pareja simbólica de masculino y femenino que aparece también en canciones de tema profano de los siglos XV y XVI. Ambas plantas comparten un rasgo que las hace útiles al simbolismo de mitad de invierno: verdes cuando nada lo está y cargadas de fruto rojo o negro en pleno diciembre.
El cristianismo medieval reutilizó ese material. La hiedra que se adhiere y no suelta pasó a leerse como fidelidad y como el alma que se agarra a Dios, y en esa clave aparece en manuscritos iluminados y en decoración arquitectónica. En paralelo, y por su asociación pagana con Dioniso, arrastró también connotaciones de exceso: hay concilios y sínodos medievales que reprueban las coronas vegetales en las fiestas.
De ahí pasó a la iconografía funeraria, y ese es su uso más visible hoy. En los cementerios europeos del XIX y comienzos del XX, la hiedra tallada en lápidas y grabada en esquelas significa fidelidad, memoria y vida perdurable. Se planta además sobre las tumbas por una razón práctica que se convirtió en simbólica: cubre el suelo, resiste la sombra de los cipreses y no exige mantenimiento. Los cementerios históricos de media Europa están tapizados de hiedra, y Highgate en Londres es el caso más conocido.
En el lenguaje de las flores victoriano la lectura se estabilizó en fidelidad, amistad y afecto duradero, y por eso figura con frecuencia en ramos de novia de la época. La misma imagen dio a la vez la versión negativa: el abrazo que no suelta como metáfora de dependencia, que aparece en Shakespeare —en La tempestad, Próspero describe a su hermano usurpador como la hiedra que ocultó su tronco principesco— y que ha tenido larga vida en la poesía posterior.
Un último apunte moderno: la expresión Ivy League para las universidades estadounidenses antiguas alude a la hiedra que cubre sus edificios de ladrillo, y esa hiedra se plantó a propósito en el XIX para dar a construcciones nuevas el aire de las universidades inglesas. Es decir, se usó la planta como fabricante de antigüedad.
Qué hace la hiedra en el bosque en invierno
La historia natural resulta más interesante que el simbolismo, y además lo explica.
Hedera helix es una liana leñosa perennifolia de bosque templado, una categoría poco abundante en Europa. Las lianas son un elemento típicamente tropical; el continente europeo conserva pocas, y la hiedra es la más extendida, con distribución desde el sur de Escandinavia hasta el norte de África y desde Irlanda hasta el Cáucaso. En la península ibérica está por todas partes, sustituida en el suroeste y en Canarias por especies próximas: Hedera iberica, Hedera maderensis, Hedera canariensis, Hedera hibernica en el noroeste atlántico.
Su papel en el bosque tiene que ver con lo que aporta en la estación en que nadie aporta nada.
Follaje en invierno. Una hiedra desarrollada sobre un tronco crea un volumen denso de hoja perenne a varios metros de altura. En un bosque caducifolio de diciembre, eso es prácticamente el único cobijo estructurado que hay. Lo usan aves para dormir y para refugiarse del viento y de la lluvia, murciélagos para hibernar en los huecos que quedan entre los tallos y la corteza, e invertebrados en cantidad: arañas, coleópteros, quilópodos y caracoles pasan el invierno en esa masa. El microclima en el interior de un manto de hiedra es varios grados más templado y más estable que el aire libre, y también más húmedo.
Estructura para nidificar. En primavera, las hiedras maduras son soporte de nido para petirrojos, currucas, mirlos, chochines, acentores y trepadores azules. La masa de tallos entrelazados ofrece plataformas y cavidades que un tronco liso no tiene.
La floración de octubre y los últimos insectos del año
Aquí está la peculiaridad más notable de la planta.
La hiedra florece entre septiembre y noviembre según la zona, con el grueso en octubre. Las flores son pequeñas, verde amarillentas, agrupadas en umbelas globosas, sin nada de vistosas, y ofrecen dos cosas en abundancia: néctar muy accesible, porque el disco nectarífero está expuesto y no exige lengua larga, y polen.
Coincide con el momento del año en que el resto del campo ya ha terminado. En el bosque templado y en el paisaje mediterráneo de octubre las floraciones son escasas, y los insectos que siguen activos necesitan acumular reservas para invernar. La hiedra en flor de un talud o de un muro, en un día templado de octubre, está literalmente cubierta de insectos, y el zumbido se oye desde varios metros.
Quiénes acuden, en orden de abundancia observada: avispas de varias especies, que en otoño han dejado de criar y pasan a alimentarse de azúcares; moscas de las familias Syrphidae y Calliphoridae, muchas de ellas polinizadoras eficaces; abejas melíferas, para las que la hiedra es la última entrada importante de néctar del año y produce una miel característica, muy clara y de cristalización rapidísima; abejorros del género Bombus, sobre todo reinas jóvenes que necesitan grasa antes de hibernar; y mariposas tardías como la Vanessa atalanta, la Aglais io y varias Polygonia, que hibernan como adultas y dependen del azúcar de otoño.
Existe además una abeja solitaria especializada por completo en esta planta, Colletes hederae, cuyo ciclo entero está sincronizado con la floración de la hiedra: emerge en septiembre, recolecta su polen y desaparece en noviembre. Se describió como especie propia en 1993 y ha ido registrándose en la península ibérica, donde su presencia depende directamente de que haya hiedra madura en flor.
