El repertorio de plantas de aspecto siniestro que circula por internet suele quedarse en la foto y el adjetivo. Y sin embargo, cada una de esas plantas es inquietante por una razón concreta y perfectamente explicable: un olor a cadáver que es una estrategia de polinización, un fruto que parece una calavera porque tiene que dispersar semillas al viento, una hoja convertida en trampa porque el suelo donde vive no tiene nitrógeno, un tallo sin una sola molécula de clorofila porque hace milenios que otra planta se lo da todo hecho. El aspecto es la consecuencia visible de un problema resuelto. Eso es lo que vamos a contar.
Las que huelen a carroña, y para qué
Existe un gremio entero de plantas que han renunciado a las abejas y han fichado a las moscas y a los escarabajos de la carroña como polinizadores. La estrategia se llama sapromiofilia y funciona por engaño: la flor imita un cadáver o un excremento con tanta precisión que el insecto acude, busca el sitio donde depositar sus huevos, no encuentra nada aprovechable y se marcha cubierto de polen.
El engaño es completo y opera en cuatro registros a la vez. El olor, con una mezcla de compuestos que son exactamente los mismos que emite un animal en descomposición: disulfuro y trisulfuro de dimetilo, ácido isovaleriánico, indol, cadaverina. El color, un rojo pardo violáceo con manchas irregulares que reproduce el aspecto de la carne pasada. La textura, con superficies cubiertas de pelos que imitan pelaje o pelo animal. Y en varios casos el calor, porque la flor genera temperatura propia.
Ese último punto es el más notable. La termogénesis floral se produce en la mitocondria mediante una vía respiratoria alternativa, la oxidasa alternativa, que en lugar de generar energía química disipa toda la energía en forma de calor. El Amorphophallus titanum, el aro titán de Sumatra, cuya inflorescencia supera los dos metros y medio y solo se abre unas cuarenta y ocho horas cada varios años, calienta la punta de su espádice hasta acercarse a la temperatura de un cuerpo humano. No lo hace por capricho térmico: el calor volatiliza los compuestos olorosos y genera una columna de aire ascendente que los dispersa por el sotobosque a cientos de metros de distancia. La flor no huele fuerte, la flor difunde su olor.
La misma familia, las aráceas, tiene un representante mediterráneo que merece más atención de la que recibe: Helicodiceros muscivorus, el aro de las moscas, endémico de Baleares, Córcega y Cerdeña, que crece en islotes con colonias de gaviotas. Su espata peluda, rosácea y arrugada imita el cuerpo de un ave muerta, se calienta, huele a putrefacción y funciona como trampa temporal: las moscas que entran quedan retenidas una noche por una corona de pelos rígidos orientados hacia dentro, mientras la flor femenina madura; a la mañana siguiente maduran los estambres, los pelos se marchitan y las moscas salen espolvoreadas de polen. En la península hay parientes con el mismo esquema, el Dracunculus vulgaris y varias especies de Arum.
Las estapelias son la versión suculenta del asunto. Stapelia gigantea, sudafricana, abre flores estrelladas de treinta centímetros, de color carne con estrías rojizas y cubiertas de pelos largos y blandos; el olor es tan convincente que las moscas depositan huevos sobre ellas, y las larvas mueren al eclosionar porque allí no hay ningún tejido animal del que alimentarse. Es engaño puro, sin recompensa, y a la planta le sale barato.
Y luego está Rafflesia arnoldii, de Sumatra y Borneo, que combina las dos rarezas de este artículo: es la flor individual más grande del mundo, con casi un metro de diámetro y varios kilos de peso, huele intensamente a carne podrida, y es una parásita absoluta. No tiene hojas, ni tallo, ni raíces, ni clorofila. Vive como una red de filamentos dentro de los tejidos de una liana del género Tetrastigma, y solo emerge para florecer, reventando la corteza del huésped. Su genoma plastídico ha degenerado hasta un punto extremo, y buena parte de sus genes procede por transferencia horizontal de la propia planta que parasita.
Las que parecen otra cosa
Aquí conviene distinguir dos casos que se confunden constantemente: el parecido que tiene una función y el parecido que es pura coincidencia geométrica.
