El agua de mar contiene unos 35 gramos de sal por litro. La savia de una planta corriente funciona con una fracción mínima de esa concentración, y por encima de cierto umbral el sodio desplaza al potasio en las enzimas y el cloruro se acumula en la hoja hasta matarla. Sobrevivir en un medio salino no es cuestión de aguante: es cuestión de tener un mecanismo, y solo existen tres. Este artículo explica cuáles son, qué especies representan cada uno y por qué la sal del suelo y la sal que llega por el aire son dos problemas distintos.

Qué hace exactamente la sal

El daño llega por dos vías simultáneas. La primera es osmótica e inmediata: un suelo salino tiene un potencial hídrico tan bajo que la raíz no puede extraer agua aunque el terreno esté húmedo. La planta se marchita en suelo mojado, exactamente igual que en sequía. Por eso la salinidad se describe a veces como una sequía fisiológica.

La segunda es iónica y tarda semanas o meses: el sodio y el cloruro que sí entran se acumulan en las hojas más viejas, alteran el metabolismo y provocan necrosis en punta y margen, primero en las hojas de abajo. Cuando el aporte de sal supera la capacidad de la planta para almacenarla o expulsarla, el vegetal muere hoja a hoja.

La salinidad se mide como conductividad eléctrica del extracto de suelo, en decisiemens por metro. Por debajo de 2 dS/m casi todo crece; entre 2 y 4 empiezan a fallar las especies sensibles —cítricos, frutales de hueso, judía, fresa, muchas ornamentales de flor—; entre 4 y 8 solo siguen las tolerantes; por encima de 8 el terreno es dominio de halófitas verdaderas. El agua de mar ronda los 55 dS/m.

Primer mecanismo: exclusión en la raíz

La estrategia más extendida entre las plantas leñosas de costa consiste en no dejar entrar la sal. Las membranas de las células radiculares filtran selectivamente: bombas de protones y transportadores de intercambio devuelven el sodio al exterior o lo encierran en la vacuola de las células de la raíz, de modo que la parte aérea recibe savia mucho menos salada que el suelo.

Es un mecanismo caro en energía y tiene un techo: funciona bien hasta concentraciones moderadas y se colapsa cuando la sal sube demasiado. Por eso las excluyentes son plantas de suelos salinos pero no de marisma inundada.

Casuarina equisetifolia es el ejemplo de manual, un árbol de ramillas aciculares que se planta como cortavientos en primera línea de playa en Canarias y en el litoral mediterráneo; excluye sodio en la raíz y además tiene una superficie foliar mínima que reduce el depósito de aerosol. Phoenix dactylifera soporta agua de riego de hasta 12-15 dS/m sin daño apreciable, lo que la convierte en la palmera de los oasis salinos. Chamaerops humilis, el palmito, autóctono del litoral peninsular, hace lo mismo con menos exigencia de calor y aguanta hasta −10 °C. Juniperus phoenicea subsp. turbinata, la sabina de las dunas, y Pinus halepensis completan el grupo entre las leñosas ibéricas. Olea europaea excluye bastante bien, aunque el olivo pierde producción por encima de 4 dS/m.

Casuarina, árbol usado como cortavientos en litoral salino

Segundo mecanismo: excreción por glándulas

Otras especies dejan entrar la sal y luego la echan fuera. Tienen glándulas salinas multicelulares en la epidermis de hojas o tallos que bombean sodio y cloruro activamente hacia el exterior, donde el agua se evapora y queda un polvillo blanco de cristales. Basta pasar el dedo por una hoja de Limonium en verano para notarlo.

El taray o taraje (Tamarix gallica, Tamarix canariensis, Tamarix boveana) es la referencia ibérica: excreta por glándulas repartidas en sus ramillas escamosas y llega a depositar tanta sal en el suelo bajo su copa que dificulta la competencia de otras plantas. Vive en saladares del interior —Monegros, Villena, La Mancha húmeda— tanto como en la costa.

Las saladillas del género Limonium, con más de un centenar de táxones en la Península y Baleares, muchos de ellos endemismos de saladar protegidos, son plantas de glándula salina que se han incorporado a la jardinería en forma de Limonium sinuatum y Limonium perezii. Frankenia laevis, tapizante de marisma, y Armeria maritima, de acantilado atlántico, comparten el mecanismo. Entre las herbáceas de duna y estuario, Spartina lo utiliza en régimen de inundación mareal.

Una variante del sistema son las vesículas o tricomas vesiculosos: células agrandadas en la superficie foliar que acumulan sal en su interior, se llenan y revientan o caen, llevándose la carga. Es lo que da el aspecto plateado y harinoso a Atriplex halimus, el orgaza, arbusto de saladar excelente como seto cortaviento en litoral, y a Mesembryanthemum crystallinum, la escarchada, cuyas vesículas parecen gotas de hielo.

Tercer mecanismo: suculencia que diluye

El tercer camino consiste en aceptar la sal y rebajar su concentración con agua. Estas plantas engrosan tallos y hojas, acumulan gran cantidad de agua en vacuolas enormes y confinan allí el sodio, donde no interfiere con el metabolismo del citoplasma. Como la cantidad de agua crece a la vez que la de sal, la concentración interna se mantiene tolerable. Muchas ajustan además su presión osmótica fabricando prolina y glicina-betaína, solutos compatibles que no dañan las proteínas.

Los ejemplos más puros son las quenopodiáceas de marisma: Salicornia ramosissima y Sarcocornia fruticosa, con tallos articulados sin hojas visibles que soportan inundación diaria con agua de mar; Arthrocnemum macrostachyum; Suaeda vera; y Halimione portulacoides. Son las plantas de las Marismas del Guadalquivir, del Delta del Ebro, del Mar Menor y de las salinas de Canarias.