La consecuencia de jardinería es la que se deduce: una hiedra que no llega a la fase adulta no da flor, y podarla siempre como tapizante o como cortina de pared la mantiene indefinidamente juvenil y estéril. Dejar que una mata alcance la madurez en un rincón, sobre un muro o sobre un árbol viejo, es una de las intervenciones más rentables que se pueden hacer por los polinizadores de octubre en un jardín español.
El fruto que madura en enero
De la floración de otoño salen bayas negro azuladas que tardan varios meses en madurar y que están listas entre enero y abril, con el máximo en febrero y marzo. Es el momento más duro del año para las aves frugívoras: los frutos de otoño —zarzamora, saúco, endrino, madroño— se agotaron hace tiempo y todavía no hay nada nuevo.
Su composición explica por qué compensa. La pulpa de la baya de hiedra tiene un contenido en lípidos alto para un fruto carnoso, en torno al 30-35 % del peso seco en varias mediciones, cuando la mayoría de los frutos de bosque templado son fundamentalmente azúcar. Es decir, es un alimento energéticamente denso, justo lo que necesita un ave pequeña para pasar una noche de febrero.
Las consumidoras habituales en la península son mirlos y zorzales —común, alirrojo y charlo—, currucas capirotadas, petirrojos, estorninos, palomas torcaces y currucas cabecinegras. Las semillas pasan por el tubo digestivo y se dispersan con las heces, que es como la hiedra coloniza muros y árboles alejados: llega arriba en el pico de un pájaro, no trepando desde abajo.
La toxicidad para el ser humano y para los animales domésticos es real y conviene enunciarla sin adornos: hojas y frutos contienen saponinas triterpénicas —hederacósido C, alfa-hederina— y falcarinol. La ingestión de bayas provoca vómito, dolor abdominal y diarrea, y en cantidad puede dar cuadros neurológicos; el contacto repetido con la savia causa dermatitis en personas sensibles, y es un problema laboral conocido entre jardineros. Que las aves las coman sin daño se debe a su fisiología, no a que las bayas sean inocuas. Hay preparados farmacéuticos de extracto de hoja de hiedra con indicación respiratoria, comercializados y regulados, pero eso no autoriza ninguna preparación casera: cualquier uso de este tipo pasa por el médico o el farmacéutico.
Vive más que el árbol que la sostiene
La hiedra no es una planta de vida corta. Alcanza edades de siglos y desarrolla troncos que sorprenden a quien solo la ha visto como tapizante de jardín.
Los ejemplares viejos documentados en Europa tienen tallos principales de 15 a 30 cm de diámetro, y hay registros de más de 40 cm en el Reino Unido y en Centroeuropa. El aspecto de esos troncos es peculiar: retorcidos, con la corteza fisurada, a menudo varios tallos fusionados entre sí, y con un porte que recuerda más al de un árbol que al de una trepadora. Las estimaciones de edad para los mayores rondan los 400 o 450 años, aunque datarlos con precisión es difícil porque los anillos de crecimiento de una liana son irregulares y las mediciones dependen de la posición del corte.
Un fenómeno frecuente y llamativo: la hiedra sobrevive al árbol sobre el que creció. Cuando el soporte muere y se descompone, ella mantiene la forma cilíndrica que había adquirido, y queda una columna hueca de hiedra viva con el hueco del tronco desaparecido en el centro. Se ven en robledales viejos y en bosques mixtos, y es la mejor demostración de que la relación no era de parasitismo.
La longevidad se apoya en su capacidad de enraizar en cualquier punto donde el tallo toque suelo húmedo, de modo que una mata vieja no depende de un solo sistema radicular sino de muchos, y en la posibilidad de rebrotar desde la base tras un daño grave.
Una hiedra madura, con su parte adulta arbustiva y florífera en la copa, es un elemento del bosque con función propia, no un accesorio del árbol. Muchos manuales antiguos de silvicultura recomendaban eliminarla sistemáticamente; el criterio actual, en ausencia de un problema estructural concreto, es dejarla, porque lo que aporta en invierno no lo aporta ninguna otra planta europea.
En resumen
La hiedra fue el atributo de Dioniso y de Baco por una razón que se ve en el campo: permanece verde cuando el bosque caducifolio está desnudo, y esa obstinación invernal la convirtió en emblema de vida que no cesa, después en signo de fidelidad cristiana, más tarde en la planta de los cementerios europeos y de los ramos victorianos, y también en la metáfora del abrazo que asfixia. Su historia natural va en la misma dirección: liana perennifolia rara en Europa, florece en octubre, cuando no queda casi nada abierto, y su néctar accesible sostiene a las avispas, los sírfidos, las abejas, las reinas de abejorro y las mariposas que necesitan reservas antes de invernar, además de a una abeja solitaria exclusiva suya. Sus bayas maduran entre enero y abril, en el hueco alimenticio del invierno, con un contenido graso muy alto para lo que es un fruto de bosque, y alimentan a mirlos, zorzales y currucas —aunque son tóxicas para personas y para animales domésticos—. Y vive siglos, con troncos de treinta centímetros, hasta el punto de que a veces queda en pie como una columna hueca cuando el árbol que la sostenía ya se ha podrido.