La palabra «perenne» significa dos cosas distintas en jardinería y conviene separarlas antes de comprar nada. Aplicada a la hoja, quiere decir que la planta no se desnuda en invierno, como un laurel o un pino. Aplicada al ciclo de vida, quiere decir que la planta vive muchos años, aunque su parte aérea desaparezca cada otoño. En el segundo sentido el término correcto es vivaz, y es de vivaces de sol de lo que trata este texto: herbáceas que rebrotan de su base temporada tras temporada y que constituyen, junto con los arbustos, la carne de un arriate.
Es una pieza de jardín con lógica propia, con un ciclo de vida útil que hay que conocer, con una floración que funciona de manera muy distinta a la de una planta de temporada y con un mantenimiento concentrado en dos momentos del año. Nada de eso tiene que ver con la exposición: sobre cómo se adapta una planta a la insolación directa está el artículo dedicado a las plantas amantes del sol.
Vivaz, anual y arbusto: tres formas de resolver el año
Una anual completa germinación, crecimiento, floración, fructificación y muerte en un solo ciclo. Como su única oportunidad de dejar descendencia es esa, invierte todo lo que tiene en floración: si se le impide fructificar recortando las flores marchitas, insiste durante meses. Por eso un macizo de petunias o de tagetes está en flor de mayo a octubre sin descanso.
Una vivaz tiene otra estrategia. Reparte el año entre florecer y almacenar: cuando termina su tanda de flores, dedica el resto de la temporada a acumular reservas en raíces, rizomas o en la corona basal para el rebrote siguiente. La consecuencia directa es que florece durante tres a seis semanas, no cinco meses. Quien espere de una vivaz el comportamiento de una anual se llevará una decepción cada año.
Un arbusto, por último, mantiene una estructura leñosa permanente sobre el suelo, crece cada año a partir de esa estructura y ocupa el mismo volumen en enero que en agosto. Su papel en el jardín es dar armazón; el de las vivaces, llenar y florecer.
Entre medias hay una categoría útil y muy mediterránea: los subarbustos o matas, leñosos en la base y herbáceos en las puntas. Lavanda, santolina, tomillo, romero rastrero, Teucrium, Helichrysum y salvias arbustivas están aquí. Se manejan casi como vivaces, con una regla que hay que respetar sin excepción: no se poda sobre madera vieja. Cortar una lavanda o una santolina por debajo del tejido con hojas deja un muñón que no rebrota nunca.
Cuánto vive una mata y cada cuánto se divide
«Vivaz» no significa eterna, y la vida útil varía enormemente según la especie. Conviene saberlo al planificar, porque determina el trabajo futuro.
De vida corta, tres a cinco años. Gaura lindheimeri, Coreopsis, Gaillardia, Achillea, Aquilegia, Lupinus, Delphinium, Dianthus. Envejecen deprisa, se ahuecan y se dejan morir. Se sustituyen o se dividen a menudo, y muchas se compensan solas resembrándose.
De vida media, ocho a quince años. Hemerocallis, Salvia nemorosa, Nepeta, Sedum, Iris germanica, Kniphofia, Agapanthus.
De vida muy larga, décadas. Peonía (Paeonia), Helleborus, Euphorbia characias, Acanthus mollis, gramíneas grandes como Stipa gigantea o Miscanthus. Estas tienen una particularidad importante: detestan que las muevan. Una peonía dividida se pasa dos o tres años sin florecer, y una hay que dividirla solo si no queda más remedio.
La división es la operación central del mantenimiento de un arriate de vivaces, y no se hace por calendario sino por síntoma. Toca dividir cuando la mata se ahueca por el centro —la corona vieja muere y la planta forma un anillo con un agujero en medio—, cuando la floración se vuelve escasa y las flores pequeñas, o cuando la mata invade a sus vecinas. En la mayoría de las vivaces de sol, eso ocurre cada tres o cuatro años.
El procedimiento: se levanta el cepellón entero con horca, se sacude la tierra, se descarta el centro leñoso y agotado y se separan porciones periféricas con tres o cuatro yemas y raíz suficiente. Las matas fibrosas se abren con dos horcas espalda contra espalda; las de raíz carnosa, como Agapanthus o Hemerocallis, se cortan con cuchillo limpio. Se replanta enseguida, a la misma profundidad que estaban, y se riega bien.