Coincidencia. Los frutos secos del Antirrhinum majus, la boca de dragón de nuestros jardines, tienen un asombroso aspecto de calavera diminuta: dos cuencas oculares, una cavidad nasal, un maxilar. La cápsula se abre por tres poros apicales, y esos poros son las supuestas órbitas y boca. El mecanismo se llama cápsula poricida o de salero, y su función es exclusivamente balística: los poros quedan en lo alto de un pedúnculo rígido, y cuando el viento o el paso de un animal sacuden el tallo, las semillas salen despedidas por ellos a distancia del pie madre. Nada en ese diseño tiene que ver con parecer una calavera; el parecido es un accidente que le ocurre al ojo humano, entrenado para reconocer caras en cualquier disposición de tres huecos.
Función. El Chiranthodendron pentadactylon, el árbol de las manitas mexicano, produce flores de cinco centímetros en las que los estambres están soldados en una estructura roja de cinco dedos con uñas oscuras, idéntica a una garra levantada. Aquí la forma sí tiene una explicación funcional: es una flor de polinización ornitófila. La copa carnosa acumula abundante néctar, el rojo es el color al que responden los pájaros y no los insectos, y la garra proyectada hacia fuera funciona a la vez como percha para el ave y como brocha de polen que le roza el pecho mientras bebe. La mano del diablo es un posadero.
La garra del diablo propiamente dicha, Harpagophytum procumbens del Kalahari, y su equivalente americano Proboscidea louisianica, dan frutos leñosos armados de brazos curvos terminados en ganchos afilados. La razón es la dispersión: el fruto se engancha en la pezuña o en el pelo de un ungulado y viaja kilómetros hasta que el animal lo destroza o se desprende. El coste para el herbívoro es real, y en el sur de África estos frutos causan cojeras. Su raíz tiene un uso tradicional muy extendido como antiinflamatorio; la evidencia clínica al respecto es limitada y de calidad desigual, y cualquier consulta sobre preparados que la contengan corresponde al médico o al farmacéutico.
Ojos. Actaea pachypoda, norteamericana, produce en otoño bayas blancas de porcelana, cada una con un punto negro en el ápice, sostenidas por pedicelos rojos y engrosados. El conjunto recuerda a un ramo de ojos. El punto negro es la cicatriz del estigma y el color es señalética para aves: el contraste blanco sobre rojo es una de las combinaciones más visibles para la visión de un pájaro entre el follaje otoñal. Las aves las comen sin daño y dispersan la semilla; para un mamífero, en cambio, la planta es tóxica, con efectos cardíacos descritos, así que la advertencia es seria y afecta sobre todo a niños atraídos por el aspecto de la fruta.
Insectos. Las orquídeas del género Ophrys, abundantes en toda España, tienen un labelo aterciopelado, con dibujos metálicos y pelos, que reproduce con notable fidelidad el abdomen de una hembra de abeja o de avispa. No es solo aspecto: la flor emite una mezcla de hidrocarburos que copia la feromona sexual de la especie concreta a la que apunta. El macho intenta copular con la flor, se lleva las polinias pegadas a la cabeza y repite la operación en la siguiente. Es engaño sexual, y su precisión química es tal que cada especie de Ophrys suele tener un único insecto víctima.
Las carnívoras: por qué una planta se pone a cazar
El punto de partida es un error frecuente. Las plantas carnívoras no comen para obtener energía: fotosintetizan como cualquier otra y de ahí sacan todo su carbono. Lo que buscan en la presa es nitrógeno y fósforo, y en menor medida potasio.
Eso explica dónde viven. Turberas de esfagno, arenales lavados por la lluvia, paredes rezumantes, aguas ácidas y pobres: suelos permanentemente encharcados y ácidos donde la actividad bacteriana es mínima, la materia orgánica no se mineraliza y los nutrientes están bloqueados. En esas condiciones hay luz y agua de sobra, pero el nitrógeno es el factor limitante, y capturar un insecto sale a cuenta. Fuera de ese contexto, la carnivoría es un despilfarro: una Drosera plantada en tierra de jardín fértil pierde frente a cualquier hierba corriente.
Los mecanismos son cuatro, y cada uno resuelve el mismo problema de otra manera.
