«Templado» describe a la vez el clima de Santander, el de Sevilla, el de Soria y el del delta del Misisipi, sitios que no se parecen en casi nada. La etiqueta solo dice que ni hiela permanentemente ni hace calor tropical todo el año, y con esa información no se elige una planta. Lo que sí sirve es saber cuál de los climas templados es el de cada sitio, porque son cuatro, se distinguen por tres variables y en España conviven todos menos uno.

Las tres variables que lo deciden todo

El reparto de la lluvia a lo largo del año importa más que el total. Dos mil milímetros concentrados en invierno no sostienen la misma vegetación que ochocientos repartidos por igual. Lo determinante es si llueve o no en verano, cuando la planta está en pleno crecimiento y la evaporación es máxima.

La amplitud térmica, es decir, la diferencia entre el mes más cálido y el más frío, y también entre el día y la noche. Una amplitud pequeña permite hoja tierna y perenne; una amplitud grande obliga a reposo profundo y a estrategias de supervivencia en los dos extremos.

La sequía estival, que es la marca distintiva del clima mediterráneo y el filtro que separa lo que sobrevive de lo que hay que regar toda la vida. Se mide por el número de meses en que la precipitación es inferior al doble de la temperatura media en grados centígrados: si hay dos o más, el verano es árido en sentido climático.

Oceánico

Lluvia repartida durante todo el año, sin sequía estival; amplitud térmica pequeña, con inviernos suaves —heladas escasas y débiles— y veranos frescos que rara vez pasan de 25 °C; humedad relativa alta y muchos días cubiertos. En España cubre Galicia, Asturias, Cantabria, el País Vasco y la franja norte de Navarra, además de zonas de montaña media del Pirineo occidental.

Lo determinante para el jardín es la combinación de verano fresco con humedad, que permite cultivar plantas de hoja grande y fina sin protección, y de suelos generalmente ácidos, lavados por la lluvia. Es el único clima peninsular donde el repertorio acidófilo funciona en tierra sin trucos.

Van bien: Camellia japonica y Camellia sasanqua, Rhododendron, Hydrangea macrophylla, Pieris japonica, Magnolia caducifolias, Acer palmatum, helechos —incluido Dicksonia antarctica en zonas resguardadas—, Hosta, Astilbe, Digitalis purpurea, Primula, Meconopsis, además de los caducifolios atlánticos Fagus sylvatica, Quercus robur, Betula pubescens y Castanea sativa. El césped de ray-grass y festuca prospera aquí prácticamente sin riego.

El problema propio de este clima no es la sequía, sino el exceso de humedad: hongos foliares, oídio, mildiu, botritis y podredumbres radiculares. La respuesta es drenaje, marcos de plantación amplios y ventilación, no tratamientos continuos.

Camelia en flor, planta característica del clima oceánico

Mediterráneo

Lluvia concentrada en otoño, invierno y primavera, con un verano seco de dos a cinco meses; inviernos suaves o moderados y veranos calurosos; alta insolación y humedad relativa baja en el interior. Es el clima dominante en España: todo el litoral mediterráneo, el valle del Guadalquivir, buena parte de las dos mesetas y el valle del Ebro.

Conviene distinguir dos variantes, porque la diferencia es enorme en la práctica. El mediterráneo de verano caluroso —Sevilla, Murcia, Valencia, Zaragoza, Ciudad Real— con máximas por encima de 35 °C durante semanas. Y el mediterráneo de verano templado, propio del noroeste interior, del Sistema Central y de zonas altas —Ourense interior, Ávila, Segovia—, donde el verano es igual de seco pero mucho más fresco y el invierno bastante más frío. Una misma planta mediterránea puede prosperar en una variante y fracasar en la otra por falta de resistencia al frío invernal.