En roca litoral, Crithmum maritimum —el hinojo marino, comestible en salmuera— y Cakile maritima hacen lo mismo a menor escala. En jardinería se aprovecha la misma estrategia con Aptenia cordifolia, Lampranthus, Aeonium, Agave y Aloe. Conviene descartar por completo Carpobrotus edulis, que resuelve el problema de la sal magníficamente y es una especie exótica invasora que ha desplazado la flora dunar autóctona en buena parte del litoral español; su plantación está prohibida.

Sal del suelo y aerosol marino: dos problemas distintos

Aquí es donde muchas listas de jardinería fallan, porque tratan como una sola cosa dos fenómenos con vías de entrada, síntomas y soluciones diferentes.

La sal del suelo entra por la raíz. Procede del agua freática salobre, de la intrusión marina en acuíferos costeros, del riego con agua de conductividad alta o de suelos originalmente salinos del interior. Actúa todo el año, afecta a la planta entera y sus síntomas son marchitez con suelo húmedo, hojas viejas quemadas por el margen y crecimiento detenido. Se combate lavando el perfil con riegos abundantes, garantizando drenaje —una salinidad sin drenaje no se puede corregir—, aportando yeso si el problema es sódico y acolchando para reducir la evaporación, que es lo que concentra sales en superficie.

El aerosol marino entra por la hoja. La rompiente genera gotitas que el viento transporta tierra adentro; el agua se evapora y quedan microcristales de sal que se depositan en las superficies expuestas, penetran por la cutícula y por los estomas y queman el tejido. Sus síntomas son inconfundibles: necrosis parda que empieza en la punta y en el borde del limbo, concentrada en la cara de la planta que da al mar, mientras la cara resguardada permanece verde. El resultado a largo plazo es el porte en bandera, con las ramas de barlovento muertas y toda la copa peinada hacia tierra.

Las diferencias prácticas son varias. La tolerancia al aerosol depende de la cutícula, la pubescencia y el tamaño de la hoja, no de la fisiología radicular, así que una planta puede ser buena en una cosa y mala en la otra: los cítricos toleran mal la sal del suelo y también el aerosol; el rosal aguanta razonablemente el suelo ligeramente salino y se quema con la brisa marina; el laurel de flor y muchas caducifolias resisten aerosol en invierno, cuando no tienen hoja, y sufren en verano. El aerosol es además estacional y ligado a los temporales: una borrasca de levante puede depositar en una noche más sal que tres meses de brisa, y su efecto se ve una o dos semanas después. Y se combate de otra manera: con barrera cortaviento —que además intercepta las gotas— y con lavado del follaje con agua dulce después de un temporal, algo que en jardines de primera línea marca la diferencia.

Chamaerops humilis, palmito, en jardín de costa

Primera y segunda línea de costa

Un jardín litoral se organiza en franjas, porque la carga de aerosol cae muy rápido al alejarse del mar y detrás de cualquier obstáculo. Los primeros treinta o cincuenta metros reciben un orden de magnitud más de sal que la franja siguiente, y una barrera vegetal bien hecha reduce el depósito a la mitad o menos en su sotavento inmediato.

Primera línea, exposición directa. Aquí solo entran plantas con mecanismo halófilo real y hoja capaz de aguantar el cristal de sal: Tamarix gallica, Atriplex halimus, Juniperus phoenicea subsp. turbinata, Pinus halepensis y Pinus pinea, Chamaerops humilis, Phoenix dactylifera, Casuarina equisetifolia, Limoniastrum monopetalum, Lycium intricatum, Rhamnus alaternus, Pittosporum tobira, Myoporum laetum, Elaeagnus × ebbingei, Crithmum maritimum, Armeria maritima en la costa atlántica y Aeonium en Canarias. La función de esta franja es doble: vivir ahí y proteger lo que hay detrás.

Segunda línea, a resguardo de la barrera. Con el aerosol filtrado, el repertorio se amplía muchísimo: Nerium oleander —tóxico en todas sus partes—, Olea europaea, Cycas revoluta —también tóxica, especialmente para perros—, Polygala myrtifolia, Callistemon viminalis, Metrosideros excelsa, Bougainvillea, Lantana camara —invasora en Canarias, conviene evitarla allí—, Gazania rigens, Agave, Aloe, Yucca, Strelitzia reginae, Plumbago auriculata, Canna y rosales, todos ellos con tolerancia media que se vuelve suficiente cuando la sal no les llega de frente.

Tercera línea. A partir de doscientos o trescientos metros del mar, y detrás de edificación, el factor limitante deja de ser la sal y pasa a ser el clima general de la zona.

Dos detalles de manejo cierran el asunto. Plantar en otoño, para que las raíces se establezcan durante el invierno y afronten el primer verano con capacidad de absorción; y no fiarse del aspecto del primer año, porque un ejemplar salido de invernadero llega con una cutícula fina que el aerosol atraviesa, y necesita una temporada de endurecimiento antes de mostrar su tolerancia real.

En resumen

Tolerar la sal se hace de tres maneras: excluyéndola en la raíz —casuarina, palmito, datilera, sabina de dunas—, excretándola por glándulas o vesículas foliares —taray, saladillas, Frankenia, orgaza— o acumulando agua para diluirla en tejidos suculentos —salicornias, hinojo marino, crasas de jardín—. La sal del suelo entra por la raíz, actúa todo el año y se corrige con drenaje y riegos de lavado; el aerosol marino entra por la hoja, quema el lado expuesto al mar y se corrige con barreras cortaviento y lavado del follaje tras los temporales. Sobre esa distinción se organiza el jardín de costa: primera línea con halófitas de verdad que además protegen, y segunda línea, ya a resguardo, con un repertorio ornamental mucho más amplio.


Contenidos relacionados