Trampa activa de cepo. Dionaea muscipula, la venus atrapamoscas, natural de una franja pequeña de las Carolinas. Cada lóbulo lleva tres pelos sensibles; el primer roce genera un potencial de acción que la planta memoriza durante unos veinte segundos, y solo si llega un segundo estímulo dentro de ese plazo se dispara el cierre. Es un contador que evita malgastar la trampa con una gota de lluvia. El cierre ocurre en menos de una décima de segundo por un cambio brusco de presión de turgencia que invierte la curvatura del lóbulo, como una lentilla que se da la vuelta. Después, los estímulos sucesivos del insecto forcejeando indican a la planta que hay presa de verdad y disparan la secreción de enzimas.
Trampa de succión. Las Utricularia, presentes también en aguas someras de la península, tienen las vejigas más rápidas del reino vegetal. La planta bombea agua hacia fuera de una vesícula cerrada hasta dejarla en depresión; cuando un crustáceo microscópico roza el pelo disparador, la puerta cede y el agua entra arrastrando a la presa en menos de un milisegundo. Es el movimiento más veloz documentado en una planta.
Trampa adhesiva. Drosera y Pinguicula. La primera cubre sus hojas de tentáculos rematados por una gota de mucílago que brilla como rocío y no se evapora; el insecto se pega, los tentáculos se curvan lentamente sobre él y la digestión ocurre en la superficie foliar. La segunda, la grasilla, tiene hojas de aspecto untuoso, y España cuenta con especies propias notables: Pinguicula vallisneriifolia, endémica de las paredes rezumantes de las sierras de Cazorla y Segura, y Pinguicula grandiflora en la cornisa cantábrica y el Pirineo.
Trampa de caída. Nepenthes del sudeste asiático y Sarracenia norteamericanas. La hoja se transforma en un jarro con líquido digestivo en el fondo. El detalle elegante está en el borde, el peristoma: una superficie con microcanales que, cuando se humedece con rocío o néctar, se vuelve una película de agua continua sobre la que la almohadilla adhesiva del pie del insecto pierde toda tracción, igual que un neumático en aquaplaning. En seco, el mismo borde es perfectamente transitable. La trampa se activa con la humedad del amanecer.
Vale la pena añadir que varias de estas plantas han derivado hacia relaciones que ya no son de caza. Algunas Nepenthes de Borneo han ampliado la boca de su jarro y ofrecen néctar a pequeños mamíferos —tupayas y murciélagos— que se posan en él y aportan sus excrementos, obteniendo nitrógeno sin matar a nadie. La carnivoría era el medio; el nitrógeno era el fin.
Las parásitas sin clorofila
Una planta blanca, amarilla o violeta que brota del suelo sin una sola hoja verde produce una impresión desagradable inmediata, en parte porque el ojo la clasifica antes como hongo o como algo enfermo que como vegetal. Lo que está viendo es el resultado de una renuncia radical.
El órgano que lo hace posible es el haustorio, una raíz modificada que perfora los tejidos del huésped y conecta directamente con su xilema, su floema o ambos. A partir de ahí la parásita recibe agua, sales y, en las holoparásitas, también azúcares ya elaborados. Y cuando el suministro de azúcar está garantizado, la selección natural deja de mantener el costoso aparato fotosintético: se pierden los pigmentos, se reducen las hojas a escamas, y el genoma del cloroplasto se degrada hasta quedar en una fracción de su tamaño normal. Es una de las simplificaciones más drásticas documentadas en biología, y ha ocurrido de forma independiente al menos una docena de veces.
La flora ibérica tiene ejemplos de sobra sin recurrir a las selvas.
Cytinus hypocistis, el hipocisto, está entre las plantas más extrañas de nuestros montes: aparece en primavera al pie de las jaras como un ramillete de escamas anaranjadas y flores amarillas que parece brotar directamente de la tierra. Toda la planta vive dentro de las raíces de la Cistus, y lo único que sale al exterior es la inflorescencia.