El momento, en clima español, casi nunca es la primavera de los manuales del norte de Europa. En el interior peninsular y en el sur, el otoño —de octubre a noviembre— es muy superior: el suelo aún está caliente, la planta enraíza durante el invierno y llega a la primavera instalada, lo que le permite afrontar el primer verano con raíz hecha. Se reserva la primavera para lo que teme al frío húmedo, como Agapanthus, Kniphofia, Canna o gramíneas de crecimiento estival. En la cornisa cantábrica, donde el verano no aprieta y el invierno es húmedo, la primavera funciona mejor.
Componer un arriate: alturas y épocas
Un arriate de vivaces no se compone eligiendo flores que gusten, sino resolviendo dos ejes a la vez: el vertical, que decide cómo se ve, y el temporal, que decide si hay algo que ver en septiembre.
El eje vertical. La regla de los tres planos —bajo delante, medio en medio, alto detrás— es correcta y también aburrida si se aplica al pie de la letra. Funciona mucho mejor escalonar en general y romper la gradación con dos o tres plantas altas y transparentes adelantadas al primer plano: Verbena bonariensis, Stipa gigantea, Gaura, Perovskia. Son plantas que se ven a través, de modo que no tapan y crean profundidad. El primer plano lo forman matas de 20 a 40 centímetros que rematan el borde y esconden la base pelada de las de atrás: Nepeta, Dianthus, Sedum, Erigeron karvinskianus, Santolina. En un arriate visible desde dos lados, la cota máxima se lleva al centro.
La agrupación. Una vivaz suelta no se lee. Se plantan en grupos de tres, cinco o siete ejemplares de la misma especie formando manchones alargados en diagonal respecto a la línea de visión, no en círculos ni en filas. Y se repite el mismo manchón dos o tres veces a lo largo del arriate: la repetición rítmica es lo que da unidad y distingue un arriate de una colección.
La estructura frente al relleno. Como todas las vivaces desaparecen o se afean en invierno, un arriate hecho solo con ellas es un solar de diciembre a marzo. La solución es reservar entre un quinto y un tercio de las plantas para elementos permanentes: un par de arbustos compactos, una Euphorbia characias que mantiene su porte todo el año, una santolina o un teucrio recortados en bola, un grupo de gramíneas cuyas espigas secas siguen ahí en enero.
El eje temporal. Es lo que separa un buen arriate de uno mediocre, y consiste en asignar a cada zona del macizo su turno.
De marzo a mayo aportan bulbos naturalizados —Narcissus, Muscari, Allium—, Euphorbia characias, Iris germanica, Dianthus, Aquilegia y las primeras Salvia nemorosa. De junio a agosto, el grueso: Achillea, Perovskia, Agapanthus, Hemerocallis, Gaura, Echinacea, Coreopsis, Kniphofia, Origanum ornamental, Verbena bonariensis, salvias arbustivas. De septiembre a noviembre, el tramo que suele faltar: Sedum spectabile —cuyas cabezuelas viran de rosa a cobre y se quedan—, Aster, Salvia de floración tardía, Nerine, Amaryllis belladonna y las inflorescencias de las gramíneas en su mejor momento.
Dos recursos aumentan mucho el rendimiento. Uno es el recorte de mitad de temporada: cortar una Nepeta, una Salvia nemorosa o una Achillea a un tercio de su altura justo después de la primera floración provoca una segunda tanda en cuatro o cinco semanas y devuelve a la mata su forma compacta. El otro es intercalar unas pocas anuales de resiembra en los huecos, que cubren los descansos.
El corte de fin de temporada, y el debate de dejarlo en pie
Cuando llega el otoño, la costumbre heredada dice cortar todo a ras y dejar el arriate limpio. Hay razones para hacerlo y razones de peso para no hacerlo, y merece la pena conocer ambas antes de decidir.
A favor de cortar en otoño: se retira material enfermo —hojas con oídio, con roya, con manchas foliares— cuyo inóculo pasaría el invierno ahí; se eliminan refugios de babosas y caracoles; se evita que la masa muerta se apelmace sobre la corona en climas húmedos y la pudra, lo que en la cornisa cantábrica o en un suelo pesado es un riesgo real; y el arriate queda presentable.