La vegetación adaptada es esclerófila: hoja pequeña, dura, cutícula gruesa, a menudo grisácea o pelosa para reflejar la radiación; raíz profunda; y frecuentemente un reposo estival en el que la planta simplemente se para. Ahí están Quercus ilex, Quercus coccifera, Quercus suber, Olea europaea, Pistacia lentiscus, Myrtus communis, Arbutus unedo, Laurus nobilis, Rhamnus alaternus, Viburnum tinus, Nerium oleander —tóxico en todas sus partes—, Punica granatum, Cercis siliquastrum y todo el matorral aromático: romero, tomillo, lavanda, salvia, Cistus, Phlomis, Teucrium, Santolina.

Los bulbos mediterráneos siguen el mismo calendario invertido: Narcissus, Sternbergia lutea, Scilla, Muscari, Iris del grupo germánica, que brotan con las lluvias de otoño, florecen en invierno o primavera y desaparecen en junio. Plantar en otoño, no en primavera, es aquí una regla y no una preferencia.

Continental templado

Inviernos fríos con heladas frecuentes e intensas, veranos calurosos, amplitud térmica muy alta —cuarenta grados o más entre el extremo de enero y el de julio no son raros— y precipitación escasa concentrada en primavera y otoño. En España corresponde a los páramos y altiplanos del interior: Soria, Burgos, Teruel, la Alcarria, la Serranía de Cuenca, el norte de Palencia. Muchos de estos lugares combinan continentalidad con sequía estival mediterránea, y esa suma es lo que los hace difíciles.

Aquí manda el reposo invernal profundo. Las plantas necesitan acumular horas de frío para brotar en condiciones, y esa exigencia es a la vez una ventaja: las especies con requerimiento alto no se dejan engañar por una semana templada de febrero y evitan las heladas tardías de abril, que son las que arruinan la cosecha de albaricoque o de almendro en la meseta.

Funcionan los frutales de pepita y hueso de variedades de necesidad alta —manzano, peral, ciruelo, guindo, membrillero—, los caducifolios de amplitud continental como Celtis australis, Styphnolobium japonicum, Koelreuteria paniculata, Fraxinus angustifolia y Quercus faginea, las coníferas de páramo con Juniperus thurifera a la cabeza, y en el nivel arbustivo Syringa vulgaris, Philadelphus coronarius, Berberis, Rosa de arbusto, Paeonia lactiflora, Iris germanica, Sedum, Sempervivum y gramíneas esteparias como Stipa y Festuca glauca. Los lilos y las peonías, precisamente, florecen mucho mejor aquí que en la costa, porque necesitan un invierno de verdad.

Subtropical húmedo

Veranos largos, calurosos y húmedos, con lluvia y tormentas en la estación cálida; inviernos suaves con heladas ocasionales; sin estación seca marcada. Es el clima del sureste de Estados Unidos, del sur de Japón, del sureste de China y del noreste de Argentina.

En España apenas está representado: solo aparecen matices en algunas zonas de transición del noreste peninsular y en enclaves atlánticos del suroeste, siempre de forma parcial. Canarias es un caso distinto —oceánico subtropical, regido por el alisio, la inversión térmica y una aridez marcada en las vertientes de sotavento—, y no encaja en esta categoría aunque comparta la suavidad térmica.

Conviene conocerlo porque de ahí procede una parte importante del catálogo ornamental que se vende en España, y eso explica algunos fracasos. Liquidambar styraciflua, Magnolia grandiflora, Lagerstroemia indica, Gardenia jasminoides, Nandina domestica, Trachelospermum jasminoides, Cryptomeria japonica, Callistemon viminalis, Musa basjoo y los bambúes de Phyllostachys vienen de climas donde en julio y agosto llueve. Plantados en Valladolid o en Albacete resisten el frío sin problema, pero exigen riego estival constante y aun así sufren por el aire seco: el liquidámbar, por ejemplo, se quema por los bordes y da un color otoñal mediocre en secano interior, mientras que en Galicia o en el litoral cantábrico enrojece espléndidamente. La Callistemon se comporta mejor porque procede de un clima australiano con verano seco, y la Abelia × grandiflora es de las pocas piezas que funcionan en los cuatro escenarios.