Las Orobanche, los jopos, son holoparásitas de tallo pardo, malva o amarillento, sin rastro de verde, que salen junto a las raíces de su víctima. Varias son plagas agrícolas de primer orden en España: Orobanche cumana en el girasol y Orobanche crenata en habas y leguminosas causan pérdidas importantes en Andalucía y Castilla. Su biología es implacable: producen cientos de miles de semillas microscópicas que permanecen viables décadas en el suelo y que solo germinan cuando detectan estrigolactonas, unas moléculas que la raíz del huésped exuda para atraer hongos micorrícicos. La parásita ha aprendido a espiar la conversación química entre la planta y sus simbiontes.
Las Cuscuta, las cuscutas o cabellos de ángel, son ovillos de hilos anaranjados sin hojas ni raíz funcional que estrangulan matorrales enteros. Su plántula es lo más inquietante del grupo: nace con una reserva mínima que le da unos pocos días de vida, y en ese plazo orienta su crecimiento hacia los compuestos volátiles que emite una planta huésped cercana, moviéndose en espiral hasta tocarla. Si no la encuentra, muere. Se ha demostrado experimentalmente que distinguen entre olores de especies distintas y que prefieren las mejores huéspedes.
Lathraea clandestina, en riberas del norte peninsular, saca en febrero racimos de flores violeta intensas al pie de chopos y sauces, sin ningún tallo aéreo. Y Hypopitys monotropa, en pinares y hayedos, es un caso distinto y más retorcido: no parasita a un árbol directamente, sino al hongo micorrícico asociado a sus raíces, del que extrae el carbono que ese hongo había recibido del árbol. Un parásito de segundo grado.
Y entre las hemiparásitas, que conservan clorofila y solo roban agua y minerales, está el muérdago, Viscum album, cuyas bolas verdes sobre pinos y álamos desnudos en invierno son una imagen familiar. Sus frutos llevan una pulpa tan pegajosa que el pájaro que los come debe frotarse el pico contra una rama para desprender la semilla, que queda adherida exactamente donde tiene que germinar.
Lo que enseña el conjunto
Puestas en fila, estas plantas repiten un mismo mensaje. Ninguna es rara por serlo: cada una ocupa un nicho que exigía una solución poco convencional, y el aspecto que nos incomoda es la firma visible de esa solución.
La flor que apesta lo hace porque las moscas son un servicio de polinización barato y disponible donde no hay abejas. La hoja convertida en trampa aparece donde el suelo no da nitrógeno. El tallo sin clorofila surge cuando otra planta puede suministrar el azúcar. Y en el caso de la calavera de la boca de dragón, ni siquiera hay adaptación: hay una cápsula con tres agujeros y un cerebro humano empeñado en ver caras.
Conviene añadir una advertencia sensata: varias de las especies citadas son tóxicas por ingestión —las bayas de Actaea, las aráceas por sus cristales de oxalato, el muérdago— y todas ellas son plantas para mirar, no para probar. Ante cualquier ingestión accidental, la llamada es al Servicio de Información Toxicológica o al médico.
En resumen
Las plantas de aspecto inquietante lo son por causas biológicas concretas. Las flores que huelen a carroña —Amorphophallus, Stapelia, Rafflesia, el mediterráneo Helicodiceros muscivorus— practican la sapromiofilia: imitan un cadáver en olor, color, textura y hasta temperatura, mediante termogénesis, para reclutar moscas como polinizadoras y engañarlas sin darles nada.
Las que parecen otra cosa se dividen entre coincidencias sin función, como la calavera del fruto del Antirrhinum majus, que en realidad es una cápsula de tres poros para lanzar semillas, y parecidos con explicación, como la garra roja del Chiranthodendron pentadactylon, que es percha y brocha de polen para pájaros, o el labelo de las Ophrys, que copia una hembra de abeja y su feromona.
Las carnívoras cazan por nitrógeno y fósforo, no por energía, y solo prosperan en suelos ácidos y encharcados donde esos nutrientes escasean; sus cuatro mecanismos —cepo, succión, adhesión y caída— resuelven el mismo problema de formas distintas. Y las parásitas sin clorofila —Cytinus, Orobanche, Cuscuta, Lathraea— han perdido la fotosíntesis y hasta buena parte del genoma de su cloroplasto porque un haustorio conectado al huésped hace innecesario fabricarse el alimento.