A favor de dejar la mata seca en pie: los tallos huecos de umbelíferas, Echinacea, Rudbeckia, cardos o Verbena albergan durante el invierno abejas solitarias, avispas auxiliares y crisopas; las cabezuelas con semilla alimentan a jilgueros, verderones y pardillos, que trabajan sobre los Echinacea y los cardos de diciembre a febrero; la hojarasca acumulada en la base protege la corona del frío y alberga mariquitas y carábidos que son depredadores de pulgón en primavera; y la escarcha sobre una mata seca de Sedum o de Miscanthus es, en pleno enero, lo único con interés visual en muchos jardines.
El compromiso que resuelve casi todos los casos consiste en separar por criterio sanitario. Se corta y se retira en otoño lo que esté enfermo, lo que se apelmace —hojas grandes y blandas de Hosta, Alchemilla, Hemerocallis— y lo que se desmorone sin gracia. Y se deja en pie todo lo que tenga tallo rígido y hueco, cabezuela con semilla o silueta invernal: gramíneas, Sedum, Echinacea, Perovskia, cardos, Verbena bonariensis. Ese resto se corta a finales de febrero o principios de marzo, antes de que arranque el rebrote, y los tallos cortados se apilan en un rincón discreto durante dos meses para que salgan los insectos que estaban invernando dentro. Cortar en noviembre y llevárselo todo a la trituradora los mata.
Un detalle sobre los subarbustos: lavandas, santolinas y salvias arbustivas no se recortan en otoño. Su poda de formación va después de la floración o a finales del invierno, siempre sobre tejido con hojas.
Vivaces de sol probadas en clima español
Secano estricto, casi sin riego una vez instaladas. Achillea millefolium y A. filipendulina; Perovskia atriplicifolia, hoy Salvia yangii, de floración azul de julio a septiembre; Euphorbia characias subsp. wulfenii, arquitectónica todo el año y de látex irritante al podar; Centranthus ruber; Limonium sinuatum y Limonium perennes; Teucrium fruticans; Origanum laevigatum; Stipa tenuissima y Stipa gigantea; Gaura lindheimeri, hoy Oenothera lindheimeri, que florece de mayo a las primeras heladas.
Sol con riego moderado. Salvia nemorosa y S. × sylvestris, que agradecen el recorte tras la primera floración; Salvia microphylla y S. greggii, técnicamente subarbustos, con floración larguísima; Nepeta × faassenii; Hemerocallis, notablemente tolerante y de floración escalonada; Agapanthus praecox, espectacular en el norte y en el litoral, que agradece estar algo apretado en el hoyo; Kniphofia uvaria; Sedum spectabile, hoy Hylotelephium spectabile; Echinacea purpurea, que necesita suelo suelto y no encharcado; Coreopsis verticillata; Gaillardia × grandiflora; Acanthus mollis, que en el sur prefiere media sombra y desaparece en pleno verano para rebrotar en otoño.
Matices por zona. En el interior peninsular, con heladas de hasta -8 o -10 grados, hay que asegurar rusticidad: Achillea, Salvia nemorosa, Sedum, Perovskia, Iris y gramíneas responden bien; Agapanthus y Kniphofia necesitan acolchado invernal en la corona. En el litoral mediterráneo y en Baleares, el factor limitante es la sequía estival y a menudo la salinidad, y ahí funcionan Limonium, Teucrium, Euphorbia, Centranthus y Gazania. En la cornisa cantábrica, el problema es el invierno húmedo, no el frío: hay que garantizar drenaje y elevar los arriates si el suelo es pesado. En Canarias, la paleta cambia por completo y entran Aeonium, Argyranthemum frutescens, Euphorbia canarias y Lotus, con floración que ocupa buena parte del año.
En resumen
Una vivaz vive muchos años pero rebrota de cero cada temporada, y florece tres o seis semanas, no cinco meses como una anual: por eso un arriate se compone repartiendo turnos de floración de marzo a noviembre y agrupando cada especie en manchones de tres a siete que se repiten. Las de vida corta duran tres o cuatro años, las de vida larga décadas, y la división se hace cuando la mata se ahueca por el centro, preferentemente en otoño en el interior y el sur. Al acabar la temporada se retira lo enfermo y lo que se apelmaza, y se deja en pie hasta finales de febrero todo lo que tenga tallo hueco, semilla o silueta invernal, porque ahí invernan abejas solitarias y comen los jilgueros. Los subarbustos, nunca podados sobre madera vieja.