El jardín inglés en el interior peninsular

El modelo de jardín que domina la imaginería —césped verde de horizonte a horizonte, herbaceous border profunda con delfinios, lupinos, aquilegias y rosales ingleses, setos de tejo, hortensias en la esquina sombreada— es la respuesta perfecta a un clima concreto: el oceánico del sur de Inglaterra, con lluvia todo el año, veranos de 22 °C, humedad alta y suelo ácido o neutro.

Trasladado a Toledo, Zaragoza o Albacete, ese modelo falla por cuatro motivos simultáneos y por eso el fracaso es tan rotundo. Primero, la sequía estival: tres o cuatro meses sin lluvia útil con evapotranspiración altísima obligan a un riego que no es sostenible ni económica ni ambientalmente; un césped de ray-grass puede consumir del orden de 700 a 1.000 litros por metro cuadrado y año en el centro peninsular. Segundo, el calor: Delphinium, Lupinus, Aquilegia, Astilbe y las hostas colapsan con 38 °C aunque tengan agua, porque la fotosíntesis se detiene y la respiración se dispara. Tercero, el suelo, calizo y básico en casi todo el interior, que provoca clorosis férrica en hortensias, camelias, rododendros y arces japoneses. Y cuarto, el aire seco, con humedades del 20 % en agosto que resecan hojas finas y tiernas que en Inglaterra nunca tienen que enfrentarse a eso.

La alternativa no es renunciar a nada, es cambiar el material conservando la estructura, que es lo que hace atractivo a ese modelo. La bordura de vivaces se puede recrear con Salvia nemorosa, Salvia greggii, Perovskia atriplicifolia, Nepeta, Achillea, Echinops, Eryngium, Gaura lindheimeri, Verbena bonariensis, Phlomis y gramíneas de Stipa y Miscanthus, que dan la misma masa de floración prolongada sin riego diario. El seto de tejo se sustituye por boj, Rhamnus alaternus, Pistacia lentiscus o mirto recortado. Y el césped se reduce a la superficie que realmente se pisa, dejando el resto en pradera de secano, grava plantada o tapiz de aromáticas rastreras.

Cómo identificar el clima propio

Basta reunir cuatro datos de la estación meteorológica más cercana, todos publicados por la Agencia Estatal de Meteorología: la precipitación total anual, la precipitación acumulada de junio, julio y agosto, la media de máximas de julio y la media de mínimas de enero, más la mínima absoluta registrada.

Con eso, la lectura es directa. Si llueve en verano más de 100 mm en esos tres meses y julio no pasa de 26 °C de media de máximas, el clima es oceánico. Si el trimestre estival baja de 50 mm y las máximas de julio superan los 30 °C, es mediterráneo de verano caluroso. Si el verano es igual de seco pero las máximas quedan por debajo de 27 °C y las mínimas de enero rondan o bajan de 0 °C, es mediterráneo de verano templado. Y si a la sequía estival se suman mínimas de enero por debajo de −2 °C de media y mínimas absolutas de −12 °C o menos, se está en régimen continental y hay que elegir en consecuencia.

En resumen

Bajo la palabra templado caben cuatro climas distintos que se separan por el reparto de la lluvia, la amplitud térmica y la existencia o no de sequía estival. El oceánico de la cornisa cantábrica permite el repertorio acidófilo de verano fresco; el mediterráneo, en sus dos variantes, pide vegetación esclerófila, aromáticas y bulbos de ciclo invertido; el continental templado del interior exige plantas con reposo profundo y aguante del contraste; y el subtropical húmedo, apenas presente en España, explica por qué buena parte del catálogo comercial necesita agua en agosto. Copiar el jardín inglés en el interior peninsular falla por sequía, calor, suelo calizo y aire seco a la vez, y la solución pasa por conservar la estructura del modelo cambiando por completo el material vegetal.


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