Dejar que el jardín se siembre solo es una técnica, no una dejadez, y como toda técnica tiene reglas que hay que cumplir para que funcione. La primera de ellas choca de frente con la costumbre: para que haya resiembra hay que dejar de cortar la flor marchita y aceptar durante unas semanas un macizo con aspecto de estar acabado. Quien no esté dispuesto a eso, no tendrá resiembra, por muchas especies adecuadas que plante.

A cambio, el método ofrece algo que ninguna plantación anual consigue: plantas que aparecen donde ellas eligen, en la grieta del bordillo o al pie del muro, con una naturalidad que no se puede diseñar. Y una selección progresiva, generación tras generación, hacia los individuos que mejor se adaptan a ese suelo y a ese clima concretos.

Qué pide el método

Dejar madurar la semilla. No basta con que la flor se seque: la semilla necesita completar su desarrollo dentro de la cápsula, y eso lleva entre tres y ocho semanas desde la floración según la especie. En una amapola es rápido; en una malvarrosa, largo. La señal de que ya está es que la cápsula cambia de verde a pajizo y, en muchos casos, se abre sola o suena al agitarla.

Recortar en dos tiempos. El compromiso estético que hace practicable el método consiste en dejar semillar solo una parte de la mata. Se corta la primera oleada de flores marchitas para prolongar la floración —muchas anuales vuelven a florecer si no consiguen fructificar— y se deja intacta la última tanda, la de finales de temporada, que es la que producirá la semilla. En una nigella, por ejemplo, se disfruta la floración de mayo con recorte y se dejan las cápsulas globosas de junio, que además son ornamentales por sí mismas.

Suelo disponible. La semilla necesita contacto con tierra. Este punto se trata aparte más abajo porque es el que más resiembras arruina.

Aclarar a mano en primavera. Sin este paso el resultado no es un jardín informal, sino una alfombra apretada de plántulas que compiten entre sí y no florecen bien ninguna. Se hace cuando tienen dos o tres hojas verdaderas, dejando la separación que corresponda a la especie adulta —unos 20 centímetros para una nigella o una caléndula, 40 o más para una malvarrosa— y arrancando el resto con los dedos, en suelo húmedo. Las plántulas sobrantes de muchas especies se trasplantan bien en ese estadio si se hacen con cepellón y se riegan; en otras, sobre todo las de raíz pivotante como la amapola o la escolcia, el trasplante falla casi siempre y hay que decidir en el sitio.

Reconocer la plántula. Es la habilidad que hay que adquirir, porque en marzo hay que distinguir un plantón de nigella de una hierba cualquiera. El truco práctico es fijarse en dónde salieron el año anterior y observar los cotiledones: la escolcia los tiene finos y bifurcados, la amapola muy pequeños y con roseta glauca, la borraja gruesos y ásperos. Un par de temporadas y se hace solo.

Por qué la descendencia no sale igual

Aquí hay que ser claro, porque la decepción es frecuente. Si la planta madre era un híbrido F1 —lo pone en el sobre y es habitual en petunias, impatiens, girasoles ornamentales, cosmos de series comerciales y casi toda la planta de temporada de vivero—, su semilla producirá una generación F2 que segrega: reaparecen los caracteres de los dos parentales originales por separado, y lo que sale es un surtido irregular de plantas más altas, más bajas, de color deslavado y de vigor desigual. No es que la semilla sea mala; es lo que la genética predice.

Un F1 se obtiene cruzando dos líneas puras muy homogéneas, y toda su uniformidad depende de repetir ese cruce cada año. Es exactamente lo que no puede hacer un jardín.

Las plantas que resiembran bien son, por tanto, las de polinización abierta: especies botánicas y variedades tradicionales que se reproducen fieles a sí mismas dentro de un margen. Aun así conviene contar con dos fenómenos. Uno es el cruzamiento entre variedades vecinas de la misma especie: dos aquilegias de colores distintos en el mismo arriate dan al tercer año una descendencia mezclada y, con el tiempo, tirando al morado oscuro, que es el carácter dominante. El otro es la reversión al tipo: las formas dobles, variegadas o de color pálido tienden a perderse y la población deriva hacia la forma silvestre, más vigorosa. La malvarrosa de flor doble vuelve a sencilla, y la amapola de tonos pastel acaba siendo roja.

Se puede orientar esa deriva con una intervención mínima: arrancar en flor los individuos que no gusten antes de que semillen, y dejar semillar solo los mejores. En cuatro o cinco años se obtiene una estirpe propia adaptada al jardín. Es selección de toda la vida, y funciona.

Grupo de amapolas silvestres

El acolchado impide la resiembra

Este es el conflicto que casi nunca se menciona, y explica por qué en jardines por lo demás bien llevados no aparece nunca una plántula espontánea.

Una capa de corteza de pino, de astilla, de grava fina o de paja de cinco centímetros hace justo aquello para lo que se pone: impedir que germine la semilla. Bloquea la luz que muchas semillas pequeñas necesitan para romper la dormancia —amapola, digital, nigella y verbena son fotoblásticas positivas y no germinan enterradas—, e interpone entre la semilla y el suelo una capa suelta y seca en la que la radícula no encuentra dónde agarrarse. El acolchado no distingue entre la hierba que se quiere fuera y la aquilegia que se quiere dentro.

La conciliación es zonificar. Se acolcha lo que interesa mantener limpio y con humedad: el pie de los arbustos, los frutales, el huerto entre líneas, los macizos de vivaces establecidas. Y se dejan zonas de suelo desnudo donde se quiere que ocurra la resiembra: el frente del arriate, unos huecos entre matas, los bordes de camino.

Curiosamente, el mejor semillero de un jardín suele ser el camino de zahorra o de gravilla. La semilla cae, se cuela entre las piedras, encuentra humedad estable debajo y sale sin competencia. Escolcias, erígeron, verbenas y valerianas rojas colonizan siempre antes el camino que el macizo. Merece la pena tolerarlo y limitarse a despejar la línea de paso.

Y una nota sobre la malla antihierbas: bajo grava, elimina la resiembra por completo y de forma permanente. Es incompatible con este método.

El calendario mediterráneo de germinación

En buena parte de España la resiembra no funciona como en los manuales de clima atlántico, y conviene saberlo para no dar por muertas las semillas.

Muchas anuales mediterráneas se comportan como anuales de invierno: la semilla cae en junio, pasa el verano en dormancia estival sobre suelo seco y germina con las primeras lluvias de octubre o noviembre. La plántula pasa el invierno como roseta pegada al suelo, desarrolla raíz y florece en marzo o abril, antes de que llegue el calor. Amapolas, nigellas, caléndulas, borrajas y escolcias siguen este patrón en el sur y el levante peninsular. Regar en septiembre esas zonas adelanta la nascencia.

En el norte y en el interior frío el patrón es el de germinación primaveral tras el frío invernal, que además cumple la función de estratificación que necesitan las semillas de aquilegia, digital o lunaria para romper su dormancia. En Canarias, con inviernos suaves y sin heladas, muchas especies germinan de forma casi continua y varias anuales se comportan como perennes de vida corta.

Las bienales merecen mención propia porque desconciertan: la malvarrosa, la lunaria, la digital y el verbasco germinan un año, forman roseta, pasan el invierno, florecen al segundo verano y mueren. Con una siembra puntual hay flor un año sí y otro no; para tener flor todos los años hace falta que convivan dos generaciones solapadas, lo que se consigue precisamente dejándolas semillar cada temporada.

Especies fiables en clima español

Todas de polinización abierta y probadas en jardín peninsular.

Sol y suelo pobre. Amapola (Papaver rhoeas) y adormidera ornamental (Papaver somniferum), de cápsula decorativa; escolcia (Eschscholzia californica), imbatible en secano y grava; neguilla (Nigella damascena); caléndula (Calendula officinalis), que en el litoral florece de octubre a mayo; borraja (Borago officinalis); alisa de mar (Lobularia maritima), que rellena juntas y bordes; Cerinthe major, de brácteas azuladas y muy visitada por abejorros; Centranthus ruber, la valeriana roja de los taludes y las tapias, vivaz y de resiembra incansable; Erigeron karvinskianus, que coloniza escaleras y muros de piedra.

Media sombra y algo más de frescor. Aquilegia (Aquilegia vulgaris); digital (Digitalis purpurea), bienal, excelente en el norte húmedo y tóxica, conviene saberlo si hay niños; lunaria (Lunaria annua), por sus siliculas nacaradas de otoño; nomeolvides (Myosotis sylvatica); Nicotiana de especie botánica, que perfuma al anochecer; Impatiens balsamina, cuyas cápsulas se disparan al tocarlas y dispersan la semilla a metro y medio.

De porte alto para dar estructura. Malvarrosa (Alcea rosea), bienal; Verbascum thapsus y V. olympicum; Moluccella laevis, las campanas de Irlanda, de cáliz verde y muy buena para seco; Cosmos bipinnatus en variedad no F1; Emilia coccinea, de florecillas anaranjadas en tallos finos.

Las que hay que vigilar

La resiembra tiene un reverso, y algunas plantas cruzan la línea entre generosa y problemática. Conviene distinguir dos grados.

Las molestas pero manejables. Oenothera, Nicandra physalodes, Linaria, Silybum marianum y la propia valeriana roja producen semilla en cantidades que obligan a un aclareo serio cada primavera. La medida preventiva es simple: cortar los tallos florales antes de que las cápsulas se abran del todo, dejando solo unos pocos.

Las que no deben plantarse. Aquí no se trata de trabajo extra, sino de daño ambiental y, en varios casos, de ilegalidad. El Real Decreto 630/2013 regula el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y prohíbe la posesión, el transporte y el comercio de las incluidas en él. Entre las que aparecen o se comportan como invasoras en España: la hierba de la Pampa (Cortaderia selloana), catalogada y prohibida, cuyos plumeros liberan millones de semillas que viajan kilómetros; la uña de gato (Carpobrotus edulis), devastadora en dunas y acantilados; la vinagrera (Oxalis pes-caprae), imparable en cítricos y jardines del sur una vez instalada; el ailanto (Ailanthus altissima); el Ricinus communis, que además es de las plantas más tóxicas que existen; el plumbago del Cabo y el Tradescantia fluminensis en el norte húmedo. La Verbena bonariensis, muy usada en jardinería contemporánea y estupenda en macizo, se ha naturalizado en zonas húmedas del norte y conviene no dejarla semillar cerca de riberas.

La regla de prudencia: antes de dejar semillar libremente una especie exótica, comprobar el catálogo y observar si aparece espontánea en los descampados del entorno. Si ya está fuera del jardín, es tarde para plantarla.

En resumen

La resiembra funciona si se aceptan sus condiciones: dejar madurar la semilla y convivir con matas pasadas al final de temporada, recortando en dos tiempos para salvar la estética; reservar suelo desnudo, porque el acolchado y la malla antihierbas la impiden por completo; y aclarar las plántulas a mano en primavera, aprendiendo a reconocerlas. Los híbridos F1 no valen: hay que usar especies botánicas y variedades de polinización abierta, sabiendo que las formas dobles y variegadas revierten al tipo. En clima mediterráneo la nascencia llega con las lluvias de otoño, no en primavera. Y antes de dejar semillar cualquier exótica, comprobar que no figura en el Real Decreto 630/2013.


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